Médicos: de aplaudirles a agredirles. ¡Menuda sociedad construimos!

Lo vengo diciendo: estamos creando una sociedad intolerante. Cuando salta la noticia de una terrible agresión a un médico y un celador en un centro de salud de Santander, solo me cabe añadir que se empiecen a tomar medidas urgentes para frenar estos hechos, que también se dan por desgracia en nuestra enseñanza. El agresor ya está en la cárcel, pero ante el desmedido aumento, año tras año, de la lista de sucesos similares, sin que se haga caso a nuestros sanitarios y sus representantes, hay que proclamar un ¡basta ya!

Cada año, en el mes de abril, se celebra el Día Mundial de la Salud. Un mes después se festeja el Dia Internacional de la Enfermería. Partiendo de la base de un Año Internacional de los Trabajadores Sanitarios y Asistenciales, en este 2022, con todo lo que ha pasado y aún sucede, se ha emprendido una Semana Mundial del Personal Sanitario.  No hay que buscar porqués, ya que es la mejor manera de demostrar gratitud a todos estos profesionales que nos cuidan, pero para la Organización Mundial de la Salud, con toda razón, es necesario concienciar sobre el destacado papel que juegan los trabajadores sanitarios, en todos los lugares del mundo. Anualmente se conmemora en México el Día del Médico, y lo festejan con frases que quieren resumir, con sencillez, su misión: “Conocemos y agradecemos tus noches de desvelo, tus horarios incómodos, tu esfuerzo, los sacrificios de actividades personales, por tu labor. Por toda esa entrega: ¡Felicidades en tu día y que lo disfrutes!”.

Mientras, en España, y Cantabria acaba de sufrir un terrible hecho al respecto, se les agrede. Aquí, vuelvo a Cantabria, ha sido un joven de 20 años que ya está detenido. La violencia hay que repudiarla a cualquier edad (toma nota Putin y los que te jalean), pero esto de reaccionar así contra un médico y un celador a tan joven edad, me hace reflexionar mucho y mal sobre el estado real de la educación que proporcionamos, y la deriva que de igual manera pudiera conllevar la falta de comprensión y tolerancia en todo lo que acometemos a diario.

Nada disculpa actuaciones así, ni el Covid, ni contagios, ni hastío, ni saturación o desbordamiento, que los hay, de nuestro sistema sanitario. Por supuesto, el lamentable suceso de Cantabria ha hecho disparar las alarmas en casi todos los sectores, por el tipo de sociedad que estamos construyendo, unos por consentir y otros por pasar de todo.

“El suceso de Cantabria ha hecho disparar las alarmas, por el tipo de sociedad que estamos construyendo, unos por consentir y otros por pasar de todo”.

La pandemia ha disparado los nervios, pero en el denominado post Covid no puede haber menos respeto a los valores de cómo era antes de la aparición del virus. Si a todos los males que padece ahora el mundo, le sumamos lo de faltarnos al respeto, es que vamos mucho peor de lo que nos están contando. Lo de las agresiones e insultos, hoy le pasa a un médico y a un celador dentro de un ambulatorio, ayer le ocurre a un profesor de instituto, y en las redes sociales vale todo, como si injurian a tu familia, para ponerte realmente a parir a ti. Sigo: el bullying o acoso escolar se dispara, tanto de manera presencial como por Internet. Aumentan también las enzarzadas brutales entre pandillas de chavales. Y, porque todo hay que decirlo, el sistema se muestra débil y permisivo, porque cuanto más suspendes y menos te esfuerzas, mayor premio te van a dar con el pasar de curso hasta que te den un título inmerecido. ¿Qué estamos haciendo?, ¿a dónde vamos así?

No, no lo mezclo todo. Este es el mal contexto que estamos generando para recuperar esa frase tan popular sobre que de aquellos barros vienen estos lodos. Sin dejar de lado lo ocurrido en el Centro de Salud de la Avenida de Los Castros de Santander, hemos pasado del aplauso a nuestros sanitarios a maltratarles, como tantas otras cosas que se hacen así en este país. Se les había prometido también mucho, merecidamente, porque se han jugado el tipo (literalmente), en el servicio a los demás, durante la peor parte de una pandemia aún no extinguida.  

Nos quedaron muy agradecidos de tanta ovación, aunque al tiempo nos pedían que cumpliéramos con las prevenciones y que fuéramos comprensivos con la situación de desbordamiento que se les ha dado y en ello continúan. Pero no. Queremos atención prioritaria, aunque no nos corresponda el centro de salud, como a este joven agresor que ya está en la cárcel. Lo ocurrido debe ser un toque de atención, pero también otro de entendimiento para que toda la sociedad comprenda por lo que realmente están pasando nuestros médicos, la enfermería, los celadores, auxiliares y demás trabajadores del sistema sanitario público. ¿Con qué ánimo pueden trabajar cuando no se sienten ni protegidos?

Lo de las agresiones a los sanitarios viene de atrás, y van en aumento. Solo el año pasado, el Observatorio Contra las Agresiones de la Organización Médica Colegial recogió un total de 612 agresiones, un 39% más que en 2020. En este 2022, todo ha ido a peor. El Gobierno, a través del Ministerio de Sanidad, tiene en sus manos parar esto. Porque los representantes de todos los sanitarios lo vienen haciendo como es debido, y piden medidas que corten de raíz estos sucesos. Con el bonito comienzo que habla de conmemorar fechas dedicadas a nuestros sanitarios, ¿saben lo peor? Pues que también hay Día Europeo Contra las Agresiones a Médicos y Profesionales Sanitarios. Lo dicho, el mundo al revés.

“Nos quedaron agradecidos de tanta ovación, aunque nos pedían que fuéramos comprensivos con la situación de desbordamiento que se les ha dado”

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Mandatarios paralizados, gente y medios inmóviles, frente a la confusión

En los momentos más delicados de una situación mala, es cuando se echa de menos el liderazgo, sea en el campo que sea. Putin va de gallo, porque se cree un líder mundial que no ve en frente quien le pueda frenar (mejor con convicción y acuerdos, que con la guerra). Cuando culpabilizamos solo a mandatarios de la deriva, obviamos nuestra parte de culpa. Lo digo porque con una sociedad inmóvil, que parece que ni siente ni padece, y con unos medios de comunicación que ahora no cumplen bien su papel, tampoco podemos pretender que broten, de la noche a la mañana, nuevos guías sherpas, que abran paso en un periodo con tantas curvas como vienen.

Jean Monnet (1888-1979), Robert Schuman (1886-1963), Konrad Adenauer (1876-1967), Alcide De Gasperi (1881-1954) y Paul-Henri Spaak (1899-1972), son considerados como los Padres de Europa. A todos se adjudica grandes actuaciones y trascendentales conclusiones, pero, no pudiendo citar todas ellas, he de elegir para esta ocasión una muy apropiada para definir por lo que pasa ahora el mundo, y harían bien en meditar al respecto, tanto el ruso Putin como el chino Xi Jinping. Su autor es el alemán Adenauer: “Todos vivimos bajo el mismo cielo, pero ninguno tiene el mismo horizonte”. A lo largo de la historia, este es nuestro mal, que tiene como consecuencia más directa y cruel las guerras que se excusan en nombre de la libertad, pero que suelen tener casi siempre, como ambición, quedarse con la riqueza que tiene el pueblo conquistado, como le pasa a Rusia con Ucrania.

De aquellos ejemplares padres europeos, por su carisma y talante, salto a los actuales líderes mundiales. Echo un vistazo a una de esas listas que, con mayor o menor acierto, los cita clasificados. En ella solo aparece una mandataria, Jacinda Ardern, primera ministra de Nueva Zelanda, todo un ejemplo de demostración para la política sencilla y directa, de calle, sin pomposidades, y también para las madres trabajadoras. En el resto de la lista, el primer líder es Bill Gates, que no ha perdido precisamente protagonismo en esta época Covid, principalmente por enredador. Y hay otros nombres como el de la joven Greta Thumberg, y su implicación total en gravísimo problema del Cambio Climático. El resto de importantes son en su mayoría grandes empresarios de éxito, por la innovación y aportación al mundo que han supuesto sus ideas y trabajos tecnológicos, amasando al tiempo grandes fortunas.

Pero, ¿dónde están el fiestero Boris Jhonson, o Emmanuel Macron, o Joe Biden, o Draghi, o Cristine Lagarde, la presidenta del Banco Central Europeo? Ni están, ni se les espera. Como guías de un mundo en paz, son un fiasco, aunque la palma se la lleva Vladimir Putin y Xi Jimping.  El desapego de los ciudadanos hacia quienes dirigen Gobiernos y Estados parece total y unánime. Lo visten con encuestas de aceptación máxima a su política, como hace Putin con los rusos, pero es mera manipulación. Además, el Covid, las vacunas, la crisis y la guerra solo echan más leña al fuego a la decepción generalizada, que, francamente, unos ciudadanos temerosos e inmovilizados muestran bien poquito.

“El desapego de los ciudadanos hacia quienes dirigen Gobiernos y Estados parece total. Covid, crisis y guerra echan más leña al fuego”

El Covid, con dos años perdidos, nos ha dejado muy tocados. Es como si tuviéramos que reiniciarnos. Todo lo que ha venido después, con la Guerra de Ucrania como lo más tremendo, tan solo ha hecho que sumarse a esas ganas de vivir sin mascarilla ni prevención alguna, que anhela cualquiera. Parece que todo lo demás que suceda es asumible, ¡increíble! En fin, es no querer enterarse, no querer ver la realidad, no reconocer la auténtica situación que vivimos.

Los medios de comunicación están inmersos en el mismo bucle. Hemos perdido independencia, criterio, crítica e investigación exhaustiva de los hechos, principalmente de los despropósitos. Manda la economía, y lo hace en todo, también en el papel impreso o en el formato digital. De las televisiones, mejor ni hablemos. Nunca antes como ahora, la ciudadanía había sentido tan de cerca la manipulación, pero se muestra impasible porque solo busca pasar página. La crisis económica aún no se quiere percibir; la Guerra de Ucrania está lejana; y sobre la confusión se podría escribir una tesis entera, aunque en el sentido de que tampoco se asume.  

Alguien que ha escrito Las 21 leyes irrefutables el liderazgo, como es el caso del escritor John Maxwell, tiene una receta que me agrada sobremanera para describir lo que se necesita, invertir la mala pinta que tiene todo, y despertar a la gente y a los medios de comunicación, para que hagan auténticamente su papel, y recobren así la confianza perdida. Esta es la idea: “Un líder es aquel que conoce el camino, sigue el camino y muestra el camino”. Hoy, no los hay.

Con el inmovilismo, se corre un gran peligro, tal es que continúen los cambios a peor y se sucedan nuevos y desagradables acontecimientos, sin haber contado previamente para nada con los ciudadanos, a quienes no se nos pregunta. Se habla y se hace en nuestro nombre, especialmente en lo que se realiza dentro del concierto internacional, pero no existe tal autorización para llevar las cosas tan mal, y a los extremos que se ha llegado, y ahí tenemos el exponente de la Guerra de Ucrania. En momentos de tanto belicismo como vivimos, de tanto rearme, ¿los ciudadanos no tenemos nada que decir?, ¿nos conformamos?, ¿vamos a leer como si nada los titulares diarios que llegan a extremos de avisar del posible uso de armas nucleares? No me digan que todo esto no es conformismo. Una palabra que significa aceptar fácilmente cualquier circunstancia pública o privada, especialmente cuando es adversa o injusta.

Así no vamos bien. Reencauzar la paz, enderezar la economía, generar prosperidad a los pueblos, y vislumbrar futuro y trabajo para los jóvenes, requiere de verdaderos líderes. Pero también debemos recobrar el protagonismo de la sociedad que teníamos antes del Covid, con la voz de los colectivos, de la cultura, del arte, de las oenegés, de la universidad, de los jóvenes, de la reivindicación, y de la lucha por las cuestiones que sigue siendo esencial solucionar, y que ahora están aparcadas. Podría terminar citando muchas, pero me voy a quedar con la más importante, referida, no solo a nuestro futuro, sino a la propia supervivencia. El Cambio Climático, sí. Cada día se aprecia más, y en todas partes.

“El Covid nos ha dejado tocados. Parece que todo lo demás que suceda es asumible, ¡increíble! Es no querer reconocer la auténtica situación”

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Comprar Twitter en nombre de la libertad. Prefiero el periodismo

Estamos acostumbrados a que los multimillonarios acumulen riqueza. Incluso a creer que lo hacen en muchos casos por un claro servicio a la sociedad. Solemos leer estas noticias en medios de su propiedad, olvidando que dinero llama a dinero y, si está envuelto en poder, mejor. Llegamos así a la última protagonizada por el hombre más rico del mundo, el dueño de Tesla. Compra, por 44.000 millones de dólares, la red social Twitter. Dice que lo hace para salvaguardar la libertad de expresión y la democracia. Para preservar semejantes pilares, yo prefiero primero las leyes y después el periodismo de investigación.  

Barack Obama logró su primera presidencia en Estados Unidos, tras hacer el mayor y mejor uso de las redes sociales (“Yes, We Can”.Sí se puede). Donald Trump demostraría años más tarde, también sentado en el Despacho Oval de la Casa Blanca, el mucho daño que podía hacer con sus tuits, generadores de enfrentamientos derivados de afirmaciones sobre la emigración, el racismo, la xenofobia o las relaciones diplomáticas internacionales. Su fuerza y carisma dentro de esta red se pondría de manifiesto durante el asalto al Capitolio de los Estados Unidos, en aquel fatídico 6 de enero de 2021. Y todo porque había perdido las elecciones.

Para lo que sirve Twitter no parece generar demasiadas dudas. Pero si se utiliza como arma ideológica, como cuando Trump movilizó a tantos norteamericanos para que tomaran Washington, esta es ya otra cuestión a la que dedicar horas y análisis, máxime con lo mal que va ahora el mundo. Al hilo de lo anterior, no dejan de sorprenderme la cadena de acontecimientos que se están produciendo en este periodo concreto de la historia, llegando incluso a descolocar al periodismo. El Covid, provocado; el superpoder desmedido, adquirido por las farmacéuticas;las energías, todas, con precios imposibles de pagar; la Guerra de Ucrania y las auténticas intenciones de Vladimir Putin; o el repentino protagonismo que ha cobrado para todos los países el rearme que suponegastar más dinero en defensa. ¿Y ahora se vende Twitter, nada más y nada menos, que por 44.000 millones de dólares?

Elon Musk, el hombre más rico del mundo es quien ha comprado esta red social, convertida en todopoderosa autopista de la comunicación, desde la política a la económica, pasando por la difamatoria. Su gigantesca fortuna sale de la propiedad de empresas como Space X (controlar el espacio y la tierra mediante la puesta en órbita de multitud de satélites, con los que también ganar más terreno en Internet y en el ámbito militar) o Tesla, a la vanguardia de los coches eléctricos y de los pasos que se den en el transporte futuro. ¿Para qué quiere Musk Twitter?

“Donald Trump demostraría su fuerza dentro de esta red durante el asalto al Capitolio, por haber perdido las elecciones”

Desde luego, la primera explicación que ha dado tras cerrar la compra, parece muy pueril. “Creo en la libertad de expresión como un imperativo social para una democracia funcional”, han sido sus palabras. Frase vacía, en todo caso, que parece salida de la mala sesera de un mediocre asesor de comunicación. Si por algo se viene definiendo el nuevo propietario de la red social del pajarillo (piar), es porque no encaja nada bien la crítica, y va por libre en muchas cuestiones relevantes para el mundo, lo que hace disparar las alarmas sobre la auténtica razón de esta adquisición desmedida, 44.000 millones de dólares. Volvamos pues a repetir la pregunta: ¿Para qué quiere Elon Musk Twitter? Pues para amasar más poder y apuntalarlo. Que en un momento dado nadie le rechiste ante nuevos proyectos, por más disparatados que sean,que pueda plantear. El mundo está ya demasiado loco, pero, al respecto, no está todo dicho aún, ni mucho menos. Musk guarda algunos de estos ases en la nueva manga de influencia que va a suponer para él Twitter.

Planteo otra cuestión. Ante semejante cifra pagada, hasta para la primera fortuna del mundo, ¿hay alguien más detrás? Twitter gusta y disgusta por igual, pero imaginemos por un momento lo que supondría para el mundo que esta red cayera en las manos equivocadas. En personajes que pretendieran dirigirlo todo desde la calumnia, la mentira, la falsedad, la manipulación y las campañas de desprestigio. Y que todo esto que digo lo llevemos al terreno de lo político y lo económico. Aquello que no le guste a Musk y a quienes supuestamente le apoyasen (países, corporaciones industriales, etcétera) puede ser susceptible de ocultación. Por lo pronto, y en una primera y rápida valoración, el  multimillonario encuentra más halagos en las páginas de los periódicos que críticas a semejante concentración de poder en una sola persona. Habrá que ver sus pasos iniciales, que serán rápidos, ya que es persona que le gusta hacer y deshacer a su antojo. Con todas las que ha organizado, Donald Trump tiene suspendida su peligrosa cuenta de Twitter. ¿Va a permitir Musk que el expresidente norteamericano regrese y vuelva a sembrar la discordia? Si es así, habrá que pensar que le apoya. Y si le apoya es también razonable concluir que al magnate de Tesla le gusta la política trumpista. Esa misma política que levanta muros, no piensa dos veces en atacar a otro país, o que invita a marcharse de Estados Unidos a todo aquel que no piense y opine como el ex presidente. Elon Musk, merecidamente, está ya bajo la lupa. Y también va a ser rehén de sus peregrinas explicaciones sobre la libertad de expresión y la democracia. Porque él no es salvador de nada ni de nadie. ¡Por favor, que regrese el periodismo serio, que tanto necesitamos!

¿Para qué quiere Musk Twitter? Para amasar más poder y que nadie le rechiste ante proyectos, por disparatados que sean,  que pueda plantear”

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Una guerra de bloqueos económicos, pero nada frena a Putin

La Guerra de Ucrania acarrea crímenes, éxodo y sufrimiento, además de hipótesis de lo que realmente anhela Putin. El bloqueo económico no va a lograr mucho, porque Rusia y riqueza son lo mismo. Si ellos nos cierran el grifo del petróleo, gas y electricidad, el resto de países del entorno europeo entraríamos en otra guerra, la de la penumbra. Con el predominio aplastante de los gasoductos rusos, el ex espía de la KGB aupado a presidente tiene la sartén por el mango. Es hora de plantear una estrategia diferente con la que acorralar a este zar del siglo XXI.

¿Por qué se ha producido la Guerra de Ucrania?; ¿Cómo es posible hacer algo semejante cuando el mundo está inmerso en una pandemia?; ¿qué papel quiere jugar China apoyando el belicismo?; ¿a qué atiende tanta prevención y flojera con Putin de la Unión Europea?; ¿Rusia parará aquí o continuará su expansión hacia los antiguos países que antaño formaron parte del entorno de la Unión Soviética, tras el reparto que se hizo finalizada la II Guerra Mundial? De ser así, ¿cómo procederán Estados Unidos e Inglaterra?, países que siguen siendo dos de las potencias militares más decisivas del mundo.

Toda guerra, máxime si se produce en suelo europeo, produce a diario una cascada de noticias, fotografías, vídeos y análisis. Eso de que la información es poder quintuplica su importancia, especialmente para que la ciudadanía de uno y otro bloque, al tiempo que perciben seguridad (¡no a la guerra!), aprecien quién va ganando y las debilidades del bando que se repudie.  Rusia es mucha Rusia, y aunque los medios occidentales se empeñen en no dejar muy bien a su ejército, material que utilizan, y desaciertos en invasión y ataques, tenemos en frente a una nación demasiado poderosa en tres cuestiones: riqueza natural y energética, dinero y apoyo (China, India o Corea del Norte).

Con toda la actualidad que se produce en suelo ucraniano cada 24 horas, una noticia me ha llamado poderosamente la atención. Esta: “Rusia reinstala una estatua de Lenin que había sido retirada en una de las ciudades ocupadas de Ucrania”. Esa ciudad arrasada por los militares rusos es Henichesk, fronteriza con Crimea, y creo que los dirigentes políticos ucranianos destituidos piensan atinadamente, al traducir lo de la estatua como pretender retroceder en el tiempo, lo que también se anuncia mediante banderas rojas y monumentos característicos de la era soviética (Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, URSS, que existió de 1922 a 1991).

“Rusia es mucha Rusia. Tenemos en frente a una nación muy poderosa en tres cuestiones: riqueza natural y energética, dinero y apoyo (China, India)”

Por eso Europa, en concreto la UE, aún no está en la auténtica medida de lo que es y supone la Guerra de Ucrania, y es entendible, ya que no se quiere insinuar siquiera la posibilidad de que estalle una Tercera Guerra Mundial. Pero sus sanciones y bloqueos económicos, incluso las duras medidas de embargo del dinero y bienes de los magnates rusos en el exterior, no dan resultados. También tiene la culpa el miedo de los países, desde Alemania a España, a quedarse sin luz y gas para iluminar y calentar sus hogares. Es Rusia la que nos provee de casi todas las energías. Por este concepto ingresa, al día, la friolera de 800 millones de dólares. Solo Alemania adquiere a Rusia el 63,5 % de su gas, mientras otros, como Finlandia o Rumania, el 100 %. Y esto sigue así, y parece que continuará, con guerra y todo.

Por un lado, envías material de guerra a Ucrania, y por otro sigues enriqueciendo al país agresor. No tiene sentido. Frenar en seco a Putin requiere de estrategias diferentes a las que se están siguiendo a día de hoy. Por lo pronto, es necesario un dirigente-interlocutor europeo realmente influyente. El francés Macron, inmerso en elecciones, parece haber querido coger este testigo, aunque sin mucho éxito. Lo de Reino Unido fuera de la UE, en momentos tan delicados como el actual, se nota y mucho. El canciller alemán, Scholz, está aún muy verde, y la sombra de Ángela Merkel sigue presente, por la gran líder europea y mundial que llegó a ser.

Total, que estamos en la tormenta perfecta, entre guerra, pandemia, mala economía, inflación, precio de la luz, la gasolina y el gas, y el abundante dinero que tienen unos países, frente a la gran escasez de otros, caso de España.  Putin, ya con Ucrania en su ámbito de influencia territorial y político, quiere más, y espera que se lo ofrezcan, porque toda guerra, no digamos si es interminable tiene un coste altísimo e inasumible. Que se lo digan sino a Rusia, primero, y Estados Unidos, después, con Afganistán. La gran baza de Vladimir es que todo lo que está sucediendo ocurre en suelo europeo, algo que pone de los nervios al resto del mundo. Cómo y cuándo pare esto es la cuestión, al igual que lo que Rusia obtenga a cambio (nuevos tratados), ya que el botín no termina en Ucrania.  En medio de una pandemia mundial e inacabable de Covid, hacer lo que ha hecho Putin, demuestra su falta de responsabilidad, escrúpulos y cumplimiento de los acuerdos internacionales bajo lo que representaba Naciones Unidas. El ruso ha terminado también de cargarse a la ONU, porque las naciones siguen existiendo, pero lo de la unidad es ahora lo que menos hay. Se ha puesto de manifiesto nada más aparecer el Coronavirus, con la distribución de las vacunas para los países ricos frente al desamparo de los pobres; y ahora vemos cómo afrontan la mayoría de países la invasión de Ucrania. Lo hacen desde la lejanía. Además de los tres grandes poderes mencionados que ostenta Rusia, también hay que añadir otras bazas, principalmente la distancia con que los ciudadanos (que siguen su vida diaria como si nada), ven lo de las bombas caer sobre ciudades y pueblos arrasados y masacrados de Ucrania. Y encima el ejército invasor restituye estatuas de Lenin. Es para llorar, y no parar.  

“Rusia nos provee de energías. Ingresa, al día, la friolera de 800 millones de dólares. Sigues enriqueciendo al país agresor. No tiene sentido”

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Fuera mascarilla y lo que pinta la experta opinión médica: nada

Adiós en España a la mascarilla en interiores, ya que así somos igual de europeos que Reino Unido y Francia, donde no es obligatoria. Sobre lo que no se puede legislar es respecto a que haya dudas e incertidumbre entre la población. Aquí, si el Gobierno fuera de la mano de las principales sociedades médicas nacionales, pues creo que la confianza tendría mejores cimientos. Pero no es así. Entre unos a favor de retirarla, y otros de mantenerla más tiempo, ¿cómo actuar? Se apela a la responsabilidad y sentido común, que, como es sabido, es el menos común de los sentidos.    

Hubo una ocasión en que leí una guía para enterarme bien de cómo se circula por las rotondas. El artículo tuvo su eco, aunque me temo que hay aún demasiados conductores que no saben cómo hacerlo correctamente. De cara a la medida inminente de suprimir el uso de las mascarillas en interiores, convendría enterarse antes de cómo hay que actuar. Sepamos proceder bien de antemano, no asumiendo las grandes decisiones porque lo dice tal o cual. Prueba de ello es que no es suficiente para el Ministerio de Sanidad muchas de las opiniones vertidas desde las sociedades médicas nacionales, respecto a mostrarse cautos, dadas las altas tasas (que siguen para arriba) de contagios Covid. Con los que saben, España es un país irrespetuoso. Por eso desde siempre se han ido a vivir fuera intelectuales, científicos, investigadores, y demás jóvenes promesas, que también saben mucho de lo que supone no ser escuchados ni valorados en tu propio país.

Gobiernos y sociedades europeas han dado por finiquitado el Coronavirus, más por intereses de todo tipo, que por mera cuestión sanitaria que, tras evaluarlo, zanje que el virus mortal ya está controlado. La opinión médico-científica no se tuvo en cuenta desde el principio, y por eso la gestión del Covid, al menos en España, tiene tantas luces como sombras, que irán saliendo en la medida de que el paso del tiempo imponga la verdad y los hechos. No creo que haya un solo ciudadano que apueste por mascarilla, en vez de respirar directamente el aire, sin obstáculo alguno en nariz y boca. Pero la pregunta es: ¿Hay que suprimirla ahora?

El Gobierno, con sus prisas, ni siquiera escucha la última rueda de prensa dada por el director general de la Organización Mundial de la Salud, al señalar que tan solo estamos en medio de la pandemia. Por contra, la sensación general en España es que todo ha pasado, y salvo no perder de vista a los enfermos con patologías serias y a los pacientes mayores de 60 años, hay que retomar la vida de siempre. El día después de que se acabe con la mascarilla en interiores, será la prueba de cuánto confiamos en la situación de normalidad que nos presentan y también nos imponen. Lo hemos visto con la retirada de la mascarilla en la calle; cada cual hace lo que cree más conveniente, y el tapabocas sigue muy presente.

“Con los que saben, España es país irrespetuoso. Por eso desde siempre se han ido a vivir fuera intelectuales, investigadores y jóvenes promesas”

Información, credibilidad y veracidad son términos que han quedado un tanto tocados durante los años de la pandemia. Se trataba de no alarmar más de lo debido, pero ya uno no sabe muy bien definir el antes y el después de la situación real por la que atraviesa el gran conceptoque es salud pública. De todo lo prometido al sistema sanitario, a sus auténticos protagonistas como son todos y cada uno de sus trabajadores, ya tampoco se habla nada. Cualquier proyecto que quieras acometer hoy en día en España, incluido el mantenimiento del estado del bienestar, pasa por los fondos europeos

Con este panorama tan ficticio, qué menos que hacer caso a las prevenciones sanitarias de nuestros médicos, cuyas recomendaciones bien poco tienen que ver con las que marcan los Gobiernos. Al menos a mí, me parece super respetable lo que diga el máximo representante de la Sociedad Española de Inmunología, o el de la Sociedad Española de Neumología y Cirugía Torácica, el de la Sociedad Española de Médicos de Atención Primeria, la Sociedad Española de Medicina General y de Familia,o el de la Sociedad Española de Rehabilitación y Medicina Física. Llevan años al cuidado de nuestra salud, aunque parece ser que sus opiniones son poco valoradas por el Ministerio de Sanidad.

El caso es que nos parezcamos cuanto antes a Reino Unido, Francia, Bélgica, Dinamarca, Países Bajos, Suecia, Noruega y Finlandia, donde el cubrebocas no es obligatorio. Actualmente, España da sensación de una relajación total frente a la pandemia. Soy el primero que quiero dejar atrás la mascarilla, pero la responsabilidad y el sentido común me dicen que hay que seguir llevándola encima, y tirar de ella cuando puedas percibir peligro de aglomeraciones. Seguirá siendo necesaria en el transporte público, en centros sanitarios,  residencias de mayores, y parece que los servicios de prevención de las empresas tendrán también la última palabra. Todos los interiores no son iguales, algo que puede generar problemas, si se hace ver a la población que el Covid ya es historia. Por lo pronto, veremos lo que anuncian los datos tras Semana Santa. Se habla más de la Guerra de Ucrania, de la inflación, de la subida de los precios en carne, el pescado y la fruta, de lo cara que está la gasolina, la electricidad y el gas, pero no podemos ni debemos desligarnos del todo de una pandemia declarada, sobre la que aún no se ha colgado el cartel de superada.

“Soy el primero que quiero dejar atrás la mascarilla, pero responsabilidad y sentido común me dicen que hay que seguir llevándola encima”

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