Reconstruir la reconstrucción

Pese a todo el ruido que genera la confrontación, la reconstrucción de un país requiere de la participación de todos, sin levantarse de la mesa hasta alcanzar los acuerdos necesarios. Quienes importan ahora son las empresas, los trabajadores, los autónomos y las personas en riesgo de pobreza. El diálogo, el acuerdo y el compromiso forman parte de este reconstruirnos, dirigiendo los esfuerzos a resolver los problemas de quienes realmente importan.

Como esas elecciones que tienen segunda vuelta antes de elegir vencedor, la denominada reconstrucción económica, social y sanitaria en España tiene por delante un camino pedregoso marcado por las desavenencias políticas. El Covid-19 ha dejado poco en pie. Allá donde ha causado devastación, surge en paralelo confrontación por cómo se deberían hacer las cosas, ya que los intereses en juego resultan de una magnitud increíble (una economía que ha de volver a empezar). Aquí y ahora vivimos un escenario que se parece mucho a algo que no quiso ni explicar el mismísimo Jorge Luis Borges: “Quizás haya enemigos de mis opiniones, pero yo mismo, si espero un rato, puedo ser también enemigo de mis opiniones”.

Voy a señalar algo en lo que quizás no nos paramos lo suficiente. El coronavirus es en sí mismo una convulsión, es decir, una agitación política, social y económica que rompe la normalidad y la estabilidad de la vida colectiva. Por eso sucede lo que sucede en España, en Italia, en Estados Unidos o en el Reino Unido. Cito a estos cuatro países porque son  líderes en el ranking de las noticias broncas  que genera en la actualidad el debate político. Hace pocos meses, incluso años, hubiera sido impensable ver escenas de manifestantes tirando piedras contra la Casa Blanca, fruto de las protestas de rechazo al racismo, tras el incendio que ha provocado en Estados Unidos la muerte de un ciudadano afroamericano (George Floyd), que se vio envuelto en una detención policial que no tiene un pase.

Es imposible separar los sucesos de todo lo que envuelve este annus horribilis de la era Covid. El mundo ha conocido en su historia episodios terribles, principalmente guerras, tras las cuales llegaba la reconstrucción. La propia ONU o la Unión Europea fueron grandes ideas en su momento, como punto y aparte para dejar atrás desastres y hambre, para buscar nuevas alianzas de paz duradera, que contarán siempre con el imprescindible aliado que es la subsistencia que requiere un equilibrio económico entre todos los países. Antes del coronavirus, ese equilibrio estaba roto, y lo que hay de ahora en adelante se puede definir de una única manera: incertidumbre. Solo así se puede explicar la irrupción de otra gran recesión, que sucede a la de 2008-2014. Muchas empresas y ciudadanos empezaban a sacar cabeza, y el coronavirus lo ha desbaratado todo. En España tenemos un fatídico ejemplo con lo que acaba de pasar con Nissan y el cierre total de sus plantas en Barcelona. Entre puestos directos e indirectos, se quedan con los lunes al sol 23.000 trabajadores. Como quien dice, aún no hemos empezado la reconstrucción y debemos afrontar envites de esta magnitud, que requieren que las fuerzas políticas españolas dejen de lado sus diferencias, y se unan en una lucha sin cuartel contra el cierre de empresas, el paro y la pobreza social que se puede generar con todo ello.  

“Empresas y ciudadanos empezaban a sacar cabeza, y el coronavirus lo ha desbaratado. Un ejemplo acaba de pasar con Nissan y Barcelona”.

Europa pide a sus miembros que inviertan fuertemente en la reconstrucción de todo lo que se ha llevado el coronavirus, incluida la sanidad (¡gracias siempre!). Sin embargo, lo prioritario es mantener el tejido industrial y empresarial, dar oxigeno a los autónomos, y tutelar con las ayudas necesarias a todos los sectores hasta que regresen a su senda de mantenerse  e incluso crecer. Sin olvidar nunca a los miles de muertos por el virus, la sociedad española ha tenido a los sanitarios durante el confinamiento como el mejor freno a una mayor propagación y muerte por Covid. Con medios o sin ellos, hacían su trabajo y lo combatían juntos.

Todo lo que se construya en adelante no debería olvidar nunca este ejemplo de consenso sanitario, para que el coronavirus causara los menores daños posibles entre la población española. Una fotocopia de ellos y ellas debería ser la actuación política, económica y social. Porque solo así es posible una reconstrucción con todas las garantías, en el intento permanente de que las penalidades no sean superiores a lo que ya estamos atravesando. Toda la terminología acuñada durante la pandemia, desde el confinamiento, la desescalada, las fases o la distancia social, no son nada al lado de lo que supone la reconstrucción de un país. Estar a la altura requiere pensar en todo y en todos. Lograr las metas que nos propongamos no estará libre de discusión política; a fin de cuentas disentir forma parte también de la riqueza que es la democracia. Dicho lo cual, nunca se debe olvidar que lo primero son las personas y sus circunstancias. No hay fuerza mayor para remover obstáculos y alcanzar el entendimiento y consenso necesarios.

“Primero son las personas y sus circunstancias. No hay fuerza mayor para remover obstáculos y alcanzar  entendimiento y consenso”

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El virus de los ERTE con trabajadores sin cobrar

En paralelo, el Covid ha generado otro virus que se resume en aumento de pobreza social. Se representa especialmente mediante la pérdida de empleos y negocios. También en la falta de respuestas urgentes, caso de los miles de trabajadores que hay en espera de percibir prestaciones por los ERTE. Para estar preparados, sería deseable explicar cristalinamente a los españoles la economía en forma de precipicio que viene.

Creo que es en Bachillerato cuando nuestros estudiantes han de aprenderse  la lección de lo que es un ERE o un ERTE dentro de la economía nacional y la suya propia, si por desgracia llega a sucederles  durante el desarrollo de sus profesiones. Ha pasado así con muchos trabajadores, con demasiadas familias que, ahora, por el maldito coronavirus, están viviendo en sus  carnes situaciones de regulación de empleo    que les mantiene alejados de poder trabajar sin contratiempos. En muchos de estos casos, aún están pendientes de cobrar las prestaciones correspondientes, con la angustia total que genera verte, repentinamente, sin recursos económicos con los que tirar y pagar las facturas.

España y sus diferentes regiones van pasando de una fase a otra de la desescalada, y las declaraciones oficiales siguen en ese tono iniciado en la cuarentena de que todo va a ir bien y saldremos adelante. De lo que nos viene en materia económica, de recesión, paro, ayudas sociales, y el futuro en áreas  fundamentales del bienestar como son la sanidad (cada vez que cite la palabra os daré las gracias) y la educación, no hay concreciones. Da la sensación de que caminamos lentamente hacia un precipicio, por el que terminaremos cayendo de manera irremediable, pero no se quiere adelantar ni reconocer el hecho como tal.

Muchas familias, con todos sus integrantes en paro forzoso por el Covid-19, ya viven la caída por este acantilado que es una nueva depresión económica, mucho peor que la de 2008, que ha llegado súbitamente sin que nadie lo esperara. Parece que aún seguimos en ese shock, de ahí que no se reconozca abiertamente la extrema situación económico-social que tiene España por delante. Las primeras alarmas llegan por los miles de trabajadores que reclaman el dinero de los ERTE, que es lo que les permite comer y hacer frente a los compromisos de gastos que las familias tienen mensualmente, como es el caso de la hipoteca o el alquiler de la vivienda. Pero el dinero no termina de llegar, y las explicaciones de que son pocos casos y se debe a errores administrativos no son de recibo cuando hay de por medio dramas personales (acabaré con una gran cita al respecto).

“Muchas familias, con todos sus integrantes en paro forzoso por el Covid-19, ya viven la caída por este acantilado que es una nueva depresión”

Los miles y miles de trabajadores enviados a casa durante la cuarentena tienen todo el derecho a recuperar su futuro, arrebatado en un pispás por una pandemia que ha puesto patas arriba al mundo entero. En la crisis del 2008, España compartió penalidades con Irlanda, Portugal, Italia o Grecia. Pero ahora hay que explicar a los españoles que todos estos países, salvo los italianos, están mejor situados que nosotros para afrontar la reconstrucción. Empezando porque se van a quedar con un buen pedazo de la tarta del turismo que antes llegaba aquí, y al que de repente parece no se le reconoce la importancia trascendental que  tiene, porque es el sector más recaudador de cuantiosos millones que dejan anualmente todos los turistas que nos visitan. ¿Y ahora qué?

Pues ahora nos queda la Unión Europea, como también sucedió en la anterior crisis, en que nos dejó bien tirados. Más en concreto, el FMI o Fondo Monetario Internacional. Por aquel entonces, a los españoles se nos quedó bien grabada una imposición: recortes. Bruselas debería definir, mejor hoy que mañana,  en qué van a consistir las ayudas, cuánto dinero se va a destinar, y el precio que van a tener que pagar los países, ya que es muy diferente que sea dinero prestado o solidario, algo que fue siempre, la solidaridad, santo y seña de Europa, aunque ahora parece herida de muerte por ser demasiado patente que cada nación va a lo suyo.

De esta nueva crisis, no solo es importante reconocer el alcance de gravedad, sino que los compromisos de unos y otros, Gobierno de España y de Europa, sean efectivos y no meros mensajes para ocupar los espacios informativos de turno. El dinero de los ERTE, y los trabajadores que aún no lo han cobrado, forma parte de esta seriedad. No basta contar que se hacen más largas las colas ciudadanas en busca de ayuda alimentaria, y que el compromiso solidario es cada día más fuerte ante la mala situación que viven miles de familias en absoluto desamparo. Es muy difícil pedir en este país unidad de acción para cualquier cuestión, pero el avance vertiginoso y terrible de la brecha económica y social debería ser motivo suficiente para no permitir pobreza alguna. Anunciaba antes que concluiría con una cita. Considerada como ideóloga de la Generación del 27, ahora que han fallecido por coronavirus miles de ancianos, recupero algo esencial que recoge el pensamiento de la filósofa española María Zambrano: “Si hubiera que definir la democracia, podría hacerse diciendo que es la sociedad en la cual no solo es permitido, sino exigido, el ser persona”. No permitamos que el coronavirus varíe lo más mínimo tan necesario pensamiento para el bienestar de todos, que en gran medida nos legaron los mayores a los que se ha llevado esta repúgnate pandemia. Una pandemia aún por investigar y lo paguen el quién, el cómo y el porqué. Es lo mínimo que debemos a los más de los 28.000 muertos que llevamos contabilizados.

“No basta contar que se hacen largas  colas en busca de ayuda alimentaria. La brecha crece, motivo para no permitir pobreza alguna”

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Sanitarios, solidaridad y televisión para hacer comunicación de crisis (II)

La de hoy es la segunda entrega de un primer artículo titulado “Acertar en comunicación en tiempos de pandemia”. Me queda pensar una reflexión final, en la que trataré de resumir la comunicación llevada a cabo por el Gobierno de España con el Covid-19. Sin olvidar nunca el endiablado escenario para informar desde  los gabinetes de prensa oficiales y los propios medios, en esta segunda parte abordo el papel, absolutamente fundamental, que tienen en la crisis el heroico y titánico trabajo de la sanidad, la aportación esencial de la solidaridad ante la falta de material sanitario en los hospitales, y como cuentan todo luego las televisiones.

Si hay una posible respuesta que describa lo que puede ocurrir cuando tienes que informar a tan largo plazo de una crisis sanitaria como el Covid-19, esa contestación es ¡vaya usted a saber! La forma de comunicar en España todo lo relacionado con esta primera parte del coronavirus ha dejado muchas dudas, aunque sería más justo hablar de aciertos y desaciertos. Verídico es que la comunicación debe servir para preservar la buena imagen de quien la promueve, en este caso el Gobierno, pero cuando lo que se vive es un drama mayúsculo que trasciende a lo personal de cada ciudadano, hay que pensar muy bien cada paso que se da y quien lo cuenta, ya que el ámbito de interés del relato afecta a 47 millones de españoles.

En los días de la fase 0 y fase 1 de la desescalada (¿qué término es este?), le he estado dando vueltas a la responsabilidad que tiene la información oficial, deficiente o concienciadora realmente, porque es idea extendida entre los médicos y también los farmacéuticos de que la población no es aún todo lo consciente que debiera sobre la gravedad del momento, y lo que hay que prevenir para no infectarse. Volvemos a lo de siempre, no se puede generalizar, pero las imágenes de centros urbanos, paseos marítimos y playas, poco menos que congestionadas de paseantes, ponen en duda la comprensión de la auténtica realidad y, por supuesto, que el distanciamiento social de separación de dos metros mínimo entre personas no se está cumpliendo como es debido. El resultado, auguran los expertos, serán más contagios.

Desde que el 15 de marzo de 2020 empezará la cuarentena en España, la maquinaria informativa del Gobierno, porque solo así se puede definir semejante número de medios humanos y técnicos para comunicar, empezó bien engrasada a hacer su cometido. Ordenar a los españoles que se queden en casa es una decisión sin precedentes en democracia, que se lleva a cabo decretando un estado de alarma en el que aún estamos. Sin unanimidad política frente a cómo se debe combatir sanitaria, social y económicamente el virus, no es fácil narrar las cosas, porque hay que dar cuenta a diario del número de muertos, contagios, y la urgente adquisición del material necesario (en muchos casos defectuoso), y salir airosos al tiempo las numerosas críticas que recibe el Gobierno desde diferentes flancos, aunque el principal es el que proviene del amplio arco parlamentario español, con tan numerosos y variados grupos políticos.

“Una respuesta que describe lo que puede ocurrir cuando tienes que informar a tan largo plazo de una crisis sanitaria es ¡vaya usted a saber!”

El escenario no puede ser más complicado, un tsunami informativo en toda regla, una guerra también se define, pero para cada circunstancia hay hechos a valorar, en los que apoyarse, y con ellos amortiguar el relato general de la pandemia, que además es mundial. Tenemos unos medios de comunicación muy dados a contar lo de fuera antes que lo propio. De Estados Unidos se publican las imágenes de los cementerios improvisados o de los cadáveres en bolsas metidos en camiones que no cuentan incluso con refrigeración. En este sentido, de lo de aquí, poco o nada. La comunicación oficial por la crisis sanitaria encuentra así unos aliados, esperados o inesperados, que básicamente son tres: el trabajo impecable de los sanitarios, la solidaridad de la sociedad española que dona  mascarillas, caretas o respiradores, y la manera de contar la tragedia que tienen las televisiones generalistas.  

 Empecemos por los profesionales de la sanidad pública española. Son los auténticos héroes de lo conseguido hasta ahora, con miles de muertos e infectados, pero podrían haber sido muchos más de no ser por jugarse literalmente ellos y ellas la vida en su trabajo en hospitales con muy escasos medios. El Gobierno empezó a dar explicaciones con demasiados atriles y portavoces en escena. Algunos de ellos no debían haber tenido esa responsabilidad porque comunicar requiere ante todo de una cualidad: saber hacerlo. La imagen preferente, siempre televisiva y en fin de semana, ha sido la del presidente Pedro Sánchez. Parece haber unanimidad de expertos al definirlas como comparecencias en pantalla demasiado largas, y cuando tienes que hablar de decisiones tan complicadas, lo normal es que alargando las explicaciones incurras en equivocaciones. La brevedad, claridad y concisión son características dentro de la comunicación de crisis, que el portavoz debe siempre manejar impecablemente. Ángela Merkel ocupa 5 minutos en todas las televisiones alemanas, pero no deja lugar a dudas: todo queda dicho para que se cumpla. Otras intervenciones, como las habituales de Donald Trump o Boris Jhonson, se estudiaran en las facultades de periodismo como lo que nunca se debería hacer, porque demuestras incompetencia y soberbia más que otra cosa.

Si España como país goza de una gran virtud, esa es la solidaridad. Da gusto, sencillamente, el comportamiento ante el Covid de colegios profesionales, colectivos de todo tipo, por supuesto empresas de lo más diverso, autónomos, oenegés, asociaciones o personas individuales que viven fuera de un país, que aquí no les ha dado la oportunidad de trabajar y prosperar, pero hacen por España lo que sea y cuando sea, en este caso combatir y curar el coronavirus con sus aportaciones. Ayudando a los Gobiernos, sus acciones muchas veces han quedado en un plano demasiado anónimo. Así debe ser con la solidaridad y también es como lo quieren sus benefactores, pero ese mismo corazoncito les lleva a considerar que su labor desinteresada, gesta en toda regla, no ha tenido el suficiente eco. Creo que durante las comparecencias de diferentes portavoces habría que haberles citado.

Las televisiones, con las que acabo, si lo han hecho mayormente. Me refiero a dedicarse a ofrecer información de lo que hacíamos en casa, a distraernos con reportajes de lo más variopinto sobre el estado de alarma, los cumplimientos e incumplimientos del confinamiento, y de agradecer a la sanidad y todas las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado su labor que, sin duda, es magnífica. El problema viene de contar los hechos, en este caso dar imágenes de los miles de muertos y voz a sus familiares. Puede que para la comunicación de crisis venga bien contarlo como se ha hecho, pero me preocupa especialmente los resultados que estamos viendo en este mayo de 2020. Parece ser que, por su comportamiento en las calles, para muchas personas no hay ya coronavirus, y están dispuestas a seguir con sus vidas como si nada. La responsabilidad de la información y como se traslade a la sociedad tendrá, al final, su parte de culpa en lo que pueda llegar a ocurrir.

 “La solidaridad y sus benefactores no ha tenido suficiente eco. Durante las comparecencias de diferentes portavoces habría que haberles citado”

Foto. Dos cooperantes cántabras en Alemanía, en el momento de grabar un vídeo en el que piden el apoyo para la causa solidaria de conseguir y donar mascarillas a Cantabria.

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Etapas en la epidemia del Covid hasta llegar a reconocer los errores

Harto difícil se hace encontrar similares discursos en primeros ministros  sobre la gestión del coronavirus. Europa es el ejemplo más lamentable, y eso que los países se denominan socios. Antes y después del virus, el mundo ya desprendía más desunión que otra cosa. Aún se aprecia hoy en momento tan grave para la humanidad, como para no decir las cosas claras, reconocer errores y pedir perdón si es necesario.

La crisis económica que se inicio en el 2008 me acercó a las opiniones de Michel Onfray, un filósofo francés que no deja, por sus contundentes afirmaciones, indiferente a nadie (“Freud debiera haber optado al premio Nobel, pero de Literatura”). He rebuscado en alguno de sus artículos,  y encuentro uno en el que reivindica a Epicuro de Samos, ya que, al igual que el filósofo griego de la Antigüedad, Onfray piensa que buscar salidas a las crisis no es tarea de ningún salvador exterior, sino de cada uno de nosotros. Encuentro semejanza con aquello del presidente Kennedy relativo ano preguntar lo que puede hacer el país por uno, sino lo que puede hacer cada uno por su país. Me atrevo a vaticinar que en los próximos años nos  van a repetir en demasiadas ocasiones ideas o expresiones semejantes. Aunque ya les advierto que con que ocurre en 2020 existe un pero mayúsculo.El Covid-19 va a ser tan devastador que no permite pensar así, porque solo un mundo que funcione como un único bloque podrá devolvernos lentamente a la vida que llegamos a tener, precisamente hasta diciembre de 2019, cuando el virus asomó tan mortalmente por la ciudad china de Wuhan.

Si recuerdan, antes del coronavirus estábamos inmersos en una guerra comercial entre Estos Unidos y China, Reino Unido abandonó la Unión Europea, y muchas miradas se dirigían a Rusia, por la intoxicación en todas partes de la fake news o noticias falsas, bajo la acusación general de querer desestabilizar países, economías y alianzas. Desunión. Había mayormente separación, que volvió a ponerse de manifiesto con los primeros países infectados por el Covid, y también en su propagación mundial, cebándose brutalmente con Italia y España.

Ya en la cuarentena, efectuada de manera diferente según el país del que se trate, se hacían diferentes llamadas a la intervención de la ONU, un mayor protagonismo de la OMS, con la petición nunca atendida de crear un comité científico internacional, que actuara como voz única ante todo lo que estaba pasando, unido al parón casi total de economías que hasta la irrupción del coronavirus eran prósperas. Todas estas llamadas cayeron en saco roto. Sobre el Covid, el discurso de Pedro Sánchez (España) era uno, otro el de Giussepe Conte (Italia), distinto el de Angela Merkel (Alemania),  disparatado el de Boris Jhonson (Reino Unido) e incalificable el de Donald Trump, por la parte de Estados Unidos. Empezó desorientado, al igual que los demás, pero hay un líder que ya está en la fase de la pandemia donde reconoce por televisión a sus conciudadanos no estar Francia preparada para lo que venía, y tampoco haber dado en muchos momentos los pasos idóneos para contrarrestar mejor al virus letal y proteger a la población. Hablo de Enmmanuel Macron.

“El Covid-19 va a ser tan devastador que solo un mundo que funcione como un solo bloque podrá devolvernos a la vida que llegamos a tener”

En todas partes, el coronavirus se contrarresta en el terreno de las decisiones políticas, el potencial de la sanidad pública, la buena o mala gestión en  rápidas decisiones que implican comprar y tener a tiempo mascarillas o test, todo ello tendente a un único propósito: llegar al pico del contagio y de ahí empiece a descender. Sin olvidar jamás a los miles de fallecidos y a sus familias, sobre los que tanto queda por hablar, la imagen resulta fundamental en estos momentos, porque de cómo se hacen a diario las cosas depende el pensar, el creer y opinar en el presente y en el futuro por parte de la opinión pública de los países donde el Covid campa aún a sus anchas.

Con la cifra diaria de muertos (una gran mayoría eran personas mayores), contagiados, y recuperados, el temor se ha apoderado de una sociedad sobrepasada por las fakes, los memes y bulos, casi todo contenidos de  carácter político e ideológico. O con el Gobierno o en contra el Gobierno, arde wasap. Pero estamos en estado de alarma, empiezan a salir un rato diario los niños, y la desescalada de confinamiento de todo lo demás que queda, que no es poco, se vislumbra para el mes de mayo, si todo va bien. A estas alturas, al menos en Europa, el discurso político debería ser claro y reconocer los errores. Creo que no pasa nada por seguir los pasos de  Macron, y que se sepa ningún otro líder lo ha hecho, como esperando siempre a los acontecimientos, y que sean más positivos que negativos. Lo veo un error, porque un drama de las proporciones al que vivimos va a tener una terrible continuidad en el tiempo, sin dar descanso, por todas sus consecuencias, por todas las perdidas, empezando y acabando por las humanas, y por los fallos cometidos, humanos en todo caso, que han podido propiciar otros daños colaterales. Epicuro, que gusta tanto a su discípulo Onfray, defendía la necesidad de tener antes con quién comer, que propiamente buscar algo de comer y beber. Particularmente, no lo veo. De lo que sí estoy convencido es de que la verdad y su transparencia, son la antesala del entendimiento y, seguramente, del perdón.

“Con la cifra de muertos, el temor se ha apoderado de una sociedad sobrepasada por bulos, casi todo contenidos de  carácter ideológico”

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El coronavirus levanta un nuevo muro en Europa

Con el recuerdo y respeto lo primero a los fallecidos, voy a comentar que las  ayudas que la UE destinará a subsanar los destrozos que el coronavirus ha hecho en la economía de países como España, generan muchas dudas. Los acuerdos citan rescates, créditos y préstamos, todo un muro que se levantado frente al desarrollo. En cambio, se pierde una oportunidad única de crear un sistema europeo de salud, que prevenga futuras pandemias y consecuencias irreversibles.

En la amenaza tan real de vivir o morir por culpa del coronavirus en esta primavera de 2020 que jamás olvidaremos, el ministro de sanidad alemán (da igual su nombre porque no quiero hablar de la persona y sí del anuncio político hecho), da una noticia que cualquier país del mundo querría para sí: “Tenemos controlada la pandemia y ahora ayudaremos a España, Francia e Italia”. El poderío germano, sobre todo por tener dinero fresco, se demuestra porque llevan hechos 1,7 millones de test y corren como gacelas para poder distribuir, hacia el mes de agosto, unas diez millones de mascarillas a la semana entre la población, que se dice pronto. El problema es que Alemania milita en la división de honor de la Unión Europea, mientras otros socios lo hacen encategoría inferiores, sin hacer falta señalarnos.

Tan cierto como que la noche sigue al día, el coronavirus o Covid-19 levantará un nuevo muro dentro de la UE, porque la cooperación o solidaridad inmediatas entre países que son compañeros de viaje se ha esfumado, algo que vamos a ver más al detalle en los próximos meses y años. Una situación que no exime a España de haber suspendido en sus exámenes económicos y sanitarios, hecho que se nota mucho, y que los socios poderosos de la Unión parecen no perdonar.

Contrario a lo que sucede en Alemania, el coronavirus no está controlado aún en España. Hay dos cuestiones que pesan como una losa en la carrera hacia su fin: la imprevisión inicial y la escasez de material sanitario de primera necesidad durante el periodo ya total de contagio. No somos un país diferente a determinado contexto mundial de la pandemia, porque Francia e Italia, citadas también por el ministro alemán de sanidad, o Inglaterra y Estados Unidos, tampoco tenían hechos los deberes. Todo empezó por no creer, no prever y, en esta línea, no hacer. Aunque siempre se mire directamente a los Gobiernos, ministros y consejeros, creo la culpa ha de ser compartida por la sociedad en su conjunto, tanto aquí como en los países más afectados de nuestro entorno. Ningún Gobierno es infalible. Los primeros ministros no dan muchas veces los pasos acertados, ahí está Boris Jhonson, pero una sociedad comprometida y preocupada por los acontecimientosdebe saber trasladar a los poderes democráticos sus miedos e inquietudes, máxime cuando se trata de la posibilidad de un contagio masivo por un virus mortal. Por cierto, ¿saben realmente los Gobiernos más fuertes, aquellos mejor dotados de buenos de servicios de inteligencia, lo que es el Covid-19, quién o cómo se ha producido, y el por qué, para haberlo frenado a tiempo? Si lo conocen, han de hacerlo público lo más pronto posible, porque las familias de los miles y miles de muertos merecen respuestas.

  “¿Saben Gobiernos dotados de buenos servicios de inteligencia que es el Covid-19 para haberlo frenado? Miles de muertos merecen respuestas”

Ahora en España estamos muy susceptibles con todo. En verdad, nos estamos jugando mucho, y a la gestión de la crisis sanitaria se suman otros debates como el papel que juegan los medios de comunicación a la hora de informar sobre todo lo que genera semejante drama, empezando y acabando por los miles de muertos y contagiados por el virus. En el ojo del huracán están las televisiones y el tratamiento de toda esta información.Como remate al despropósito entra en escena la  libertad de expresión junto a acusaciones muy graves sobre control y censura informativa. Esta susceptibilidad va a ir en aumento en los meses venideros, en la medida de que no vamos a poder llevar a cabo muchas de las actividades habituales, desde las laborales, a las educativas, sin olvidar las de ocio, que lógicamente se esperan tras un confinamiento de tanto tiempo. Cuando se vislumbran cambios de tanto calado, hay que empezar por explicar a los españoles que el verano será muy diferente a lo conocido tiempo atrás, ya que la prevención va a sustituir a cualquier tipo de festejo o concentración animada.  Que incida en el disfrute y la alegría, no significa obviar todo lo que vamos a padecer en materia de reactivación económica (Ertes, despidos, desempleo, ayudas del Estado, etcétera). 

En este punto, revisamos el comportamiento de las instituciones y naciones europeas ricas hacia los países más machacados por el Covid, como es nuestro caso. Les podría dar partidas y sus cifras, pero vamos a resumir que el apoyo aprobado para la recuperación asciende a 540.000 millones. Este dinero se destinará a líneas de crédito a través del fondo de rescate, préstamos para empresas, un fondo temporal contra el paro y ayudas al empleo. Los hilos en Europa los mueve ahora Alemania y Países Bajos. El primero fue siempre nuestro gran aliado dentro de la Unión, pero eran otros tiempos y otros Gobiernos. Ha habido un tuit del ministro de Finanzas holandés (parece el cuidador del dinero europeo) que avisa de la imposibilidad de usar la ayuda económica para gasto sanitario. Entonces, recalca, serán otras condiciones. Si a esto no se le puede definir como levantar un muro, entonces tampoco es verdad lo que he dicho atrás sobre que la noche sigue al día.

“Los hilos en Europa los mueve Alemania. Fue siempre nuestro gran aliado dentro de la Unión, pero eran otros tiempos y otros Gobiernos”

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