La Organización Mundial de la Salud debe ser la primera en vacunarse

Habemus vacuna. O, al menos, nos lo aseguran. Me gusta pensar que la humanidad tiene remedio. Evidentemente, soy un  ingenuo, que es como más feliz se vive. Sin embargo, esta nueva oportunidad que se nos ofrece debiera provocar cambios radicales, como terminar con el exterminio de la naturaleza, y reconocer la evidencia de que el mundo no goza de buena salud como decía la OMS, tan desacreditada, incluido en el momento actual  en que poderosas farmaceútidas anuncian que tienen  antídoto.

La gestión de la pandemia por el virus Covid-19 ha estado teñida en todo el mundo de despropósitos, uno tras otro, y al frente de la gran mayoría de ellos estaba la OMS, la Organización Mundial de la Salud, organismo dependiente de la ONU. Desde el confinamiento en España y otros países, la sigla OMS, nos retumba en los oídos por lo que ha dicho, no ha hecho, por dudar en las recomendaciones, y también por sus numerosos errores, que incitan a preguntarse: ¿Dónde están los científicos?

La OMS tiene hasta su propia bandera: un mapa del mundo sobre fondo azul claro, que preside una vara con serpiente enroscada a la misma. Aciertan si piensan que es el símbolo de la profesión médica. En la constitución de este mastodonte burocrático sanitario, se alude a su especialización en gestionar políticas de prevención, promoción e intervención a nivel mundial en la salud. Por cierto, definen la salud “como un estado completo de bienestar físico, mental y social”. Hasta que llegó el Coronavirus en 2020, y se fue todo al garete.

A punto de entrar en el mes 12 del año, ese en el que decimos adiós a un tiempo ya pasado y nos tomamos las uvas o brindamos porque lo que venga sea próspero en general, tenemos en el mundo más de 55 millones de contagios y 1,34 millones de muertos. Las cifras de España, en cuanto a positivos, es de 1,54 millones, y en cuanto a fallecidos, 42.291, cifra esta última del Gobierno, cuestionada desde hace tiempo por muchos medios de comunicación que hacen sus propios cálculos, y que por supuesto superan ampliamente los datos gubernamentales (El País lo titulaba así el 17 de septiembre de 2020: “Una crisis con 50.000 muertos. Los registros civiles han observado un 25% más de fallecimientos de lo normal”).

“A punto de entrar en el mes 12, ese en el que brindamos porque lo que venga sea próspero, tenemos en el mundo 1,34 millones de muertos”

El actual es un nuevo periodo negro del Covid-19, pese a lo cual, de repente, abundan los anuncios de vacunas efectivas por parte de grandes multinacionales farmaúticas, como Pfizer o Moderna, que lo presentan a bombo y platillo. No es para menos. Dicen que estarán inyectadas en los pacientes en los primeros meses de 2021. Un hallazgo tan importante no ha sido difundido por la Organización Mundial de la Salud, sino a través de campañas publicitarias de las propias compañías, que aseguran tener ya en sus neveras el remedio a la expansión del coronavirus. La pregunta se repite: ¿Dónde están los científicos? Los datos son ofrecidos por Gobiernos y farmacéuticas, pero no por comités de expertos, que han sido solicitados hasta la saciedad, empezando por aquí, y la reciente petición de los Colegios de Médicos en toda España.

Necesitamos creer en la vacuna, y que la gente no extienda ya el temor, como sucede, de ¡a ver quién es el guapo que se la pone primero! Planteo que lo hagan los ejecutivos de la OMS, que siempre tarda en dar su opinión sobre todo, y cuando no son las mascarillas, son las distancias, y cuando no los antídotos eficaces. No es de extrañar, así, las burradas de información que han circulado (aún lo hacen) por Internet. Desde remedios, a causas ocultas, intrigas, intereses, etcétera, que al final han hecho más famosas a las fake news o noticias falsas de lo que ya lo eran. Esto es una cosa, y tratar de regular la información, otra muy distinta. A todas luces, es inaceptable, porque la libertad de pensamiento y de opinión forma uno de los pilares de la Constitución Española de 1978.

Evidentemente, y cuando todo esto pase, la OMS debe redefinirse de abajo a arriba. Cabría decir lo mismo de los sistemas sanitarios nacionales, y no digamos nada con la necesaria potenciación de las áreas de investigación epidemiológica. Desde el principio de la declaración de esta gravísima pandemia han faltado nombres de investigadores, y sus opiniones y valoraciones, que, todo hay que decirlo, han dejado solos en muchos momentos a los responsables gubernamentales de la enfermedad. Ha faltado diálogo y unión. Es lo que ha pasado y aún seguimos en ello. De la improvisación frente al virus, ya hemos visto como resultados los contagios de poderosos mandatarios negacionistas. Y no olvidemos, cuando a Donald Trump se le pase el cabreo de perder las elecciones, el resultado de las investigaciones sociológicas, sobre lo mucho que ha inclinado el voto hacia el lado Demócrata la parálisis de los Republicanos ante todo lo relacionado con el contagio de millones de norteamericanos, sin ayuda ni respuetas.  Pero habemus vacuna. O eso creo.

“Necesitamos creer en la vacuna, y que la gente no extienda el temor de  quién se la pone primero. Planteo que lo hagan los ejecutivos de la OMS”

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Es de cortesía (y alegría) decir adiós a Donald Trump

Las relaciones internacionales, el respeto a organismos decisivos, como Naciones Unidas, rechazar el racismo en cualquiera de sus formas o su afición a levantar muros entre países. Son solo algunos de los conflictos que deja la mala gestión de Donald Trump, después de perder las elecciones, no asumirlo, y preferir más la bronca a la diplomacia en todo momento y lugar. Desde el conocimiento de sus muchos seguidores, sin él en la Casa Blanca, creo que el mundo gana.

A partir de aquel 20 de enero de 2017 en que Donald Trump jurara el cargo como presidente de los Estados Unidos, se han sucedido mis escritos, en los que dejo patente mi nula empatía hacia cualquier cosa que hiciera el 45 inquilino de la Casa Blanca, que tanto ha desprestigiado. El poder, a través de quienes lo representan, debe mostrarse siempre amable, ejemplarizante, igualitario y respetuoso hacia las culturas, ideas y valores de los demás, virtud de la que el magnate-presidente adolece por completo.

El devenir del siglo XXI habla un lenguaje de crisis económicas constantes,  toxicidad que se extiende perversamente hacia lo político, social, y también de relaciones y equilibrios internacionales que creíamos haber dejado bien atados en el siglo anterior, tan teñido de tragedias y dictadores que las llevaron a cabo. Como está el mundo, para nada es necesario echarle más leña al fuego, y Donald Trump lo hacía permanentemente (lo sigue haciendo al no reconocer que ha perdido las elecciones), preferentemente tuiteando de madrugada.

Dentro e incluso fuera del país se soportaban los continuos desplantes de Trump, digamos que a todos y así nos ahorramos enumerar nada, aunque siempre se deslizaba a su favor lo de crear empleo y defender a las empresas norteamericanas, con esa política de regreso de las fábricas a suelo norteamericano y hacer así totalmente visible el gran lema de su campaña y de de su política, tan representado en la idea-lema de “América para los americanos”. Pronto se vería una Administración Trump metida en escándalos en los que la diferencia racial se erigía como un gran problema de convivencia para la sociedad norteamericana en su conjunto. Era lo que les decía antes, si hemos superado ya problemas, ¿por qué darle las riendas del poder a alguien que nos va a hacer retroceder en derechos que vienen bien al conjunto del mundo? Un mundo que Trump no ha dejado de torpedear, fuera mediante el abandono de EE.UU. de los principales organismos internacionales, fuera negando en todo momento la gravedad de los problemas actuales como el Covid-19, el Calentamiento Global, o superar todos juntos esta nueva crisis económica, que va para largo.

“Pronto se vería una Administración Trump metida en escándalos en los que la diferencia racial se erigía como un gran problema de convivencia”

Más que nunca, el mundo tiene que reconstruirse en base a tres motivos principales: el coronavirus, la era Trump y sus destrozos, y los nacionalismos que tanto daño hicieron en Europa, y que vuelven a asomar cabeza por causas diferentes, pero la crisis económica prolongada en el tiempo está creando unas terribles desigualdades. Todo aquello que despreciaba el todavía presidente norteamericano, hasta la toma de posesión de Joe Biden, necesita de la pertinente reconstrucción, y no hay que renegar de  reformas que se ven necesarias. En este caso está la ONU, la OMS o la UE, con una reciente y dolorosa salida del Reino Unido, muy celebrada por Donald Trump, aunque el Covid ha metido a los británicos en una seria encrucijada sobre su futuro.

Al nuevo presidente de Estados Unidos le toca recomponer las relaciones internacionales del todavía país más poderoso, seguido ya de cerca por China, potencia rica donde las hubiera, pero que está sacando un ingente beneficio económico del virus salido de su propio territorio. Esto causa indignación.

El daño infringido por el mandato de Trump va más allá de no respetar la necesaria diplomacia, y tenerla en vilo constante, por declaraciones y actos, como cuando estuvo a punto de declarar la guerra a Irán. Le toca a la política recomponer esos terrenos que precisamente ha pisoteado Donald Jhon Trump, entre los que me gustaría destacar la igualdad que supone respetar siempre a nuestros semejantes, rechazando de plano cualquier conato de racismo. Estados Unidos queda muy tocado en este sentido, y los primeros gestos del nuevo presidente deberían ir dirigidos a negros e hispanos, terminando con esa vieja política de levantar muros entre países, y no olvidar así jamás todo lo que supuso para nuestra historia el Muro de Berlín. Y es que Trump ha sido una muralla para la tolerancia, las relaciones amistosas, y el propio Covid, del que a mi juicio queda mucho aún por contar, como resulta el hecho del tratamiento único que él solo recibió, mientras millones de norteamericanos viven en el más absoluto desamparo ante la pandemia.

“Los primeros gestos del nuevo presidente deberían ir dirigidos a negros e hispanos, terminando con esa política de levantar muros entre países”

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Covid + crisis + descontento social y educativo = cóctel explosivo

Como el Covid desbarata todo a su paso, es normal que las sociedades y  grupos que las conforman empiecen a mostrar hartazgo con lo que sucede, y las medidas impopulares que se toman. El caso de los jóvenes puede llegar a ser el más preocupante. En los libros viene lo que son estados de alarma o toques de queda, pero vivirlo a sus edades es cuestión difícil de digerir. Con ellos ha faltado pedagogía, y ahora vemos las primeras consecuencias.

En tiempos de una pandemia, con los terribles daños que acarrea, empezando por la propia salud, hay momentos en que se hace difícil asumir medidas que, a la hora de adoptarse, hay que haber explicado socialmente muy bien, al detalle, para que no sean tomadas como poco democráticas.

La desunión, no solo en España, ha marcado en todo momento los pasos dados por Gobiernos y otras instituciones con plena capacidad política y económica. No vale la pena pararse en esta lista de grandes organismos y su función directa sobre los ciudadanos, muchos de los cuales pueden haber empezado a sentir cierto desamparo ante lo que se vive y viene, lo que provoca al tiempo que se ponga en entredicho el sistema de bienestar, que aún disfrutamos, aunque cada vez más disminuido.

El coronavirus concentra en torno a sí dos hechos indudables. El primero es que quienes están al frente de la crisis sanitaria mundial se encuentran más perdidos que otra cosa. El segundo, consecuencia directa del primero, es que tanta desorientación provoca desconocimiento, improvisación, y forzar decisiones que afectan directamente a la forma de vivir y ganarse el sustento de los ciudadanos y, con ello, a nuestras libertades. Del lenguaje poco realista acuñado en la post cuarentena, y después de tirarnos un verano padre, hemos pasado a las decisiones más extremas como auto confinamiento, estado de alarma o toque de queda. La gran mayoría de la población, entre los que me encuentro, nunca antes había vivido situaciones parecidas y, al igual que aceptar las prevenciones de la mascarilla o mantener las distancias de seguridad, estas nuevas medidas dividen a los españoles. Da la sensación de que los acuerdos que se toman van por un lado, y la opinión de la calle, por otro. A esto contribuye que en cada comunidad autónoma se ejecuta una cosa diferente, lo que implica medidas impopulares como puede ser la suspensión de las vacaciones escolares correspondientes a la primera semana de noviembre.

“Estado de alarma o toque de queda. La mayoría nunca antes había vivido situaciones semejantes, y estas nuevas medidas dividen a los españoles”

Hablar y acordar, bajo la responsabilidad común de todos los agentes políticos, económicos y sociales, siempre es mejor que imponer. Vemos lo de los autónomos y sus lógicas reivindicaciones, como antes fueron las de los sanitarios, que siguen pendientes, y ahora se suman las de profesores y estudiantes. El coronavirus se ha cargado aquel esquema de Ortega y Gasset sobre nuestra forma de convivir: “Ciudad es ante todo plaza, ágora, discusión, elocuencia. De hecho, no necesita tener casas, las fachadas bastan. Las ciudades clásicas están basadas en un instinto opuesto al doméstico. La gente construye la casa para vivir en ella y la gente funda la ciudad para salir de la casa y encontrarse con otros que también han salido de la suya.” En la oportuna cita orteguiana no aparecen términos como mascarilla, dos metros de distancia o aplicarse el gel hidroalcohólico. Mucho menos el toque de queda, porque suena a drama, y recuerda los peores momentos que la humanidad ha vivido en su historia, mediante batallas y enfrentamientos en los que todos pierden al final.

En este nuevo contexto, la juventud es la que peor encaja los cambios, que se toman de un día para otro. Ha faltado, lo he dicho en otras ocasiones, pedagogía hacia ellos, y decirles la verdad sobre la gravedad de lo que pasaba y pasa, desde el primer momento. De haberse hecho así, luego ya nadie podría contrariarse por tal o cual decisión tomada en base a la mala evolución de muertes, contagios y UCI abarrotadas de hospitales. Ahora sumamos otra cuestión no menos preocupante: los primeros brotes de disturbios en las calles, protagonizados en mayor medida por jóvenes descontentos con lo que sucede. El análisis de esta violencia, la mayor o menor preocupación sobre sus consecuencias, habrá que hacerlo en la medida de que se vayan produciendo nuevos conatos. Contar los hechos del Covid debería ir precedido de tomar grandes acuerdos, contando con todos,algo queno conllevara tanto ruido como se está haciendo en España, con cualquier asunto además. La mayor o menor preparación frente a semejante pandemia debe tener en cuenta que la suma de  virus,  crisis y desempleo, hogares sin ingresos y descontento social, sin porvenir visible para los jóvenes que hoy estudian y se preparan, el resultado es un peligroso cóctel de carácter explosivo. A ello hay que añadirle que, con mayor o menor razón, muchos ciudadanos están seriamente preocupados por el apuntalamiento de los pilares de toda democracia, como son preservar siempre la aplicación de los derechos y las libertades dentro de cualquier actuación que acometan los poderes.

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“La juventud es la que peor encaja los cambios. Ha faltado pedagogía hacia ellos, y decirles la verdad sobre la gravedad de lo que pasa”

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Jóvenes y mayores en la picota por el mal uso de la mascarilla

Europa entera está hecha unos zorros por el Covid. Aquí se suma que tenemos un debate sobre menores y mayores, al respecto de  quién incumple más las medidas sanitarias que evitan contagios. En realidad, con el simple hecho de un nuevo estado de alarma declarado, sobra perder el tiempo con este y otros despropósitos, ya que lo estamos haciendo (todos) mayormente mal. Lo cierto es que abochorna tener que referirse a que aún no hemos comprendido la magnitud de la gravedad de lo que vivimos.

Son seguramente los jóvenes quienes menos conocen la expresión “’poner en la picota”, y también que signifique recriminar públicamente a alguien por su actitud o algún asunto en el que actúa mal. Hay una pregunta, incluso un debate social, acerca de si son los menores, o bien los mayores, los que hacen caso omiso de las principales reglas de prevención contra el coronavirus, como son la mascarilla, la distancia social y lavarse asiduamente las manos. Ahora incluimos de nuevo el auto confinamiento y la desaparición de las noches.

Mientras los adultos señalan directamente a los jóvenes, estos últimos ven deficiente el ejemplo que damos los de más edad, y servir así de referencia al conjunto de la sociedad española, cuya nota en la autodefensa contra el Covid es un suspenso. Antes de tomar postura por unos u otros, incluso por ninguno de los dos, debo reconocer la decepción que produce que los ciudadanos no aprovechemos las ocasiones que se nos dan para ponerle cerco a la pandemia, que vuelve a estrangular a España en esta última parte de 2020.

Se esperaba un otoño en el que regresaría lo que se llama segunda ola del Covid. Pero no es menos cierto que podríamos estar mucho mejor en número de muertos, contagiados e ingresados en los hospitales, si hubiéramos hecho mejor los deberes que, con mayor o menor acierto, ha puesto desde marzo el Gobierno central y los autonómicos, y especialmente hiciéramos caso a las recomendaciones de nuestros médicos y sanitarios en general. Los españoles somos muy individualistas. Vamos a lo nuestro, y es un defecto social que llevamos a todos los extremos, incluso cuando atravesamos un momento de la historia tan dramático y delicado como el actual. Por esto precisamente, no albergo esperanzas sobre un mejor 2021, aunque no desaprovecharé el brindis de Nochevieja para desear lo mejor para mi país y quienes lo habitamos.

“Los españoles somos muy individualistas. Vamos a lo nuestro, incluso cuando atravesamos un momento de la historia tan dramático”

En el debate social al que aludía antes sobre Coronavirus, jóvenes y mayores, se contemplan afirmaciones como que hay gente que ya no va a cambiar a la edad que tiene, pero también que los quinceañeros creen que el contagio no tiene que ver con su forma de vida y comportamiento en la calle. Ambas posturas cobran protagonismo en la medida que avanza la pandemia, y retrocedemos en bienestar, también en libertades, porque nadie quiere vivir en estado de alarma permanente, ni mucho menos ver cómo la ruina cae sobre los negocios.

De cara al presente y al futuro, España tiene otro grave problema frente al Covid como es la supervivencia de buena parte de nuestra economía. Los datos de la pandemia en Europa son temibles en la actualidad. Lo mismo da Países Bajos, que Alemania o Francia. Lo que ocurre es que estos territorios cuentan con un considerable colchón económico, y han de luchar más en el frente de concienciar a sus ciudadanos de que hemos entrado ya en una etapa que reclama dejar ciertas costumbres atrás, por nuestra propia seguridad. Evidentemente, tiene que ver con las relaciones sociales, con nuestra manera de interactuar en sociedad, que como sucede con las reuniones familiares numerosas, y fuera de lugar, pone en serio peligro la salud de muchos europeos porque se contagian.

Cambiar lo que se dice cambiar actitudes llegará a más plazo, lo que nos devuelve a la esperanza de una vacuna que llegue cuanto antes, por la cuenta que nos trae a todos. Las fases del Covid no son esas que impuso el Gobierno en España, pasando de una a otra atendiendo a que los contagios subieran, se mantuvieran o bajaran. Las auténticas fases son la de ver y creer en el riesgo que corremos. Le costó aceptarlo a Donald Trump, a Boris Jhonson o a Bolsonaro. La segunda es concienciar al planeta, ¡casi nada!, porque ya estamos viendo lo que cuesta seguir las recomendaciones en naciones como Francia o España. Y la tercera será la de reconstruir un mundo donde la convivencia no aparte ni rechace a nadie por la enfermedad contraída, como ya ocurre ahora con el Covid y, ¡maldita sea!, ya lo vi venir (la estigmatización) desde que empezó la cuarentena en marzo de 2020. Esto es realmente a lo que deberían atender jóvenes y mayores, en vez de cruzarse acusaciones sobre quién se pone más y mejor la mascarilla.

“Las fases del Covid no son esas que impuso el Gobierno, son ver y creer en el riesgo, concienciar, y que no se rechace a nadie por la enfermedad”

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Recordando pensamientos de Stephen Hawking sobre cambios

El científico Stephen Hawking no necesita presentación alguna. Era uno de nuestros referentes, que avisó como pocos acerca de la capacidad destructiva que tenemos, y al tiempo nos pedía que no renunciáramos jamás a la alegría. De vivir, ¿qué nos aconsejaría hoy? Creo que la respuesta está en que nos adaptemos de la mejor manera posible a lo que nos toca vivir.  

Especialmente en Europa, lo peor frente al Covid es que los ciudadanos no hemos asumido realmente los cambios, y que hay ya muchas cosas que no pueden ser ni hacerse como antes. Tuvimos un pésimo ejemplo con el paso de la cuarentena al verano. ¿Cómo no vamos a viajar ni divertirnos en vacaciones, como siempre? Sabíamos que no era recomendable, pero seguimos viviendo como si tal cosa, en medio de reuniones, fiestas, de bares, restaurante y botellones. ¡Ya llegará la vacuna!, nos repetía ingenuamente el mensaje oficial y las televisiones, aunque también queríamos creerlo, como si los males del inhóspito coronavirus fuera cuestión de descubrir un antídoto y fabricarlo en un santiamén.

Desde el principio de la declaración de pandemia, el optimismo ha querido tutear al virus, pero el Covid resulta intratable. Tampoco hace distinciones. Que se lo digan sino al mandatario Donald Trump o al futbolista Cristiano Ronaldo. Son algunos de losúltimos nombres que pasan a engrosar la gigantesca lista de contagios. Creer siempre es lo primero, más si cabe cuando las cosas se ponen, como ahora,  tan mal. Lo que sucede es que no se pueden mezclar buenas intenciones con medias verdades, o mentiras, o manipulación, o supuestas evoluciones a mejor que luego no se dan. Todo esto, como ya sucede, termina por meter en un bajón de aúpa a la población en general. Un panorama desolador que se genera por  los malos datos de la denominada segunda ola del coronavirus, y que ha terminado con el consejo de muchos Gobiernos de que nos auto confinemos voluntariamente en casa.

El desarrollo de esta terrible crisis sanitaria requiere de un nuevo guión en el que no se obvien páginas. Para ser conciso: hay que decirle a la población la verdad, mantener las exigencias en todo momento, endurecerlas si es necesario, pero no andarse con promesas vacías, declaraciones en busca de notoriedad, o competiciones absurdas entre territorios que están mejor o peor. El caso es que Europa no sabe qué hacer con el Covid, pero hay una obligación de dar con la clave, que nos permita convivir y compaginar además nuestras tareas con la prevención para no contagiarse.

“Europa no sabe  qué hacer con el Covid, pero hay una obligación de dar con la clave que permita convivir y compaginar tareas con prevención”

No es el fin de nada, pero si el momento de hacer muchas actividades de otra manera. Nuestra sociedad requiere de una nueva mentalidad, cuya ausencia es la causante ahora de la mayor propagación del coronavirus. Hay que empezar por el ejemplo gubernamental. Las Administraciones deben ser las primeras en ofrecer ese espíritu firme de actuación que todos queremos frente a la pandemia. No se puede hablar de nueva normalidad, y llevarla a cabo como tal, cuando el presente no permite aún hacer lo que nos apetezca. Con el coronavirus hay que ser inflexibles, no queda otra. En este sentido no hemos escuchado adecuadamente a médicos y científicos. Lamentablemente, seguimos en la tozudez.

Es necesario que la política se deje aconsejar con nitidez por la ciencia, para poder reencauzar esta mala situación socio-sanitaria. Un 14 de marzo de 2018, cuando empezó precisamente el primer confinamiento en España, murió Stephen Hawking. Tan gran divulgador científico protagonizó a lo largo de su vida muchos momentos en los que ofreció grandes lecciones a una humanidad de la que formaba parte. ¡Cuánto le necesitaríamos ahora!, aunque su legado sigue presente a través de sus pensamientos, ideas que conviene mucho refrescar en estos momentos.

-«El peligro radica en que nuestro poder para dañar o destruir el medio ambiente o a nuestros pares aumenta a mucha mayor velocidad que nuestra sabiduría en el uso de ese poder».

-“Me he dado cuenta que incluso las personas que dicen que todo está predestinado y que no podemos hacer nada para cambiar nuestro destino, siguen mirando a ambos lados antes de cruzar la calle”.

-“El peor enemigo del conocimiento no es la ignorancia, es la ilusión del conocimiento”.

-“La vida sería trágica sino fuera graciosa”.

-“La inteligencia es la capacidad de adaptarse a los cambios”.

Pues recordado queda.

“Stephen Hawking. Su legado sigue presente a través de sus ideas, como que la inteligencia es la capacidad de adaptarse a los cambios”

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