Camioneros, campo, pesca, fábricas paradas, precios: ¡España!

Que todo está revuelto es una evidencia no reconocida en las televisiones. La calle opina sobre lo que padece. La gente está desorientada; siente inseguridad; y barrunta un apretarse el cinturón con lo tremendamente caro que se ha puesto vivir. Unos insultan a otros por dejar vacías las estanterías de los supermercados. Pero no podemos arremeter contra el miedo ciudadano, y hay que pasar a la acción de reclamar soluciones a tantos reveses como se nos plantean. ¿Por qué? Porque el mundo va mal, Rusia y Ucrania van mal, y España va mal.

Un país en crisis es aquel que pone parches en su economía, y al poco surge un nuevo poro por el que se escapa el aire y la fuerza de sectores productivos y, por ende, se resta poder adquisitivo a trabajadores y familias. Si del tirón  enumeras diez grandes embolados en los que anda metida ahora España, no hay que pensarlo mucho: fábricas que paran por no poder pagar la factura eléctrica, gasolina por las nubes, igual que el gas, lo de los transportistas (problema que regresará), el malestar ya afianzado de ganaderos y agricultores, la situación alarmante de los autónomos, el aumento incesante de los precios (de todo), el declive del pequeño comercio, y que en las calles de muchas ciudades hay más locales vacíos que negocios abiertos. Ante semejante escenario, hay que tener flema para vender recuperación, prosperidad o, directamente, asegurar que vamos bien como país, algo de lo que pueden dar fe los sectores cada vez más empobrecidos, que van en aumento, al igual que sus quejas y protestas. A la lista, rápidamente enumerada antes, añadamos a los pescadores, a quienes no les renta salir a faenar, porque son más los gastos en combustible que la venta posterior de las capturas.

La excusa de que el mundo está cambiando es también antigua, como los malos años que llevamos discurridos dentro de este mierdoso siglo. Empezamos en 2002 con la implantación del euro que encareció la vida de manera vertiginosa. Continuamos con la guerra, por control del petróleo, de Irak. Luego llegó la crisis de 2009 a 2015, que cambió los hábitos de ocio y fue el inicio de las pérdidas de la hostelería, un ir para abajo que ya no para. Unos pocos años de tranquilidad en los que casi no dio tiempo a hablar de recuperación, y en 2020 llega el Covid, con más de 6 millones de muertos en el mundo, a día de hoy, que alumbró una crisis económica brutal, y en esto llegamos a 2022, con el inicio por parte de Rusia de la Guerra de Ucrania, cuyas consecuencias son aún impredecibles, porque hay medios de comunicación que están muy pesados con el comienzo de una Tercera Guerra Mundial.

Aunque las consecuencias de la guerra ya han llegado y se llaman desabastecimiento, elevación de precios en la mayoría de alimentos, y una subida de las energías, en general, que hace cerrar fábricas por no poder pagar la electricidad con la que trabajan, deja los coches aparcados en casa, y en las casas trae más cuenta ponerte una manta por encima sentado en el sofá que encender las calefacciones. Si esto no es retroceso, no quiero pensar cómo lo llamarán algunos cuando el paro se dispare hasta cifras insoportables, algo en lo que está empeñada también la digitalización impulsada por los Estados. En esto último, España es también de los peores países, al dejar de ofrecer servicios directamente a sus ciudadanos, para venir a decirles que usen el móvil y las App (banca, relaciones con la Administración o la manera en que las multinacionales nos atienden por teléfono; te habla una maquina en vez de una persona).

“Las consecuencias de la guerra ya han llegado. En las casas trae más cuenta ponerte una manta por encima que encender las calefacciones”

Hoy, aquí, en España, las televisiones nacionales cuentan una película diaria en sus informativos, mientras la realidad de la calle es otra muy distinta. Lo he venido anunciando, pero ahora es una realidad. El desapego ciudadano hacia cómo se cuentan las noticias diarias hace caer las audiencias, aunque, como otras tantas cosas, no se reconozca. Estamos inmersos en la sociedad de la manipulación. La gran mayoría de las cosas que asegura Rusia sobre la guerra y consiguientes daños colaterales son mentira. Y la gran mayoría de cosas que asegura Estados Unidos, la Unión Europea y la OTAN, sobre Rusia y Ucrania, son igualmente trolas.

El caso es que el mundo va mal, Rusia y Ucrania van mal, y España va mal, aunque aquí los mensajes son siempre de ser los mejores en todo, cuando no lo somos en nada. Insisto en ello a través de algo que dijo Gandhi: “Más vale ser vencido diciendo la verdad, que triunfar por la mentira”. Cuando la cuestión es muy delicada, como la situación general que nos toca vivir, las huidas hacia adelante (algo que se hace mucho en política), terminan pinchando y vuelve a aparecer el poro de marras por el que se escapa el poco aire que nos queda. Si el mundo va mal, lo que toca es reunirlo. Hablar de ello, plantear soluciones, aportar ideas, y especialmente generosidad y compromiso de que las viejas cuestiones que han tenido subyugados a muchos países y ciudadanos van a cambiar. ¿Están en esto los amos, Biden, Putin o Xi Jinping? Evidentemente no, y por eso estamos como estamos. Me gustaría decir que hay horizonte, pero en las sociedades actuales en las que la ética, la moral y los principios han quedado aparcados, no quiero pronosticar nada. Si digo una cosa, la solución actual a todos los problemas que tenemos, los básicos en España con la electricidad, la gasolina y el precio de la comida, ya no está en manos de los Gobiernos. ¿Qué podemos esperar, pues? La falta crónica de unidad no permite respuesta. Por eso muchos ciudadanos han decidido acopiar alimentos como si no hubiera un mañana. Así está el presente. ¡A saber lo que ocurrirá en adelante!

“Si el mundo va mal, toca reunirlo. Hablar, aportar ideas y compromiso de que cuestiones que han tenido subyugados a países van a cambiar”

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Y Marina sacó su pancarta en la tv rusa: “Detengan la guerra”

Todos deberíamos imitar a Marina Ovsynnikova, y como ella reclamar que se pare esta guerra y al mismo tiempo recuperar la verdad de las cosas. Cuando una profesional de la información asegura que su medio miente sistemáticamente, la reacción social debería cambiar su anestesia por la reclamación. Aquí los dirigentes poderosos hacen y deshacen a su antojo, mientras los demás, a callar, esperando acontecimientos, sin inmutarnos siquiera, cuando se habla de guerra nuclear o extinción. ¡Qué pereza de humanidad!

Ser periodista es una cosa, y ser periodista y valiente, otra muy distinta. Marina Ovsynnikova, la periodista que irrumpió con una pancarta de rechazo a la guerra en la televisión rusa más vista, es lo segundo. Los palmeros de Putin dentro del país invasor de Ucrania claman por su encarcelamiento casi perpetuo, pero hubiera sido demasiado para la mala imagen que ya tiene el dictador en el resto del mundo, señalado ya por muchos, España entre otros, como criminal de guerra, y no vamos nada desencaminados.

En pleno informativo, Marina enseñó a la cámara su mensaje: “No a la guerra. Detengan la guerra. No te creas la propaganda. Aquí te están mintiendo”. ¿Se imaginan que cundiera este ejemplo en el resto de televisiones, de todas partes? Actualmente, no resulta nada fácil distinguir lo que es noticia verdadera, de lo que es puro marketing o mensaje financiado para que determinada idea se propague dentro de sectores concretos de la población. Que todo va bien, por ejemplo, cuando todo está fatal. Como sucede con la guerra, una más que se repite, menos hemos avanzado de lo que creíamos en libertad, independencia y separación de poderes. Al decirlo así, parece que señalara con el dedo índice al sistema y sociedad rusos, pero ningún país está libre de semejantes pecados, y la prueba es que cada vez se oye más que la gente no sabe en qué o quién creer. Lo único que interesa es su apoyo.  

Estamos dentro de un Covid que nos quieren vender como completamente superado, y nos meten en una guerra en Europa, de la que he leído tantas versiones, en diferentes medios de comunicación, que no me quedo con nada de lo que me presentan. Es verdad que el mundo está cambiando, pero no es menos cierto que hay muchísimos intereses moviendo las fichas del poder, sin que se tenga en cuenta para nada la opinión de los ciudadanos y sus preferencias. En Rusia, como el peor de los ejemplos, aparecen los oligarcas, antes comunistas, y ahora faraones del dinero con unos megayates, que se incautan en los mejores puertos del mundo. No sé lo que se pretende con semejantes iniciativas, mientras las bombas no dejan de caer sobre las ciudades ucranianas, y son cientos de inocentes los que mueren por las salvajadas del ejército ruso, que no deja de perder generales, ya que los ucranianos se defienden bien. Por cierto, tengo que decir algo que me ha sorprendido. Igualmente, movido por la propaganda falsa, se pensaba que la capacidad militar rusa era poco menos que invencible, y resulta que se está mostrando por momentos endeble, desorganizada e incapaz. En el pecado está la penitencia y, desde luego, Rusia está viendo cómo se devalúan muchos de los símbolos de que hacía gala uno de los países más extensos del mundo, con una población de más de 144 millones de habitantes, que tienen pendiente vivir bajo una democracia verdadera.

 “No resulta fácil distinguir noticia verdadera de mensaje financiado para que determinada idea se propague. Que todo va bien, cuando está fatal”

Hay otra cosa que no gusta publicar, porque está en ese argumentario oficial de lo que no es políticamente correcto manifestar en público. Hablo de que Estados Unidos y Europa no han dejado de tontear con Ucrania para, a la hora de la verdad, dejarla tirada ante la paliza brutal del vecino agresivo que es Rusia. De ahí que sea tan trascendental el gesto y, sobre todo, el mensaje de Marina Ovsynnikova. Lo primero, parar la guerra. Y después reconstruir la verdad, qué está pasando, y hacia dónde nos quieren dirigir los más poderosos, con qué intenciones, y aquí la recuperación de la independencia de los medios de comunicación tiene que jugar un papel fundamental para poner las cosas en su sitio y restaurar la cordura.

Se ha montado la mundial con la Guerra de Ucrania. Solo hay que echar una mirada a España. Todo por las nubes, el transporte estrangulado que para, las fábricas que echan el cierre temporal, porque no se pueden mantener sin suministros ni sacar suficientes ganancias con las que pagar la factura de la luz. Por eso digo que el mensaje puede ser uno y la realidad otra. No hay peor cosa que engañarse ante lo que son los hechos del día a día. La oscuridad que se vive en cada rincón de Ucrania no se va a quedar solo dentro de sus fronteras. Lo estamos viendo, y va a ir a más, lo niegue quien lo niegue. Si no nos hace reflexionar y tomar buenas decisiones para el presente y el futuro de nuestros hijos, no creo que nada lo pueda lograr. En estos días de guerra en Europa ya se han traspasado muchas líneas rojas. ¡Válgame hablar del botón nuclear! O que el mismísimo Papa alerte desde el Vaticano de la extinción que conllevaría semejante acto. Pero somos así: Hiroshima, Nagasaki, Chernobyl, Fukusima… No aprendimos nada. No me voy a meter en lo que pueda suceder, y me quedo en mi papel de ciudadano que no parará de reclamar que acabe esta guerra, como hace MarinaOvsynnikova. Es lo que cada uno deberíamos hacer. No demos por sentado que este conflicto bélico importa a todo el mundo. Como ya sucedió con el Covid, el egoísmo personal, la economía y los intereses se imponen y hay muchos, como China, que se sitúan de perfil ante la matanza de ucranianos. Que si ese país queda muy lejos, que si tarde o temprano Rusia se cansará, que si Europa, con Estados Unidos de apoyo y la OTAN, somos más fuertes… Pena, penita, pena es lo que damos.

“No demos por sentado que este conflicto bélico importa a todo el mundo. Como con el Covid, el egoísmo, la economía y los intereses se imponen”

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Sin energía barata, no hay industria, ni pymes, ni hogares…

Industrias paradas, hogares sin calefacción, coches inmovilizados o transportistas y pescadores asfixiados porque no pueden pagar los combustibles. Cualquiera de estos motivos es suficiente para tomar una medida urgente por parte del Gobierno, como es la bajada del IVA, respecto a electricidad, carburantes y alimentos básicos. Con pedir a los ciudadanos que ahorremos, no basta. Hay demasiados sectores productivos y grupos sociales en riesgo, que necesitan pasar de las palabras a los hechos. Si el Covid puso en riesgo la economía, una guerra dentro de Europa puede suponer ir derechos hacia una gran depresión.

Ahora que hay que pensarse dos veces consumir electricidad, gas y gasolina, inmersos dentro de Europa en una guerra que afecta a suministros y precios, no encuentro mejor momento para sacar a colación lo estúpidos que somos, y me apoyaré para ello en lo que dijo Albert Einstein acerca de que hay una fuerza motriz más poderosa que el vapor, la electricidad y la energía atómica, tal es la voluntad (que ni está ni se la espera). El autor de la teoría de la relatividad caía igualmente en lo que siempre han sido las peores vergüenzas de nuestra propia existencia, el odio, la violencia, avaricia, envidia, arribismo o el rencor, que muchas veces culmina en el uso brutal de la fuerza (Rusia). Sí, también Albert Einstein incurrió en lo de todos (“Me encanta la humanidad, pero odio a los seres humanos”), y por eso no tenemos solución ni futuro. Más nos vale disfrutar del día a día, como mejor sepamos.

En el mundo tan inseguro que hemos creado, todo está encadenado y cada acción tiene su consecuencia. A grandes rasgos, así se podría definir la invasión de Ucrania por el dictador Vladimir Putin, y la situación del resto de Europa, con toda su industria, hogares y transportes en solfa, ante el descabellado precio que tiene, y va a seguir subiendo, la luz, el gas o la gasolina. En cada ciudad, yo lo vivo en Santander, son muchos menos los coches circulando. El depósito que antes se llenaba con 50 euros, por poner un ejemplo, ahora se ha disparado hasta los 70. Siendo muy importante lo que pasa en las urbes y sus gélidos hogares, lo tremendo es que las industrias y pymes suspendan su actividad, porque no pueden pagar el recibo de la luz. Es un panorama desolador.

Josep Borrell, uno de los ministros de la Unión Europea, nos pide a todos los ciudadanos reducir el uso de la calefacción, para así, según él, disminuir la dependencia energética de Rusia (que tiene la sartén por el mango), y esquivar los precios tan imposibles como alucinantes. La solución aportada puede generar todo tipo de críticas, pero la realidad es que no va a quedar otra, ya que la gente la hemos puesto en práctica, a la fuerza, antes de que Borrell lo dijera. Cuidamos mucho encender la luz, la duración de las duchas, y el coche se queda aparcado en casa. Pero la medida es al tiempo un auténtico dislate, ya que hay muchos grupos sociales, empezando por los mayores, siguiendo con los niños y los enfermos, que no pueden estar a estas medidas, lo que obliga a Estados y sus máximos dirigentes a ponerse las pilas y ofrecer auténticas salidas. En España, por ejemplo. El debate ya viejo viene de que el Gobierno tiene aún mucho margen para no apretar tanto en los impuestos energéticos y carburantes, en beneficio claro del usuario y no de las grandes multinacionales del sector.

“En España el Gobierno tiene margen para no apretar en los impuestos energéticos, en beneficio del usuario y no de las multinacionales del sector”

A medio plazo, como ocurre ahora, está claro que las privatizaciones en España han sido en algunos casos un gravísimo error. No sé a qué espera el Gobierno para recuperar una gran empresa nacional dedicada a velar por el suministro y los precios de la energía. Guste o no que se diga, se nota mucho la dependencia que muestran muchos gobiernos de las grandes compañías, y aquí salen a relucir de nuevo los cargos que ocupan dentro de estas gigantescas empresas antiguos ex ministros de diferentes gobiernos. Lo que se denomina puertas giratorias. Pero ahora las fábricas paran, el empleo de miles de trabajadores está en el aire. Hoy está en riesgo la producción de todo tipo de vehículos sino hay compradores, porque no pueden echarles gasolina o cargar sus baterías con electricidad. Y lo que pasa en los hogares, con luces tenues y falta de calor, es la puntilla a esta Europa, de repente, empobrecida y con pinta de atravesará pronto una nueva depresión económica.

España podría mirarse en el espejo de Polonia, con su bajada histórica del IVA en gasolina, gas y alimentos básicos, para combatir así la inflación que, aquí, se dispara. Explicado, y bien, por el máximo dirigente polaco: “este programa pretende dejar la mayor cantidad de dinero en las carteras de polacos”. ¡Cómo en España, eh! Cuando se está hablando de alimentos esenciales, y de combustibles para transportistas en general, desde camioneros, taxistas o repartidores, los gobiernos no deberían tener dudas a la hora de adoptar medidas drásticas, como el IVA cero de Polonia, que además es un socio europeo, dentro de una UE que debe acordar políticas similares, máxime si hablamos de temas tan esenciales. Todas las huelgas que se van a precipitar en España tienen en común esta misma petición de actuar con urgencia, y de cara a la gente, en vez de al mantenimiento de los altos impuestos.

“Cuando se está hablando de alimentos, y de combustibles, los gobiernos no deberían tener dudas de adoptar medidas, como el IVA cero de Polonia”

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Putin, el ex espía KGB y belicista, al que hay que parar los pies

Trump empezó lo de levantar muros entre países, y Putin, el exagente KGB, recupera ahora la Guerra Fría, que tiene su primera entrega en la invasión de Ucrania. Los dirigentes apelan siempre a que sus actuaciones atienden a los deseos de los pueblos, pero lo cierto es que no se cuenta nunca con la opinión de los ciudadanos, y para muestra están los ucranianos bajo las bombas. Pararle los pies a Rusia es un imperativo, y no cabe duda que las duras sanciones económicas tendrán repercusión. Aunque no olvidemos que las grandes potencias y sus intereses de predominio alteran de continuo el mapa de dónde se viva en paz y dónde en guerra.

Como monotema, de lo único que se hablaba y queríamos dejar atrás era la pandemia de Covid, y resulta que la novedad viene de Putin, quien nos martiriza con una guerra que conllevalainvasión interesada a la vez que inhumana de Ucrania. Junto a todos los repudios posibles, el presidente ruso, antiguo espía, merece mazmorra por una actuación que pone aún más en riesgo la paz en el mundo y la supervivencia de las personasque lo habitamos. ¿Qué puede haber en la mente tan oscura de un hombre así, acompañado por sus generales? La matanza de ucranianos inocentes recaerá siempre, como una gigantesca losa, sobre sus conciencias. Pero no deja de ser una intención, porque no tienen conciencia,de ahí que por sus delitos hayan de ser perseguidos y ajusticiados.

Internacionalmente, tal y como están pinados los bolos entre las super potencias y sus influencias geopolíticas y territoriales, la agresión rusa no tiene fácil respuesta. Estados Unidos interviene militarmente en otro país, y los demás, si dicen algo, es con la boca pequeña, hasta que llega el momento en que otra nación nuclear haga lo mismo, y aquí paz y después gloria. Las inmorales relaciones internacionales están montadas así, y no nos rasguemos las vestiduras por la ocurrido en Ucrania, país soberano, cuyo suelo fue aplastado por los tanques rusos en un 24 de febrero de 2022. Se suma así esta fecha a otras de ese calendario de los horrores que perpetramos periódicamente los que nos autodenominamos como seres humanos.

La ONU ha condenado la agresión, pero tiene tela que la votación de un Consejo de Seguridad arroje más inseguridad. Han votado en contra de reprobar a Vladimir Putin los de siempre, como Corea del Norte o Siria. Pero se han abstenido 35 países (que no son pocos), con naciones que quedan retratadas, caso de Argelia, Bolivia, China, Cuba, India, Irán, Irak, Nicaragua, Pakistán o Sudáfrica. Ya se percibió con el Covid y se repite con la invasión de Ucrania por Rusia: la desunión mundial es la más peligrosa que hemos vivido desde el final de la Segunda Guerra Mundial. ¿Quiénes y porqué hablan tanto de la tercera gran guerra, qué pretenden?

“La desunión es la más peligrosa que hemos vivido desde la Segunda Guerra Mundial. ¿Quiénes hablan de la tercera guerra qué pretenden?”

Guerra tan descabellada se está jugando también en el terreno de la información. Los medios se vuelven a jugar su reputación, a la hora de contar las cosas como algunos, tan enrevesadamente, lo están haciendo. Continua la cascada de ciudadanos que se apean de leer la prensa, oír la radio y, mucho más, ver la televisión. Esto es una guerra, no un espectáculo. Nos engañamos si creemos que Putin va a dar marcha atrás con algo que él maneja a la perfección y con lo que produce autentico terror: desinformación,  manipulación y noticas falsas (ataque nuclear). Es el aislamiento total de Rusia el que puede tener el efecto deseado, y he de reconocer que la UE ha dado el giro necesario para arremeter con acuerdos de peso contra la economía de un país tan rico como aquel, pero ahora con los mercados cerrados. Sin duda, la factura la pagaremos todos. Hay productos básicos como el petróleo, el gas o los cereales que no se comprarán a Moscú, pero también llegarán con mucha más escasez y precios desorbitados al resto de países que, como España, tienen tan gran dependencia del exterior.

Las soluciones armadas siempre terminan mal. Ahí está Irak. Lo mismo sucedió, a rusos y norteamericanos, en Afganistán. Pero hay que castigar a Putin con todo el peso de las decisiones que se pueden tomar en los gobiernos y parlamentos democráticos de todo el mundo. No vamos a ninguna parte con esos países, y esos grupos políticos que condenan la guerra, también sancionar a Rusia, y arremeten contra los gobiernos europeos unidos que tratan de buscar soluciones, lo primero para los ciudadanos ucranianos, que están siendo masacrados por las bombas disparadas desde un país vecino agresor. El “No a la guerra” debe prevalecer, pero, ¿qué hacemos para frenar en seco a Rusia? Desde luego, no ayuda que unos países condenen y otros hagan la vista gorda, por sus propios intereses de lo que les proporciona Moscú, desde armas a energía, pasando por inyecciones económicas directas. En todo esto, el papel de China es deplorable. Si así pretende hacerse con el podio de primera potencia y economía del mundo, no pueden ser más egoístas e irresponsables. Solo con su rechazo directo a la invasión, esta guerra tocaría a su fin. Pero volvemos a las influencias económicas, a los mercados donde vender sus productos, armas principalmente, y a los bloques que siempre han separados al mundo, donde ya la ONU tan irrelevante es.

Como las culpas hay que repartirlas donde corresponde, la política expansionista de Europa en los últimos años ha sido un tremendo error. No olvidemos, que no hace tanto, e impulsado sobre manera por Alemania, la UE se proponía incorporar a la mismísima Turquía. Aquí todos van a lo suyo, a las influencias que ello conlleva, pero quienes están pagando el pato de las bombas, desabastecimiento, huida directa y perderlo todo, empezando por la vida, es el pueblo ucraniano. Puede que a las superpotencias y los bloques que representan no les interese mucho este pequeño gran detalle de las personas. Pero los ciudadanos nunca debemos perder la perspectiva de la paz que nos merecemos y que otras generaciones han ganado a pulso para que las actuales disfrutemos de tranquilidad y progreso. Por eso el grito de “No a la guerra” debe ser como una llama que nunca se apague.

“Continua la cascada de ciudadanos que se apean de ver la televisión. Esto es una guerra, no un espectáculo. Putin maneja la desinformación”

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Dicho en las 7.100 lenguas del mundo: ¡ha empezado la guerra!

Aunque siempre hay que ver la película completa, sin que nadie te cuente antes el final, les voy a adelantar las palabras con las que termino este artículo: Como mundo, somos un auténtico asco. Rusia es la agresora, y el resto de países encogen sus hombros ante algo que los pueblos hemos venido compartiendo a lo largo de la historia, las guerras. Siendo esto así, lo que más hay que lamentar es la parálisis de una sociedad anestesiada, que ya no quiere vincularse al grito del “No a la guerra”, al que se arrincona en favor de intereses particulares y zonas de confort. Eso también podían estar pensando los ucranianos, hasta ser bombardeados y masacrados.

En el segundo domingo de febrero de 2022 escribí en El Diario Cantabria un aviso a navegantes titulado “Virus + crisis + Rusia-Ucrania-Europa, igual a “No a la guerra”. Hasta que la guerra ha estallado. Recupero algo que denuncié entonces: “Es increíble que, con lo que está cayendo, estemos pendientes de una guerra en ciernes a la que hay que decir ¡no! La flojera en que ha dejado el Covid a la sociedad civil se nota mucho. Mismamente aquí, en la guerra de Irak, hubo todo un movimiento para contrarrestarla. ¿Y con Ucrania?, ¿no vamos a hacer nada?” Nosotros y todos los demás, de ahí el titular de este artículo sobre las 7.100 lenguas que se calcula hay en el mundo. Al unísono, todas ellas deben gritar “No a la guerra”: Не на войну (ruso), No to the war (inglés), non à la guerre (francés), Nicht zum Krieg (alemán), Não guerra (portugués), Non alla guerra (italiano). Así, hasta 7.100.
A los ciudadanos siempre se nos esconde la verdad sobre lo que mueve y acciona el botón de las guerras. Ha pasado en casi todas. Y cuando se condenan y anuncian asombrosas medidas fiancieras de castigo a lo hecho, como sucede con la belicistas Rusia de Putin, quieren también que lo creamos como auténticas y contundentes decisiones, aunque realmente resultan bastante patéticas, porque casi nunca dan resultado este tipo de sanciones económicas. Lo realmente cierto es que la guerra, como sucede en Ucrania, mata, destruye y genera un gigantesco éxodo de personas que tratan de huir de las bombas y una casi segura muerte. Esta es la realidad del pueblo ucraniano, frente al ataque despiadado ruso a su independencia y soberanía, acto que quedará impune, por tantos y tan diversos intereses ocultos, como ya sucedió con otros ejemplos belicistas en la historia de esta humanidad, tan horrenda, que representamos.
Igualmente, entristece muchísimo la actitud pasiva en la calle, del resto de ciudadanos que no son ucranianos. Esa guerra, por ejemplo, queda lejos de España, pero esta es la prueba definitiva de que la sociedad de nuestro país está completamente anestesiada, dando sensación de que la gente va únicamente a sus cosas, y que no les interese mayormente todo lo que sucede tras la puerta de su casa y su confort personal. Reconozco que resulta un magnífico altavoz poder escribir, como es mi caso, en medios de gran difusión como este, y clamar “No a la guerra”, además de exigir que hay que poner a Rusia en su sitio, porque es un país agresivo, con un gobernante muy peligroso, que constantemente pone en solfa la paz y la libertad del resto del mundo. Es decir, que las sanciones económicas y de otro tipo deben ser verdaderas, y no tibias, como sucede con los egoísmos dentro de Europa, con países que están a lo suyo, y bien poco les interesa ya la palabra Unión, anterior a la de Europa. 
 “La sociedad de nuestro país está completamente anestesiada, dando sensación de que la gente va a únicamente a su confort personal”

Contestar a Rusia con la fuerza como hace ella con Ucrania, y puede que pronto con otros países del mismo entorno, no es ninguna solución. Repugna también cómo están informando determinados medios de comunicación de este conflicto, porque pareciera que pronostican una tercera guerra mundial que resultaría poco más que nuestro fin. Los grandes líderes y dirigentes del mundo han de sentar a Putin en torno una mesa y hacerle ver que ha emprendido un camino de auténtica locura y de consecuencias impredecibles. En paralelo, y en todas partes, hay que salir a la calle, a protestar contra esta agresión, de nuevo al grito de “No a la guerra”, y corearlo juntos, todo lo que sea necesario, hasta que se frene la invasión.

Europa tiene a sus espaldas demasiadas atrocidades, como para volver a caer en los errores y horrores del pasado. Ahí está la guerra consentida de la antigua Yugoslavia, en el mismo centro de nuestro continente, y con una Unión Europea que miró para otro lado, mientras se cometían atrocidades que nunca serán olvidadas ni suficientemente juzgadas.

Cuesta creer lo estúpidos que somos, y lo mucho que avergüenzan nuestros actos, como está además de mal el mundo, inmerso en una pandemia mortal tan difícil de solventar. ¿Una guerra con este panorama Covid, con millones de muertos, crisis y economías destrozadas? Hay que ser auténticos hijos de satanás para liar en paralelo una guerra que viene a destrozar todo mucho más. No se pude ir a peor. Y cuantas veces aseveremos que no tenemos remedio como civilización, todas ellas serán ciertas por nuestros aberrantes actos de destruirlo todo, empezando por la vida de nuestros semejantes mediante bombas, tanques, disparos y ametrallamientos. De un mundo maravilloso, solo por el aire que respiramos, y lo que nos da la madre naturaleza en todos los aspectos, la meta de no pocas mentes enfermas es acabar con todo, anteponiendo su odio a la convivencia en paz que nos empeñamos en alterar cada poco, mediante guerras con miles y miles de muertos. Bombas atómicas, armas químicas, guerras bacteriológicas y ciberataques utilizando Internet ponen el resto. Todo esto sucede mientras el grito del “No a la guerra” se muestra perezoso, dando la sensación de que el Covid solo ha hecho que aumentar el egoísmo tan dañino que llevamos, de serie, en nuestro ADN. Lo adelanté al principio, contando el final de la película antes de que terminara. Como mundo, somos un auténtico asco.

“En todas partes, hay que salir a la calle a protestar contra esta agresión, de nuevo al grito de No a la guerra, hasta que se frene la invasión”

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