Sólo hay una conversación: el precio de todo es insoportable

Hemos empezado por una inflación sin freno, seguido con un precio desbocado de todos los precios, especialmente los alimentos básicos, y continuamos con recortes en el uso del gas. Los españoles aún respiramos ajenos a lo que viene, porque así se nos alecciona desde el poder, y porque es ahora cuando se ve la mala educación impartida a las nuevas generaciones. Las anteriores, sigo con lo generacional, sí sabíamos del valor y uso adecuado que hay que dar al interruptor de la luz. Pero hoy, ese mismo sistema educativo (también en casa), ha convertido en puro egoísmo demasiados aspectos de nuestra convivencia y bienestar.

Poca más conversación tenemos ahora los españoles que el precio de las cosas, en especial de los alimentos. Todo está carísimo. Cuando la economía va tan mal, como es el caso, regresa a la memoria colectiva esa frase que habla de la necesidad de que el poder pise la calle para saber realmente como está la situación. El escritor Eduardo Galeano lo expresó de esta manera: “La primera condición para modificar la realidad consiste en conocerla”. Y así, uno llega al conocimiento de lo que vale hoy un simple tomate o mismamente un plátano.

Atajar esta situación con medidas además no entendibles, como el aire acondicionado a temperatura límite de 27 grados o apagar los escaparates de las tiendas a las diez de la noche, son otras cuestiones muy habladas ahora, por lo incomprensible de decisiones tan fuertes como no consensuadas.

Este resulta un país en el que dar ejemplo siempre está en el debate, porque es ahora cuando se aprecian de lleno todos los tremendos fallos que hemos cometido en la deficiente forma de educar que el sistema tiene, interfiriendo más de manera ideológica que de manera pedagógica, sobre no eliminar principios, valores y aprendizaje de convivencia en sociedad, dentro de lo cual está utilizar bien todos los recursos que se ponen a nuestra disposición, como puede ser la energía, el agua, las urgencias médicas o los medicamentos. Hoy vivimos inmersos en el egoísmo, la insolidaridad y, por supuesto, el móvil, con el que se enreda más que se aprende.

“Es ahora cuando se aprecian los fallos en la forma de educar, dentro de lo cual está utilizar bien recursos como energía, agua, urgencias o medicamentos”

A muchas generaciones de españoles, los que son hoy abuelos y padres, se nos enseñó en nuestras propias casas lo de apagar el interruptor de la luz, cuando no es necesaria. Más tarde, no hemos hecho lo mismo con nuestros hijos, ni desde el Gobierno Central, los autonómicos o los ayuntamientos.   España ha ido siempre de sobrada en todo, aunque el gas no llegue ahora ni por arriba, Rusia, ni por abajo, Argelia. Pero aquí, erre que erre. Cuando hace escasamente 15 días la Comisión Europea plantea reglas de ahorro energético, ¿quién es la primera que dice que no? España, claro. Después, cuando más bien se impone la cordura a un gobierno insolidario con el resto de la Unión Europea, tenemos que hacer también el papelón con la aprobación de un texto sobre el ahorro de energía y gas, que en algunos de sus apartados hay que leerlo dos veces para creer lo que pone. Por si fuera poco, cuando surgen las críticas en las primeras comunidades autónomas, a algunas se las tacha de insolidarias, pero son estas las que llevan razón, porque desde el Covid todo se habla o se pasa el muerto directamente a las regiones, y no es entendible que en el caso de recortes tan drásticos, como es consumir menos energía, cuando de por medio están además servicios básicos asistenciales y municipales, no se acuerde con la participación de todos, en este caso de los presidentes autonómicos.

Con meses de retraso a los deberes ya hechos por Alemania o Austria, ¿lo siguiente va a ser que el Gobierno nos pida hacer acopio de alimentos, agua, pilas y combustible para 15 días, en caso de apagón? La previsión, organización y coordinación en momentos de crisis resulta fundamental, y aquí estamos por ver aún (queda mucho verano y llegará un invierno muy duro) cómo se van a cumplir estas nuevas medidas. Por supuesto que las primeras que deben dar ejemplo a la población son las administraciones, todas. No vale que en un sitio se haga una cosa y en otro sea diferente. Ya lo hemos vivido con la pandemia de Covid, frente a la cual he de decir que parece que ya no es cosa de ningún gobierno ni de ministerio o consejería de sanidad, y ahí estamos solos los ciudadanos ante el dilema de que el coronavirus no se va ni por asomo.

Aquí tenemos pues, como el primer gran recorte de lo que nos espera, el Real Decreto-ley 14/2022, de 1 de agosto, de medidas de sostenibilidad económica en el ámbito del transporte, en materia de becas y ayudas al estudio, así como de medidas de ahorro, eficiencia energética y de reducción de la dependencia energética del gas natural. Bien es verdad que solo nosotros, el mundo entero, nos hemos metido en esta profunda crisis, por una tendencia natural a la guerra, a la invasión, apropiarse de lo ajeno, regresar a los holocaustos humanitarios, y ampliar siempre el problema en vez de resolverlo pacíficamente (primero Ucrania y ahora Taiwan). No corren buenos tiempos para nada, ni siquiera para el optimismo. La población, pienso claro en la española, la verdad es que vive aún muy ajena a todo lo que pueda venir. Pero  es nuestra forma de ser, avalada por unos gobiernos que siguen la corriente a esta manera de tomarse la vida. Ya lo dijo Winston Churchill: “Soy optimista, no parece muy útil ser otra cosa”. Lo que da pánico es que los Churchill se extinguieron

“Solo nosotros nos hemos metido en esta profunda crisis, por una tendencia a la guerra, apropiarse de lo ajeno, regresar a los holocaustos”

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Agenda 2030 versus guerra, igual al aumento del hambre

Estando el mundo como está, no es poco que aún se hable de Agenda 2030, para el cumplimiento de unos Objetivos del Milenio. Erradicar el hambre, allá donde se dé, principalmente en África, siempre ha estado en la agenda de la humanidad, pero nada. La paz, y con ella la estabilidad y el desarrollo, sin duda favorece más su logro. Pero la guerra, no; la guerra, para nada. Y en esto estamos, hablando al tiempo de agenda para erradicar pobreza, y de rearme general para frenar las ansias expansionistas de Rusia. El panorama no puede ser más desolador, no ya para frenar el hambre, sino  para evitar su expansión.

Tal y como se están poniendo de mal las cosas, con un mundo pensando másen lo militar que en lo social y solidario, las agendas de desarrollo para los países más pobres, donde se concentra principalmente el hambre en el planeta, no son creíbles. Aunque el Gobierno de España opine todo lo contrario, la FAO acaba de publicar datos demoledores dentro de un estudio denominado “The State of Food Security and Nutrition in the World 2022”.De su resumen se extraen pésimas sensaciones respecto a Los Objetivos de Desarrollo Sostenible de la Agenda 2030. Como que en ese año serán casi 670 millones de personas, un 8 por ciento de la población mundial, la que seguirá pasando hambre. Como que en 2021 fueron 828 millones, 46 millones más que en 2020 o 150 millones más con respecto a 2019. Conclusión: Que 1 de cada 10 habitantes dentro de este mundo tan injusto, cada vez más, no come lo suficiente.

Las consecuencias de la Guerra de Ucrania, humanitarias (población civil asesinada y masacrada), energéticas y alimenticias, además de las desequilibrantes políticas internas dentro de los países, caso de la española, son obstáculos, hoy por hoy, insalvables, para invertir la situación de hambre en el mundo, que me atrevo a decir que irá a más que los datos ofrecidos por la FAO. Lo creo así porque la pandemia de Covid sigue en aumento muy preocupante, y los millones de damnificados en todas partes, especialmente en los continentes pobres, no van a hacer otra cosa que incrementar la pobreza, incluso en países que ahora sería difícil de creer.

En una sociedad como la europea que se jacta en exceso con respecto a la igualdad y a la protección de la infancia, en el punto de mira del hambre están los niños y las mujeres. Según la FAO, este hecho tan preocupante va en aumento, y aunque en países como el nuestro estamos ahora al uso de los aviones Falcon por parte de los miembros del Gobierno o el control del nivel de aire acondicionado o la calefacción como nos ordena la Comisión Europea (aunque aquí, de entrada, no se quería), pues resulta que la Agenda 2030 todavía tendrá que lidiar mucho con términos como anemia, desnutrición o lactancia materna, ampliado con todos los virus que, de repente, aparecen (¿Con qué fines?).

 “En una sociedad que se jacta respecto a la igualdad y a la protección de la infancia, en el punto de mira del hambre están los niños y las mujeres”

Naciones Unidas presentó en el año 2000 los primeros Objetivos de Desarrollo del Milenio, fijando el 2015 como límite para lograr 8 y 21 metas planteadas. Las más importantes eran reducir la pobreza extrema, la mortalidad infantil, luchar contra las epidemias de enfermedades, y fomentar una alianza mundial para el desarrollo (¿La hay?). La gran crisis económica del 2008 frustró todo esto, y en la supuesta salida económica de esa depresión surgió el aplazamiento al 2030, a la Agenda del 2030. No se contaba ni con la presidencia de Donal Trump en Estados Unidos, sacando a la primera potencia de los organismos solidarios más importantes, ni con la voracidad imperialista de Vladimir Putin, ni mucho menos con la epidemia mundial de Covid, mal controlada en los países ricos, cuyos extasiados gobiernos no dan abasto ni con lo suyo, y no dejan de incrementar deuda como España, como para dedicar los recursos necesarios que demanda la consecución de cada uno de estos objetivos.

No sería necesario, aunque la verdad hoy no tiene precio, que la FAO presente su informe alimenticio a corto plazo para comprobar que vamos realmente mal respecto a una estabilidad mundial, la paz, que redunde en beneficio de los planes que presentamos para el mundo y que nunca cumplimos. Pero ahora, en 2022, ha cambiado realmente todo. Estamos en modo guerra, el dinero se quiere dedicar al rearme en todos los países, y difícilmente se puede hablar de desarrollo para los más desfavorecidos, cuando los países que pueden propiciarlo están preocupados por el gas que Rusia controla y distribuye, y por el grano y demás cosechas inmovilizadas como chantaje por el país invasor e interesado que es Rusia, apoyado por el gigante que es China, distraído igualmente de arreglar muchos de sus problemas interiores, para apostar de lleno por la guerra, y Taiwan, está en el punto de mira, para complicarlo todo un poco más.

Siendo los Objetivos del Milenio absolutamente loables, porque estamos hablando de morir por el hambre, el gran problema se sigue llamando Coronavirus y demás variantes que no han parado de surgir. Habría que ponerse manos a la obra ya para conocer el auténtico estado frente a la pandemia de África, Asía, América Latina y el Caribe, sin olvidar las zonas más frágiles de América del Norte e incluso Europa, inmersa ahora en la Guerra de Ucrania, algo completamente incompatible con resolver del todo una pandemia.

Así es. Sin paz, no hay Objetivos del Milenio, aunque no se quiera creer, máxime cuando estos objetivos pueden tener un alto contenido político más cercano a lo propagandístico que a lo real. La FAO, al menos, avisa, que no es poco, dados estos tiempos en los que resulta tan difícil separar el grano de la paja. Dicho de otra manera, diferenciar claramente la verdad de la mentira.

“Sin paz, no hay Objetivos del Milenio, aunque no se quiera creer, máxime cuando estos objetivos pueden tener un alto contenido propagandístico”

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Cumbre OTAN: más inversión en armas, menos en bienestar

Todo son elogios y felicitaciones hacia la Cumbre de la OTAN celebrada en España, aunque yo no vea la gracia por ninguna parte. Puesta a crear un relato influencer, la Alianza Atlántica resulta arrolladora. Lo bélico, armamentístico y militar quiere sustituir a lo demás. El sentir de la gente no importa, preocupada como está por la crisis, el precio de la gasolina o de la comida. Da igual que este verano muchos se queden en casa, porque no se pueden permitir viaje alguno. Veremos también todo lo que se recorta en bienestar para pagar tanto avión y misil. De repente, parece como si la OTAN nos fuera a dar de comer a todos. 

A lo largo de la historia, son tantos los pronunciamientos que ha habido sobre la guerra y sobre la paz, que es mejor optar por la frase resumen de que no hemos aprendido nada, ni de lo primero, ni de lo segundo. “La paz no es simplemente la ausencia de conflicto; la paz es la creación de un entorno en el que todos podamos prosperar, independientemente de la raza, el color, el credo, la religión, el sexo, la clase, casta o cualquier otra característica social que nos distinga”. De cuando en cuando, me gusta recordar a Nelson Mandela, a quien pertenece esta reflexión. O Mahatma Gandhi, no solo por lo que lucharon ambos por la libertad, referentes como fueron, cuyos sabios consejos hemos desperdiciado, por nuestras constantes brutalidades. Quiero añadir algo más a la frase de Mandela. Entre Vladimir Putin y la OTAN, nos hemos cargado la definición de paz que hizo un hombre que estuvo 27 años en la cárcel, por defender precisamente esa manera de pensar.

Hacer la guerra en medio de una pandemia mundial por la que mueren millones de personas (Putin), o montar una cumbre belicista de la OTAN en España, que viene a decir que apostemos más por fabricar bombas que por educar más y mejor a nuestros hijos, son dos hechos que lamentará nuestra historia, plagada como está de holocaustos que hemos provocado en cada siglo de existencia de esta civilización tan estúpida e insensible.

No a la guerra, escucha Rusia; no a la guerra, atiende Estados Unidos, no a la guerra, Unión Europea. No quieren enterarse de lo único que queremos los ciudadanos, cómo es vivir en paz. Tarde o temprano, tendremos que oponernos a la tiranía de unos pocos que montan sus guerras, para satisfacer egos, y por los intereses de siempre, que no son otros de ver quién tiene más tanques, más petróleo, más energía y más influencia geopolítica, de dominación de otros países que viven subyugados por los grandes, como son Estados Unidos, Rusia o China.

“Hacer la guerra en medio de una pandemia o una cumbre belicista OTAN, son dos hechos que lamentará nuestra historia plagada de holocaustos”

Ni los forofos narradores de la Cumbre de la OTAN,celebrada en la última semana de junio de 2022 en Madrid, se creen las bonitas conclusiones que pronuncian o escriben sobre el resultado de este encuentro belicista. Así hay que denominarlo, y no pararse en sensiblerías sobre lo que ha ganado España dentro del escenario político y diplomático internacional. Lo que hemos conseguido son más barcos de guerra que atracarán en Rota, y que España vuelva a comportarse en clave agresiva, como ya ocurrió con la Guerra de Irak (tras la Cumbre, aparece la noticia de una intervención de la OTAN en Mali, a solicitud del Gobierno de España).

A partir de ahora, vamos a tener además debate para rato por el incremento del presupuesto en gasto militar. ¿De dónde va a salir ese dinero?, ¿y qué servicios públicos, como educación, sanidad, desempleo o tercera edad, van a ver disminuidos recursos, por emplearlo en aviones, tanques, misiles y buques de guerra? 

Es del todo inaceptable que el lenguaje de la agresividad bélica invada nuestras vidas. Imposible también que la juventud no esté también a ello. Los chavales deberían fijarse en otras cuestiones, pero ya conocen lo que es la Guerra de Ucrania, la OTAN, o que Turquía ha dado su brazo a torcer y, finalmente, Finlandia y Suecia entrarán en la Alianza Atlántica, incluido el aviso de Putin de que poco le importa extender la guerra por otros países europeos.

Así no ven las cosas muchos interesados, incluidos los medios de comunicación españoles que han servido de altavoz a una Cumbre de la OTAN, hacia la que no han parado de lanzar elogios. Que si su buena organización, que lo bien que queda España, que los mandatarios extranjeros han quedado encantados, que Biden bromeó mucho con Felipe VI, y suma y sigue. Debo ser un bicho raro, ya que no veo las mismas cosas que no he parado de leer en esta semana en la que Madrid ha sido, dicen, el epicentro del mundo.  Ante este panorama de enfrentamiento, resulta patético alardear sobre lo que ha conseguido nuestro país con este encuentro tan costoso. Mas bien, nada.  Lo que mueve la OTAN es arrollador. No digamos en lo mediático y propagandístico. En este último sentido parece haber logrado todo. Más adhesiones que rechazos. Más artículos a favor que en contra. Más análisis positivos que negativos. Halagos hacía personalidades que no los merecen. En fin, como ha sucedido en Madrid, hacerse con el relato que más les interesa desde el minuto uno, sin importar los migrantes que mueren en vallas que saltar en busca de prosperidad, ¡allá penas con el precio de la gasolina, la luz y el gas! Y el que no pueda viajar este verano por el precio de cómo está todo, ni tampoco comprar fruta por estar tan cara, que se aguante, que ya tenemos OTAN para pararle los pies a Putin y a Xi Jimping. Es lo que tiene llamar histórica a una cumbre que solo va a traer desgracias.   

“Lo que mueve la OTAN es arrollador, sin importar migrantes que mueren en vallas, ¡allá penas el precio de la gasolina!, ni comprar fruta por cara”

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Nos debe preocupar (mucho más) el aumento de la violencia juvenil

En España nos estamos acostumbrando al aumento de la violencia y agresividad entre los adolescentes, sin que nadie haga nada al respecto. Empezando porque, cada vez que se tocan los contenidos del sistema educativo, estos empeoran.  Así, nuestros jóvenes no tienen demasiadas referencias, ni en sus mayores ni en los desaparecidos libros. Sus aliados son el móvil, la tablet, el ordenador, las redes y las series de Netflix. Cada vez empiezan con ello a más temprana edad, que es la primera cuestión que habría que abordar, porque también forma parte, y mucho, del problema.  

Hay una noticia que últimamente se repite en los medios de comunicación: las peleas brutales entre jóvenes adolescentes. Antes de nada, he de decir que no estoy seguro de que se deba dar tanta publicidad a los protagonistas de estos sucesos, ya que en muchos casos es precisamente lo que buscan, pues resulta que la grabación de las peleas tiene que ver con difundirlas posteriormente por Internet y redes sociales. Aunque reconozco que no es justo del todo citar  tan solo el autobombo personal como detonante de tanta agresividad, porque hay muchas más cuestiones que forman parte del entuerto.

Este es un país en el que hay que quedar bien con todo el mundo, y la falta de autoridad es notoria en tantas cuestiones, que asistimos, como no podía ser de otra manera, al aumento de las agresiones dentro del sistema educativo, sanitario, sin olvidarnos del crecimiento del bullying ejercido de forma directa o a través del móvil y las redes. No dejamos de denunciar los hechos, pero no se hace nada para cortar por lo sano.

Peleas entre bandas y meterse con los demás ha existido siempre. Lo que no había es tanta televisión con programación de lo más disparatado, ni tampoco teléfonos inteligentes o redes sociales, que se han convertido en los aliados imprescindibles de adultos pero, y esto es lo peor, también de los pequeños. Punto uno: ¿a qué edad se debe tener un móvil que hace de todo?  Son los educadores los que tratan de poner un poco de orden en todo este desaguisado, ya que los padres hacemos una dejación muy peligrosa de autoridad respecto a lo que nuestros hijos, adolescentes, pueden hacer o no.

“La falta de autoridad es notoria, asistimos al aumento de agresiones dentro del sistema educativo, sanitario, sin olvidarnos del crecimiento del bullying”

Hablando de profesores nos topamos ya con el punto dos. El sistema educativo español es cada vez más lamentable. Y no solo ya por lo que los gobiernos manden poner en los libros. Cada vez se abandona más el mérito, el esfuerzo, y el aprendizaje del respeto debido y convivencia en sociedad más adecuada para todos. Es así de crudo. Si lo que mejor haces es suspender y portarte mal, pero a cambio te pasan de curso, hasta darte un título totalmente inmerecido, ¿qué esperamos después? Evidente que todo esto tiene consecuencias en los comportamientos, precisamente en los malos comportamientos.

De todas formas, al hablar de agresividad no hay que fijarse especialmente en adolescentes. No, ¡qué va! Es lógico que se incremente. Porque está presente en los principales canales de ocio, que van desde la televisión, series, el cine e incluso el nuevo tipo de noticias por las que apuesta hoy el periodismo, que tienen más que ver con la frivolidad que con las noticias de verdad. Dentro de los medios es también grande la confusión al querer ser un reflejo de la sociedad actual, y pretender también esa audiencia juvenil, que tiene muy diferentes preferencias a las de sus padres y no digamos abuelos. El cambio generacional es entendible, pero no la pérdida de valores, empezando por el respeto a lo que piensa y hace el prójimo.

En lo anterior tienen un papel estelar los padres. Les guste o no, hay que estar encima de nuestros hijos adolescentes, con quién andan y lo que hacen. En casa, donde generalmente están a solas con su móvil, tablet u ordenador, también hay que hablar con ellos, además de ver en nosotros los ejemplos que les pedimos. No es fácil, lo asumo. Se han escrito cientos de libros sobre tener hijos y educarles adecuadamente. Luego, ponerse a ello en el día a día es ya otro cantar. La sensación que yo tengo es que los padres, a nada que vemos problemas, tiramos la toalla. Todos esos críos que se dan palizas entre ellos, utilizando en muchos casos una violencia y agresividad desmedida, han de ver en sus propios hogares que ese no es el camino. Lo que ocurre en España con nuestros adolescentes, no todos por supuesto, es la combinación de dejadez en la educación personal (la de casa), degradación de la educación oficial, a lo que hay que sumar una falta total de exigencia social para que esta mala tendencia sea revertida mediante la adopción de medidas concretas. Voy a poner ejemplos. Se dan periódicamente nuevos datos sobre el bullying en las aulas. Pero no se hace nada. Cada cierto tiempo hay una nueva agresión a un sanitario en su propio hospital o centro de salud. Pero no se hace nada. Aumenta la brutalidad de las palizas grupales o individuales entre adolescentes, y como lo emite la tele parece que el hecho alarma. Pero no se hace nada. Vivimos en un país en el que no se hace nada, sobre nada. Las penas a todo esto son ridículas, y también llevamos años de debates sobre que hay que endurecer determinados delitos. No haría falta la coletilla final, pero es conveniente repetirla por si alguien se da por aludido. No se hace nada.

“Al hablar de agresividad es lógico que se incremente, porque está presente en la televisión, las series, el cine e incluso en el periodismo”

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Como europeo, ¿nos podría decir Bruselas si habrá apagón?

Hoy, para muchos, decir la verdad es alarmar. Quizás la falta de enseñanzas éticas tenga que ver con esa actitud. Si bien vivimos a diario como si nada, tratando de evadirnos de las preocupaciones, no vendría mal que se nos explicara claramente la situación que viene. Lo digo porque mientras los gobiernos austriaco y alemán recomiendan a sus ciudadanos que acopien alimentos frente a un apagón, en el resto de la Unión Europea, como es el caso de España, vivimos ajenos a que hay una guerra, una inflación disparada, y un precio de las energías, como la gasolina, que pronto muchos no se podrán permitir encender la luz o echar gasolina al coche.

La preocupación casi siempre toma dos caminos contrapuestos, según sea la forma de ser de la persona. O la interiorizas o la manifiestas. Como los cambios estéticos, el anhelo de vencer nuestras preocupaciones hace el agosto con tantas técnicas a las que apuntarse (mediante pago previo), que hay. En definitiva: muchos son los que a tu alrededor te dicen eso de que las preocupaciones son inútiles, pero nadie te da una solución que funcione, para espantarlas eficazmente de tu cerebro. Tener trabajo, mantenerlo, llegar a final de mes, ahorrar para la entrada del piso y amortiguar mensualmente la hipoteca, la salud, las relaciones personales, el amor, los hijos, su comportamiento y el futuro que les espera… Las preocupaciones son un empezar y no acabar nunca. ¿Hoy en día?, pues más. Sí, porque la incertidumbre e inseguridad se han adueñado de la sociedad tan mierdosa que hemos creado, repleta de avaricia, insolidaridad y salidas a los problemas tan detestables e irresponsables como es la guerra que se ha montado el sinvergüenza de Putin,invadiendo todo un país sin contemplaciones, como resulta el masacrado pueblo ucraniano.   

En fin, que llevar a cabo eso que mantenía el gran poeta Federico García Lorca, “Como no me he preocupado de nacer, no me preocupo de morir”, se queda solo en una bonita frase, ya que el día a día de todos nosotros es bien distinto, por eso de que un lunes en nada se parece al sábado. Actualmente, estamos más solos que nunca a cuestas con nuestras preocupaciones. No hay respuesta a la mayoría de los planteamientos que nos hacemos, ya que los gobiernos tampoco están a la altura de ofrecer soluciones y compromisos de serenidad. Tan solo hay que echar un vistazo al precio de todo en España, y en el resto de la Unión Europea, para unificar el significado de preocupación y tembleque.

Austriacos y alemanes, aleccionados por sus propios ministros, acopian en sus casas alimentos básicos por si de verdad llega el apagón, o las ansias expansionistas del ruso Vladimir Putin no se paran en las fronteras de Ucrania con el resto de países del viejo continente. ¿A qué estamos entretanto en España? Buena pregunta, que no seré capaz de contestarle en lo que queda de articulo, porque cada día en este país se vive un nuevo capítulo surrealista, y no hay ningún problema con nada, ni con la subida de la luz, el gas, la gasolina, los alimentos, las hipotecas o la inflación. ¡Aquí no pasa nada!, y lo que se programa en otras grandes capitales de la Unión Europea es porque su carácter va por otros derroteros, y se preocupan en exceso, debido seguramente a que no tienen tanto sol, bares y chiringuitos como España, con el verano a la vuelta de la esquina, viajes y turistas, que es lo único que cuenta.

“Austriacos y alemanes acopian alimentos básicos por si de verdad llega el apagón. ¿A qué estamos entretanto en España? ¡Aquí no pasa nada!

El peor de los Gobiernos Europeos es el propio europeo, el de Bruselas. Aún tiene que dar muchas explicaciones sobre la mala gestión del Covid. Pero es que respecto a todo lo que ha venido después, con una gigantesca crisis económica cuyas consecuencias reales aún no han llegado, sigue mostrando una parálisis que desafecta cada vez más a los ciudadanos con el concepto de unión entre todos. Lo estamos viendo igualmente entre los países que cortan con la economía rusa, y aquellos que piensan en su gasolina y gas rusos, sin importarles la opinión del resto de socios.

Hungría y Eslovaquia, en su día en el ámbito de aquella Unión Soviética, se comportan ahora como si siguieran dependiendo de la influencia rusa, vetando las sanciones que la UE quiere imponer por la invasión de Ucrania. Si ya no sabes con quién estas, es que vamos peor de lo que parece. Y rusia no solo sigue en sus trece con la cuestión bélica y agresiva, sino que va erosionando lo que debe ser una unidad inquebrantable en Bruselas. Lo mismo cabe indicar acerca de los mensajes. ¿Por qué acopian alimentos los alemanes? Si no hay nada que temer, ¿cómo hemos de digerir las instrucciones de determinados gobiernos europeos a sus ciudadanos?

La política europea debe mejorar, y mucho. Dejar de estar a la vera de Estados Unidos, en el sentido de que lo que se mande allí, se hace aquí. Han de ser muchos más claros y nítidos los discursos de los Charles Michel, Presidente del Consejo Europeo, Ursula von der Leyen, Presidenta de la Comisión Europea, Josep Borrell, Representante de la UE para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad, y Christine Lagarde, como Presidenta del Banco Central Europeo. Ahora no se les entiende. Y es que el resto de europeos tenemos derecho a que nos respondan a cinco preguntas. 1: ¿Cómo estamos?, 2: ¿Qué viene?, 3: ¿Debemos estar preparados?, 4: ¿Cómo nos preparamos?, y 5: ¿En qué podemos ayudar cada uno?

“Tenemos derecho a que nos respondan. ¿Cómo estamos?, ¿qué viene?, ¿debemos estar preparados?, ¿cómo nos preparamos?, ¿en qué podemos ayudar?”

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