EL PRIMER CAMPAMENTO DE VERANO

5569380Publicado el 25 de agosto de 2011 en El Diario Montañés

Me cuenta una familia con mono de niño que antes de mandar al hijo a su primer campamento, albergaban todos los temores del mundo, y, una vez allí, el retoño ni llama ni se acuerda de los ‘viejos’ porque se lo está pasando bomba. Niños con verbo fácil que son los de ahora; antes de iniciar el viaje les dijo a los padres de todo, porque no quería ir, ni moverse de casa: «Voy a la fuerza», «me estáis coartando mi libertad personal», «¿es que yo no tengo derecho a decidir?». Lo más fuerte: «Me acordaré de esta mala jugada el día de mañana, cuando os meta en el asilo». Tras depositarle en los lujosos bungalows ubicados en plena naturaleza, los humos se apagan. De regreso a casa, los padres en el coche casi no cruzan palabra. Están tristes y preocupados por todo lo que pueda suceder. Las dudas acechan: «¿Le habré metido todo en la maleta?», piensa la madre; «¿será capaz de meterme en una residencia?», carraspea pensándolo el padre.

 

Ya en casa, se les echa mucho de menos cuando están en el campamento, máxime cuando se trata de la primera experiencia. Hay horario para llamar al nene y para que él llame a sus padres. Cuando tomas la iniciativa tú, la línea siempre está ocupada. Si esperas a que te llame él, ¡ya lo puedes hacer sentado! Cabreado, decides meterle mano a su cuarto y ordenarlo un poco y tirar mucho más. No sucede nada, salvo que se lo está pasando bien. Ha conocido a nuevos amigos y a alguna que otra amiga. No para de hacer deporte en pleno campo y de imaginar en las noches toda suerte de aventuras que pueden llegar a suceder, incluso la visita del oso, que casi siempre es la fiera más sugerida a la luz de una buena hoguera. Lo de vender la piel del oso antes de cazarlo, además de una desafortunada frase cotidiana, pasa en todos los aspectos de la vida. El niño piensa por demás antes de ir al campamento y los padres no te digo nada. «¡Ay, mi pobre niño, cómo lo estará pasando!» Pero cuando el retoño se decide a llamar, ¡eureka!, resulta que está disfrutando a lo grande; que ha conocido a muchos nuevos amigos que le caen muy bien; y que incluso se ha clavado una astilla en un dedo y ni siquiera ha llorado, porque en la enfermería había también una niña y era cuestión de sacar pecho y valor delante de ella ante el dolor. La vida es una historia porque está llena de historias. Las familiares son las mejores y en el verano, mucho mejor. ¡Qué sería de los padres sin el campamento de verano!; ¡tampoco seriamos nosotros mismos si no creyéramos la leyenda del oso y que pueda presentarse de verdad! Cuando sacamos al bebé del hospital, con él nos llevamos también las preocupaciones por los hijos que ya vamos a tener de por vida. Estamos hechos así y, hoy, es el campamento; mañana, los estudios para ser alguien; pasado, que consiga un buen trabajo para mantenerse, y me guardo lo que decida de su vida personal y si se va a quedar en casa con los padres hasta los 30 ó los 40. A fin de cuentas, no cito nada que no esté pasando ya en España desde hace mucho tiempo, incluso antes de la crisis actual: que los hijos no se despegan de los padres ni con agua hirviendo. Viven como marajás en casa de los papis y no se plantean complicaciones que encima tachan de trasnochadas.

Nuestras culpas empiezan desde este primer campamento. Resulta que les mandas para que se abran, para que desarrollen personalidad, para que les enseñen a valerse por si mismos, y nosotros no dejamos de pensar y pensar. Nos escudamos en que la sociedad tiene sus peligros, y los padres somos como la pareja de leones que no pierde de vista a sus cachorros. En la infancia que yo recuerdo no había tanto proteccionismo; no lo teníamos todo a la boca y a lo mejor no había campamento al que ir porque no se podía. Y hemos crecido como una generación fuerte, sin que nadie nos regalara nada, ni tampoco nos lo pusiera fácil.

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