Tal de rápida la vacuna Covid, es hora de las enfermedades raras

Desde la Transición, España tiene reconocido el derecho a la protección de la salud. Igualmente, los poderes deben tutelar la salud pública, a través de medidas, prestaciones y servicios necesarios. Lo deja claro el artículo 43 de la Constitución. Pero para los afectados de enfermedades raras no viene siendo así. Para atenderles como merecen, hay que investigar e invertir. La realidad es otra: indiferencia. Cuando interesa, como sucedió con el Covid, hay todo el dinero del mundo y la vacuna se descubre. Lo mismo quieren estos enfermos. Tienen todo el derecho, y siguen a la espera de que se cumpla lo que es de justicia.

Escaso prestigio tiene ya para mí la Organización Mundial de la Salud, visto lo visto con el Covid. Aunque tengo que echar mano de la OMS, que datos sí tiene, para argumentar que existen cerca de 7.000 enfermedades de las denominadas raras.Afectan al 7 por ciento de la población mundial. Una por una, no acabaríamos de citarlas y explicarlas brevemente. Tampoco se conocen. Nos suenan unas pocas, gracias al interés que toman por ellas, cada cierto tiempo (que tampoco mucho) los medios de comunicación. Tal es el caso de la Esclerosis lateral amiotrófica, más conocida por ELA. En cambio, de nada suena el síndrome de Cotard; las personas que lo padecen viven, pero creen que han muerto.

El tema que toco hoy es muy serio, pero no tiene la debida atención de los sistemas sanitarios públicos, la mermada investigación, los medios y, por supuesto, los ciudadanos sanos. La manida excusa de que son pocos resulta  impresentable. La Sociedad Española de Neurología (SEN) estima que solo en España malviven más de 3 millones de personas que padecen alguna enfermedad rara. Dentro de la Unión Europea, se calcula que el 60% de personas, que padece un trastorno de este tipo, aún no han sido diagnosticadas.

Tengo una muy querida amiga que padece ataxia. Le dicen que, igual que ella, hay 8.000 españoles. Estos enfermos sufren de descoordinación en los movimientos del cuerpo. Lo mismo están de pie, que en el suelo. Lo que más le preocupa es una incesante tos. Vive rodeada del cariño de los suyos, que es muy grande, pero me gustaría decir que ahí están también las autoridades sanitarias, para dar pronta solución a esta y otras dolencias, como se hizo con la investigación exprés del Covid. El virus se declaró el 11 de marzo de 2020. La FDA, que es la Administración de Alimentos y Medicamentos de los Estados Unidos, aprobó el 23 de agosto de 2021 la primera vacuna contra el Coronavirus, la Pfizer-BioNTech. En conclusión: cuando interesa, los que pueden, se ponen las pilas, y surge el milagro de un medicamento o vacuna eficaz.

“Una amiga padece ataxia. Vive rodeada del cariño de los suyos, pero me gustaría decir que ahí están las autoridades sanitarias, para dar solución”

Echo un vistazo a la normativa internacional sobre legislación respecto a enfermedades raras y compruebo algo: dictámenes, resoluciones, declaraciones y demás, todas, se hicieron hace demasiado tiempo. Lo que lleva también a exigir la necesidad de acomodarlas a los tiempos actuales. Como se hace en otras cuestiones, cabe exigir a la sociedad que sea reivindicativa al respecto. Sé que es pedir demasiado cuando no nos interesa ni lo que le pasa al vecino de enfrente. Estos son malos tiempos para muchas cosas, pero más para la solidaridad, la educación más elemental y comportarse en sociedad. Me viene a la memoria el suceso acaecido hace pocos meses en Italia. Un energúmeno mata a golpes a otro ser humano, en plena calle, mientras, el resto de viandantes, nada, ni inmutarse. Si esto no es una sociedad enferma, entonces es que no entiendo nada de nada. Que no nos importe lo que sufren los demás, es la enfermedad de esperanza de curación más rara que hay.

De las de verdad, he citado algunas dolencias sin cura actual, porque no se les muestra la debida atención, no hay interés, y no se aporta dinero para la investigación, y mira que en España se gasta en tonterías. Es imperiosa la necesidad de que los sanos sepamos lo que es el síndrome X Frágil (retraso mental de grado variable), el síndrome de Moebius (causa parálisis facial y falta de movimiento en los ojos), síndrome de Prader Willi (obesidad, retraso mental y menor desarrollo de la actividad genital), progeria de Hutchinson-Gilford (envejecimiento prematuro), síndrome de Marfan (talla superior a la media y malformaciones óseas), o la enfermedad de los tics, que no hace falta describir con más detalle.

Todas ellas tienen en común la insensibilidad oficial y social hacia quienes la padecen. Basta con distribuir los recursos económicos de manera más justa. Se ha escrito en otras ocasiones que los gobiernos de los países deben invertir más en ciencia e investigación que en armas, como ocurre en la actualidad. Pero cuando tampoco existía Putin o la Guerra de Ucrania, se venía actuando de igual manera. Cuando irrumpió el Covid, fue algo en lo que también se insistió: investigar, investigar e investigar. Aunque ni para este virus que sigue siendo tan mortal se hizo caso a los que más sabían, científicos claro. En España lo que mejor se hace es hablar. Pero no estamos entre los países que más destinan a la investigación, caso de Israel, Corea de Sur, Suecia, Suiza, Japón, Austria, Alemania, Dinamarca, Estados Unidos o Bélgica. No me extraña que tengan tanto prestigio mundial. Nosotros, siempre detrás. Ahora, con la crisis, se dirá que no hay dinero. Aunque el Covid ha dejado totalmente tocado al sistema sanitario público y privado,y tampoco se reconoce. No interesa. Lo mismo les ocurre a los pacientes de enfermedades raras, como le sucede a mi amiga, con ataxia.

“Es una sociedad enferma. Que no nos importe lo que sufren los demás es la enfermedad de esperanza de curación más rara que hay”

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Preguntas interiores que no salen a la superficie, por el hastío

Está claro que nos quieren imponer un mundo nuevo, una sociedad diferente, una economía a gusto de los poderosos. ¡Todo bajo control! No hace falta que pensemos. ¿Para qué? Lo hacen ya por nosotros los Gobiernos. Pero va a ser que no; aunque hace falta sacar a la superficie las muchas preguntas que nos hacemos de manera interior. Y este es también el problema. La falsa verdad emite solo desde un solo canal, ante una sociedad inmóvil y adormecida frente a la guerra, sus consecuencias, y los nuevos acontecimientos, ninguno bueno, que se suman cada día a esta tragedia silenciosa que vivimos.

A lo largo de su existencia, Aristóteles se hizo cinco grandes preguntas: ¿Qué es el ser?, y también el ser humano, sobre Dios, ¿dónde está la felicidad?, y qué hay más allá de la muerte. De haber nacido el filósofo griego en esta época, seguramente asumiría sin rechistar la frase de Julios Henry Marx (Groucho Mark), dicha de manera absolutamente nítida: “Paren el mundo que me bajo». Pandemia, manipulación y mentiras a trisca, guerra incomprensible, crisis económica, Rusia corta el gas a Europa, inflación desbocada, y precios al alza en todo lo imaginable. ¡Alguien da más!

En ocasiones, he llegado a pensar que el Covid ha quebrado tanto la resistencia humana, que ruptura tan abrupta de la cotidianidad diaria había generado en paralelo una especie de abulia hacia los problemas que han surgido como consecuencia del virus mortal. Nada más lejos de la realidad. Cada día estamos más preocupados por todo lo que sucede a nuestro alrededor. Lo que ocurre es que las preguntas son más interiores que dirigidas en voz alta a los responsables del desaguisado general que vivimos. Nadie nos explica si tendremos electricidad, gas, gasolina; si nos veremos obligados apasar de largo por las estanterías de supermercados que exhiben los productos alimenticios que nos gusta comprar, cuyo precio se ha puesto por las nubes.

Las cinco preguntas de Aristóteles trasladadas a hoy serían otras: ¿Acabará la guerra de Ucrania o irá a más?, ¿vamos a entrar en una recesión de aupa, en la que pagarán los de siempre?, ¿Rusia y Putin saldrán de rositas de la que han armado?, ¿los ciudadanos haremos pagar a los malos dirigentes el nefasto papel que están protagonizando en todo esto? Creo que, formuladas de una manera u otra, no son cuestiones ajenas al pensamiento general, que no tiene edades a la hora de mostrar un hastío silencioso ante tanto despropósito, que ha apeado al mundo de la paz y el progreso que vivió, sobre todo, en la última parte del siglo XX.

“Nadie explica si nos veremos obligados a pasar de productos alimenticios que nos gusta comprar, cuyo precio se ha puesto por las nubes”

A estas alturas de reflexión, más de uno se preguntará lo que puede hacer una persona cualquiera ante lo que nos están imponiendo, que pinta como una sociedad nueva en la que, sin demagogia alguna que valga, apuesta por los fuertes en detrimento de los débiles. Y los gobiernos no tienen en su agenda a media plazo seguir siendo los mayores contribuyentes al equilibrio social, a ese estado de bienestar que tanto costó levantar y asentar a nuestros abuelos y padres.

La democracia, tal y como la conocemos y disfrutamos, tampoco sale bien parada del envite. Sólo hay que ver la actitud déspota de Putin, la actuación de China, país del que partió el Covid. No solo no paga el desastre mundial que ha causado, sino que financia la guerra al Maquiavelo ruso que es Vladimir. Este es también el problema, que los presidentes ruso y chino, pese a representar sistemas políticos tan coercitivos con la libertad, son líderes auténticos. Tampoco son de fiar las viejas alianzas, ni siquiera militares, pese a la reciente escenificación bochornosa de la OTAN en su cumbre en España. Estados Unidos tiene graves problemas internos, lo mismo Reino Unido (desnortado tras el Brexit), y de la Unión Europea es mejor no hablar: ¡decepcionante!

¿Y en todo esto piensa la gente de a pie? El poder, en su papel de potenciar rebaño, cree que no, y de ahí cómo actúa. Nada de explicaciones, una mentira sustituye a la verdad, medios que propagan lo que interesa, y ni siquiera hay que justificar la pifia, porque los que mandan están por encima del bien y del mal. ¿Hasta cuándo? Esta, que tampoco se la hizo Aristóteles, es la gran pregunta en cuestión. Se está jugando con fuego: belicismo, energías, pactos, trabajo, alimentos y progreso general bajo el paraguas de democracias justas y sometidas al imperio de la ley. Estamos en un todo vale, inaceptable. Desde luego, si hablo de que habrá reacción, es porque yo mismo (nada de yoísmo, es tan solo un ejemplo), no comparto en absoluto nada de lo que los actuales dirigentes mundiales están haciendo, porque asumir sus criterios es tanto como abrir la puerta al caos.

Desde el compromiso con la paz y un futuro para nuestros hijos, cada uno debe aportar lo que mejor sepa hacer, pero sin quedarse parado, encogido de hombros. Así no se consigue nada. La crítica constructiva es una de estas señas de identidad que siempre se ha exigido a las sociedades avanzadas. Saber decir no cuando sea menester. Protestar a Putin, a la compra masiva de armas por parte de todos, como si eso fuera a solucionar algo. ¿Cuándo las guerras han solucionado nada? Y nos llevan por ahí, con intereses espurios,  mientras los medios afines a los Gobiernos nos manipulan, incluso ya sin disimulo alguno, ¡a cañón! Y no. No, porque el pensamiento debe ser libre. Han de tener preferencia siempre la cultura, el arte, la diversidad de ideas, religiones y opiniones; siempre ha estado en nuestra forma elegida de ser. Eran las dos primeras preguntas de Aristóteles: ¿Qué es el ser?, ¿qué es el ser humano? Va siendo hora de que cada uno de nosotros, frente al panorama que nos quieren imponer, nos lo planteemos también.

“Más de uno se preguntará lo que hacer ante lo que nos están imponiendo, una sociedad que apuesta por los fuertes en detrimento de los débiles”

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Cesta de la compra imposible, pero se dispara consumir alcohol

El ministerio competente en la materia acaba de ofrecer datos de lo que los españoles estamos dejando de consumir pescado, carne u hortalizas, aunque ha pasado de refilón que el consumo de alcohol se ha disparado en un 78%, caso de Cantabria. ¿Qué está pasando dentro de la sociedad para semejante vuelco? Podríamos apuntar a la inestabilidad y desconfianza, como dos causas que pueden propiciarlo, pero habría que anteponer a ambas razones la palabra precios. Como quiera que el mal ya está hecho, los que ofrecen estas conclusiones son también responsables de atajar tan alarmante incremento en el consumo de bebidas alcohólicas.

Era de prever que tras el Covid y todos los inconvenientes que ha generado, el principal encerrarse en casa, muchos se iban a echar al monte en lo referido a vivir sin desenfreno, una vez que las autoridades declarasen acabada la pandemia, algo que se ha hecho en España sin buen criterio, ya que las muertes diarias, considerables, por Coronavirus, no han cesado en absoluto. Como muestra de lo que digo, este botón. Publica el Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación que los cántabros hemos aumentado el consumo de bebidas alcohólicas, nada más y nada menos, que un 78%. Por el contrario, hemos reducido la compra de pescado en un 39%, de hortalizas en un 29%, la carne, un 14, y la leche un 16%. ¡Menudo panorama!

Cada pocos años, regresa a la palestra que hay que vivir la calle para saber cómo está realmente la situación. ¿Y cómo está? Pues mala, cara, y con tan pésimas perspectivas, que ni siquiera los tertulianos de televisión, que hablan de todo sin casi saber de nada, nos puedan sacar del entuerto.

Imagino que también a usted le suceda que hay ocasiones en que crea que lo que percibe a su alrededor, pueda ser tan solo producto de su imaginación. Pronto, como yo, salimos de dudas, porque ya no va a parar la cascada de datos mensuales, malos, sobre que cada vez vamos a comprar menos de todo, por falta de dinero en el bolsillo, en primer lugar, pero también de confianza en la dirección del país, y solo hay que ajustarse a unos acontecimientos que no paran de empeorar.  

“Regresa a la palestra que hay que vivir la calle para saber cómo está la situación. Y está mala, cara, y con pésimas perspectivas”

Es del todo asumible que cada época tenga sus cambios y peculiaridades. Pero  nadie podía imaginar que en este nuevo siglo íbamos a estar hablando de comida. De lo caros que están los huevos, el melón, los tomates o los plátanos, a lo que hay que sumar también el hielo, ¡que ya les vale! De repente, el consumidor se siente acorralado, al no poder disfrutar de la cesta de la compra que hacía de habitual, ya que tiene ahora que elegir prioridades de productos básicos, porque nadie sabe lo que va a ocurrir mañana. Parece que nos han parado en seco, que alguien se ha quedado sin ideas, también sin ganas de tenerlas, haciendo caso omiso a la genialidad del profesor de profesores que fue  Peter Drucker, cuando dijo aquello de que la mejor manera de predecir el futuro es creándolo.

No hemos sacado lección alguna de la gran depresión económica del 2008 al 2015. Tampoco hemos tomado nota del Covid, que ha metido al mundo en una pandemia inacabada. Por más que me lo explicara un batallón de sabios, resulta increíble que un señor llamado Vladimir Putin, con no pocos apoyos siendo el principal el de China, nos meta en una guerra de no acabar, pero cuyas consecuencias son la nueva declaración de otra gran crisis económica. De dar el visto bueno a que la culpa de todo lo tiene la Guerra de Ucrania, ¿por qué no se frena a Rusia, con todas las de la ley? Pues por lo de siempre. Por lo intereses de unos, de otros, y de particulares. Noticia de hace nada: “La petrolera francesa TotalEnergies, investigada por suministrar queroseno a cazas rusos en Ucrania”.

Como ocurre en todas, la guerra conlleva un gran negocio para demasiados. Mientras, en consumidor tiene que comer conejo, porque la carne de cerdo, vacuno o pollo están imposibles, y el gremio de carniceros, muy preocupado claro, avisa de que los precios seguirán subiendo. Entretanto, nadie para esta escalada. El ciudadano no quiere ayudas oficiales puntuales, que son pan para hoy, y hambre para mañana. Se quiere lo que se quiere: que los precios regresen a la moderación, porque, de no ser así, pronto va a ser imposible afrontar el coste de un carro de la compra, y resultarán perjudicados todos los sectores. También resulta que, dentro de esta situación disparatada, quien menos tiene la culpa son ganaderos, agricultores y pescadores, cuya situación está al límite, por lo que cuestan las materias primas (no olvidemos la electricidad, el gas y la gasolina), y las escuálidas ganancias resultantes. 

Y dentro de semejante laberinto, llega el despropósito: se compra menos de todo, salvo bebidas alcohólicas, cuyo consumo se dispara, solo en Cantabria, en un 78%. ¡Madre mía! Y aquí nadie se inmuta. No hay nada que decir al respecto. Ninguna explicación oficial sobre las causas. Tampoco se habla de los sectores de edad en los que más se aprecia este incremento en el consumo de alcohol. Evidente que pienso en los jóvenes, las circunstancias por las que ahora atraviesan, muy descolocados, y la poca atención que les estamos prestando, desde la aparición del Covid. Esta sociedad se da la espalda a sí misma. Aunque convendría que las Administraciones competentes, con el Gobierno de España a la cabeza, se pusieran a trabajar, para ver lo que está ocurriendo, y el porqué de datos tan alarmantes. Puede que tan solo sea fruto de la época vacaciones que es un verano. Mejor evadirse, que estar todo el día machacándose la cabeza con los problemas que se empeñan en presentarnos, y que no hemos provocado los que nos limitamos a estar a pie de calle, trabajando principalmente, quien puede hacerlo. Veremos cómo van tomando cuerpo los acontecimientos, y si el otoño y el invierno suponen un regreso a la dieta rica en pescado y verduras, con un consumo responsable del alcohol que, recordemos, se ha disparado en un 78%. Poco más se puede añadir, salvo llevarse las manos a la cabeza.   

«Esta sociedad se da la espalda a sí misma. Mejor evadirse, que estar machacándose la cabeza con los problemas que no hemos provocado”

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Septiembre de 2022 y el duelo entre alarmismo o ser positivos

Pensando en economía, y en lo que pueda venir, malo o bueno, al escribir este artículo he aprendido dos cosas nuevas. Una es que no hay certeza sobre el futuro, que nosotros mismos generamos, porque no llueve del cielo. Y la otra es que los economistas, a la hora de predecir lo que está por llegar, hablan de conmociones imprevistas que influyen decisivamente en recesión, sí o no, para el otoño. Esto de las conmociones es lo que más llama la atención. Ahora, desde la Guerra de Ucrania, la crisis y el ahorro energético, y el precio disparado de todo, especialmente los alimentos, todo son conmociones imprevistas. Me creo que van a ser las que realmente marquen el porvenir.   

Alguien que es alarmista espera que se produzcan acontecimientos perturbadores, que predominen sobre lo que conocemos como vivir tranquilamente. Entretanto, quien piensa en positivo (cada vez menos), apuesta por mantener una actitud práctica ante la vida. Frente a ambas posturas, se antoja un tanto complicado arrojar un poco de luz sobre quién ganará este duelo generado por unos y otros, ante las malas perspectivas que nos presentan (sin concretar nada los Gobiernos al respecto), y que dicen empezarán a producirse en este septiembre de 2022.

Para abordar las consecuencias inmediatas de la situación actual, harto complicada, y en la que nos han metido, me sería más fácil acudir a la valoración de los economistas más renombrados y mediáticos, caso de Porter, Bernanke o Krugman. Pero no. En esta ocasión mis fuentes serán dos nombres menos conocidos, un hombre y una mujer, igualmente expertos y atinados sobre lo que sin duda son apreciaciones que avalarían quienes en su día ganaron Premios Nobel de Economía.

El primero es David Wessel. Se trata del director del Centro Hutchins para Política Fiscal y Monetaria de la Institución Brookings, que está en Washington. Le leo que “predecir las recesiones es un ejercicio difícil. Generalmente, llegan por conmociones imprevistas y, en ocasiones, las recesiones que los expertos predicen, con total seguridad, luego no se producen”. Aunque remata: “Sin embargo, veo una posibilidad sustancial de una recesión, aproximadamente un 65% de probabilidades, en 2023”. Con Wessel ganamos un poco de tiempo, pero no evitamos lo que él llama conmociones imprevistas. No me digan que no es una expresión genial, tan contrario como  soy a que nos expliquen con chorradas y palabras huecas asuntos de mucho calado y trascendencia. tal es la economía familiar. Ahora, estas conmociones, sondemasiadas: Guerra de Ucrania, crisis energética, precio de la gasolina, qué decir de los alimentos, la inflación sin freno y subida de los tipos de interés que nos alejan de las hipotecas baratas, todo ello en medio de unas pésimas relaciones entre las potencias más fuertes como son Estados Unidos, Rusia y China. Los tres países luchan por mandar el mundo, mientras quienes lo habitamos nos hemos quedado sin derecho a opinar.    

“Las conmociones imprevistas son ahora demasiadas. Guerra, crisis energética, precio de la gasolina y alimentos, adiós a las hipotecas baratas”

Con esto de que las recesiones que se predicen luego no se producen, el economista David Wessel estaría en el lado de los optimistas, y por supuesto muy alejado de poco menos que el apocalipsis económico que muchos, cada día en más número, predicen para el próximo otoño. Enfatizo lo anterior, ya que paso ahora a plantear la opinión de la segunda economista que he seleccionado, cuya breve como concisa idea, lo verán a continuación, no es motivo para fiestas.  

Lindsey Piegza esdirectora ejecutiva de Stifel Financial, en Chicago. Esto piensa: “Casi seguro, a finales de este año, se producirá un crecimiento negativo, en el mejor de los casos, o estanflación en el peor”. Pues vaya. Por cierto, usted como yo se están preguntando qué es la estanflación. Produce un estancamiento económico a la vez que persiste el alza de los precios y el aumento del desempleo. Esta música nos suena a todos, porque es la que se toca ahora.

Hay una cosa en la que no estoy de acuerdo, ni con Wessel ni con Piegza. Todo lo que venga lo habremos creado nosotros y solo nosotros. Y nos mereceremos por tanto las consecuencias. Hay un matiz demasiado importante como para obviarlo. Los ricos nunca sufren en las crisis, ya que ni comen peor ni pasan estrecheces. En cambio, los que siempre tienen dificultades para llegar a fin de mes, ven aumentar los precios de todo, la falta o pérdida de empleo, o la rebaja de los sueldos, algo con lo que ya se empezó en la crisis programada del 2008 al 2015, y en ello se continua. No encuentro palabras de repudio a lo bien preparada que sale hoy la juventud, para que luego les ofrezcan trabajos con sueldos miserables, dando muchos de ellos la sensación de simple explotación laboral.

Vendrá el otoño. No será todo ni tan bueno ni tan malo. Aunque no habremos arreglado nuestros problemas, de un calado extraordinario, porque el lenguaje de esta parte de siglo se ha estancado en términos como guerras, belicismo, alarmas nucleares, y también aprovechamiento de estas situaciones para que muchos listillos, que siempre han existido, hagan su agosto con lo que controlan, sea gasolina, gas, manzanas o peras. Ante este panorama, los Gobiernos están inactivos. Han vivido en la abundancia y ahora todo son deudas, inflaciones como la de España situada en el 10,8, y no explicar mucho a la población, porque más bien no se sabe nada de lo que pueda ocurrir. Si lo saben Estados Unidos, Rusia y China, que marcan el pulso a todos los demás. Si ellos están a lo suyo, y los demás países jorobados, pues eso, que sufran, y así les prestamos más y les tenemos controlados. Ninguno de estos tres países merece dirigir los destinos económicos del mundo. Hablo con más ilusión que otra cosa, pero aquí queda dicho lo impresentable de su manera de destruir, en vez de construir. Y de ello nace el germen para que unos lo vean todo oscuro y otros opten por la claridad. En realidad, a lo largo de la historia, siempre ha sido así. Porque, una vez tras otra, como burros, tropezamos en la misma piedra. De hoy a diez días, septiembre.     

“Vendrá el otoño, ni bueno ni malo. Aunque el lenguaje se ha estancado en  guerras, para que listillos hagan su agosto con gasolina, gas, manzanas o peras”

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Sólo hay una conversación: el precio de todo es insoportable

Hemos empezado por una inflación sin freno, seguido con un precio desbocado de todos los precios, especialmente los alimentos básicos, y continuamos con recortes en el uso del gas. Los españoles aún respiramos ajenos a lo que viene, porque así se nos alecciona desde el poder, y porque es ahora cuando se ve la mala educación impartida a las nuevas generaciones. Las anteriores, sigo con lo generacional, sí sabíamos del valor y uso adecuado que hay que dar al interruptor de la luz. Pero hoy, ese mismo sistema educativo (también en casa), ha convertido en puro egoísmo demasiados aspectos de nuestra convivencia y bienestar.

Poca más conversación tenemos ahora los españoles que el precio de las cosas, en especial de los alimentos. Todo está carísimo. Cuando la economía va tan mal, como es el caso, regresa a la memoria colectiva esa frase que habla de la necesidad de que el poder pise la calle para saber realmente como está la situación. El escritor Eduardo Galeano lo expresó de esta manera: “La primera condición para modificar la realidad consiste en conocerla”. Y así, uno llega al conocimiento de lo que vale hoy un simple tomate o mismamente un plátano.

Atajar esta situación con medidas además no entendibles, como el aire acondicionado a temperatura límite de 27 grados o apagar los escaparates de las tiendas a las diez de la noche, son otras cuestiones muy habladas ahora, por lo incomprensible de decisiones tan fuertes como no consensuadas.

Este resulta un país en el que dar ejemplo siempre está en el debate, porque es ahora cuando se aprecian de lleno todos los tremendos fallos que hemos cometido en la deficiente forma de educar que el sistema tiene, interfiriendo más de manera ideológica que de manera pedagógica, sobre no eliminar principios, valores y aprendizaje de convivencia en sociedad, dentro de lo cual está utilizar bien todos los recursos que se ponen a nuestra disposición, como puede ser la energía, el agua, las urgencias médicas o los medicamentos. Hoy vivimos inmersos en el egoísmo, la insolidaridad y, por supuesto, el móvil, con el que se enreda más que se aprende.

“Es ahora cuando se aprecian los fallos en la forma de educar, dentro de lo cual está utilizar bien recursos como energía, agua, urgencias o medicamentos”

A muchas generaciones de españoles, los que son hoy abuelos y padres, se nos enseñó en nuestras propias casas lo de apagar el interruptor de la luz, cuando no es necesaria. Más tarde, no hemos hecho lo mismo con nuestros hijos, ni desde el Gobierno Central, los autonómicos o los ayuntamientos.   España ha ido siempre de sobrada en todo, aunque el gas no llegue ahora ni por arriba, Rusia, ni por abajo, Argelia. Pero aquí, erre que erre. Cuando hace escasamente 15 días la Comisión Europea plantea reglas de ahorro energético, ¿quién es la primera que dice que no? España, claro. Después, cuando más bien se impone la cordura a un gobierno insolidario con el resto de la Unión Europea, tenemos que hacer también el papelón con la aprobación de un texto sobre el ahorro de energía y gas, que en algunos de sus apartados hay que leerlo dos veces para creer lo que pone. Por si fuera poco, cuando surgen las críticas en las primeras comunidades autónomas, a algunas se las tacha de insolidarias, pero son estas las que llevan razón, porque desde el Covid todo se habla o se pasa el muerto directamente a las regiones, y no es entendible que en el caso de recortes tan drásticos, como es consumir menos energía, cuando de por medio están además servicios básicos asistenciales y municipales, no se acuerde con la participación de todos, en este caso de los presidentes autonómicos.

Con meses de retraso a los deberes ya hechos por Alemania o Austria, ¿lo siguiente va a ser que el Gobierno nos pida hacer acopio de alimentos, agua, pilas y combustible para 15 días, en caso de apagón? La previsión, organización y coordinación en momentos de crisis resulta fundamental, y aquí estamos por ver aún (queda mucho verano y llegará un invierno muy duro) cómo se van a cumplir estas nuevas medidas. Por supuesto que las primeras que deben dar ejemplo a la población son las administraciones, todas. No vale que en un sitio se haga una cosa y en otro sea diferente. Ya lo hemos vivido con la pandemia de Covid, frente a la cual he de decir que parece que ya no es cosa de ningún gobierno ni de ministerio o consejería de sanidad, y ahí estamos solos los ciudadanos ante el dilema de que el coronavirus no se va ni por asomo.

Aquí tenemos pues, como el primer gran recorte de lo que nos espera, el Real Decreto-ley 14/2022, de 1 de agosto, de medidas de sostenibilidad económica en el ámbito del transporte, en materia de becas y ayudas al estudio, así como de medidas de ahorro, eficiencia energética y de reducción de la dependencia energética del gas natural. Bien es verdad que solo nosotros, el mundo entero, nos hemos metido en esta profunda crisis, por una tendencia natural a la guerra, a la invasión, apropiarse de lo ajeno, regresar a los holocaustos humanitarios, y ampliar siempre el problema en vez de resolverlo pacíficamente (primero Ucrania y ahora Taiwan). No corren buenos tiempos para nada, ni siquiera para el optimismo. La población, pienso claro en la española, la verdad es que vive aún muy ajena a todo lo que pueda venir. Pero  es nuestra forma de ser, avalada por unos gobiernos que siguen la corriente a esta manera de tomarse la vida. Ya lo dijo Winston Churchill: “Soy optimista, no parece muy útil ser otra cosa”. Lo que da pánico es que los Churchill se extinguieron

“Solo nosotros nos hemos metido en esta profunda crisis, por una tendencia a la guerra, apropiarse de lo ajeno, regresar a los holocaustos”

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