Tomar las calles en días de vacuna con larga lista de espera

Hace nada que se ha empezado la vacunación, y escuchar pretensiones de convocar manifestaciones, o hacer llamamientos a la movilización de  turistas, provoca asombro. La relajación individual no se puede convertir en colectiva, porque aún estamos en alerta roja, y hay que dar tiempo a que la población reciba alguna de las vacunas que inmunizan. Ante insensateces que pueden propagar más el Coronavirus, se debe imponer la razón sanitaria y movilizar voces autorizadas que pidan prudencia.

Un nuevo año y la vacuna han generado nueva mentalidad  sobre el Covid-19, aunque hay otra cuestión que supera a las dos anteriores: el hartazgo. Como quiera que España es país predecible al igual que cansino, en este marzo de 2021 retrocedemos al mismo mes e iguales debates a los que ya vivimos en el año pasado (déjà vu), tan trágico y mortal. ¿Habrá manifestaciones por el 8-M?, ¿tendremos una Semana Santa repleta de viajeros y turistas?, ¿debe la hostelería seguir tutelada sanitariamente o funcionar a pleno rendimiento?

Relajación, bajar la guardia u olvidarse de recomendaciones como la distancia de 2 metros, son otras de las cuestiones que inquietan, sin que por supuesto nos vayamos a poner nunca de acuerdo. Más que hacer cambiar a la sociedad, el coronavirus y lo malo que ha traído va a dejar hipotecas en todo, además de la certeza de que hemos construido un mundo terriblemente egoísta, no queremos renunciar a nada, y tampoco vamos a acometer los cambios profundos que se necesitan, especialmente para proteger al planeta de todas nuestras agresiones y destrucción. Cuando superemos el virus, ¡pelillos a la mar!

De haber aprendido algo de este último desastre, estaríamos ya tomando decisiones sobre educar mejor a nuestros jóvenes, y a ser posible igual en todo el mundo, para que haya similares formas de actuar con respecto al medio ambiente, al cuidado de la sanidad o de nuestros mayores, los peor parados de la pandemia. Lo mismo planteo de la tolerancia, en el sentido más amplio, con clara referencia a culturas, ideas, religiones o elección individual de vivir, siempre bajo la única condición de tener que respetar a los demás. Jhon Dos Passos, uno de los padres del Nuevo Periodismo, escribió que “la creación de una visión del mundo es el trabajo de una generación más que de una persona, pero cada uno de nosotros, para bien o para mal, añade su propio ladrillo”. Sabias palabras que siempre se pueden poner en práctica, pero mejor momento que este, ninguno.

“De haber aprendido algo, estaríamos tomando decisiones sobre educar mejor a nuestros jóvenes respecto al medio ambiente, sanidad o mayores”

La pesadilla actual pasará de verdad cuando los ciudadanos recuperemos la calle sin toque de queda que valga. No sé si este año nos deparará esa suerte, pero lo que sí tengo muy claro es que todos debemos aportar el ladrillo del que habla Jhon Dos Passos, para que el próximo verano sea seguro, y no volver a vivir la película del Fantasma de las Navidades pasadas. Hay que dar tiempo a la vacunación masiva, que ahora va lentísima, al menos en Europa, porque comprobamos que el año corre que se las pela, al tiempo que la situación sanitaria sigue sobrepasada.

La falta de confianza ha estado muy presente en la pandemia, porque éramos muchos los que no veíamos una temprana vacuna y ahora, ya ven, hay donde elegir: Pfizer BioNTech (EE.UU-Alemania), Moderna y Johnson & Johnson (EE.UU), Oxford-Astra Zeneca (Reino Unido), Sputnik V y EpiVacCorona (Rusia), Convidicea y BBIBP-CorV (China).

Como humanidad, somos un auténtico desastre debido a la gran capacidad que tenemos para jorobarlo todo, aunque la ciencia se ha erigido una vez más como auténtico salvavidas de las veces que hemos rozado el Apocalipsis (Chernobyl o Fukusima). Pasamos página rápido, pero ya hemos estado demasiadas veces al borde del abismo, como para que frente al Covid-19 y los millones de muertos y contagiados, no haya un antes y un después. Por eso, en el caso de España, sobran los viejos debates y enfrentamientos de siempre. Esto es lo que toca. Toca mirar hacia delante. Toca la seguridad permanente. Toca la recuperación de los diferentes sectores económicos y sociales dañados. Toca dar salidas a nuestros jóvenes en edad de trabajar. Y toca volver a mirar a la cultura de frente, con sus diferentes muestras y espectáculos. Todo esto es lo que debe demandar nuestra atención y esfuerzos.

“La falta de confianza ha estado presente en la pandemia, porque éramos muchos los que no veíamos temprana vacuna, y ahora hay donde elegir”

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Cuando la libre expresión se mezcla con violencia, mal vamos

Nada justifica violencia en las calles, ni mucho menos que los ciudadanos paguen la ira de radicales que queman, arrasan y saquean todo a su paso, en protesta por la detención del rapero Pablo Hasél. Cuando sucede lo de ahora en España, sobra hacernos de menos democráticamente y, con ello, a nuestra justicia. Mal también para quienes entonan la libertad de expresión, mientras se suceden las imágenes de extremismo contra negocios, vehículos ardiendo o ataques a periódicos, demostrando así los que levantan barricadas que solo asumen su parecer y nunca el ajeno.

Seguramente, junto a vida, amor y naturaleza, la palabra más hermosa que existe sea libertad. A lo largo de la historia han sido muchos los personajes nefastos que han retorcido y maniatado su auténtico significado, llegando incluso a identificar  libertad con dictaduras, guerras y acciones violentas, como la persecución de las ideas y opiniones mediante la intimidación, la cárcel y la tortura. En un nuevo milenio, la democracia sigue siendo aún motivo de controversia, porque la manera de ejercerla difiere entre los países que cuentan con elecciones e instituciones libres y aquellos Gobiernos  autoproclamados en nombre de unos ciudadanos que no votan. En el caso de España, ahora, con el Covid, mascarilla fija, toque de queda, la crisis económica, el desempleo, y que desde el propio Gobierno se cuestione la calidad democrática del país, es seguramente una novedad para mayor estudio de los politólogos.    

Hasta el griego Platón no hablaba bien de la democracia, porque le dolía que el voto de un jurado popular condenara a muerte a su amigo Sócrates, lo que vale para explicar esa actitud tan española de criticar o poner a parir algo o alguien por conveniencia, cuando no se nos da la razón o sencillamente una cosa, la que sea, nos disgusta. Entonces es antidemocrático, se comete injusticia, manipulando uno y otro concepto, democracia y justicia, que son auténticas defensas de los derechos y libertades recogidos en la Constitución, y no solo para unos pocos, ricos y poderosos, como ocurría siglos atrás. Criticar aquí también las decisiones judiciales, al tiempo que se desconoce la ley, es igualmente práctica habitual.  

Por lo tanto, y sin cuestionar lo más mínimo al bueno de Platón, bien pensó  para su época eso de que la libertad es ser dueños de nuestra propia vida, aunque un mundo como el actual, tan sobrepasado de habitantes y problemas, necesita para su convivencia de un orden, unas reglas y normas (algo que los filósofos clásicos preferían llamar educación), junto a unas leyes que tratan precisamente de salvaguardar nuestros derechos individuales, y recibir amparo frente a las injusticias, las cometa quien las cometa. La entrada en prisión del rapero Pablo Hasél, entre otras cosas por injurias a la Monarquía, ha puesto a España en la picota internacional y, a nivel de casa, son cada vez más las ciudades donde se producen gravísimos disturbios en protesta por esta decisión judicial. Aunque la detención de Hasél se vincula más que nada a lo que piensa y expresa sobre miembros de la Corona, los radicales que en ciudades como Barcelona o Madrid destrozan y saquean negocios, queman vehículos de todo tipo y generan millonarios daños en el mobiliario urbano, no se paran para nada, no les interesa, en que el rapero está condenado a prisión por alabar a ETA y los GRAPO, y pedir que vuelvan a atentar. ¿Esto es la libertad de expresión?, ¿hacer apología del terrorismo?, ¿levantar barricadas?, ¿atacar sedes de partidos políticos o medios de comunicación?, ¿quemar motos que ciudadanos necesitan a diario  para ir a sus trabajos?  

“Detención de Hasél, los radicales saquean negocios. ¿Libertad de expresión atacar sedes de partidos políticos o medios de comunicación?

Quizás sea mucho pedir que Pablo Hasél y sus seguidores, identificados mayormente por la policía como separatistas y antisistema (Cataluña), conozcan lo que con toda claridad dice el artículo 20 de la Constitución Española, sobre expresar y difundir libremente pensamientos, ideas y opiniones, además de proteger expresamente la creación literaria y artística. Pero al hablar precisamente de protección, en el mismo artículo se especifica que estas libertades tienen sus límites en el derecho al honor, a la intimidad y a la propia imagen. ¿A dónde llegaríamos si esto no fuera así? Incluso en el citado artículo de la Carta Magna se ahonda en la protección de la juventud y la infancia, con los tiempos extraños que corren para ellos (bullying, acoso en Internet…). En resumen, o nos respetamos todos, que a fin de cuentas eso conlleva la libertad de expresión, o vamos abocados al caos.

Una democracia moderna como es la española regenera periódicamente su legislación. Nada hay que objetar a que las leyes se adecuen al momento actual, máxime cuando todo cambia por una era definida como digital, de pura tecnología y redes sociales para comunicarse y también, desgraciadamente, para insultar, difamar y acosar. Pero dudo mucho que en el futuro se obvie algo tan elemental de nuestra forma de vida y convivencia como ese obligado respeto. Incluso cuando algunos incurren en el menosprecio a España con respecto a lo que tienen o dejan de tener otros socios europeos, no se dice toda la verdad. El mayor ejemplo lo encontramos en los principios esenciales de la UE, que igualmente podemos calificar como valores en torno a derechos humanos, igualdad, cooperación y solidaridad, transparencia y proximidad. ¿Tan mal estamos de todo esto para hablar de poca calidad democrática? Realmente creo que no, aunque  yo soy un simple ciudadano que opina libremente. En cambio, pienso que aquellos que tienen  responsabilidad dentro de las instituciones democráticas han de ser coherentes con lo supone generar debates dañinos, creando más problemas de los que ya tenemos. Lo de Pablo Hasél es un episodio más, que no terminará con su prisión, una vez que está abierto un polémico debate político, hay disturbios e incluso se cuestiona injustamente, como en Cataluña, la acción policial, con numerosos agentes del orden heridos, y una joven manifestante que ha perdido un ojo. La evidente crisis de las democracias requiere, como sucede con el periodismo, buscar verdades. Visto lo visto, se hace también imperioso mostrar las falsedades, algo que preocupaba existencialmente al mismísimo Aristóteles y, por lo que sucede actualmente,  nosotros tampoco hemos solucionado qué tiene que ver la libertad de expresión con saquear y robar en negocios.

“Los principios de la UE hablan de derechos humanos, igualdad y solidaridad. ¿Tan mal estamos de esto para hablar de poca calidad democrática?”

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El Covid y una realidad insegura para nuestros mayores

Los malos datos que siguen llegando a diario del Covid-19 dentro de las residencias de mayores españolas, hablan por sí solos de lo mucho que queda por hacer, hasta alcanzar una mayor seguridad que ahora genera demasiadas dudas. El asunto y todo lo sucedido llevan a duras críticas por parte de Amnistía o Médicos sin Fronteras. Cuando el río suena, agua lleva. O lo que es lo mismo: hay que ponerse a trabajar más duro, para mejorar los déficits que puedan tener estos centros. Desde 2020 se han interpuesto cientos de denuncias, por parte de familias que  consideran injusto el final de sus seres queridos. 

Si hay un país y unos ciudadanos olvidadizos, España y los españoles destacamos con nota, por hablar mucho y, en cambio, hacer poco o nada. En las citas y comparecencias públicas para hablar de tragedias o la pérdida de personas que destacaron en vida por su labor, hechos o gestos encomiables hacia los demás, resulta muy socorrido introducir en los discursos esa frase de que nunca olvidaremos o les olvidaremos, pero no pasan de ser bonitas palabras, que con el tiempo caen en saco roto. Esta manera de abrirme paso ante lo que voy a tratar hoy, tiene que ver con la sucesión de promesas incumplidas.

Mentalmente, porque no hay otra manera, vamos a retroceder a marzo de 2020. Es en el primer semestre de 2020 cuando el Covid irrumpe en escena de forma devastadora. Pese a lo que se diga fruto de la propaganda,  ningún país del mundo estaba preparado para semejante pandemia, y tampoco se contaba con planes o protocolos escritos sobre cómo actuar en situaciones semejantes. España no es una excepción. El coronavirus se ceba especialmente con la población mayor, y el campo de batalla sanitaria se fija  en las residencias de ancianos, y en los hospitales desbordados al tener que tratar tantos casos de coronavirus, para los que no hay cura rápida ni soluciones mágicas. Estábamos aún lejos de la vacuna actual, y la suerte va a jugar, en un primer momento, un papel decisivo para el paciente Covid. A día de hoy, el resultado son 2,3 millones de muertos en todo el mundo, de 80.000 se habla aquí, y la lista está engrosada en su mayoría por personas de avanzada edad (27.524 pertenecen a residencias de ancianos españolas).

Visto aquel panorama del año pasado, en este 2021 seguimos parecido. Pero entonces se dijo desde las instancias oficiales, Gobiernos preferentemente, que había queacometer un plan derevisión profunda de la actuación seguida respecto al Covid dentro de las residencias de ancianos. ¿Palabras también? El hecho es que todo lo ocurrido en este sentido en la denominada primera ola del Coronavirus, tendría que estar solucionado a estas alturas de la enfermedad, y no es así. En el momento sanitario tan delicado que revivimos, los datos y las cifras de positivos y muertos indican que nuestros mayores no están aún todo lo seguros que debieran dentro de los complejos asistenciales, públicos, concertados o privados, en que viven.

  “Las cifras de muertos indican que nuestros mayores no están aún seguros dentro de complejos asistenciales, públicos o privados, en que viven” 

Cuando dejemos atrás la pandemia, será preciso actualizar, mejorar y, si es necesario, revolucionar muchos aspectos del sistema de bienestar del siglo XX que han quedado obsoletos. Los protocolos a seguir dentro de las residencias de mayores es uno de estos aspectos. La crisis del Covid ha puesto de manifestó que el personal de las residencias españolas se vio superado y sin recursos médicos. Se supo incluso por el Ministerio de Defensa que el Ejército había encontrado ancianos fallecidos por Covid conviviendo con otros residentes.

Más datos que hay que tener muy en cuenta de cara al futuro, aunque no prosperen las causas judiciales interpuestas por familiares de los ancianos muertos. Desde marzo de 2020 se han producido 441 diligencias penales, aunque muchas de ellas han sido archivadas. No quiero pararme tanto en este último hecho como en el contenido, el porqué de tantas denuncias, que incluso han movilizado a importantes organizaciones de carácter humanitario y sanitario como son Amnistía o Médicos Sin Fronteras. Pues bien, los familiares de los ancianos fallecidos en muchas residencias se han personado en los juzgados de toda España con denuncias de homicidio por imprudencia, por el funcionamiento y la situación calamitosa de algunos de estos centros, por posibles delitos contra la salud de los trabajadores, por abandono de familia, por prevaricación y por rechazo de traslado a UCI. Todo ello resulta espeluznante.

Incido en que una cosa es que no prosperen, y otra muy distinta que no se tenga en cuenta todo este historial del Covid y las residencias de mayores en España. El Gobierno central ha trasladado a los autonómicos la mayor vigilancia de los geriátricos y su coordinación con los sistemas sanitarios públicos. También pide que las regiones dispongan de planes de contingencia por Covid, así como de mayor y mejor organización, prevención e higiene en relación con los trabajadores, usuarios y visitantes a las residencias. Suena bien, pero falta un aspecto esencial: comprobarlo. Si como ocurre en el momento actual, las residencias siguen siendo un gran foco dentro del Coronavirus, es que las cosas aún no se hacen como pide el Ministerio de Sanidad, se está en ello o, lo peor imaginable, no se actúa como es debido dentro de la grave situación sanitaria que padecemos. Es cierto que la vacuna trae tranquilidad. Si a eso se suma hacer las cosas, en todo momento, como es debido, mejor que mejor para todos, pero especialmente para nuestros mayores. 

“Familiares de ancianos fallecidos en muchas residencias se han personado en  juzgados de toda España con denuncias por posibles delitos”

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Vacunas: o todos a una, o adiós

Ese dicho tan nuestro de mucho ruido y pocas nueces se puede aplicar a la escasa recepción y aplicación de vacunas contra el Covid por todo el mundo. Exceptuando a los sanitarios, el denominador común de esta pandemia ha sido desde el principio desunión e insolidaridad entre  las naciones, lo que deja a las consideradas pobres en la estacada. Si digo que con el nuevo año esa tendencia va cambiando, miento. Todo lo contrario: estamos empeñados en que cuanto peor, mejor para algunos. El porqué, lo desconozco.

La Organización Mundial de la Salud viene demostrando que tiene poco de lo primero (organización), nada de lo segundo (mundial) y menos de lo tercero (salud). Debería haber sido la gran coordinadora de la distribución internacional de la vacuna contra el Covid. Por el contrario, asistimos al esperpento de cada país a la desbandada, actuando por su cuenta, en la compra del antídoto, y recibir así más dosis que los demás, aunque terminé por ser tan solo una ilusión.

A lo manifestado anteriormente, se une la pelea de que unos le alteren a otros lo firmado previamente con farmacéuticas concretas, respecto a cantidades, plazos de fabricación y entrega a sus legítimos compradores. Es tal la bronca, pero también el despropósito, que la Unión Europea va a estar de ahora en adelante muy vigilante en fronteras, puertos y aeropuertos para comprobar los frasquitos que salen de cualquier vacuna fabricada en sus territorios. Como ya ha sucedido en otros momentos de la tragedia que vivimos, desde Alemania nos llega la claridad y el dato de lo que podemos esperar sobre próximas distribuciones de dosis. La tardanza se llama dos meses y medio. Con lo que la previsión de avanzar en la inmunización ante el virus de la población sufre un retraso considerable, el primero de otros que sin duda vendrán.  

En un mundo y sus respectivas sociedades ligadas al tradicional concepto de ricos y pobres, lo de la vacuna Covid lleva el mismo camino. Las vacunas son diferentes, porque unas son mejores que otras. La información sobre su investigación y fabricación, caso de la rusa y la china, es un indignante secreto, aunque no paran de venderla al resto, preferentemente a países con menos recursos económicos, como puede ser el caso de Argentina o Bolivia, que inyectan a sus ciudadanos las pocas dosis de la Sputnik V rusaque les entregan. Entretanto, la UE creía tener mejores cartas en la endiablada baraja del Coronavirus, y resulta que el tradicional individualismo del Reino Unido, ya fuera de Europa, promete ser, por todo, un quebradero de cabeza constante en el futuro. Ahora es el acumular muchas más vacunas que sus antiguos socios políticos, y el día de mañana será otra cosa.

“Asistimos al esperpento de cada país a la desbandada, actuando por su cuenta, y recibir así más dosis, aunque termine por ser solo una ilusión”

Como resultado de todo este desaguisado, estamos ya en un escenario en el que el poder y el dinero de los países ricos permiten que sus ciudadanos tengan vacuna, mientras en los países pobres es totalmente arriesgado hacer una previsiónsobre el momento en que la tendrán (cuál de ellas, y de qué manera será distribuida). Puede darse el caso de que la lógica reacción social que no se ha dado hasta ahora por la mala gestión ante la pandemia, llegue a producirse en algún momento, ante el hecho, como de película, de querer conseguir, a toda costa, una vacuna.

Lo que nos queda por ver referido a las vacunas es todo, porque es colmo una novela por entregas. Sin duda, el hecho de que haya ciudadanos que hacen valer su posición para acceder irresponsablemente a ellas no ayuda en absoluto y, en cambio, genera más desconfianza. Los poderes públicos han de incrementar sus controles, para que no se creen diferencias e injusticias, que solo están echando más leña al fuego de la incertidumbre en las calles.

Para quienes quieran saber más del futuro, les aconsejo que empiecen por leer a Isaac Asimov, ya que este magnífico científico y escritor vaticinó mucho de lo que ya vivimos. Iba siempre por delante. He aquí una demostración, que viene que ni pintada al momento actual que atravesamos: “¡No hay naciones! Solo hay humanidad, y si no llegamos a entender eso pronto, no habrá naciones, porque no habrá humanidad”. Yo lo resumo con esta otra reflexión de hoy, en el sentido de que, o arrimamos conjuntamente el hombro, trabajando todos por todos (sin dejar a nadie atrás), o lo llevamos claro. A medida que avanza y se hace fuerte esta maldita pandemia,  va quedando más patente que siempre se puede estar peor. Los hospitales saturados; no hemos hecho el debido caso a los sanitarios que nos avisaron; las vacunas y los pinchazos se hacen a cuentagotas; surgen los avariciosos que encima se justifican en una ética seguida a rajatabla; y el mundo se pelea más y más, pensando que el sálvese quien pueda es una opción. Y no, no lo es. Repensemos un poquito la frase de Asimov: sin nosotros, no hay mundo del que disfrutar. Sería un adiós.

“¡No hay naciones! Solo hay humanidad, y si no llegamos a entender eso pronto, no habrá naciones, porque no habrá humanidad. Isaac Asimov”

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Indignación y repudio por saltarse la cola de la vacuna

Se suceden los casos de aprovechados que han tenido acceso a la vacuna del Covid, sin que fuera su turno y les correspondiera. Creerse importantes es lo que tiene, primero yo, y los demás que se las apañen como puedan. Repugnante e injustificable del todo. Solo cabe pedir a los responsables de los frasquitos que extremen el celo, para evitar que nuevos listillos reciban las dosis que tocan primeramente a nuestros sanitarios, mayores y pacientes de riesgo.

Todo lo contrario a igualdad y equidad, algo que los españoles valoramos mucho, está lo que contempla la ley del embudo, que atenta directamente contra lo anterior, y que a pie de calle explicamos en el plano de que alguien vea normal hacer lo que le venga en gana, ósea incumplir leyes, reglas y normas, al tiempo que critica y hasta denuncia lo mal que lo puedan hacer los demás.

He de reconocer un desconocimiento previo de la palabra cleptocracia, y echar mano de ella cuando tenemos que denunciar nepotismo y, peor aún, la corrupción. Sin embargo, antes de llegar a términos tan gruesos, cabe valorar que vivimos en una sociedad de favores. Es así, y aunque se señale a los países latinos como los que más explotan esta forma de ser y actuar, lo cierto es que sacar ventaja de todo, por delante de otros, es tan antiguo como nuestra propia civilización.

Es mucha la tentación que las colas, tener que hacerlas, conlleva. Sucede en todos los ámbitos, además, del día a día. La digitalización de las colas (coger un número hasta que posteriormente tu turno aparezca en una pantalla), ha ido en España más rápido que algo tan elemental como es tener educación. Por eso no es de extrañar, aunque sí totalmente repudiable, que se estén dando tantos casos de cargos en el ámbito de lo público y lo privado, que ya han tenido acceso a la vacuna contra el Covid, cuando no les tocaba, como sí sucede con los sanitarios, las personas mayores, dependientes y los ciudadanos de riesgo, que aún no han sido pinchados.

“La digitalización de las colas, coger número hasta que aparezca en pantalla, ha ido más rápido que algo tan elemental como tener educación”

Personajes así resquebrajan la solidaridad, al tiempo que dañan tremendamente el sentir de toda una sociedad que anhela pensar que la pandemia tiene solución y fecha de caducidad. Por tantos malos ejemplos, habrá muchos buenos ciudadanos que alberguen aún más temor, cuando ven lo que corren los listillos de turno por conseguir la vacuna, mediante influencias, trampas, subterfugios o directamente la prepotencia de hacer uso del mando, sin importarles un pimiento la situación sanitaria en que estén los demás.

Las excusas que se dan sobre el por qué se han puesto las vacunas cuando no les corresponde son de lo más deleznable. Desde decir que sobraban y se iban a desperdiciar, hasta tener que escuchar que departamentos enteros, con cientos de personas, han tenido un privilegio que nunca debiera de haberse producido, porque, repito, primero están nuestros mayores. Lejos de asumir nuevos comportamientos para cuando pasara el confinamiento que tuvimos, asistimos ahora a los mismos escenarios que hemos tenido siempre en España, que buscan tener ventaja en todo, antes que nadie. Últimamente recapacito acerca de los programas por los que apuestan todas nuestras televisiones nacionales. Son tan solo un reflejo directo de cómo es la sociedad. Por una u otra causa, en diferentes etapas de la España democrática, hemos denunciado el mal ejemplo, como aquella cultura del pelotazo (hacerse rico de un día para otro, como fuera), pero nunca le hemos puesto solución, a través de donde realmente hay que incidir en educación y valores, como es la escuela, los institutos o la universidad.

Los caraduras de las vacunas es, por lo tanto, un episodio más del mundo egoísta y del sálvese quien pueda que hemos construido. Estamos en clara decadencia. Se aprecia mucho en hechos, sucesos y personajes, y solo espero que no sea demasiado tarde, cuando algún día se reconduzca esta caída libre hacia no se sabe dónde. Saldrán más casos de vacunados que se saltan las normas establecidas por el Ministerio de Sanidad y las comunidades autónomas. Por eso me parece perfecto quedesde el mismo poder se pida la dimisión e incluso cese a los que incurren en semejante actitud insolidaria. La propagación del Covid va en aumento. Las vacunas llegan a cuentagotas, porque son todos los países del mundo los que las reclaman para millones y millones de pobladores como somos. Dar un adecuado ejemplo ha de partir de la mejor custodia posible de los frasquitos con las dosis correspondientes. No lamentaré en absoluto decir a todos los que se han puesto las vacunas sin que les toque, que no tienen disculpa ni excusa alguna para lo que han hecho. Su actitud egoísta solo puede conllevar repudio.

“Los caraduras de las vacunas es un episodio más del mundo egoísta y del sálvese quien pueda que hemos construido. Estamos en decadencia”

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