Que me regresen a los 80

Uno sabe que es imposible regresar a los magníficos años 80 y 90, donde tanto y bueno se hizo en todo el mundo, ya que reinaba algo llamado consenso. Hoy no ocurre. No existe aquella unidad de ideas, en política, economía o sociedad. Este siglo XXI está resultando, por ahora, un auténtico bluf.

Me mandan al wasap un vídeo que invita a brindar por la generación de los 80. Una generación única, asegura. Una generación, elegante, zanja. Es para creerlo porque, como en la misma grabación se explica, es la última generación que escuchaba a sus padres y a sus abuelos. Y también la última en respetar a los profesores y a los mayores. Sencillamente,tenía buenos principios.

En verdad, la primera parte del siglo XX fue un total desastre. La cosa  iba de  gánsters, mafias, la Gran Depresión, las guerras mundiales y civiles, el hambre y la necesidad, los países oprimidos o la invención de la bomba atómica. Sé que me dejo muchas cosas chungas en el tintero, pero es que lo que quiero resaltar es aquella vida creativa en el arte, la cultura, el movimiento hippie o el auge de los medios de comunicación, en especial la televisión, más un desarrollo social casi justo, a través del bienestar general que se vivió en el mundo, principalmente entre los años 80 y 90. Este siglo XXI no me gusta nada. Se nos prometieron muchas cosas, todas ellas en torno a derechos, igualdad, avances, progreso y acceso universal a tecnologías, y no se ha cumplido nada. Nos han dado gato por liebre en política, en economía y en el anhelo que supone contar con un trabajo seguro, una pensión digna, y disponer de sueldo suficiente con el que poder vivir y mantenerse.

“Este siglo XXI no me gusta nada. Se nos prometieron muchas cosas, todas ellas en torno a derechos, igualdad o avances, y no se ha cumplido nada”

Aunque jorobe decirlo, tenemos que reconocer que las generaciones actuales no aseguran su futuro como antes lo hicimos los que hoy superamos los 50 años. Con un trabajo dabas rienda suelta a independizarte, contando principalmente con casa propia, hasta llegar a hacer realidad una frase muy de la época sobre formar un hogar. La crisis económica primeramente y la actual postcrisis a continuación, han dado un giro completo a aquella forma de pensar y vivir, hasta llegar al territorio inexplorado que recorremos actualmente dentro de un mundo loco y a la deriva. Resulta incomprensible que hayamos atravesado grandes periodos de desarrollo en todos los sentidos, como fue esta última parte del siglo XX, y hoy estemos enfrascados en retrocesos que hablan de muros y alambradas, de pérdida de derechos, especialmente para las mujeres, de no solucionar los graves problemas medioambientales que acarrea el Cambio Climático, y de haber abierto una brecha gigantesca entre bloques político-religiosos. La reunión anual de la ONU y la Asamblea General ante la que hablan los jefes de Estado de los diferentes países ya es solo protocolaria, porque nada se acuerda que pueda definirse como satisfactorio para todos. ¿Qué nos ha pasado?

Los 80 y 90 fueron años abiertos, de debates constructivos, de interesantes corrientes sociales, especialmente las que surgían en barrios, grupos y comunidades de vecinos, agrupadas en torno a una idea o sentimiento común. Lo que quiero decir con esto es que hoy estamos quietos parados. Mucho en torno a la cultura, el arte, la literatura y la reivindicación social es solo postureo. Nos han abducido de lleno hacia las redes sociales, sin ni siquiera caer en el hecho de que nos pueden estar aislando y adormeciendo, tan inmersos en el Facebook, Twitter o Instagram. El contacto humano siempre ha sido otra cosa. Hoy nos parece normal que la política de un país se lleve con un tuit, como hace Donald Trump con los Estados Unidos, cuando el hecho es sencillamente aberrante. Avanzar está muy bien, siempre y cuando seamos capaces de afianzar cuestiones del pasado con las que nos ha ido francamente bien. Eso ocurrió en los años 80, en todos los aspectos, empezando por el consenso que había a la hora de tomar decisiones que supusieron, por ejemplo, la caída del Muro de Berlín, la reunificación de Alemania o la libertad de los antiguos países del Este para abandonar la Unión Soviética y pasar a formar parte de la Unión Europea. Fíjense que cito grandes hitos en nuestra historia más reciente, y ahora, en pleno silgo XXI, somos incapaces de unir y todo lo que hacemos es romper, abandonar, dejar, criticar, torpedear y amenazar. Por eso hecho tanto de menos todas las cosas, lejanas y cercanas, que vivimos en aquellos maravillosos años 80. Si tuviera la oportunidad de hacer realidad un deseo, ese deseo seria regresar a todo aquello.

“Nos parece normal que la política de un país se lleve con un tuit, como hace Donald Trump, cuando el hecho es sencillamente aberrante”

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¡¡ASESINOS!!, ¡¡COBARDES!!

El asesinato es la mayor de las intolerancias. Nadie debería vivir con una soga al cuello, como lo hacen miles de españolas, víctimas de la violencia de género. Caer en la confrontación política sobre si es mucha o poca la ley y las ayudas para las mujeres, es un flaco favor que nos hacemos todos. Debemos negarnos a la normalidad, a que crezca la lista de asesinadas, saliendo a las calles siempre que sea preciso, para exigir un país de igualdad plena, que nos ampare, y permita acabar con la lacra de asesinos y cobardes machistas, que parecen sentirse impunes.

Se van apagando los focos informativos en torno a Laura Luelmo. Su cuerpo acaba de ser incinerado en la más estricta intimidad familiar, en una localidad onubense llamada Gibraleón. Caliente aún la indignación, cobra protagonismo el primer asesinato en este nuevo año de una nueva mujer: Rebeca Alexandra Cadete. Tengo que reconocer que hay ocasiones en que son los propios medios de comunicación, en especial las televisiones, las que roban titulares a las mujeres víctimas de la violencia de género, por la forma que tienen de fabricar información en torno a estos casos, y donde el amarillismo y sensacionalismo parecen haberse apropiado del periodismo de sucesos.

Creo que los ciudadanos, en especial las mujeres, vamos por otro lado muy diferente a lo que pasa ahora con la violencia machista. Más si cabe, después de que los propios partidos políticos hayan entrado al trapo de hacer diferencias dentro de esta violencia o hablen de derogar leyes, suprimir o ampliar ayudas a las víctimas, y otras cuestiones similares de las que el lector se ha hecho igual eco que yo. Para mal, esto es lo que siempre nos ha diferenciado de países ejemplares en igualdad (los nórdicos especialmente), que no se pierden en disquisiciones estériles o largos debates que finalmente no arreglan nada. La prueba es que ahora nos queremos poner al principio de todo, al tener que escuchar que hay que derogar leyes acerca de esta violencia concreta contra las mujeres. ¡Escuchar para creer!

El caso rocambolesco es que iniciamos este nuevo año con una primera asesinada en Cantabria y, lejos de vislumbrarse señales que indiquen que el problema está controlado, se nos mete de repente en un debate absurdo sobre las medidas adoptadas hasta hoy por los diferentes Gobiernos centrales y autonómicos, que además han sido de izquierdas o de derechas, pero parecía haber unanimidad sobre no tolerar una mujer más, maltratada o muerta a manos de intolerantes totales. Lo vengo señalando en mis últimos artículos, y este es uno más a repetirlo: la intolerancia está creciendo mucho en España.

 “Lo vengo señalando en mis últimos artículos, y este es uno más a repetirlo: la intolerancia está creciendo mucho en España”

Hace no tantos años, cuando ETA asesinaba, terminamos por quitar el miedo y salir a las calles para llamarles en voz alta ¡¡asesinos y cobardes!! Aunque lo hecho por esta banda terrorista siempre estará muy presente en la sociedad española, debemos concienciarnos de que los nuevos asesinos, cobardes, son este puñado de violentos que no tienen ningún respeto por la mujer y lo que representa dentro de cualquier sociedad moderna. Sí, vale, España tiene hoy muchos problemas, demasiados para mi gusto, y de todo tipo: políticos, económicos, educativos, culturales y sociales. Pero nada hay parecido a que alguien pierda la vida a manos de un machista, de una bestia, que no se ha enterado aún y, lo peor, no se quiere enterar, de que la sociedad no tolera desigualdad alguna, y que lo más sagrado que existe dentro de toda democracia es el derecho a la vida.

Debemos negarnos saliendo a las calles españolas (los días y las horas que haga falta), a que Rebeca Alexandra Cadete, la última mujer asesinada, primera de este 2019, sea tan solo un nombre más que incrementa la larga lista de muertas. Cuando ellas gritan “nos están matando y nadie hace nada”, lo dicen por algo, por los hechos. Es cierto que la legislación se ha desarrollado mucho en los últimos años, aunque queda la tira por hacer. Desde luego, que ahora se esté exigiendo por parte de algunos partidos nuevos la rebaja de leyes y ayudas al respecto, supone torpedear la misma línea de flotación de todo lo que se ha hecho hasta el momento contra la violencia machista, que ha llevado demasiados años, tantos como tiene nuestra democracia. En los países donde la igualdad es real, y no tienen semejante problemón machista como aquí, jamás se cuestionan rebajas legales o de ayudas a la mujer por las situaciones de atentados graves que sufren a su integridad.

En alguna otra ocasión ya lo he dicho. Creer en la igualdad no es subirse al carro de circunstancias políticas puntuales (nuevos partidos emergentes y su ideario) o económicas (la reciente crisis y los recortes sociales, incluida la violencia de género). En España hay un déficit de base que se llama educación y colegios y familia e igualdad. Cuando en estos días leo que el nuevo Gobierno de Brasil habla de distinguir a los niños, de azul, y a las niñas, de rosa, siento tal bochorno e indignación, que no soy capaz de expresarlo. Pero todo esto me demuestra el estado de alarma personal que tiene que ver con el hecho de que vamos para atrás, en vez de avanzar hacia la igualdad total. Sean como sean las cosas y en cada lugar, los más fuertes siempre seremos los ciudadanos para exigir el final de cualquier atentado contra la humanidad, y la violencia machista es uno de ellos. Tenemos que actuar a diario, con cada uno de nuestros gestos y afirmaciones, no solo cuando se produce una nueva muerte. Y tenemos que hacerlo saliendo a las calles para gritar, todos juntos, en contra de los asesinos-cobardes de mujeres.

 “En los países donde la igualdad es real, y no tienen un problemón machista, jamás se cuestionan rebajas legales o de ayudas a la mujer”

 

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Opinión sobre las opiniones

El low cost también ha contagiado al marketing. Lo demuestra el hecho de pretender diferenciar entre declaraciones personales o políticas, mientras ocupas, por ejemplo, un cargo de ministro. La respuesta no se ha hecho esperar y los ciudadanos, que son a fin de cuentas los que votan, fijan  su interés en todo lo que se diga en adelante sobre Cataluña, pensiones, la caza, la tauromaquia o la desaparición de la gasolina diésel.

Avanzado este artículo seré más directo con Donald Trump, pero la última que ha hecho el presidente norteamericano es poner en cuestión a un niño de siete años por creer aún en Santa Claus. Cuando protagoniza sus paridas, en Twitter o mismamente dentro de la Casa Blanca, ¿Donald es un líder político o es un magnate caprichoso? No a lugar ni a la pregunta ni a la distinción, porque cuando alguien dirige un país y tiene silla en la ONU y los destinos del mundo, absolutamente todo lo que diga y haga entra dentro de su cargo presidencial.

Recientemente, hemos tenido un caso en España, con las manifestaciones de la ministra de Transición Ecológica, Teresa Ribera, al asegurar que su rechazo frontal a la caza y tauromaquia, pertenecen a sus ideas personales, y nada tienen que ver con el importante ministerio que dirige.

 Si nos dejáramos llevar por esta última aportación a la política del marketing low cost, el pozo en el que nos podríamos meter dentro del mundo económico, funcionarial o educativo (por citar tres destacadísimos ejemplos) sería morrocotudo.

Pongamos un caso para cada uno de estos tres apartados, el de las empresas, las Administraciones y los colegios. En una fábrica, un jefe de sección recrimina al operario que no puede ausentarse de su puesto en plena producción. Su respuesta al superior es que ha salido antes del trabajo para ir de vinos con los amigos, pero lo ha hecho a título personal y no como trabajador. Otro posible: dentro de un ayuntamiento, un empleado público lanza una grave acusación contra el alcalde, y apela a que lo hace como ciudadano de a pie y no como funcionario. Y acabamos con el caso del colegio; se podría llegar a insultar a un profesor, te mandan al despacho del director, y excusas tu mala conducta en que le has increpado como opción individual, pero ni se te ha pasado por la cabeza hacerlo en tu condición de alumno.

 “En el colegio se podría llegar a insultar a un profesor y excusarte en que lo haces como opción individual, pero no en tu condición de alumno”

Sí, como lo oyen, todos son disparates mayúsculos, aunque no estamos exentos de que sucedan, si nos dejamos llevar por este absurdo atajo de que una opinión, una denuncia, un insulto, descalificación o improperio, nada tiene que ver con el cargo o trabajo que desempeñas, porque se queda el ámbito de lo estrictamente personal. Así, no es de extrañar que toda la basura que se mete en las redes sociales, algunos pretendan encuadrarla dentro de la libertad de expresión que, por supuesto, es otra cosa muy diferente.

Un líder destaca siempre por la coherencia en todo lo que habla. Por eso Trump, ni lo es, ni lo será nunca. En España la pelota está ahora en el tejado de que los ciudadanos ya no votan como antes. Hoy escuchan más atentamente el discurso, y lo que conlleva. Las pensiones, Cataluña, País Vasco, la caza, los toros, la gasolina diésel, la subida de impuestos a los autónomos, la prisión permanente revisable, o lo que van a cobrar de más o de menos los funcionarios en el 2019. Todo es actualidad, y todo suma o resta a la hora de ir a votar. De ahí que lo que se manifieste con respecto a cada una de estas causas, lejos de ser baladí, a la postre, es trascendental. Y no. No se puede dar una opinión acerca de uno de estos temas, y esperar que los ciudadanos ni se inmuten ni reaccionen, porque nadie ha medido bien la repercusión. Y la tiene, ya lo creo que la tiene, empezando por la ética. En todas las facetas de la vida, no todo vale. Del poder se espera verdad, transparencia, seguridad y equidad en las decisiones que se tomen. Pero hay que empezar por lo más elemental, en el sentido de que cuando se afirma algo, detrás de la persona hay un cargo público que asume sus palabras y las consecuencias de explicarlas bien o mal. Es algo que explica claramente un viejo refrán español, que dice que soplar y sorber, todo al mismo tiempo, no es posible. Queda claro. Y, ¡por Dios!, que alguien le explique a Donald Trump que Santa Claus no tiene edades, y que creer en él, con tan solo siete años, es lo más normal del mundo. Aunque vislumbro que este es el auténtico problema: la diferencia entre ser normal o no.

 “Los ciudadanos ya no votan como antes. Hoy escuchan mucho más el discurso sobre pensiones, Cataluña, la caza, los toros o la gasolina diésel”

 

 

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Laura Luelmo x mil

La maestra Laura Luelmo forma ya parte del panteón de mujeres mártires asesinadas, y no puede ser un caso más que solo genere rabia, indignación, y peticiones de condenas más serias para su verdugo. Hasta que no se endurezcan las penas carcelarias, de forma contundente, la lista de asesinadas seguirá aumentando. A la espera de medidas, el Estado y sus principales instituciones parecen no entender los riesgos reales que corren todas las mujeres, y apuestan por campañas muy visuales en contra de la violencia de género.  

En los instantes posteriores a ser descubierto el cadáver de Laura Luelmo, no me ha sido difícil encontrar testimonios cercanos de mujeres indignadas por este último asesinato, al tiempo que se mostraban temerosas de que algo semejante les podía ocurrir a cualquiera de ellas o de sus hijas. “Nos están matando, y nadie hace nada”. Era y sigue siendo la expresión más oída estos días, y creo además que tienen todo el derecho a entonar de esta manera su terrible miedo.

Con cada nueva víctima, siempre es lo mismo. También yo, perdonen el aburrimiento, voy a caer momentáneamente en lo mismo. Que si hay que revisar la legislación penitenciaria. Que si hay que acordar unas penas más duras que no alberguen reinserción alguna. Y lo peor es que con esto también se hace electoralismo, lo que nos convierte en un país chocante y contradictorio, que ni siquiera tiene claro lo que supone convivir con unas reglas básicas, y hacer pagar por ellas cuando son alteradas tan abruptamente como supone que una persona dé muerte a otra.

 “Somos un país chocante que no tiene claro convivir con unas reglas y hacer pagar cuando son alteradas porque una persona dé muerte a otra”.

En verdad, el caso de Bernardo Montoya, autor confeso del asesinato de Laura Luengo, y su largo y temible historial delictivo, es como para que este país entre en reflexión, y nos hagamos mirar muchas de las costuras democráticas que ahora andan más bien flojas por mor de la intolerancia. La lista de sucesos como el de esta joven maestra crece, y no estamos dando respuestas coherentes que traigan consigo una justicia que sepa generar calma en tantas mujeres que se sienten, ¡como para no!, amenazadas. Hay que reconocer un clamor como nunca antes para acabar contra todo tipo de violencia machista, pero creo que no va acompañado de las medidas legales necesarias que corten de raíz esta hemorragia de asesinatos. Una vez más la pregunta se repite: ¿se podía haber evitado la muerte de Laura?  Más  o menos, sabemos cosas sobre nuestras vidas, pero nada podemos hacer para estar a salvo de las desgracias que se producen por motivos diferentes: porque las buscamos, porque las encontramos o porque nos las infringen cuando menos lo esperamos. Que L. Luengo acabara así sus días no tiene justificación alguna, porque sencillamente, no hay derecho.

Los Montoya proliferan, y en su caso concreto ya no hay reinserción posible, porque siempre ha seguido un mismo reguero de sangre que le lleva a matar. Y estamos ya muy cansados de tener que explicar siempre lo mismo, cuando además es inexplicable, por eso de que lo blanco es blanco, y lo negro es negro. Pasa que nos manipulan, que nos quieren hacer comulgar con ruedas de molino, y que de una vez por todas es la opinión mayoritaria de la calle la que se ha de imponer a quedarse con los brazos cruzados frente a tanta violencia. Creo que poner paños calientes tras un nuevo asesinato sería actuar contra natura; sería caer en la palabrería e hipocresía acostumbradas, para luego no hacer nada. Que se lo pregunten sino a los familiares de las víctimas, y sus luchas porque se cambien determinadas cosas, que eviten más muertes inocentes.

El Estado y sus principales instituciones de Gobierno están volcados con las campañas publicitarias de concienciación, para todo aquello que suponga violencia de género. Pero es claro que esto no basta, sino vienen acompañadas de medidas coercitivas que causen temor con solo enunciarlas. Aquí entran el aumento de penas, el cumplimiento íntegro de las mismas, velar especialmente porque no haya concesión de salidas esporádicas de las cárceles, para no tener que asistir a lo que ha supuesto el asesinato de Laura Luelmo, a manos de un delincuente condenado como Bernardo Montoya. Hacía pocos meses que había salido de prisión, para terminar segando la existencia de una joven mujer de 26 años, con toda la vida por delante. Estos hechos no merecen nuevos debates estériles y sí actuar para que no se repita con ninguna otra mujer el que ya es conocido como el asesinato de El Campillo.

 “Las campañas de violencia de género no bastan, sino se acompañan de medidas coercitivas que causen temor con solo enunciarlas”

 

 

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No más desahucios a enfermos y ancianos

No entiendo que superada la crisis, haya ahora más desahucios. Tampoco que estos desalojos afecten en mayor medida a ancianos, familias con niños pequeños o personas discapacitadas. No comprendo, en definitiva, que si es verdad que hemos recuperado dentro de Europa y España el Estado del Bienestar, se permitan tan lamentables agravios sociales, de los que los medios de comunicación nos siguen informando a diario.

Con lo que esté país ha hecho por la banca en plena crisis económica, a más de uno y a más de una se les debiera de caer la cara de vergüenza cuando permiten desahucios que afectan a enfermos, a ancianos y personas discapacitadas. Uno no sabe dónde ha quedado el Estado del Bienestar, viendo como casi a diario se repiten tan penosas escenas, al menos reproducidas por determinadas televisiones, lo que me hace pensar que no hemos renunciado a las denuncias sociales más solidarias, y en eso el periodismo es fundamental. Percibo además una gran contradicción entre el interés por querer alejar la crisis económica de nuestra cotidianidad, mientras los desahucios siguen marcando la actualidad, como en los peores años de esta última depresión.

Si bien es cierto que tras la crisis se han abordado aspectos de la misma con la intención de que no se reprodujesen, los cortafuegos legales contra cuestiones como los desalojos o la pobreza energética no están funcionando adecuadamente. Un país no se puede denominar rico, ni siquiera europeo, sino asegura que niños, ancianos o discapacitados vivan en la seguridad de un techo bajo el que cobijarse, y dé respuestas dentro de su legislación a las vicisitudes críticas en que puedan llegar a encontrarse estos sectores tan sensibles de población. Las noticias, a veces, no pueden ser más descorazonadoras: “La desgarradora historia de una anciana desahuciada con 98 años” (Antena 3). “Denuncian que una familia de discapacitados desahuciada malvive en una tienda de campaña” (ABC). “El Supremo ordena a los jueces que protejan a los niños antes de autorizar un de desalojo” (El País). Son solo algunos de los titulares que nos acompañan en cada jornada, y el hecho es que van a más.

“Los cortafuegos legales contra los desalojos o la pobreza energética no están funcionando adecuadamente”

Algún día, la historia reconocerá lo que han hecho las plataformas de afectados por las hipotecas, frenando o parando desahucios injustos, donde lo primero que se ponía de manifiesto era la indefensión total de familias y personas, sin nada, echadas directamente a la calle. El hecho de que estas plataformas ciudadanas sigan más activas que nunca, es la prueba de que no se ha dado solución al problema, sigue muy presente, y cada vez afecta a más ciudadanos desprotegidos. Me gustaría ver más resolutivos a los ayuntamientos y a los gobiernos locales en la defensa de determinados derechos, que afectan directamente a la infancia, la vejez y, por supuesto, la discapacidad. Mientras esto no suceda, los desahucios nos seguirán recordando a la crisis, y todo lo acontecido en este periodo tan oscuro que comprende los años 2007 a 2016.

Tenemos encima aún demasiadas losas de la crisis, muy pesadas e inamovibles, como son la reforma laboral, las demandas de los pensionistas, el precio de la electricidad, del gas, los desahucios o el alto índice de vida en comparación con los sueldos que se perciben actualmente en España, principalmente por parte de los jóvenes que empiezan. La situación política actual no acompaña los pactos de Estado, y con ellos la solución a cada una de estas justas causas. Tampoco podemos esperar mucho de la Unión Europea, enfrascada en el Brexit y ahora en la creación de un auténtico presupuesto europeo, que me creeré cuando lo vea. De hecho, Europa ha forjado su prestigio internacional en la defensa a ultranza todo lo social. Los ciudadanos, se decía y está recogido en los Tratados, son lo primero, la esencia de esta unidad de Estados y de Gobiernos. Pero me temo que mucha de esta esencia se perdió con el mal trato infringido durante la crisis a Grecia, Irlanda, Portugal o España. Aquí, es ahora cuando más se está viendo las secuelas de los recortes en sanidad o educación. Las protestas y reivindicaciones se dejan ver en mayor medida en Cataluña o Galicia, pero ningún otro territorio está exento de demandar que las cosas vuelvan a ser como antes de 2007. En todo caso, nunca se deberían haber cruzado las rayas rojas que suponen nuestros mayores, la protección en todos los sentidos de los menores, y la igualdad real de derechos hacia una discapacidad que reclama más que nunca mayor atención pública. La sociedad en su conjunto no les puede dejar solos.

“Tenemos demasiadas losas de la crisis como la reforma laboral, pensionistas, la electricidad, los desahucios o los sueldos de los jóvenes”

 

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