Desengancharnos del Covid convertido en el monotema diario

Los del coaching dicen que ante cualquier problema hay que oxigenar primero el coco, porque así se tomarán después las mejores decisiones. Solución, lo que es solución, por ahora no ha llegado al Covid, porque tras la vacunación vendrá otra nueva que se anuncia, y hay ocasiones en que me estreso pensando si los Fondos Europeos son antes que aplacar la crisis sanitaria. Siendo así las cosas, que nos las cuentan a diario de otra manera, sí, hay que ser positivos y pensar que vendrán días mejores. Quiero comparto este sentir, en vez de que el virus sea el monotema diario.

Hay cuatro actitudes frente al Covid. El temor persistente. Un desconcierto contagioso. Los negacionistas. Y tirar para adelante con prudencia, que no hay que confundir con pasar de todo, que sería una variante que se ve ahora mucho, especialmente entre los jóvenes. Es irrefutable: estamos hartos del Coronavirus, y de todo lo que ha acarreado, porque nos ha querido cambiar la vida y, en muchos casos, ciertamente lo ha conseguido, como es el caso de los sanitarios o quienes viven de la hostelería, turismo, cultura y el ocio, todas ellas palabras mayores en España.

El final de una pandemia conlleva ineludiblemente un balance. Este puede ser bueno, malo o regular, pero como se asegura al principio de la frase, hay que dejar la opinión para cuando termine toda esta mierda. Eso sí, no cabe duda de que las cosas no se han hecho bien, y hay muchas ocasiones, como el periodo actual, en que demostramos lo poco que hemos aprendido de todo lo acontecido, porque en muchos casos nos limitamos a manifestar: “Ya está bien, quiero vivir”.

Más que deseos entendibles, desengancharse del Covid requeriría mejor del esfuerzo por controlarlo y acabar con sus peligros, pero ya se ve que eso necesita de tiempo, y hay que saber conjugarlo con seguir viviendo lo mejor que se pueda. Hay cuestiones que pasaran a la historia de esta pandemia como lecciones que enseñar en las escuelas. La primera es que nos pilló tan de sorpresa, que nadie en el mundo estaba prevenido y preparado para combatirla desde que el bicho saltó de Wuhan, (China se va de rositas), al planeta entero. Tan listos que somos, todos aquí sabemos cómo arreglar las cosas, hasta que te encuentras con semejante muerto, y resulta que no tiene la salida tan fácil que se pensaba. Por eso habría que haber dejado el mando estratégico de esta crisis sanitaria a los científicos; ha habido momentos en que dudábamos que por sus silencios siguieran viviendo entre nosotros. Lo mismo podemos hablar de la educación y concienciación ciudadana con respecto a lo que atravesamos; tampoco ha sido la debida. Los que han sufrido en sus propias carnes lo hijo de su madre que es este virus sí lo saben, pero el resto se comporta más de acorde a que no ha tenido ni tiene Covid, y por eso la opinión es muy diferente a haber pasado por una UCI o encerrarse en casa en modo cuarentena.

“Desengancharse del Covid requeriría controlarlo, pero eso necesita tiempo, y hay que conjugarlo con seguir viviendo lo mejor que se pueda”

Por supuesto, las familias de los fallecidos son quienes mejor saben de lo que hablo. Conocen el olvido y lo poco que duran los aplausos y reconocimientos del momento. Más de 81.000 muertos en España, casi 130.000 en Reino Unido, 628.000 en Estados Unidos, 423.000 en la India, cerca de 240.000 en México, 71.000 en África.  La lista de muertes por Covid ha llegado a todos los países del mundo, aunque es un hecho poco abordado, ya que la solución al problema (de ahí que estemos como estamos) se ha querido abordar mayormente de manera individual, por países, en vez de atender al conjunto del problema, es decir, el mundo entero. Hemos aplicado un antídoto ya conocido en las crisis de la humanidad: ¡Sálvese quien pueda!

Pese a que desde hace un rato expongo datos tristes y escalofriantes, lo cierto es que hay que seguir adelante de la mejor manera que podamos. Mentalizados, sí, pero venirse arriba, porque pese a los derrotistas, cada día más, en la vida hay muchas más cosas que el coño Coronavirus. Estemos atentos a no caer en las garras del virus, y para eso están las prevenciones, que sí que funcionan. Yo me sigo poniendo la mascarilla en todas partes, y aplico la necesaria distancia social, que es mayormente lo que se hace muy mal en este país. Pero, al tiempo que lo hago, mentalmente lucho por estar fuerte, por esperar mejores tiempos. Y sé que llegarán. Estar hablando todos los días del Coronavirus es un auténtico peñazo. Llevamos dos años así, y las malas conductas (reuniones que no deberían producirse) nos encorajinan, pero el cansancio en la gente es más que patente y hay ocasiones en que entiendo ciertos comportamientos, porque no podemos olvidar que hemos llegado a estar encerrados en casa, y luego nos han ido desescalando para regresar al trabajo, a la calle y a los quehaceres con los que más disfrutamos (derechos individuales).

Los gestores de esta gran crisis sanitaria deberían haber sido los primeros en generar esta pedagogía, para que no todo sea vivir con miedo y andar por cada esquina maldiciendo a un virus acosador. A fin de cuentas, ha sido la mano humana, por acción o por omisión, la causante de este cataclismo mundial, que no va a tener castigo alguno, ya que no hay ni investigaciones ni ganas de afrontarlas. Siendo esta la actitud oficial, ¿vamos a ser los ciudadanos los desgraciados que carguemos con las comeduras de coco respecto hacia dónde va el mundo? Lo que sí tenemos que ser es exigentes con el poder, controladores de los experimentos secretos y malignos, cuidadores de nuestro medio natural, e impulsar una verdadera educación en valores de respeto, comunes para todos, en cada rincón del mundo. Junto a todo esto, hay que seguir viviendo, porque una actitud positiva será la mejor expresión de que el virus nunca nos vencerá y, nosotros a él, sí.

“Hay que seguir viviendo, porque una actitud positiva será la mejor expresión de que el virus nunca nos vencerá y, nosotros a él, sí.

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Comunicar hoy que el Covid va bien y mañana decir lo contrario

Esta quinta ola del Covid, llamada la joven, demuestra que una cosa es la tranquilidad que se traslada a la ciudadanía, y otra muy distinta la pésima situación que volvemos a vivir en número de contagios, muertes y saturación hospitalaria. A lo largo de toda la pandemia se ha echado en falta una información y comunicación veraz, fiable, que a fin de cuentas es lo que puede dar seguridad sobre el presente y el futuro de lo que pasa realmente en nuestro país. Como eso no ocurre, impera la incertidumbre, de ahí que, aunque se pueda, no nos quitemos la mascarilla en la calle.

Desde la declaración de la pandemia de Coronavirus en España, allá por marzo de 2020, llevamos algo así como 16 meses asistiendo a un desbarajuste comunicacional e informativo, del que tanta culpa tiene el emisor, anótese Gobiernos, como el mensajero, a los que conocemos como medios de comunicación. La técnica, por llamarlo de alguna manera, consiste en mantener a toda costa que lo del Covid va miel sobre hojuelas, por la marcha de la vacunación ante todo, cuando al día siguiente se tienen que tomar urgentes medidas, con jueces que dictan toques de queda pedidos, ante la posibilidad real de que los hospitales se colapsan hasta reventar.  

En este momento no me atrevo a esgrimir un balance de la situación que vivimos, pero es notorio que impera la indisciplina social, lo que hace que cada cual haga lo que le viene en gana, y como resultado los contagios están disparados mientras las concentraciones, de jóvenes y mayores, nodisminuyen, pese a lo cual se insista y machaque el mensaje de que España va bien, aunque no sea ni mucho menos así.  

La búsqueda de la verdad ha sido siempre el santo y seña del periodismo, hasta que llego el Covid-19. De nuevas, nos anuncian que seguramente debamos recibir una tercera dosis de vacuna. Anteriormente, se vendió que a finales de julio llegaríamos a una inmunidad del 70%, que nos daría ya la tranquilidad total para pasar un buen verano, vacacionar, viajar y recibir turistas, y reubicarnos en una economía que recuperara su ritmo habitual. En ninguno de los casos, va a ser así. Igualmente, se presenta un nuevo curso escolar que será muy parecido al anterior, donde la educación telemática sigue su implantación, pese a tener nuestro país un sistema educativo que, año tras año, da las peores notas dentro del informe PISA que es el Programa Internacional para la Evaluación de Estudiantes. Por cierto, la mala educación que reciben nuestros jóvenes en escuelas, institutos y universidades se ha puesto de manifiesto en su comportamiento ante el virus, que mayormente consiste en no hacer nada de las recomendaciones de mascarilla, distancia y evitar los lugares y las concentraciones (los famosos botellones) donde a buen seguro tienes todas las papeletas de pillar el Covid.

“La búsqueda de la verdad ha sido santo y seña del periodismo, hasta el Covid-19. A finales de julio, la inmunidad del 70% nos daría ya tranquilidad”

Nuestros jóvenes, ni están bien educados en la responsabilidad, ni informados adecuadamente de todo por lo que estamos pasando y sus consecuencias, ni mucho menos motivados, porque ya parecen no creer en nada ni en nadie. Y no es de extrañar.

La desconfianza se plasma en el hecho de que la mascarilla ya no sea obligatoria por la calle, salvo excepciones que no hacen falta ya que la gran mayoría de ciudadanos, de todas las edades, no se la quiten por las muchas dudas que hay sobre los contagios que se están dando. ¿Nadie se pregunta sobre el porqué de esto? Si la información oficial sobre el Covid fuera fiable, digo yo que no se daría esta circunstancia de que, a pesar de que se flexibilicen las medidas contra el virus, la gente no siga estas recomendaciones del Ministerio de Sanidad. En el segundo año del Coronavirus ya no resulta creíble que se han de cambiar muchas cosas, gestionar mejor esta crisis sanitaria, porque el cansancio de la gente viene generado de no confiar. Habría que haberlo hecho mejor en su momento. Es cierto que se pueden contar con los dedos de una mano los países que han actuado eficazmente. Desde luego, la Unión Europea ha suspendido en la mayor y mejor coordinación de todo lo relacionado con la pandemia. Cada día que pasa, depende del país europeo, se toman nuevas medidas, algunas de las cuales entran ya – desde mi punto de vista- en una intromisión en los derechos individuales de los ciudadanos, algo que en esta parte del mundo resultaba sagrado. Aquella frase de que el Covid lo ha cambiado todo no era gratuita. Y es que hay que estar muy vigilantes a la hora de distinguir las medidas sanitarias que redunden en el control del virus, de esas otras que suponen una alteración del texto de las constituciones democráticas y todo lo relacionado con los derechos fundamentales. Sí, la situación vuelve a ser muy delicada por esta quinta ola del Coronavirus. También porque las ideas se han terminado, lo que deja a la ciudadanía en una clara situación de indefensión ante todo lo que está por venir. Tampoco esperemos que la información oficial lo reconozca.

“La desconfianza se plasma en que la mascarilla no sea obligatoria por la calle, y que la mayoría de ciudadanos, de todas las edades, no se la quiten”

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Cuando escribí: “Ya no se hablará, o sí, de toques de queda”

Como que la semana tiene siete días, se veía venir todo lo que está ocurriendo con contagios masivos, toques de queda y prohibiciones incluso de vender alcohol a partir de una determinada hora, como sucede en Cantabria. Nos lo hemos ganado a pulso, aunque la culpa tiene unas determinadas vertientes que expongo más abajo. Sea como fuere, volvemos al punto de inicio de la pandemia, con muy pocas esperanzas, al menos yo, de que hayamos aprendido esta vez la lección.

El periodismo tiene mucho de premonición, porque observas los comportamientos sociales, los describes y analizas, y, ¡date!, esperas a que lo que presagias se reproduzca tal cual. El 9 de mayo de 2021 publiqué aquí un artículo titulado “Ya no se hablará más (o sí) de alarmas y toques de queda”. Terminaba con esta reflexión crítica: “Para mi gusto, si se hubiera hecho con previsión, consenso, desescalada y un mayor número de vacunas puestas, mejor que mejor. Por el bien de todos, más nos vale que la medida sea acertada, aunque las primeras crónicas escritas al alabar la alarma hablan solo de botellones a destajo y todos a la calle como si no hubiera otro día que celebrar”.

Desde el pasado 17 de julio, Cantabria tiene un nuevo toque de queda. Y Cataluña. Y Valencia. A la espera del sí de los jueces están otrosterritorios que se apuntarán a quedarse en casa por la noche, ya que la pandemia está ahora desbocada en España, en plena campaña turística del veraneo. ¿Quién tiene la culpa de semejante desaguisado? Se acusa directamente a los jóvenes, sus botellones y concentraciones multitudinarias sin prevención alguna, también a sus viajes de estudios, que no tenían que haberse dado ni ser consentidos por sus padres, pero aquí las culpas son más amplias, y hay que concretarlas como requiere esta gravísima pandemia que nos va a dar aún mucha guerra dentro de un 2021 que se presenta como otro año perdido.

Hay cinco razones por las que no salimos del Covid como es debido. La inicial es que el mensaje oficial es erróneo (concienciación). La siguiente, que la llamada desescalada ha sido del todo inoportuna (prisas, el veranito, intereses y egoísmos). Una tercera es que la economía y el turismo aprietan lo suyo para funcionar con total normalidad (negocios por encima de salud). Seguidamente, expongo que una crisis sanitaria no necesita de promesas vagas y de plazos de vacunaciones que no se van a cumplir, sino que ha de seguir en todo momento los consejos de los expertos reales, que en todo este proceso han tenido ausencia y presencia por igual (la política choca con la ciencia). La última razón de la mala situación en que volvemos a estar se encuentra en la ausencia de un criterio común de actuación en todos los ámbitos y lugares, y aquí lo mismo entra España que el resto de países de la Unión Europea (desorganización).

“Cinco razones por las que no salimos, concienciación, prisas, economía y turismo que aprietan, negocios por encima de salud y desorganización”

La imposición en determinadas comunidades autónomas de un nuevo toque de queda no está exenta de una grave polémica porque, se trate de un lugar u otro, los jueces dicen que sí a la medida y que no como ha ocurrido ya en el País Vasco o Canarias. La legislación española necesita de una urgente adaptación al momento que vivimos, así como de cara al futuro y lo que pueda pasar con tintes pandémicos parecidos. Todo lo que ha ocurrido en España en tan solo dos meses, ola juvenil, botellones, una vuelta masiva a la normalidad dejando de lado mascarillas y distancias, todo ello, tendría que haber estado previsto. No ha sido así, y volvemos al inicio de la crisis sanitaria, con un verano muy tocado, avanzando hacia un final de año que se nos va a parecer en muchas cuestiones a lo que ya hemos conocido el pasado año (reuniones de 6 como máximo).

Vivir con normalidad no es cerrar los ojos ante lo que nos pasa. Tampoco es hacer dejación de funciones, como si este problema no fuera del Gobierno de España, y de todos los demás Gobiernos que conforman el sistema político que bajo el amparo de una Constitución nos hemos dado los españoles. Cabría esperar cambios en muchas actitudes,tras los toques de queda que avanzan en todo el país, porque en todos los lugares están mal o lo van a estar pronto. No albergo muchas esperanzas, por eso de que siempre tropezamos en la misma piedra, y vivimos además tiempos muy raros en los que nadie se pone de acuerdo en nada, aunque la cuestión lo requiera con suma urgencia.

Así, volvemos a retornar al desconcierto, a no saber en lo que creer o no creer, a tener dudas sobre las vacunas, ya que muchos de los nuevos contagios han recibido ya la totalidad de las dosis, que no les ha servido para la anunciada inmunización. Pese a ser verano, en plenas y merecidas vacaciones también del personal sanitario, se dieron porcentajes de vacunaciones, que se han ido al garete, porque si estás hablando de toques de queda o de prohibir la venta de alcohol a una determinada hora, se pierde el objetivo prioritario que se había anunciado, como contribución a la salida total del virus. Ni que decir que lo que pasa ahora nos lo hemos ganado a pulso, jóvenes y mayores. Que cada uno vaya a lo suyo, a su propia libertad e intereses, no casa bien con lo colectivo, con un trabajo y aspiraciones en común, que es lo que no sucede en España y en el resto del mundo. Ya que cito el término mundial, acabaré señalando que el Covid-19 ha llegado en el peor momento posible. Algo está cambiando con respecto a la forma que teníamos de pensar y actuar en el XX y principios de este XXI. No hay unidad entre países, ni entre pueblos, ni entre las personas. Ahí es donde nace el caos.  

“Volvemos a retornar al desconcierto, a no saber en lo que creer o no creer, a tener dudas sobre las vacunas y la anunciada inmunización”

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SACRIFICIOS POR EL COVID ANIQUILADOS POR LOS NECIOS

Con el Coronavirus vamos de ola en ola. Estamos ya en la quinta,  y la llaman “ola joven”. Qué pena ser como somos en este país. Apelo al lamento ya que el sacrificio llevado a cabo por millones de españoles, y su ejemplar comportamiento, se ha ido todo al garete por un buen número  de necios, que solo están a lo suyo. Vivir a tope, dicen, que no es otra cosa que hacer lo que les da la gana, mientras contagian el virus a los demás.

España vuelve a entrar en el túnel oscuro e impredecible que es el Covid. Nos veíamos muy felices, con la vacunación a buen ritmo, sin toque de queda que valiese, y fuera la mascarilla. Pero volvemos a estar en todas las quinielas de país peligroso al que viajar, con la recomendación de mejor no acercarse por aquí.

Muchas miradas se dirigen hacia la juventud y su forma de practicar el ocio,  incluido el uso de la hostelería, que me temo va a pagar injustamente el pato de tanto contagio imparable, que sitúa a regiones enteras, caso de Cantabria, al límite de sus posibilidades sanitarias. Desde el principio, la información y consiguiente formación de la población con respecto al Coronavirus ha sido penosa. Por si fuera poco, en España se ha adelantado la eliminación de un toque de queda, que en este verano sería aún necesario (pongamos hasta la una de la madrugada). Sobre las mascarillas y retirarlas en las calles, la medida ha sido igualmente precipitada, tanto, que la población en general desconfía y la sigue utilizando por la calle.

No se pueden tomar decisiones en contra de la lógica de los hechos, que en este caso nos dice que el Covid sigue muy fuerte, lo que ya hace hablar de una quinta ola, denominada como la “ola joven”. Si los expertos dicen que es mejor ir con calma, antes de tomar medidas que, ya se ve, son contraproducentes, ¿por qué no se les ha hecho caso? Por el maldito individualismo español, que genera comportamientos de ir de sobrados, de saberlo todo, los más listos del mundo mundial, cuando nada de esto es así. De esta manera, nos hemos metido de lleno nuevamente en el laberinto del Covid, y las medidas urgentes que habrá que  retomar sobre cierres en el interior de la hostelería y limitación de aforos en las diferentes actividades laborales o culturales que llevamos a cabo de habitual.

“Si los expertos dicen que es mejor ir con calma, ¿por qué no se les ha hecho caso? Por el maldito individualismo español de ir de sobrados”

Seguimos hablando de recuperación, y más con la remodelación en el Gobierno central, que se acaba de producir. Pero estamos a punto de perder una oportunidad de oro para haber mejorado de verdad, sacrificio que han llevado a cabo millones de españoles, con un comportamiento ejemplar ante el virus, aunque necios siempre ha habido, hay y habrá. Tras el levantamiento de las medidas preventivas, algunos han salido desbocados a comerse el mundo, y como peor actitud tenemos los viajes de estudios, que por mucho que quieran justificar unos padres que no quieren entender, ha sido una malísima idea.

La resolución de esta crisis sanitaria debería seguir centralizada en un Ministerio de Sanidad que tenga claro lo que hay que hacer, y se haga cumplir por igual en todas las comunidades autónomas. Pero ya estamos en la carrera de la recuperación, que no entiende de restricciones como las que hemos tenido en el pasado, y por eso prevalecen los anuncios de levantar prohibiciones al tiempo que estamos inmersos en un proceso masivo de vacunación, que queda tocada por esta quinta ola Coronavirus. Reconozco que no es fácil tomar decisiones cuando hay tantos sectores económicos que se la juegan. Pero con los muchos esfuerzos que tantos hemos hecho, unos más que otros, no tendríamos que haber permitido caer nuevamente en contagios incontrolados, reuniones masivas alocadas, viajes que no hay que hacer, contactos con personas distintas a nuestro entorno habitual, y actividades que, por muy dura que sea la decisión a tomar, no tendrían que llevarse a cabo. Ni más ni menos, esto es lo que hemos hecho mal en España. Nos han entrado las prisas por regresar a antes del Covid, como si hubiera alguien que no lo prefiera en vez de moverse con mascarilla. Hay como dos sociedades diferentes. La que sigue creyendo en la necesaria prevención. Y aquella que se comporta como si le diera todo igual, olvidando que su libertad termina cuando empieza la de los demás. Sencillamente, los necios no quieren escuchar;no han aprendido nada de la fatídica racha sanitaria que atraviesa el mundo, y tampoco han pensado lo más mínimo en hacer algunas cosas de manera diferente,  porque no podemos seguir en lo que mejor sabemos hacer: destruir nuestro mundo. Quienes no se plantean cambio alguno solo quieren vivir a tope, como si los demás fuéramos unos tristes, que nos encanta encerrarnos en casa, lavarnos mucho las manos, utilizar contantemente gel, y llevar las mascarilla correspondiente a la posibilidad de contagio que tenemos cada cual. Y no es así. Queremos vivir libremente, que nuestro país salga adelante, sus empresarios, trabajadores, autónomos, la hostelería, el turismo, el comercio, los taxistas, así, del primero al último. Aunque con los necios, egoístas, insolidarios, cargados encima de razones de que pueden hacer lo que les venga en gana y cuando les venga en gana, no se puede contar, mientras nos joden a todos los demás, de nuevo, con los contagios incontrolados del virus.

“Hay como dos sociedades diferentes. La que sigue creyendo en la prevención Y aquella que se comporta como si le diera todo igual”

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El botellón, que nació para quedarse, aliado Covid imprevisto

Que el botellón no hay quien lo pare es tal cual. Aunque mosquea muchísimo que sea tan insolidario con el grave momento sanitario que atravesamos. Las miradas se fijan en los jóvenes, su desdén, sus padres, hasta recalar en la educación. A ver, el botellón es como es España, la que hemos hecho, y de ahí ha surgido esta tendencia social que no se reconoce, aunque es un hecho que desaparecerá por sí solo, cuando surja otra manera de ocio, hoy por hoy, lejana. Lo que no quita que ahora, con el Covid, haya que pedirles a los jóvenes un actuar con más cabeza.  

Esto es lo sabido: en invierno, la imagen se repite cada fin de semana, y en verano la cita pasa también a días laborales, porque los estudiantes están ya de vacaciones. Se llama el botellón. Son sus enemigos la hostelería, en la que no se dejan un euro, ya que el botellón se inicia con la compra en los supermercados del avituallamiento que demandan los jóvenes para sus multitudinarias quedadas. La chavalería pulula por las ciudades, bolsas en mano que guardan las bebidas, hasta llegar al punto de encuentro. Es otra foto fija en la urbes, con vecinos que protestan, basuras extras que se acumulan, policías locales que expiden sanciones que pagarán posteriormente los progenitores, mientras instituciones como delegaciones del gobierno o ayuntamientos no dejan de recibir quejas que quedan archivadas.

Hecho el resumen, ahora que son tiempos del Covid, los botellones cobran mucho más protagonismo, ya que estas concentraciones juveniles, más los viajes estudiantiles, han disparado la propagación de contagios, poniendo nuevamente en peligro la economía hostelera, al turismo, incluidos desplazamientos vacacionales entre regiones. Así, inesperadamente, ha regresado el fantasma del cierre de municipios, bares, restaurantes y ocio nocturno, y el fuego cruzado de culpas es intenso. Unos miran solo a los chavales; otros a los padres consentidores; todos a las autoridades, por no ejercer sus competencias, y también sale al ruedo la educación, tildada de calamitosa en este sentido. Tampoco se libran quienes venden los licores, acusados de ir solo al negocio.

Puede que en todo lo anterior haya un poco de razón, pero ni he oído ni tampoco leído que el botellón es una tendencia social, como en los años 70 y 80 del siglo XX, los que somos padres ya de cierta edad, tuvimos nuestra forma de ocio que, en una gran parte, consistía en regresar a casa de madrugada tras largas juergas, de garito en garito, y copón que te crio. Por eso, no sé si muy a mi pesar o no, ya les digo que el botellón no tiene solución, porque los chavales, salvo la prohibición de beber en la vía pública, quedan libremente, se mueven libremente, se concentran libremente, y no hay ley que pueda alterar esta combinación de derechos individuales, que cada cual ejerce como mejor cree, aunque con el Covid acechando no sea precisamente la mejor idea llenar plazas y calles sin distancia alguna. De todas formas, cuando oigo que el botellón se soluciona con ocio alternativo, me entra la risa.  

“No hay ley que pueda alterar derechos individuales, aunque con el Covid no sea precisamente la mejor idea llenar plazas sin distancia alguna”

Por otra parte, España ha sido siempre excesiva en todo, y de ahí el número millonario de turistas que acuden a nuestro país, y de igual manera los jóvenes extranjeros que vienen aquí a beber en la calle, en tantos lugares de la geografía nacional, que no es que hayan hecho en el tiempo demasiados ascos a llenar de dinerito las arcas del comercio de la ciudad

Una cosa sí hay que recriminar a estos jóvenes y a sus familias. Me parece muy bien que se diviertan, pero su insolidaridad para con el resto de la sociedad es indecente en momentos tan delicados de Coronavirus. No hemos sabido meterles en su cabezota (tampoco ellos han puesto mucho de su parte) que la pandemia es cosa de todos, y que su mal comportamiento es pernicioso para el conjunto de los ciudadanos, como está ocurriendo ahora con unas cifras de contagio disparadas en todos los lugares, especialmente en Cantabria. Desde el principio de la crisis sanitaria se han creído inmunes, hasta llegar a actuar como tal, pero va a ser que no es así. Incluso cuando la han hecho gorda, como unos viajes de estudios que no tenían que haberse dado, ponen junto a sus padres el grito en el cielo por ser sometidos a una cuarentena que no quieren hacer. No hay palabras hacia tan intolerable actitud, así como el excesivo tiempo que les han dedicado las televisiones, y que han utilizado como su minuto de oro para trasladar que pueden hacer lo que quieran, cuando les venga en gana.

Otra cuestión, la que más apena, es su mirar para otra parte con los casi cien mil españoles que tan injustamente se ha llevado por delante el Coronavirus. Cuando estábamos en cuarentena, muchos de estos jóvenes salían a aplaudir a nuestros sanitarios, y su labor heroica por salvar a un país de la tragedia que se cernía. Parece que no lo sentían tanto. Parece que han olvidado muy rápido. Parece que una cosa son los gestos de terraza y otra muy distinta las concentraciones masivas, el botellón, todos apretaditos, sin mascarilla que valga y, claro, como resultado, el Covid está desbordado. Una vez más, en la crítica y consecuencias del ahora, hay que hablar del lamentable discurso oficial, desde el principio de la pandemia. Pasaba lo que pasaba, pero se trataba de minimizarlo todo a través de mensajes manipulados y emitidos especialmente por las televisiones. Así se hizo, y ahora recogemos las malas consecuencias, como muchos vaticinamos.

“Cuando estábamos en cuarentena, muchos jóvenes salían a aplaudir a nuestros sanitarios. Parece que han olvidado muy rápido”

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