Vivir la actualidad sin incurrir (muy difícil) en el derrotismo

Resulta fácil pedir optimismo, mientras no se deja de tensar la cuerda política, bélica, económica y social (energía, alimentos, trabajo). Los seres humanos somos tan vehementes como ingenuos a la hora de no perder la ilusión de que todo irá a mejor. Estamos hechos de esta rara pasta.  “Vendrán tiempos mejores”, nos decimos. Cómo se logran es un enigma, con una guerra en Europa, escasez en aumento, los precios por las nubes, las hipotecas al alza y un desencuentro interior y exterior de los países y sus Gobiernos. ¡Un misterio, oiga! ¡Fiesta!, y sigamos dando la espalda al derrotismo.

La propaganda del poder y los potentes altavoces que somos los medios de comunicación, en especial la televisión, nos han acostumbrado a instalarnos en la felicidad y óptimo porvenir, tras las doce campanadas, en cada 31 de diciembre, instantes antes de la entrada en un nuevo año. Por nuestra parte, concentramos la mente en la sola idea de que nos salga todo bien en los doce meses siguientes, y lo sellamos tomando las uvas o brindando con una copa de cava. Al final de este 2022, lo volveremos a hacer: cientos de wasaps con los mejores deseos, dentro de los cuales no hay sitio para el desaliento. Yo también lo llevaré a cabo, aunque mucho me temo que, una vez más en la historia universal, el destino que está aún por escribir no está en nuestras manos, si no actuamos a tiempo.

Hablando de historia, al iniciarse la Segunda Guerra Mundial, la primera frase que pronunció Winston Churchill fue aquella de “No tengo nada que ofrecer, sino sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor”. Al terminar la contienda en Europa, un 7 de mayo de 1945, al premier británico se le adjudica otra gran reflexión: “Valor es lo que se necesita para levantarse y hablar, pero también es lo que se requiere para sentarse y escuchar”. Aprecien el sentido de la frase con los tres nombres que vienen a continuación.

Biden (EE.UU.) nació en 1942, Putin (Rusia) en 1952, y Xi Jimping (China) en 1953. De sobra saben lo que es una posguerra estos tres hombres que dirigen el mundo en bloques de poder político y económico. Ninguno ha aprendido nada de lo que les tocó ver y vivir en su niñez. Su soberbia, de malos dirigentes, les tiene cegados. Anhelan despóticamente el control;mandar sobre los demás países y ciudadanos, manejar un destino en paz o en guerra, con buena o mala economía. Huelga mentar que estos mandatarios se detestan entre sí, y, los demás, en medio. Todo esto no es ninguna película de Steven Spielberg. Es el relato actual de la política internacional, mientras el resto nos inclinamos por vivir con normalidad o verlo muy negro, con pesimismo y derrotismo, pero sin mover un dedo al respecto. ¡Dejamos hacer!

“Winston Churchill: Valor es lo que se necesita para levantarse y hablar, pero también es lo que se requiere para sentarse y escuchar”

A mi manera de ver, Dickens (Oliver Twist) fue bastante ingenuo cuando escribió que cada fracaso nos enseña algo que necesitábamos saber. Ni se aprende de las guerras, ni de las crisis económicas, ni del hambre, ni de la muerte anual en África de millones de niños esqueléticos, ni de pandemias, ni de nada. La esencia del ser humano está basada en la ambición, el enfrentamiento, y no tener memoria hacia lo que nunca más se debería de repetir, principalmente la guerra. Hasta esta línea, reconozco que todo o casi todo, ha sido negativo, es decir, derrotista. La verdad hoy no gusta ser leída o escuchada, pero se impone en las peores formas conocidas, que podemos resumir en unos tiempos en que la depresión económica y social avanza a pasos agigantados, mientras cada uno vive su particular vida, que todo el derecho tiene a hacerlo, aunque el engaño oficial sobre lo que realmente nos depara el porvenir sea cada día más evidente.

Pues sí. Vivimos ajenos a los inquietantes titulares que cada día se publican en los medios, sobre lo que suceda en algún punto concreto del planeta, aunque por supuesto la actualidad mira de lleno a Ucrania, lo que se cuece en el interior de Rusia, y cuál será la próxima maniobra del miserable Putin. Se hable de lo que se hable, incluso del botón nuclear, de un invierno sin gas o de la falta de alimentos en las casas, estamos a lo nuestro, que es el mismo actuar de antes del Covid, que, sinceramente, ya creo que nos ha dejado como principal secuela no sentir ni padecer ante nada. A lo mejor es lo que se pretendía realmente al esparcir el virus.

Llegaremos a las Navidades con escasez de muchos productos, sin poder incluso permitirnos comprar algunos, pero seguiremos adelante. Estamos también hechos para creer, ser esperanzados, a soñar, a ilusionarnos, a pensar que cambiaremos, a darnos una nueva oportunidad, aunque nos mientan por sistema, a zanjar, en definitiva, que vamos a superar en el futuro todos los obstáculos y chinitas en el camino que la vida nos pone. No importa nada de lo que he dicho atrás, porque yo también me apunto a que somos lo que somos y, en todo caso, hay que actuar siempre en favor de los que vienen detrás y tienen todo el derecho a un porvenir, como antes sus padres y abuelos. Dicho lo cual, hay que dejar claras algunas cuestiones fundamentales. Parar a Putin ya no tiene escusa, regresar a la paz es imperioso, el poder, en cualquiera de sus formas, tiene que dar un giro completo y hacerse eco de verdad de lo que quieren y necesitan los ciudadanos. La ambición ya no debe superar los límites de lo que supone vivir en concordia. Tenemos montones de gravísimos problemas. Demos un nuevo contenido a la ONU y demás organismos internacionales en los que se agrupan los países. Seamos optimistas, ¡bien!,   pero con el acuerdo por delante de que las cosas no pueden ser como ahora, donde no se deja de tensar la cuerda, y se va a romper en un determinado momento, para angustia general. La fórmula es conocida, ya la planteó Churchill: hay que volver a sentarse y escucharse, unos a otros.

“Estamos a lo nuestro, que es el mismo hacer de antes del Covid, que ya creo nos ha dejado como principal secuela no sentir ni padecer ante nada”

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Lista de espera: resignación, cabreo y demanda de soluciones

De sobra sabemos los españoles lo que son y padecer las listas de espera.  Pero ahora, esa larguísima demora en operar o curar, se ha convertido en una auténtica angustia para millones de ciudadanos. Si con insistencia se ha hablado de más atención a los profesionales, con el lógico incremento de personal y medios, no digamos lo que pasa tras el Covid, que ahí sigue.  Lo que antes de la pandemia era un sistema sanitario con graves déficits, ahora la dolencia ha pasado a ser crónica. A pesar de ello, todo esto resulta incomprensible, y es lógico, para aquellos que esperan meses, incluso años, a su intervención quirúrgica. Es lo que tiene el miedo, los dolores y calidad de vida, cuando se trata de la salud propia.

Seguramente por razones de edad y los achaques correspondientes, no dejo de toparme con casos que están esperando largo tiempo para ingresar en el hospital, y que le efectúen la operación con la que (un sueño de todos), recuperar la salud. Este asunto de aguardar meses o años para que te sanen el achaque, es ya viejo en España. Existía mucho antes del Covid, hubiera el Gobierno que hubiera, pero la pandemia ha agravado el asunto, hasta cifras insoportables, lo que tiene bastante cabreado al paciente con la sanidad pública y, añado también, con la privada.

El caso es que, de norte a sur, y de este a oeste, no hay región que se salve de las listas de espera. Cada vez somos más a atender, y menos los medios humanos y asistenciales, como son los complejos hospitalarios y los centros de salud. Esto, que es lo evidente, se camufla muchas veces con datos difíciles de digerir para el que anhela tener por fin una cadera nueva, a lo que hay que sumar declaraciones, opiniones y justificaciones, que están bien para denunciar la difícil situación por la que atraviesan muchos españoles, pero no tanto para solucionarla.

Al hilo de lo que pasa en realidad (esa verdad que el periodismo está obligado a buscar y no a ocultar), agilizar el retraso en la atención al paciente tendría que venir de ampliar la sanidad. Llevarla siempre a más. Pero los presupuestos para las inversiones reales de un país dan de sí lo que dan, y creo que bastante tenemos con poder mantener el actual estado de bienestar, un concepto en el que la educación y la sanidad copan la pirámide de prioridades oficiales. Es evidente que esto que digo resulta generalista, porque de ser yo uno de los afectados por la lista de espera, es seguro que mi carácter bonachón habría mutado a un cabreo continuado. Es también lo que tiene el dolor de alguna parte del cuerpo humano, y no verse atendido con la celeridad que requieren muchas enfermedades y dolencias.

“Cada vez somos más a atender, y menos los medios humanos y asistenciales, como son los complejos hospitalarios y centros de salud”

Cualquiera que me haya leído en alguna ocasión, sabe de la gran opinión que tengo de médicos, enfermeras y trabajadores al completo del Sistema Nacional de Salud. Me preocupa mucho el trato actual que les estamos dispensando, y la cantidad de promesas incumplidas que tienen a las espaldas, sobre la mejora general de todo lo relacionado con la asistencia a los pacientes, que evidentemente pasa por invertir más y mejor, y en los plazos que corresponde hacerlo. Estoy de acuerdo con las valoraciones que hacen estos profesionales acerca de que el Covid 19 es lo que le faltaba a nuestra sanidad pública, y lo que denominan sus carencias crónicas, como si también se tratara de una enfermedad, ya sin remedio. En todo caso, los médicos saben de sobra que los pacientes no están a estas explicaciones. Llaman al centro de salud, y esperan una cita rápida, mejor de un día para otro. Incluso si la consulta no tiene mayor trascendencia, erre que erre, ¡que quiero que me vea un especialista. Lástima que el uso del sistema, para muchas cuestiones menores que no necesitan de urgencias, no haya variado en absoluto. Tampoco ha habido pedagogía gubernamental, mucho menos medidas, al respecto.  

Pero los casos graves, muchos, demasiados, no pueden someterse a esperas tan prolongadas, y es algo que necesita abordarse, decidirlo y acometerlo. Lo siguiente que voy a decir puede ser bien el caso de cualquier comunidad autónoma. No podemos hablar de una sanidad eficaz, ni mucho menos buena, cuando se da el caso de tener que esperar dos años para algunas intervenciones, y superar ampliamente el año para tratar determinadas patologías. Los españoles sabemos lo que son los Pactos de Estado, aunque sucede que hace mucho que no se llevan a cabo en nuestro país. Me atengo a su definición: “Entre partidos de tendencias opuestas, para enmarcar la acción del Estado a largo plazo en asuntos de trascendencia, sin consideración de qué partido ocupa el gobierno en cada momento”. Pues bien, la sanidad es trascendente.

Es una tremenda contradicción que quien espera a una cita u operación quirúrgica para mejorar en salud, viva a diario la tortura de pensar y sentir que pueden no llegar a tiempo a esa fecha que le han dado para el año 2023 en adelante. La situación es mala, pero también es cierto que la sanidad española, y tiene reconocimiento por ello, es efectiva. Por eso no se entienden los muchos cabos sueltos que hay dentro de la cadena organizativa de un Sistema Nacional de Salud que ahora, y tras el Covid, requiere de decisiones en profundidad, que pasan como digo por invertir mucho más en personal y los medios que demandan, aunque hay otras muchas cuestiones de organización que los profesionales del sector valoran como esenciales.  

Si durante los peores instantes del virus, nuestros sanitarios pedían más apoyo desde dentro y desde fuera, apelando también a la comprensión ciudadana, ¿qué no será ahora? Las listas de espera no están para vaguedades, atajos, excusas vacías ni medias verdades o, directamente, falsedades. Los médicos son los primeros que quieren atajar cuanto antes las dolencias de los enfermos. Pero este deseo choca frontalmente con la realidad diaria que viven en su trabajo. La solución a la sanidad y hasta dónde se puede llegar está aún pendiente. Unos tres millones de españoles, que se dice pronto, están citados para consultas y operaciones quirúrgicas el año que viene. Los días pasan para ellos inmersos en la resignación, el miedo y el temor a mayores complicaciones, que se sumen a la enfermedad que tienen ahora. Si no es porque lo acabo de escribir, es para no dar crédito a semejante barbaridad.  

“Los médicos son los primeros que quieren atajar las dolencias de los enfermos. Pero este deseo choca con la realidad que viven en su trabajo”

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Tal de rápida la vacuna Covid, es hora de las enfermedades raras

Desde la Transición, España tiene reconocido el derecho a la protección de la salud. Igualmente, los poderes deben tutelar la salud pública, a través de medidas, prestaciones y servicios necesarios. Lo deja claro el artículo 43 de la Constitución. Pero para los afectados de enfermedades raras no viene siendo así. Para atenderles como merecen, hay que investigar e invertir. La realidad es otra: indiferencia. Cuando interesa, como sucedió con el Covid, hay todo el dinero del mundo y la vacuna se descubre. Lo mismo quieren estos enfermos. Tienen todo el derecho, y siguen a la espera de que se cumpla lo que es de justicia.

Escaso prestigio tiene ya para mí la Organización Mundial de la Salud, visto lo visto con el Covid. Aunque tengo que echar mano de la OMS, que datos sí tiene, para argumentar que existen cerca de 7.000 enfermedades de las denominadas raras.Afectan al 7 por ciento de la población mundial. Una por una, no acabaríamos de citarlas y explicarlas brevemente. Tampoco se conocen. Nos suenan unas pocas, gracias al interés que toman por ellas, cada cierto tiempo (que tampoco mucho) los medios de comunicación. Tal es el caso de la Esclerosis lateral amiotrófica, más conocida por ELA. En cambio, de nada suena el síndrome de Cotard; las personas que lo padecen viven, pero creen que han muerto.

El tema que toco hoy es muy serio, pero no tiene la debida atención de los sistemas sanitarios públicos, la mermada investigación, los medios y, por supuesto, los ciudadanos sanos. La manida excusa de que son pocos resulta  impresentable. La Sociedad Española de Neurología (SEN) estima que solo en España malviven más de 3 millones de personas que padecen alguna enfermedad rara. Dentro de la Unión Europea, se calcula que el 60% de personas, que padece un trastorno de este tipo, aún no han sido diagnosticadas.

Tengo una muy querida amiga que padece ataxia. Le dicen que, igual que ella, hay 8.000 españoles. Estos enfermos sufren de descoordinación en los movimientos del cuerpo. Lo mismo están de pie, que en el suelo. Lo que más le preocupa es una incesante tos. Vive rodeada del cariño de los suyos, que es muy grande, pero me gustaría decir que ahí están también las autoridades sanitarias, para dar pronta solución a esta y otras dolencias, como se hizo con la investigación exprés del Covid. El virus se declaró el 11 de marzo de 2020. La FDA, que es la Administración de Alimentos y Medicamentos de los Estados Unidos, aprobó el 23 de agosto de 2021 la primera vacuna contra el Coronavirus, la Pfizer-BioNTech. En conclusión: cuando interesa, los que pueden, se ponen las pilas, y surge el milagro de un medicamento o vacuna eficaz.

“Una amiga padece ataxia. Vive rodeada del cariño de los suyos, pero me gustaría decir que ahí están las autoridades sanitarias, para dar solución”

Echo un vistazo a la normativa internacional sobre legislación respecto a enfermedades raras y compruebo algo: dictámenes, resoluciones, declaraciones y demás, todas, se hicieron hace demasiado tiempo. Lo que lleva también a exigir la necesidad de acomodarlas a los tiempos actuales. Como se hace en otras cuestiones, cabe exigir a la sociedad que sea reivindicativa al respecto. Sé que es pedir demasiado cuando no nos interesa ni lo que le pasa al vecino de enfrente. Estos son malos tiempos para muchas cosas, pero más para la solidaridad, la educación más elemental y comportarse en sociedad. Me viene a la memoria el suceso acaecido hace pocos meses en Italia. Un energúmeno mata a golpes a otro ser humano, en plena calle, mientras, el resto de viandantes, nada, ni inmutarse. Si esto no es una sociedad enferma, entonces es que no entiendo nada de nada. Que no nos importe lo que sufren los demás, es la enfermedad de esperanza de curación más rara que hay.

De las de verdad, he citado algunas dolencias sin cura actual, porque no se les muestra la debida atención, no hay interés, y no se aporta dinero para la investigación, y mira que en España se gasta en tonterías. Es imperiosa la necesidad de que los sanos sepamos lo que es el síndrome X Frágil (retraso mental de grado variable), el síndrome de Moebius (causa parálisis facial y falta de movimiento en los ojos), síndrome de Prader Willi (obesidad, retraso mental y menor desarrollo de la actividad genital), progeria de Hutchinson-Gilford (envejecimiento prematuro), síndrome de Marfan (talla superior a la media y malformaciones óseas), o la enfermedad de los tics, que no hace falta describir con más detalle.

Todas ellas tienen en común la insensibilidad oficial y social hacia quienes la padecen. Basta con distribuir los recursos económicos de manera más justa. Se ha escrito en otras ocasiones que los gobiernos de los países deben invertir más en ciencia e investigación que en armas, como ocurre en la actualidad. Pero cuando tampoco existía Putin o la Guerra de Ucrania, se venía actuando de igual manera. Cuando irrumpió el Covid, fue algo en lo que también se insistió: investigar, investigar e investigar. Aunque ni para este virus que sigue siendo tan mortal se hizo caso a los que más sabían, científicos claro. En España lo que mejor se hace es hablar. Pero no estamos entre los países que más destinan a la investigación, caso de Israel, Corea de Sur, Suecia, Suiza, Japón, Austria, Alemania, Dinamarca, Estados Unidos o Bélgica. No me extraña que tengan tanto prestigio mundial. Nosotros, siempre detrás. Ahora, con la crisis, se dirá que no hay dinero. Aunque el Covid ha dejado totalmente tocado al sistema sanitario público y privado,y tampoco se reconoce. No interesa. Lo mismo les ocurre a los pacientes de enfermedades raras, como le sucede a mi amiga, con ataxia.

“Es una sociedad enferma. Que no nos importe lo que sufren los demás es la enfermedad de esperanza de curación más rara que hay”

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Preguntas interiores que no salen a la superficie, por el hastío

Está claro que nos quieren imponer un mundo nuevo, una sociedad diferente, una economía a gusto de los poderosos. ¡Todo bajo control! No hace falta que pensemos. ¿Para qué? Lo hacen ya por nosotros los Gobiernos. Pero va a ser que no; aunque hace falta sacar a la superficie las muchas preguntas que nos hacemos de manera interior. Y este es también el problema. La falsa verdad emite solo desde un solo canal, ante una sociedad inmóvil y adormecida frente a la guerra, sus consecuencias, y los nuevos acontecimientos, ninguno bueno, que se suman cada día a esta tragedia silenciosa que vivimos.

A lo largo de su existencia, Aristóteles se hizo cinco grandes preguntas: ¿Qué es el ser?, y también el ser humano, sobre Dios, ¿dónde está la felicidad?, y qué hay más allá de la muerte. De haber nacido el filósofo griego en esta época, seguramente asumiría sin rechistar la frase de Julios Henry Marx (Groucho Mark), dicha de manera absolutamente nítida: “Paren el mundo que me bajo». Pandemia, manipulación y mentiras a trisca, guerra incomprensible, crisis económica, Rusia corta el gas a Europa, inflación desbocada, y precios al alza en todo lo imaginable. ¡Alguien da más!

En ocasiones, he llegado a pensar que el Covid ha quebrado tanto la resistencia humana, que ruptura tan abrupta de la cotidianidad diaria había generado en paralelo una especie de abulia hacia los problemas que han surgido como consecuencia del virus mortal. Nada más lejos de la realidad. Cada día estamos más preocupados por todo lo que sucede a nuestro alrededor. Lo que ocurre es que las preguntas son más interiores que dirigidas en voz alta a los responsables del desaguisado general que vivimos. Nadie nos explica si tendremos electricidad, gas, gasolina; si nos veremos obligados apasar de largo por las estanterías de supermercados que exhiben los productos alimenticios que nos gusta comprar, cuyo precio se ha puesto por las nubes.

Las cinco preguntas de Aristóteles trasladadas a hoy serían otras: ¿Acabará la guerra de Ucrania o irá a más?, ¿vamos a entrar en una recesión de aupa, en la que pagarán los de siempre?, ¿Rusia y Putin saldrán de rositas de la que han armado?, ¿los ciudadanos haremos pagar a los malos dirigentes el nefasto papel que están protagonizando en todo esto? Creo que, formuladas de una manera u otra, no son cuestiones ajenas al pensamiento general, que no tiene edades a la hora de mostrar un hastío silencioso ante tanto despropósito, que ha apeado al mundo de la paz y el progreso que vivió, sobre todo, en la última parte del siglo XX.

“Nadie explica si nos veremos obligados a pasar de productos alimenticios que nos gusta comprar, cuyo precio se ha puesto por las nubes”

A estas alturas de reflexión, más de uno se preguntará lo que puede hacer una persona cualquiera ante lo que nos están imponiendo, que pinta como una sociedad nueva en la que, sin demagogia alguna que valga, apuesta por los fuertes en detrimento de los débiles. Y los gobiernos no tienen en su agenda a media plazo seguir siendo los mayores contribuyentes al equilibrio social, a ese estado de bienestar que tanto costó levantar y asentar a nuestros abuelos y padres.

La democracia, tal y como la conocemos y disfrutamos, tampoco sale bien parada del envite. Sólo hay que ver la actitud déspota de Putin, la actuación de China, país del que partió el Covid. No solo no paga el desastre mundial que ha causado, sino que financia la guerra al Maquiavelo ruso que es Vladimir. Este es también el problema, que los presidentes ruso y chino, pese a representar sistemas políticos tan coercitivos con la libertad, son líderes auténticos. Tampoco son de fiar las viejas alianzas, ni siquiera militares, pese a la reciente escenificación bochornosa de la OTAN en su cumbre en España. Estados Unidos tiene graves problemas internos, lo mismo Reino Unido (desnortado tras el Brexit), y de la Unión Europea es mejor no hablar: ¡decepcionante!

¿Y en todo esto piensa la gente de a pie? El poder, en su papel de potenciar rebaño, cree que no, y de ahí cómo actúa. Nada de explicaciones, una mentira sustituye a la verdad, medios que propagan lo que interesa, y ni siquiera hay que justificar la pifia, porque los que mandan están por encima del bien y del mal. ¿Hasta cuándo? Esta, que tampoco se la hizo Aristóteles, es la gran pregunta en cuestión. Se está jugando con fuego: belicismo, energías, pactos, trabajo, alimentos y progreso general bajo el paraguas de democracias justas y sometidas al imperio de la ley. Estamos en un todo vale, inaceptable. Desde luego, si hablo de que habrá reacción, es porque yo mismo (nada de yoísmo, es tan solo un ejemplo), no comparto en absoluto nada de lo que los actuales dirigentes mundiales están haciendo, porque asumir sus criterios es tanto como abrir la puerta al caos.

Desde el compromiso con la paz y un futuro para nuestros hijos, cada uno debe aportar lo que mejor sepa hacer, pero sin quedarse parado, encogido de hombros. Así no se consigue nada. La crítica constructiva es una de estas señas de identidad que siempre se ha exigido a las sociedades avanzadas. Saber decir no cuando sea menester. Protestar a Putin, a la compra masiva de armas por parte de todos, como si eso fuera a solucionar algo. ¿Cuándo las guerras han solucionado nada? Y nos llevan por ahí, con intereses espurios,  mientras los medios afines a los Gobiernos nos manipulan, incluso ya sin disimulo alguno, ¡a cañón! Y no. No, porque el pensamiento debe ser libre. Han de tener preferencia siempre la cultura, el arte, la diversidad de ideas, religiones y opiniones; siempre ha estado en nuestra forma elegida de ser. Eran las dos primeras preguntas de Aristóteles: ¿Qué es el ser?, ¿qué es el ser humano? Va siendo hora de que cada uno de nosotros, frente al panorama que nos quieren imponer, nos lo planteemos también.

“Más de uno se preguntará lo que hacer ante lo que nos están imponiendo, una sociedad que apuesta por los fuertes en detrimento de los débiles”

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Cesta de la compra imposible, pero se dispara consumir alcohol

El ministerio competente en la materia acaba de ofrecer datos de lo que los españoles estamos dejando de consumir pescado, carne u hortalizas, aunque ha pasado de refilón que el consumo de alcohol se ha disparado en un 78%, caso de Cantabria. ¿Qué está pasando dentro de la sociedad para semejante vuelco? Podríamos apuntar a la inestabilidad y desconfianza, como dos causas que pueden propiciarlo, pero habría que anteponer a ambas razones la palabra precios. Como quiera que el mal ya está hecho, los que ofrecen estas conclusiones son también responsables de atajar tan alarmante incremento en el consumo de bebidas alcohólicas.

Era de prever que tras el Covid y todos los inconvenientes que ha generado, el principal encerrarse en casa, muchos se iban a echar al monte en lo referido a vivir sin desenfreno, una vez que las autoridades declarasen acabada la pandemia, algo que se ha hecho en España sin buen criterio, ya que las muertes diarias, considerables, por Coronavirus, no han cesado en absoluto. Como muestra de lo que digo, este botón. Publica el Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación que los cántabros hemos aumentado el consumo de bebidas alcohólicas, nada más y nada menos, que un 78%. Por el contrario, hemos reducido la compra de pescado en un 39%, de hortalizas en un 29%, la carne, un 14, y la leche un 16%. ¡Menudo panorama!

Cada pocos años, regresa a la palestra que hay que vivir la calle para saber cómo está realmente la situación. ¿Y cómo está? Pues mala, cara, y con tan pésimas perspectivas, que ni siquiera los tertulianos de televisión, que hablan de todo sin casi saber de nada, nos puedan sacar del entuerto.

Imagino que también a usted le suceda que hay ocasiones en que crea que lo que percibe a su alrededor, pueda ser tan solo producto de su imaginación. Pronto, como yo, salimos de dudas, porque ya no va a parar la cascada de datos mensuales, malos, sobre que cada vez vamos a comprar menos de todo, por falta de dinero en el bolsillo, en primer lugar, pero también de confianza en la dirección del país, y solo hay que ajustarse a unos acontecimientos que no paran de empeorar.  

“Regresa a la palestra que hay que vivir la calle para saber cómo está la situación. Y está mala, cara, y con pésimas perspectivas”

Es del todo asumible que cada época tenga sus cambios y peculiaridades. Pero  nadie podía imaginar que en este nuevo siglo íbamos a estar hablando de comida. De lo caros que están los huevos, el melón, los tomates o los plátanos, a lo que hay que sumar también el hielo, ¡que ya les vale! De repente, el consumidor se siente acorralado, al no poder disfrutar de la cesta de la compra que hacía de habitual, ya que tiene ahora que elegir prioridades de productos básicos, porque nadie sabe lo que va a ocurrir mañana. Parece que nos han parado en seco, que alguien se ha quedado sin ideas, también sin ganas de tenerlas, haciendo caso omiso a la genialidad del profesor de profesores que fue  Peter Drucker, cuando dijo aquello de que la mejor manera de predecir el futuro es creándolo.

No hemos sacado lección alguna de la gran depresión económica del 2008 al 2015. Tampoco hemos tomado nota del Covid, que ha metido al mundo en una pandemia inacabada. Por más que me lo explicara un batallón de sabios, resulta increíble que un señor llamado Vladimir Putin, con no pocos apoyos siendo el principal el de China, nos meta en una guerra de no acabar, pero cuyas consecuencias son la nueva declaración de otra gran crisis económica. De dar el visto bueno a que la culpa de todo lo tiene la Guerra de Ucrania, ¿por qué no se frena a Rusia, con todas las de la ley? Pues por lo de siempre. Por lo intereses de unos, de otros, y de particulares. Noticia de hace nada: “La petrolera francesa TotalEnergies, investigada por suministrar queroseno a cazas rusos en Ucrania”.

Como ocurre en todas, la guerra conlleva un gran negocio para demasiados. Mientras, en consumidor tiene que comer conejo, porque la carne de cerdo, vacuno o pollo están imposibles, y el gremio de carniceros, muy preocupado claro, avisa de que los precios seguirán subiendo. Entretanto, nadie para esta escalada. El ciudadano no quiere ayudas oficiales puntuales, que son pan para hoy, y hambre para mañana. Se quiere lo que se quiere: que los precios regresen a la moderación, porque, de no ser así, pronto va a ser imposible afrontar el coste de un carro de la compra, y resultarán perjudicados todos los sectores. También resulta que, dentro de esta situación disparatada, quien menos tiene la culpa son ganaderos, agricultores y pescadores, cuya situación está al límite, por lo que cuestan las materias primas (no olvidemos la electricidad, el gas y la gasolina), y las escuálidas ganancias resultantes. 

Y dentro de semejante laberinto, llega el despropósito: se compra menos de todo, salvo bebidas alcohólicas, cuyo consumo se dispara, solo en Cantabria, en un 78%. ¡Madre mía! Y aquí nadie se inmuta. No hay nada que decir al respecto. Ninguna explicación oficial sobre las causas. Tampoco se habla de los sectores de edad en los que más se aprecia este incremento en el consumo de alcohol. Evidente que pienso en los jóvenes, las circunstancias por las que ahora atraviesan, muy descolocados, y la poca atención que les estamos prestando, desde la aparición del Covid. Esta sociedad se da la espalda a sí misma. Aunque convendría que las Administraciones competentes, con el Gobierno de España a la cabeza, se pusieran a trabajar, para ver lo que está ocurriendo, y el porqué de datos tan alarmantes. Puede que tan solo sea fruto de la época vacaciones que es un verano. Mejor evadirse, que estar todo el día machacándose la cabeza con los problemas que se empeñan en presentarnos, y que no hemos provocado los que nos limitamos a estar a pie de calle, trabajando principalmente, quien puede hacerlo. Veremos cómo van tomando cuerpo los acontecimientos, y si el otoño y el invierno suponen un regreso a la dieta rica en pescado y verduras, con un consumo responsable del alcohol que, recordemos, se ha disparado en un 78%. Poco más se puede añadir, salvo llevarse las manos a la cabeza.   

«Esta sociedad se da la espalda a sí misma. Mejor evadirse, que estar machacándose la cabeza con los problemas que no hemos provocado”

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