Cuando escribí: “Ya no se hablará, o sí, de toques de queda”

Como que la semana tiene siete días, se veía venir todo lo que está ocurriendo con contagios masivos, toques de queda y prohibiciones incluso de vender alcohol a partir de una determinada hora, como sucede en Cantabria. Nos lo hemos ganado a pulso, aunque la culpa tiene unas determinadas vertientes que expongo más abajo. Sea como fuere, volvemos al punto de inicio de la pandemia, con muy pocas esperanzas, al menos yo, de que hayamos aprendido esta vez la lección.

El periodismo tiene mucho de premonición, porque observas los comportamientos sociales, los describes y analizas, y, ¡date!, esperas a que lo que presagias se reproduzca tal cual. El 9 de mayo de 2021 publiqué aquí un artículo titulado “Ya no se hablará más (o sí) de alarmas y toques de queda”. Terminaba con esta reflexión crítica: “Para mi gusto, si se hubiera hecho con previsión, consenso, desescalada y un mayor número de vacunas puestas, mejor que mejor. Por el bien de todos, más nos vale que la medida sea acertada, aunque las primeras crónicas escritas al alabar la alarma hablan solo de botellones a destajo y todos a la calle como si no hubiera otro día que celebrar”.

Desde el pasado 17 de julio, Cantabria tiene un nuevo toque de queda. Y Cataluña. Y Valencia. A la espera del sí de los jueces están otrosterritorios que se apuntarán a quedarse en casa por la noche, ya que la pandemia está ahora desbocada en España, en plena campaña turística del veraneo. ¿Quién tiene la culpa de semejante desaguisado? Se acusa directamente a los jóvenes, sus botellones y concentraciones multitudinarias sin prevención alguna, también a sus viajes de estudios, que no tenían que haberse dado ni ser consentidos por sus padres, pero aquí las culpas son más amplias, y hay que concretarlas como requiere esta gravísima pandemia que nos va a dar aún mucha guerra dentro de un 2021 que se presenta como otro año perdido.

Hay cinco razones por las que no salimos del Covid como es debido. La inicial es que el mensaje oficial es erróneo (concienciación). La siguiente, que la llamada desescalada ha sido del todo inoportuna (prisas, el veranito, intereses y egoísmos). Una tercera es que la economía y el turismo aprietan lo suyo para funcionar con total normalidad (negocios por encima de salud). Seguidamente, expongo que una crisis sanitaria no necesita de promesas vagas y de plazos de vacunaciones que no se van a cumplir, sino que ha de seguir en todo momento los consejos de los expertos reales, que en todo este proceso han tenido ausencia y presencia por igual (la política choca con la ciencia). La última razón de la mala situación en que volvemos a estar se encuentra en la ausencia de un criterio común de actuación en todos los ámbitos y lugares, y aquí lo mismo entra España que el resto de países de la Unión Europea (desorganización).

“Cinco razones por las que no salimos, concienciación, prisas, economía y turismo que aprietan, negocios por encima de salud y desorganización”

La imposición en determinadas comunidades autónomas de un nuevo toque de queda no está exenta de una grave polémica porque, se trate de un lugar u otro, los jueces dicen que sí a la medida y que no como ha ocurrido ya en el País Vasco o Canarias. La legislación española necesita de una urgente adaptación al momento que vivimos, así como de cara al futuro y lo que pueda pasar con tintes pandémicos parecidos. Todo lo que ha ocurrido en España en tan solo dos meses, ola juvenil, botellones, una vuelta masiva a la normalidad dejando de lado mascarillas y distancias, todo ello, tendría que haber estado previsto. No ha sido así, y volvemos al inicio de la crisis sanitaria, con un verano muy tocado, avanzando hacia un final de año que se nos va a parecer en muchas cuestiones a lo que ya hemos conocido el pasado año (reuniones de 6 como máximo).

Vivir con normalidad no es cerrar los ojos ante lo que nos pasa. Tampoco es hacer dejación de funciones, como si este problema no fuera del Gobierno de España, y de todos los demás Gobiernos que conforman el sistema político que bajo el amparo de una Constitución nos hemos dado los españoles. Cabría esperar cambios en muchas actitudes,tras los toques de queda que avanzan en todo el país, porque en todos los lugares están mal o lo van a estar pronto. No albergo muchas esperanzas, por eso de que siempre tropezamos en la misma piedra, y vivimos además tiempos muy raros en los que nadie se pone de acuerdo en nada, aunque la cuestión lo requiera con suma urgencia.

Así, volvemos a retornar al desconcierto, a no saber en lo que creer o no creer, a tener dudas sobre las vacunas, ya que muchos de los nuevos contagios han recibido ya la totalidad de las dosis, que no les ha servido para la anunciada inmunización. Pese a ser verano, en plenas y merecidas vacaciones también del personal sanitario, se dieron porcentajes de vacunaciones, que se han ido al garete, porque si estás hablando de toques de queda o de prohibir la venta de alcohol a una determinada hora, se pierde el objetivo prioritario que se había anunciado, como contribución a la salida total del virus. Ni que decir que lo que pasa ahora nos lo hemos ganado a pulso, jóvenes y mayores. Que cada uno vaya a lo suyo, a su propia libertad e intereses, no casa bien con lo colectivo, con un trabajo y aspiraciones en común, que es lo que no sucede en España y en el resto del mundo. Ya que cito el término mundial, acabaré señalando que el Covid-19 ha llegado en el peor momento posible. Algo está cambiando con respecto a la forma que teníamos de pensar y actuar en el XX y principios de este XXI. No hay unidad entre países, ni entre pueblos, ni entre las personas. Ahí es donde nace el caos.  

“Volvemos a retornar al desconcierto, a no saber en lo que creer o no creer, a tener dudas sobre las vacunas y la anunciada inmunización”

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SACRIFICIOS POR EL COVID ANIQUILADOS POR LOS NECIOS

Con el Coronavirus vamos de ola en ola. Estamos ya en la quinta,  y la llaman “ola joven”. Qué pena ser como somos en este país. Apelo al lamento ya que el sacrificio llevado a cabo por millones de españoles, y su ejemplar comportamiento, se ha ido todo al garete por un buen número  de necios, que solo están a lo suyo. Vivir a tope, dicen, que no es otra cosa que hacer lo que les da la gana, mientras contagian el virus a los demás.

España vuelve a entrar en el túnel oscuro e impredecible que es el Covid. Nos veíamos muy felices, con la vacunación a buen ritmo, sin toque de queda que valiese, y fuera la mascarilla. Pero volvemos a estar en todas las quinielas de país peligroso al que viajar, con la recomendación de mejor no acercarse por aquí.

Muchas miradas se dirigen hacia la juventud y su forma de practicar el ocio,  incluido el uso de la hostelería, que me temo va a pagar injustamente el pato de tanto contagio imparable, que sitúa a regiones enteras, caso de Cantabria, al límite de sus posibilidades sanitarias. Desde el principio, la información y consiguiente formación de la población con respecto al Coronavirus ha sido penosa. Por si fuera poco, en España se ha adelantado la eliminación de un toque de queda, que en este verano sería aún necesario (pongamos hasta la una de la madrugada). Sobre las mascarillas y retirarlas en las calles, la medida ha sido igualmente precipitada, tanto, que la población en general desconfía y la sigue utilizando por la calle.

No se pueden tomar decisiones en contra de la lógica de los hechos, que en este caso nos dice que el Covid sigue muy fuerte, lo que ya hace hablar de una quinta ola, denominada como la “ola joven”. Si los expertos dicen que es mejor ir con calma, antes de tomar medidas que, ya se ve, son contraproducentes, ¿por qué no se les ha hecho caso? Por el maldito individualismo español, que genera comportamientos de ir de sobrados, de saberlo todo, los más listos del mundo mundial, cuando nada de esto es así. De esta manera, nos hemos metido de lleno nuevamente en el laberinto del Covid, y las medidas urgentes que habrá que  retomar sobre cierres en el interior de la hostelería y limitación de aforos en las diferentes actividades laborales o culturales que llevamos a cabo de habitual.

“Si los expertos dicen que es mejor ir con calma, ¿por qué no se les ha hecho caso? Por el maldito individualismo español de ir de sobrados”

Seguimos hablando de recuperación, y más con la remodelación en el Gobierno central, que se acaba de producir. Pero estamos a punto de perder una oportunidad de oro para haber mejorado de verdad, sacrificio que han llevado a cabo millones de españoles, con un comportamiento ejemplar ante el virus, aunque necios siempre ha habido, hay y habrá. Tras el levantamiento de las medidas preventivas, algunos han salido desbocados a comerse el mundo, y como peor actitud tenemos los viajes de estudios, que por mucho que quieran justificar unos padres que no quieren entender, ha sido una malísima idea.

La resolución de esta crisis sanitaria debería seguir centralizada en un Ministerio de Sanidad que tenga claro lo que hay que hacer, y se haga cumplir por igual en todas las comunidades autónomas. Pero ya estamos en la carrera de la recuperación, que no entiende de restricciones como las que hemos tenido en el pasado, y por eso prevalecen los anuncios de levantar prohibiciones al tiempo que estamos inmersos en un proceso masivo de vacunación, que queda tocada por esta quinta ola Coronavirus. Reconozco que no es fácil tomar decisiones cuando hay tantos sectores económicos que se la juegan. Pero con los muchos esfuerzos que tantos hemos hecho, unos más que otros, no tendríamos que haber permitido caer nuevamente en contagios incontrolados, reuniones masivas alocadas, viajes que no hay que hacer, contactos con personas distintas a nuestro entorno habitual, y actividades que, por muy dura que sea la decisión a tomar, no tendrían que llevarse a cabo. Ni más ni menos, esto es lo que hemos hecho mal en España. Nos han entrado las prisas por regresar a antes del Covid, como si hubiera alguien que no lo prefiera en vez de moverse con mascarilla. Hay como dos sociedades diferentes. La que sigue creyendo en la necesaria prevención. Y aquella que se comporta como si le diera todo igual, olvidando que su libertad termina cuando empieza la de los demás. Sencillamente, los necios no quieren escuchar;no han aprendido nada de la fatídica racha sanitaria que atraviesa el mundo, y tampoco han pensado lo más mínimo en hacer algunas cosas de manera diferente,  porque no podemos seguir en lo que mejor sabemos hacer: destruir nuestro mundo. Quienes no se plantean cambio alguno solo quieren vivir a tope, como si los demás fuéramos unos tristes, que nos encanta encerrarnos en casa, lavarnos mucho las manos, utilizar contantemente gel, y llevar las mascarilla correspondiente a la posibilidad de contagio que tenemos cada cual. Y no es así. Queremos vivir libremente, que nuestro país salga adelante, sus empresarios, trabajadores, autónomos, la hostelería, el turismo, el comercio, los taxistas, así, del primero al último. Aunque con los necios, egoístas, insolidarios, cargados encima de razones de que pueden hacer lo que les venga en gana y cuando les venga en gana, no se puede contar, mientras nos joden a todos los demás, de nuevo, con los contagios incontrolados del virus.

“Hay como dos sociedades diferentes. La que sigue creyendo en la prevención Y aquella que se comporta como si le diera todo igual”

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El botellón, que nació para quedarse, aliado Covid imprevisto

Que el botellón no hay quien lo pare es tal cual. Aunque mosquea muchísimo que sea tan insolidario con el grave momento sanitario que atravesamos. Las miradas se fijan en los jóvenes, su desdén, sus padres, hasta recalar en la educación. A ver, el botellón es como es España, la que hemos hecho, y de ahí ha surgido esta tendencia social que no se reconoce, aunque es un hecho que desaparecerá por sí solo, cuando surja otra manera de ocio, hoy por hoy, lejana. Lo que no quita que ahora, con el Covid, haya que pedirles a los jóvenes un actuar con más cabeza.  

Esto es lo sabido: en invierno, la imagen se repite cada fin de semana, y en verano la cita pasa también a días laborales, porque los estudiantes están ya de vacaciones. Se llama el botellón. Son sus enemigos la hostelería, en la que no se dejan un euro, ya que el botellón se inicia con la compra en los supermercados del avituallamiento que demandan los jóvenes para sus multitudinarias quedadas. La chavalería pulula por las ciudades, bolsas en mano que guardan las bebidas, hasta llegar al punto de encuentro. Es otra foto fija en la urbes, con vecinos que protestan, basuras extras que se acumulan, policías locales que expiden sanciones que pagarán posteriormente los progenitores, mientras instituciones como delegaciones del gobierno o ayuntamientos no dejan de recibir quejas que quedan archivadas.

Hecho el resumen, ahora que son tiempos del Covid, los botellones cobran mucho más protagonismo, ya que estas concentraciones juveniles, más los viajes estudiantiles, han disparado la propagación de contagios, poniendo nuevamente en peligro la economía hostelera, al turismo, incluidos desplazamientos vacacionales entre regiones. Así, inesperadamente, ha regresado el fantasma del cierre de municipios, bares, restaurantes y ocio nocturno, y el fuego cruzado de culpas es intenso. Unos miran solo a los chavales; otros a los padres consentidores; todos a las autoridades, por no ejercer sus competencias, y también sale al ruedo la educación, tildada de calamitosa en este sentido. Tampoco se libran quienes venden los licores, acusados de ir solo al negocio.

Puede que en todo lo anterior haya un poco de razón, pero ni he oído ni tampoco leído que el botellón es una tendencia social, como en los años 70 y 80 del siglo XX, los que somos padres ya de cierta edad, tuvimos nuestra forma de ocio que, en una gran parte, consistía en regresar a casa de madrugada tras largas juergas, de garito en garito, y copón que te crio. Por eso, no sé si muy a mi pesar o no, ya les digo que el botellón no tiene solución, porque los chavales, salvo la prohibición de beber en la vía pública, quedan libremente, se mueven libremente, se concentran libremente, y no hay ley que pueda alterar esta combinación de derechos individuales, que cada cual ejerce como mejor cree, aunque con el Covid acechando no sea precisamente la mejor idea llenar plazas y calles sin distancia alguna. De todas formas, cuando oigo que el botellón se soluciona con ocio alternativo, me entra la risa.  

“No hay ley que pueda alterar derechos individuales, aunque con el Covid no sea precisamente la mejor idea llenar plazas sin distancia alguna”

Por otra parte, España ha sido siempre excesiva en todo, y de ahí el número millonario de turistas que acuden a nuestro país, y de igual manera los jóvenes extranjeros que vienen aquí a beber en la calle, en tantos lugares de la geografía nacional, que no es que hayan hecho en el tiempo demasiados ascos a llenar de dinerito las arcas del comercio de la ciudad

Una cosa sí hay que recriminar a estos jóvenes y a sus familias. Me parece muy bien que se diviertan, pero su insolidaridad para con el resto de la sociedad es indecente en momentos tan delicados de Coronavirus. No hemos sabido meterles en su cabezota (tampoco ellos han puesto mucho de su parte) que la pandemia es cosa de todos, y que su mal comportamiento es pernicioso para el conjunto de los ciudadanos, como está ocurriendo ahora con unas cifras de contagio disparadas en todos los lugares, especialmente en Cantabria. Desde el principio de la crisis sanitaria se han creído inmunes, hasta llegar a actuar como tal, pero va a ser que no es así. Incluso cuando la han hecho gorda, como unos viajes de estudios que no tenían que haberse dado, ponen junto a sus padres el grito en el cielo por ser sometidos a una cuarentena que no quieren hacer. No hay palabras hacia tan intolerable actitud, así como el excesivo tiempo que les han dedicado las televisiones, y que han utilizado como su minuto de oro para trasladar que pueden hacer lo que quieran, cuando les venga en gana.

Otra cuestión, la que más apena, es su mirar para otra parte con los casi cien mil españoles que tan injustamente se ha llevado por delante el Coronavirus. Cuando estábamos en cuarentena, muchos de estos jóvenes salían a aplaudir a nuestros sanitarios, y su labor heroica por salvar a un país de la tragedia que se cernía. Parece que no lo sentían tanto. Parece que han olvidado muy rápido. Parece que una cosa son los gestos de terraza y otra muy distinta las concentraciones masivas, el botellón, todos apretaditos, sin mascarilla que valga y, claro, como resultado, el Covid está desbordado. Una vez más, en la crítica y consecuencias del ahora, hay que hablar del lamentable discurso oficial, desde el principio de la pandemia. Pasaba lo que pasaba, pero se trataba de minimizarlo todo a través de mensajes manipulados y emitidos especialmente por las televisiones. Así se hizo, y ahora recogemos las malas consecuencias, como muchos vaticinamos.

“Cuando estábamos en cuarentena, muchos jóvenes salían a aplaudir a nuestros sanitarios. Parece que han olvidado muy rápido”

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Malas decisiones que nacen de un deficiente sistema educativo

¿Tiene que ver el sistema educativo que se da un país con su futuro, y las buenas o malas decisiones que tome? Para los que mejor lo saben, que por eso están reconocidos como grandes figuras de la historia, tiene que ver todo. Por eso, mucho de lo que pasa en la actualidad, en España sin ir más lejos, tiene que ver con una deficiente formación personal e intelectual, desde la escuela. Si como ocurre, se abandona el esfuerzo o la lectura, estamos forjando mediocres profesionales, que cuando tengan una gran responsabilidad en sus manos, de calado político, social o económico, ya se verá por las peteneras que nos salen.

Desde que mi cabeza empezó a pensar, fruto de la educación en el colegio, siempre he practicado la conversación, la tertulia de café si prefieren, para intercambiar ideas pero, ante todo, para conocer sobre el terreno lo que opinan los demás de las cuestiones que acontecen de habitual, aquí, en España, y donde se tercie. En concreto: si antes del Covid, el mundo estaba ya raro, ahora la actualidad está ocupada por muchos momentos surrealistas, apreciación a la que llegas por decisiones que se adoptan en muchos y variados terrenos, y que no tienen ni pies ni cabeza. A mitad ya de 2021, se habla también mucho de moral. Y eso es bueno si el concepto conlleva respeto, se cumple, y malo si resulta todo lo contrario.   

Decía Leonardo Da Vinci que el aprendizaje nunca cansa la mente. Ahora bien, es para echarse a temblar si a un joven estudiante, como sucede ahora en demasía, le preguntan en un examen que describa lo que hacía Da Vinci, y como respuesta contestaque escribió El Quijote. Sin buenas políticas educativas, un país no va a ninguna parte, que es lo que le sucede al nuestro.

Aprobar cada poco, según el Gobierno que llegue al poder, una nueva Ley de Educación (8 llevamos ya en España desde el año 1980) se termina pagando, y de forma muy contundente. Tras instaurarlas, además sin consenso, te encaminas hacia un túnel cuya salida será otra nueva reforma, dentro de muy pocos años. La última noticia que conozco a través de la Agencia EFE es que “los alumnos de ESO y Bachiller podrán pasar de curso con hasta dos suspensos”. Al hablar de profesores, cada nuevo plan de estudios les tiene menos en cuenta y no les garantiza el debido respeto que han de tener los alumnos hacia su figura y enseñanzas. Además, ¿con suspensos, qué esfuerzo se practica a la hora de conseguir un título?, ¿dónde queda la superación?, ¿qué pensarán profesores, padres y empresas que luego tienen que dar trabajo a esos malos estudiantes?

“Los alumnos podrán pasar de curso con dos suspensos. ¿Qué pensarán las empresas que luego tienen que dar trabajo a esos malos estudiantes?

Y así con el tiempo llegan, entre otras cuestiones, las malas decisiones, que son las que toman las personas. En El Tiempo pasa, canción de Pablo Milanés, hay un instante en que dice que las viejas discusiones se van perdiendo entre las razones, y a todos dices que sí y a nada que no para poder construir. Pues igual. Los intereses se apropian del sistema y también de la calle, que es lo realmente lamentable. Saco a posta la canción de Milanés para rememorar la segunda mitad del siglo XX, como un ejemplo para la humanidad en libertad, movimientos sociales, creación, cultura, tendencias artísticas, cine, televisión, y no se puede dejar de citar la lucha social y laboral. Evidentemente, todo esto se estudiaba después  y algo podías recoger de los mensajes de los Ghandi, Mandela, Madre Teresa de Calcuta, Chaplin o Martin Luther King.

En el siglo XXI, y mucho tiene que ver la educación, hemos entrado en lo que hay que denominar claramente como mal rollo. En el mundo entero son elegidos unos lideres cuyas acciones nos dejan pasmados, eso si el miedo a lo que puedan llegar a hacer no se convierte en habitual cangele.  En todo, la división es patente, impulsada más por unos que por otros, y una vez más tengo que mentar el legado de Donald Trump. En esto llegó el Coronavirus, y todo lo que sigue, poco muy bueno, lo conocen sobradamente. En España ha crecido vertiginosamente la confrontación, y parece que el consenso ya es una acción del pasado. La montaña de problemas llega ya a la altura del Everest. Desacuerdo permanente, el intento de independencia de Cataluña, el destrozado sistema sanitario, la cifra escalofriante de muertos por el Covid, la vacunación, los contagios gratuitos, las dudas que genera una Europa con muchos interrogantes en la palabra que la precede, Unión, el Brexit, las incertidumbres económicas derivadas de una nueva crisis (y ya van), industrias y comercios tocados por la falta de suministros, una reforma laboral que estrangula y explota el acceso de los jóvenes al mercado laboral, el peligro de Marruecos con Ceuta y Melilla, la desaprensiva subida de la luz, los desacuerdos autonómicos en muchas cuestiones esenciales de país, los indultos sin arrepentimiento alguno, la inmigración, la xenofobia, la violencia de género, la vehemencia que aumenta en todos los campos, una cultura en la UVI, y suma y sigue. Dejo para el final, y ya acabar, la educación. Un sistema educativo,  tan deficiente y poco exigente, es la clave para dar luz a las personas que más tienen que afrontar los retos más peliagudos a los que nos enfrentamos, generadores de tantas dudas, miedos, ansiedades, cabreos y tensiones.   

“Un sistema educativo tan poco exigente es la clave para dar luz a las personas que tienen que afrontar los retos a los que nos enfrentamos”

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La injusta e inasumible subida de la luz exige solución ¡ya!

Las contadas compañías que controlan el sector eléctrico nacional han demostrado, sobradamente, su inoportunidad a la hora de subir tarifas, cuando el país peor está.  El enfado social por el precio de la luz no se va esfumar, y el Gobierno es consciente de ello. Se atisba ya una bajada del IVA más alto que se aplica a la factura eléctrica dentro de Europa. Será bien recibido, aunque quedará pendiente lo esencial: ejercer el debido control sobre las actuaciones desmedidas de las grandes multinacionales del sector. Mejor hoy, que mañana.

Pese a lo apáticos que para tantas cuestiones somos en este bendito país, el gigantesco subidón de la luz ha calado profundamente en los hogares y, de ahí, ha saltado a la calle. El Gobierno, que estudia medidas que abaraten un poco la energía, lo llama “frustración en la población”. Pero al mismo tiempo, reconoce que en España el suministro de electricidad está en manos de unas pocas empresas, que ejercen un poderoso control sobre el negocio, al acaparar el 60 por ciento de la distribución energética entre la población.  

Por eso, mientras se pretende dar urgente solución a tan injusta e inasumible subida (y en momentos tan malos), es como si junto al remedio nos pusieran en sobre aviso de que poco más podrá hacer el Gobierno, que en estos momentos estudia una bajada del IVA en la factura de la luz, pero nadie asegura que este gasto siga aumentando en los próximos meses.

Lo del IVA eléctrico ya se tenía que haber rebajado hace tiempo, porque el nuestro es el más alto de la Unión Europea, en contraste con Irlanda (13, 5%), Italia (10%), Luxemburgo (8%), Grecia (6%) o Francia (5,5%). Portugal, nuestro vecino, lo recortó en el año 2019 del 23 al 6%, mientras España se ha dormido en los laureles, hasta el hachazo actual a la cada vez más escuálida economía familiar, que paga tan alto precio por las materias primas más esenciales, como supone tener una electricidad asequible en cada casa, porque se pueda utilizar en el frio invierto o para airearse con el ventilador en el caluroso verano.  El periódico Público relató por aquel entonces el ejemplo portugués con un atinado titular: “Portugal baja el IVA de la luz del 23 % al 6% y enseña el camino a España”.

“Lo del IVA eléctrico ya se tenía que haber rebajado. Portugal lo recortó del 23 al 6%, mientras España se ha dormido, hasta el hachazo actual”

El discurso actual de Gobierno y eléctricas, echándose las culpas,  recuerda en forma y fondo al pasado. Un antes que marca la historia de un país con déficit y dependencia energética, que debería haber hecho los deberes en la materia para facilitar, especialmente a las clases más desfavorecidas, un coste de la electricidad acorde a los sueldos que se ganan. Con las ayudas al alquiler que prestan la mayoría de las autonomías a sus ciudadanos, especialmente a los jóvenes, ahora habrá que añadir el echar una mano para poder abonar la factura de la luz.

Al tiempo, ha sido lamentable cada recomendación dada para poner la lavadora y el lavavajillas a las horas más adecuadas para el ahorro, todas de madrugada, que es cuando se debe dormir y descansar. A nuestro tradicional problema de horarios con respecto al resto de Europa, solo nos faltaba mantenernos despiertos en la madrugada, para planchar la ropa que nos vayamos a poner al día siguiente. Esto no habla nada bien de un país  avanzado. Muy al contrario, recuerda a tiempos de escasez, de recortes y penurias.

De una vez por todas, España debe reconducir lo que es uno de sus más graves problemas. Los que pagan los platos rotos son los ciudadanos, tan preocupados ahora por la economía, el trabajo y el futuro, un contexto suficientemente grave como para no crear más dificultades a las ya existentes. Una de las principales funciones del Gobierno, como guía que es del buen funcionamiento de la economía nacional, es el control de los precios. Las grandes compañías eléctricas, en vez de tanto anuncio televisivo de autobombo y compromiso social, deben dar ejemplo de cómo actuar en cada momento, máxime inmersos en una crisis de reconstrucción y recuperación de tantos sectores. A lo que se ve, el Covid y toda la penuria que ha traído, no parece suficiente lastre como para que no se eleven hasta el disparate precios de suministros tan sensibles como la propia energía.

A la espera de decisiones, parece que volvemos a ser los ciudadanos sobre quienes recae el mayor coste de las crisis. En la del 2008, fue la banca la que cobró un protagonismo nefasto con el multimillonario rescate aportado con el dinero de los impuestos de todos los españoles. En este 2021 se vuelve a hablar de bancos con sus miles de despidos y cierre masivo de sucursales y servicios a los usuarios. Y también de unas pocas compañías eléctricas conocidas por todos, que quieren marcar el ritmo de lo que hay que pagarles al alza como si atravesaran por problemas, cuando el propio Gobierno de España reconoce que los beneficios de estas multinacionales se han disparado hasta cifras mareantes. En sus constantes campañas de publicidad nos quieren vender  todo lo que aportan al conjunto de la sociedad, aunque está más que claro que una cosa es la que se dice y otra muy distinta lo que se hace. Para atajar esa frustración social que preocupa al Gobierno, hay que tomar medidas ¡ya!

“Los ciudadanos pagamos el coste de las crisis. En  2008, la banca  cobró un protagonismo nefasto. En 2021, unas pocas compañías eléctricas”

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