Tantas dudas que surgen en torno al Covid, jóvenes y su futuro

La intención de que hay que dejar un mundo mejor a las nuevas generaciones acumula siglos de incumplimientos. Antes del Covid, y con el cambio climático, estábamos en pleno debate sobre el día de mañana o salvaguardar el planeta si lo prefieren. Todo ha quedado aplazado sine díe. Por un lado, hay que dibujar ese futuro, pero, por otro, los jóvenes deben asumir que los verdaderos cambios por llegar necesitan de su total implicación.

Cuantas veces, ¡madre mía!, nos habremos parado a pensar y, más allá, exclamar eso de que hay que construir un futuro de posibilidades para los que vienen detrás. La constatación de nuestra soberbia, pese a las muchas advertencias, nos hace actuar, en cambio, como si fuera impensable que sucediera una pandemia como el Covid-19, que mata y contagia por todo el mundo, a la espera de una vacuna que se hace de rogar. Aún no hemos superado la conmoción, mientras no dejamos de hacernos preguntas sobre el presente y, sobre todo, el futuro. Voy a meter todas estas dudas dentro de un mismo bloque, y agruparlas así en torno a un razonamiento: ¿qué va a ser de nosotros?

ERTE, paro, hostelería, turismo, autónomos, cartera de pedidos para las empresas y consumo de los ciudadanos en el comercio, son en realidad las grandes problemáticas. Nada resulta fácil en tan convulsos momentos económicos y sociales, pero tiene que haber un mañana donde los que saquen cabeza sean los jóvenes que ahora están formándose, deseosos de incorporarse pronto al mercado laboral. La reforma laboral de la primera gran crisis económica de este siglo lleva camino de perpetuarse e incluso empeorar. Aquella reforma condenó a los jóvenes a pésimas condiciones de trabajo, especialmente por los bajos sueldos, hecho no justificado ya que esperaba mejoras legales. Hasta que llegó el coronavirus.

El virus no debería ser excusa para empeorar más en cuanto a regulaciones laborales se refiere. La economía está imponiendo, por ejemplo, el momento actual en el que se nos traslada la necesidad de, con mucha prevención, convivir tranquilamente con la pandemia, que va a peor día tras día. No hay ninguna nueva normalidad. El virus sigue matando y contagiando como en los peores momentos del pasado reciente. Por eso hay que valorar el esfuerzo productivo de los trabajadores de este país, que ciertamente no se puede permitir un segundo confinamiento y ahora las cuarentenas van por barrios y se las denomina cordones sanitarios.

“Tiene que haber un mañana donde saquen cabeza los jóvenes que ahora están formándose, deseosos de incorporarse pronto al mercado laboral”

El poder siempre ha tenido entre sus malos vicios retorcer el lenguaje, para que el impacto de las cosas parezca menor a los ojos del ciudadano. La economía ahora pinta mal, aunque vamos a tener, creo yo, una oportunidad con las ayudas europeas que deben fijarse en la recuperación y nuevo desarrollo para las regiones españolas, lo que implica trabajo. Esos empleos han de mirar de cara a la juventud. Una juventud que si bien tiene buenas cualidades derivadas de su preparación, deja serias lagunas en cuanto a su compromiso e implicación con los problemas de su país (¿Las mutinacionales vendiendo el mensaje activista? Resulta muy chocante que los mayores digamos que el futuro es de los jóvenes, cuando las cosas están como están con el coronavirus, cambio climático, gresca continúa entre naciones, suslíderes, con una ciudadanía atónita ante cada nueva noticia que se produce.

Confusión es un término que define muy bien el momento actual. Está en todas partes, y se hace acompañar de otro sentir general como es el desconcierto. La juventud, tan vilipendiada este verano, para mi gusto en exceso, es la que más atenta está a lo que pueden hacer a partir de ahora. Quieren trabajar, asentarse y prosperar. El pesimismo, ponerlo todo mal, no ofrecer salidas, no son opciones para nada. Somos muy así en este país.  Cuando las cosas se ponen feas, la tendencia es sumar más problemas innecesarios a los que ya tenemos. Solo hay que ver las trifulcas diarias, en todos los terrenos, que aparecen en los medios de comunicación. Nos hace falta más seriedad, sin necesidad de que nos la recomienden desde fuera. Lo hemos de hacer posible nosotros, desde dentro. Esta debiera ser la auténtica exigencia, como una gran ola, priorizada por nuestros jóvenes, empezando por su propio comportamiento de esfuerzo y superación. Todo es poco a la hora de pedir y alcanzar desarrollo y bienestar. Mucho más cuando está en juego la vida futura de las personas.

“Resulta chocante que los mayores digamos que el futuro es de los jóvenes, con el coronavirus, cambio climático y gresca entre naciones”

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Ni lo del progreso de la vacuna anti Covid se cuenta bien

Las noticias falsas vienen siendo muy protagonistas en esta pandemia. Pero ya es pasarse de rosca que también lo sean con respecto al descubrimiento de una vacuna eficaz contra la Covid. ¿Habrá antídoto?, ¿si, no?, ¿cuándo?, ¿quiénes la recibirán primero? Aumenta la incredulidad frente a una crisis sanitaria de la que se ha desinformado  desde el minuto uno. Siendo grave, tiene delito que se haga lo mismo con el progreso de las investigaciones sobre la vacuna.

El seguimiento de una noticia relevante, no digamos vital como conseguir una vacuna que nos salve del coronavirus, exige en todo momento una información veraz, algoque no se está haciendo ni por asomo, con respecto a las investigaciones y plazos para tener pronto la mejor cura frente al bicho Covid-19. Los medios informan un día que tal o cual país ya tiene el antídoto, y al día siguiente ha desaparecido por completo más concreción del hecho. Conclusión: ciudadanos de todo el mundo ya no saben qué pensar ni en qué creer.

Aquí mismo, en España, se avanza que a final de año habrá vacuna, y lo siguiente es el jarro de agua fría que supone leer que los investigadores más adelantados suspenden las pruebas, ya que los resultados con sus pacientes no han dan los resultados previstos. Cuando escribo este artículo, coincide que la Universidad de Oxford reanuda sus ensayos clínicos experimentales. Total, que no sabemos en el noveno mes del año 2020, año del Covid-19, como va a terminar todo esto, ni tampoco el contexto en que nos moveremos de 2021 en adelante.

Vengo reiterando que esta pandemia hubiera exigido, desde su mismo inicio, una coordinación completa entre todos los países, de cara también a que los grandes, que lo están pasando muy mal, echaran al tiempo un cable a los países menos desarrollados, que lo están pasando peor. En cambio, hay naciones que están amasando un gigantesco capital económico, derivado de la fabricación de mascarillas y resto de materiales necesarios para la prevención del virus, caso de China, y eso que fue precisamente allí donde empezaron todos los males que padecemos. Hoy por hoy, ¡creer en casualidades!, lo justo.

“Hay naciones que están amasando un gigantesco capital derivado de la fabricación de mascarillas, caso de China, donde empezaron los  males”

Pasará el virus (o no), pero quedará como daño permanente una mayor división del mundo, y el desgaste con final imprevisible de organismos internacionales que han sido santo y seña mundial desde mitad del siglo XX. Pienso en Naciones Unidas o la Organización Mundial de la Salud. Su actuación ahora, con lo que está cayendo, deja mucho que desear. No funcionan lo bien que se esperaba, porque una cosa es venderse bonito de puertas para afuera, y otra muy distinta ser realmente eficaces. Demasiadas cuestiones de la OMS con respecto a la pandemia, no tienen un pase. Un día dicen una cosa, al siguiente otra, y lo mismo ocurre con la vacuna. De aquí, el creciente pesimismo de la población sobre el hecho de un anuncio concreto. Las dudas son también profundas respecto a quiénes y cuándo, hipotéticamente hablando, recibirán el antídoto

Pedir que una pandemia mundial no deba tener tanta desinformación es de justicia. Desde el principio del problema, se ha sumado al mismo la deficiente información sobre su origen, propagación, cura y vacuna necesaria. Poderosos como Estados Unidos, Rusia, Inglaterra o China se han metido en una carrera multimillonaria por ver quién la descubre y produce primero. Y digo yo: ¿no sería mejor aunar esfuerzos, juntar a sus equipos y trabajar juntos? El coronavirus ha creado una crisis económica y social sin precedentes, pero resulta que no se deja de despilfarrar dinero y recursos, que servirían para ayudar a los ciudadanos más desprotegidos, como por ejemplo en la compra de mascarillas y gel desinfectante. A la débil economía familiar, se suma hoy un gasto mensual inesperado en productos anti Covid, pero no nos paramos en las necesidades al respecto que tienen de pensionistas, parados, y trabajadores de muchos sectores que, con lo poco que ganan, tienen encima que costearse estos protectores.   

Elucubrar sobre lo que pasará cuando haya vacuna me parece atrevido sin que aún exista. Aunque lo que sí habría que hacer es facilitar mejor información a los incrédulos ciudadanos sobre los avances (reales y verdaderos) que se dan para lograr una pronta cura. Más que nunca, los seres humanos necesitamos creer, tener fortaleza y pensar que superaremos este gran bache. El mensaje serio, claro y directo en este sentido no abunda. Seguimos empecinados en enredarnos, en confundir, y en adelantar avances que más tarde resultan una farsa. Nadie debería actuar así en momentos tan terribles. La transparencia se ha convertido de nuevo en un lujo al alcance de muy pocos. Es solo alguna de las cosas que hemos perdido o llevamos camino de perder con la Covid. Ni siquiera la vacuna por llegar servirá para que nos demos cuenta de que solo la investigación periodística sobre los desmanes humanos, nos pueden salvaguardar de nosotros mismos y del peligro que suponemos.

“No se deja de despilfarrar recursos, que servirían para ayudar a los ciudadanos más desprotegidos en la compra de mascarillas”

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Con más contagios y cuarentenas, nos dicen que lo veamos normal

Si no fuera porque vivir y salir adelante son asuntos muy serios, se dan episodios en que tienes la sensación de que atravesamos tiempos teñidos de mucho surrealismo. La gran ansiedad: nos piden que convivamos con el Coronavirus, con mucho cuidado, pero hay que hacer de todo. ¡Vale! En realidad, con el verano que nos hemos pegado, no parece demasiada exigencia. Pero los Gobiernos lo han de ser a las duras y a las maduras, y no empezar a mirar hacia otro lado en la solución de los problemas, y mucho menos cuando se trata de una pandemia mundial que contagia y mata.

Hasta el 2030 y más, serán muchos los libros y películas que se lleven a cabo sobre el coronavirus. Los consumiremos porque somos una civilización peligrosa que se regocija en sus propias desgracias y para guión conocido está que siempre incurrimos en los mismos conflictos que nos definen como esa especie perjudicial: guerras, dictaduras, holocaustos, hambrunas y, ahora, virus exterminador.

Los ejemplos anteriores que cito tienen algo primordial en común: todo ello ha ocurrido en algún momento de nuestra historia, y cuando ha sucedido se ha asumido como si tal cosa por los países, gobernantes y habitantes del momento. Cuando terminaba un conflicto bélico, la firma de la paz estaba plagada de citas referidas a no lo volveremos a hacer, nunca ocurrirá de nuevo, aunque no era verdad. Las guerras se han sucedido desde que el mundo es mundo. Primeramente, fueron más violentas, y luego se suplantaron en mayor medida por el poder en el comercio y las exportaciones, de tal manera que había unos países que producían y crecían de manera vertiginosa, y otros que compraban y se las apañaban como mejor podían para que sus economías facilitaran aquello más básico como comida y agua. La educación y la sanidad siempre han marcado la diferencia entre países ricos y pobres. Hasta que llegó el Covid-19.

Así llegamos a 2020. Las grandes naciones, me refiero a las que cuentan con ingentes recursos, agachan las orejas con el coronavirus, porque se ha llevado por delante sus sistemas de salud, y la recuperación económica, social y sanitaria, tras la vacuna, cuando llegue, va a ser tan descomunal, que algunos la asemejan al después de la Segunda Guerra Mundial.

“Las naciones agachan las orejas con el coronavirus, porque se ha llevado sus sistemas sanitarios, y la recuperación va a ser descomunal”

En resumen, que hoy por hoy, los Gobiernos no tienen respuesta al Covid, aunque no lo reconocen, ni lo llegarán a hacer, al menos a medio plazo. Nunca habíamos jugado semejante partida dentro del ajedrez geopolítico internacional; no estábamos preparados para ello, y el resultado está siendo el momento calamitoso que vivimos, con un número de muertos y contagiados que crece de manera desbocada y en todas partes. El lenguaje que se hablaba, rutinario, era economía, producir, consumir y ganar dinero e influencia o  poder. Esto del coronavirus se trataba en alguna que otra película de la fábrica de comer el coco que es Hollywood, pero ni siquiera llegaron a ser éxito de taquilla. No obstante, el guión, casi idéntico, se ha reproducido, y el contagio de un virus  de procedencia desconocida circula de aquí para allá, dejando devastación y falta casi total de respuestas efectivas, y especialmente coordinadas, para pararlo.

Este es el relato,  que continúa con el capítulo de la recomendación oficial de que hay que seguir viviendo con normalidad. No hay vacuna, aumentan vertiginosamente los contagios, estamos a las puertas del desconcertante regreso a las aulas de los alumnos, los trabajadores están mayormente en casa con los ERTE que se van a prorrogar, y han nacido ya las cuarentenas selectivas, como la de Santoña, en Cantabria, mientras nos bombardean con que hay que hacer vida normal, como si nada.  

La gestión política y sanitaria del coronavirus parece como si hubiera llegado a su fin, y ahora somos nosotros, los ciudadanos, los que ya sabemos lo que tenemos enfrente y qué hacer para no contagiarnos o en caso de hacerlo. Ha habido un confinamiento y un veraneo después en el que hemos pasado de  todo. Lo hemos hecho todo mayormente mal, y ahora es tiempo de volver a nuestras ocupaciones habituales, como si no hubiera pandemia alguna, y tampoco estuviéramos inmersos en semejante crisis sanitaria, que parece no tener final. Los meses venideros nos van a traer muchas noticias, la mayoría malas, y ya poco nos podrá distraer (el fútbol y el cabreo de Messi), cuando nos caiga encima todo lo que viene. Son poquitas las voces que se atreven a hablar claramente de futuro. Aunque los acontecimientos no esperan, y así hay que tomarse la rápida fusión entre bancos como Caixabank y Bankia. Habrá más, mucho más. En realidad, dentro de un sistema en el que la política y la economía van de la mano, se abre camino esta sociedad en la que hay que convivir con el bicho. Albergo serias dudas sobre que la prevención domine este nuevo periodo en nuestras vidas.  El regreso a las escuelas hablará por sí solo, dentro de este mal momento que nos hemos buscado solitos. Solo la férrea voluntad puede hacer parar, algún día, la lista de muertos y la lista de contagiados.Desde luego, esa voluntad, aquí y ahora, yo no la veo claramente.  

“No hay vacuna, aumentan contagios, han nacido cuarentenas selectivas como la de Santoña, y nos dicen que hay que hacer vida normal”

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Que el país no pare y la escuela enseñe mientras el Covid crece

Superar una pandemia es cuestión de tiempo, aunque el mundo parece no tenerlo y quiere que la vida siga como siempre. Dependiendo del país, número de muertos y contagios, esta opinión no es unánime. También hay muchos mayores y padres de escolares que tienen más miedos que otra cosa. Este es el relato, lleno de incertidumbres, del regreso a las aulas dentro de un escenario endemoniado, en el que toca convivir con el Covid-19, dando apariencia de normalidad en la economía, que es la que marca el paso.

Puede parecer un tanto puñetero este titular que dejo sobre “Que el país no pare y la escuela enseñe mientras el Covid crece”, pero tan solo es la realidad. Se van a producir simultáneamente las tres cuestiones, hacer economía e impartir educación, al tiempo que se intenta doblegar a una pandemia desbocada, para la que aún no hay antídoto. La nueva normalidad ha sido tan efímera, que hemos pasado a convivir diariamente con el coronavirus y la suerte individual, como fase no declarada por los poderes políticos, que se muestran cada vez más extenuados frente al virus.

Durante el verano, España ha tenido ya suficientes traspiés, empezando y acabando con la caída en picado del turismo. De ahí que cerrar escuelas y universidades no sea opción durante esta reconstrucción económico-social que aún no ha empezado, porque lo peor está aún por llegar. En el primer día de colegio, los periódicos abrirán con la noticia de clases empezadas, aunque con la incertidumbre provocada por los contagios de Covid que se puedan dar. Ficticia o no, ofreceremos normalidad, ya que lo habitual en septiembre es el regreso a las aulas. Parece un “o lo tomas o lo dejas”, que no tendría razón alguna de ser, salvo porque la economía y los intereses mandan siempre (solo hay que ver lo que ocurre en el fútbol), y también porque junto al coronavirus ha rebrotado en nosotros un mayor egoísmo que nos hace despreciar irresponsablemente a la pandemia.

Lo que va a pasar en el nuevo curso es predecible. Me explico. Si en verano hemos puesto la mirada en jóvenes y malos comportamientos; si resulta que esos adolescentes son estudiantes que regresan a clase, ¿en qué nos basamos para teorizar que los contagios en las aulas van a ser contados? El trasiego habitual de una ciudad no es nada a cuando abren de nuevo los centros educativos en general. Se nota sobre todo en la circulación de coches, de padres que llevan a sus hijos al colegio o instituto, y lo mismo cabe señalar de familias enteras, abuelos los primeros, involucrados en todo lo que acontezca dentro del nuevo curso escolar. Hay que ir al colegio, sí, pero con un plan blindado. Me temo que muchos padres, ante el inicio del curso escolar, no saben qué pensar.  

“Si en verano hemos puesto la mirada en jóvenes y comportamientos, ¿en qué basamos que los contagios en las aulas van a ser contados?”

La pandemia del Covid-19 ha hecho que muchas de las respuestas a los asuntos cotidianos, qué podemos o no hacer, sean un rompecabezas. Con la educación no iba a ser diferente, pero es que además resulta estratégica para que un país vaya bien, mal o rematadamente mal. Ángela Merkel, la líder mundial más directa y sincera hacia esta crisis sanitaria, económica y social, habla de que lo prioritario es que nuestros niños no sean los perdedores de esta pandemia, y que la escuela no debe dejar a nadie rezagado. Curiosa forma de expresarlo, como si el coronavirus surgiera como nueva causa provocadora del fracaso escolar, pero no hay que tirar por la borda lo que preconiza la experimentada política alemana.

Las mujeres al frente del poder, y ahí están los casos de Alemania, Finlandia, Islandia o Nueva Zelanda, han dado hasta ahora las mejores lecciones de cómo hay que actuar realmente ante este bicho. Los plazos o cuando hay que hacer realmente las cosas es una de las peculiaridades que dominan estas mandatarias, y de las que debieran de tomar ejemplo algunos otros gobernantes masculinos. Voy a poner un ejemplo. Finlandia presentó el 4 de agosto las pautas e instrucciones que serán exigibles a los estudiantes, especialmente los más pequeños. España lo ha hecho el 27 de agosto, aunque lo que se hará en uno y otro país en cuestiones de enseñanza y prevención del Covid va a ser parecido en apartados concretos como menos alumnos por aula y mayor distancia entre ellos, junto a la exigencia de mascarillas y la necesaria y recomendada higiene.

Es pronto para decir si habrá un porcentaje relevante de padres en España que no lleven a sus hijos al colegio. Una educación alternativa en casa, y lo digo por lo sucedido durante el confinamiento, se ha visto inadecuada, porque la brecha digital es demasiado evidente, y con la falta de adaptación de nuestro sistema educativo a las clases y pruebas online resultó un fracaso. Reconocer que hay peligro en nuestras calles es una cosa y que no se pueda hacer nada otra muy distinta. Este verano ha sido la prueba. Pese a los muchos llamamientos a la prevención, una gran mayoría de ciudadanos no se ha privado de nada. Es como hablar de que puede haber problemas de contagio en las empresas donde trabajamos, pero luego resulta que no hay inquietud en irse de vacaciones, de bares, reuniones, y montar todo tipo de saraos dentro y fuera de casa. Si somos coherentes, somos coherentes.

En las escuelas va a existir el mismo peligro que está habiendo ahora con tanto contagio, muchos de ellos producto de hacer las cosas como no se deben. Un ejemplo: no cumplir con las cuarentenas cuando se da positivo. Los colegios deberán ser espejo de coordinación y prevención, y quizás así, desde la educación, dar al resto de la sociedad española la auténtica lección de lo que es prevenir el coronavirus, con mascarilla, mucho lavado de manos y distancia social. Veremos si esto, hasta un niño, lo entiende mejor que muchos mayores. Yo no lo dudo.

“Los colegios deberán ser espejo de coordinación, y desde la educación dar al resto de la sociedad la auténtica lección de prevenir el coronavirus”

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Los sanitarios nunca abandonan, aunque seamos insensatos

Sin debate alguno, nuestros profesionales sanitarios son de lo mejorcito que  tenemos en este país. Pudiera parecer un reconocimiento afianzado, pero no es así. Como evidencia están las garrafales imprudencias que, en contra de sus consejos, estamos cometiendo respecto al coronavirus. Preferimos arriesgar en vez de prevenir. Admirable este sistema sanitario nacional, que se ve nuevamente al borde del caos, por culpa de un ejército de insensatos a quienes también trata de contagios masivos por Covid.   

Hay que ser realmente olvidadizos e indisciplinados (por no decir estúpidos), para estar reviviendo todas las penalidades que pasamos en el primer semestre de año, a causa del coronavirus. Aplaudimos a los médicos, hasta que muchos pensaron que se había producido apropiación política del gesto, pero ovacionar es irrelevante al lado de lo que realmente teníamos que cumplir: hacerles caso.

Las cosas de España son una exageración en demasiadas cuestiones. Quiero decir que siempre hemos sido así, ganamos el partido antes de jugarlo. Pero con el sistema sanitario no cabe duda alguna. En el continente, los hospitales y ambulatorios, y en el contenido, sus profesionales. Somos un referente para el mundo, un ejemplo que no se puede perder, abandonar a su suerte, o dejar de lado cuando más nos necesitan, nuevamente ahora, nuestros sanitarios. Sin medios humanos y técnicos, como ocurre, este referente puede irse al traste.

En los actuales rebrotes del Covid, estamos tan mal, porque no hicimos caso de lo que nos decían desde los propios centros asistenciales, desde los colegios de médicos, de enfermería, de farmacéuticos y demás, sobre que una vez superada la primera ola del virus, estuviéramos muy alertas ante episodios futuros que, como vemos a diario, iban a reproducirse sí o sí. Ya no hay duda alguna, y no es solo España la que ha incurrido en su propia soberbia. Nosacompañan también en el deficiente hacer Francia, Alemania y no digamos el Reino Unido. Me atrevo a decir que Europa está atrapada por el Covid-19. Tal y como lo veo, hay una causa mayor: desde el inicio de la pandemia, no se ha actuado de manera coordinada. Se ha dado la apariencia de gestión común, pero la realidad es otra muy distinta.

“Estamos como estamos porque no hicimos caso de los centros asistenciales, colegios de médicos, enfermería, farmacéuticos y demás”

Con esta tarjeta de presentación, toca ahora la vuelta a las aulas. ¿Tiene algo que decir la OMS o la Comisión Europea al respecto? En uno u otro sentido, el mensaje claro está tardando, y los padres, como no puede ser de otra manera, inquietos, nerviosos e impacientes. ¿Volvemos a la improvisación?

En la primera parte de la pandemia reconocimos todo lo hecho por nuestros hospitales, médicos y resto de profesionales de la salud pública, incluyendo por supuesto a las autoridades sanitarias. Nos dieron, siempre, buenas recomendaciones. Como la de “Quédate en casa”. Como la de la mascarilla. Como la de lavarse bien las manos. Como la de la distancia social. Y también nos avisaron: “Hay que hacerlo bien para no volver a colapsar el sistema hospitalario, que queda muy tocado”. Fueron también ejemplo en lo de trabajar sin los medios necesarios, sin apenas levantar la voz. Por nuestra parte, seguir sus consejos, no era mucho pedir. En lo que va de verano lo hemos hecho rematadamente mal, todos además. No  había post pandemia que festejar ni nueva normalidad que aplicar, porque el coronavirus estaba más activo que nunca.

Con inmediatez, habrá que tomar nuevas decisiones. Tendrán que ser duras, porque hay muchos a quienes el mensaje normal no les entra por la cabeza. Por si fuera poco, surgen los negacionistas del virus para no ponerse la pertinente mascarilla. Que cada uno piense lo que quiera es lo razonable dentro de una democracia. De ahí a hacer lo que se quiera, es donde llegamos a no tolerarlo. Al respecto, sucede que hay miles de muertos, miles de contagiados, miles de familias que han experimentado ya un dolor irreparable, y miles de profesionales de la sanidad pública que están desorientados por no decir hartos. Negar todo esto no merece respeto alguno a quienes impulsan semejantes concentraciones, sin aportar alternativa alguna.

El Gobierno de España, los Gobiernos de todo el mundo, harían bien en rodearse de los equipos más expertos, y que todos juntos trabajaran en común. El Covid es un virus que amenaza seriamente nuestra existencia. Uno ya no sabe cómo tomarse las noticias que aparecen sobre vacunas, que si en Rusia, que si  China ya la tiene. Se anuncia, y a continuación el mensaje se diluye. Hay que poner toda la seriedad que requiere al peligroso momento que está viviendo nuestra civilización. Se deberían dejar de lado tantos individualismos, tantos intereses, pese a lo difícil que es explicar esto hoy a los actuales líderes mundiales que tenemos. Aquí, nuestro sistema asistencial, del que tan orgullosos estamos, está de nuevo a las puertas del colapso. Hay que tomar medidas rápidas, drásticas y, sobre todo, comunes, es decir, en todos los sitios igual. Construyendo este frente común, solo así se ganará esta enrevesada batalla contra algo nunca antes visto ni vivido. En esta lucha son esenciales nuestros sanitarios, y lo que indiquen, y lo que pidan y lo que planteen. Esto es lo que siempre han querido, y no solo aplausos que se lleva el viento.

“En esta lucha son esenciales nuestros sanitarios, y lo que planteen. Es lo que siempre han querido, y no solo aplausos que se lleva el viento”

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