Tan desagradecidos con cuidar nuestra vida y la de los demás

Entre vacunas y lentas vacunaciones, la tercera ola del Covid ya está aquí. Lamentablemente, cada vez está más claro que los ciudadanos no queremos responsabilizarnos, y evitar así más contagios y muertes. Tendrían que bastar los 80.000 fallecidos para cumplir escrupulosamente con las prevenciones y recomendaciones sanitarias. Sin esperar a una gran reacción colectiva, es necesario denunciar los malos y desagradecidos  comportamientos las veces que sea necesario.

Mentalmente, nos hemos establecido en que este año va a ser diferente, a mejor, respecto a todo lo ocurrido, malo, en el anterior, y que con la vacuna que se pongan los mayores y los de riesgo, ya todo va a ir miel sobre hojuelas. El argentino genial que fue Borges lo explicaba en el sentido de que no hay consuelo más hábil que el pensamiento de que hemos elegido nuestras desdichas.

Por eso el Covid está descontrolado.Porlo que llevábamos acumulado en negativo. Porque no sabemos ni queremos comportarnos en sociedad con la debida prevención. Y porque lo fácil es echarle la culpa a los Gobiernos y éstos a su vez a los ciudadanos. Es un círculo vicioso para que el coronavirus campe a sus anchas y se cebe poniendo en jaque a los sistemas sanitarios y a los hombres y mujeres que trabajan en los hospitales, cuya labor y recomendaciones hemos venido menospreciando, una vez tras otra. De nuestro irregular y desagradecido comportamiento (no solo el de los españoles frente a la pandemia, porque en los demás lugares del mundo pasa lo mismo), se deduce que no tenemos remedio, y que con respecto a la raza humana es verdad otra cosa que dijo Jorge Luis Borges acerca de que en la próxima vida intentaremos cometer más errores.

Haríamos bien en tomarnos mucho más en serio a este virus mortal, ahora con sus nuevas cepas, y las consecuencias que acarrea, porque el Covid es la antesala de un futuro que pinta incierto, y que ya poco o nada podemos asegurar a ciencia cierta sobre venideros años, o planes de desarrollo que tanto nos gustaba diseñar en el pasado. Nada nos será ya regalado, sino proviene de la verdadera intención de recuperar a pulso el bienestar perdido, para lo que de primeras hace falta una voluntad que ahora no existe. A esa voluntad hay que añadirle dejar de lado todas esas fiestas, comidas de multitud, botellones, quedadas, reuniones y encuentros sociales variados, tan insolidarios como innecesarios, que llevan a cabo los que no pueden ser tachados sino como descerebrados.  

“El Covid está descontrolado porque no queremos comportarnos, lo fácil es echarle la culpa a los Gobiernos y éstos a su vez a los ciudadanos”

Este artículo lleva por título cuidar de nuestra vida y la de los demás. Vemos lo ocurrido con nuestros mayores, los que pasaron una guerra civil, una  postguerra llena de hambre, pero estando todo en su contra levantaron el gran país que disfrutamos hoy. Solo ante el recuerdo de los miles de compatriotas que han perdido la vida, el resto deberíamos comprometernos de lleno con el respeto reverencial a las normas impuestas: mascarilla y distancia social. ¿Por qué tanto empeño en incumplirlas y hacerlo mal?, ¿se debe quizás a una falta de información?, ¿falla el mensaje oficial, las actuaciones de los Gobiernos y sus representantes?, ¿fallan por contra las familias y sus integrantes?, ¿quiénes son peores, los mayores o los jóvenes?

Seguro que habrá un poco de todo. Así, es entendible que se tomen medidas impopulares con base sanitaria. Demasiados sectores económicos están ya seriamente dañados por cierres, falta de público, ventas o toques de queda. De ahí que insista en que la sociedad en su conjunto debería ser más consciente de todo lo que nos jugamos, empezando por la vida. Lo veo todos los días con mis propios ojos. Falta concienciación. Los hay que pasan de la mascarilla o la llevan puesta en la barbilla. Lo del incumplimiento de la distancia social es alarmante. En Madrid nieva y el metro se abarrota. Depende del deporte que se trate, se permite público o no. Se hacen diferencias en todo y, claro, surge la discriminación, cuando el Covid requiere de una sola forma de actuar, y que todo el mundo cumpla con lo que se establece, para prevenir más brotes y contagios. No podemos quererlo todo, como las Navidades pasadas, y esperar que baje la incidencia del virus en la calle y en los hospitales.

Se han cometido muchos errores con esta pandemia, culpa de todos, pero ya es hora de poner coto a los despropósitos. Debe cundir el ejemplo, algo difícil con tantos millones de ciudadanos como somos, pero no queda otra. Ya no se puede hablar ni de culturas ni de sus costumbres, porque las medias tintas no han dado resultado en casi ninguna parte de mundo. En la medida en que bajan los contagios, nos vamos arriba, pensando que el coronavirus fue una pesadilla ya superada, cuando no es así en absoluto. Debemos dar tiempo a que las vacunaciones sean efectivas, y eso requiere  que todos velemos por todos. Para conseguir esa sociedad concienciada, hay que machacar con el mensaje. Aquí entran los medios de comunicación, con sus luces y sombras desde el mismo inicio de este gran drama colectivo. Tienen ahora, en este 2021, una nueva oportunidad para hacerlo mucho mejor a la hora de informar de los datos del Covid, pero, sobre todo, de cómo mentalizar hasta llegar a contar algún día, en prensa, radio, televisión e Internet, que hemos superado la primera gran pandemia del siglo XXI.

“Lo veo todos los días. Los hay que pasan de la mascarilla o la llevan en la barbilla. Lo del incumplimiento de la distancia social es alarmante”

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El asalto a la democracia instigado por Trump y lo que veremos

Golpe de estado, insurrección, terroristas domésticos… Son algunos de los duros calificativos dirigidos al asalto del Capitolio de Estados Unidos, instigado por el propio presidente Donald Trump. Empezó su mandato con el delirante proyecto de levantar un muro fronterizo con México, y lo termina creando la mayor crisis institucional y democrática que ha tenido Norteamérica en tiempos modernos. No apostaría a que la cuestión es asunto interno de la primera potencia mundial. Las consecuencias del asalto al Congreso de EE.UU. serán para todos, y réplicas del terremoto están aún por contar.

Me informo en este mismo periódico de que ya está a punto la quinta edición de “Diario de Opiniones”. Este libro recoge algunos de los artículos de opinión que una serie de columnistas escribimos al cabo del año, y que son publicados aquí. En cualquiera de los artículos que el equipo de periodistas de El Diario Cantabria haya elegido de entre los míos, es harto difícil que no aparezca el nombre de Donald Trump y a continuación la crítica correspondiente sobre su último disparate.

Se puede decir que desde el primer día se le vio venir. Autoritario, racista, xenófobo, sexista, fanático, mal educado, mentiroso y maquiavélico. Por si fuese poco, también un tuitero compulsivo y manipulador. Son considerados como algunos de los defectos que una persona puede tener, y durante los cuatro años de su mandato (¡menos mal!) el 45 presidente de los Estados Unidos fue beneficiario directo de todos estos calificativos, hasta llegar al asalto al Capitolio o cámara de representantes del pueblo norteamericano, que bien se puede considerar como un intento de golpe de estado, algo impensable para aquel país, pero que nos abre los ojos sobre cómo está realmente de mal el mundo y sus naciones, y lo que nos queda por ver

Los sucesos del día 6 de enero de 2021 en Washington abren una terrible  brecha en la democracia y sus principales instituciones. Es así porque cuando los instigadores de acabar con la libertad representan precisamente el poder emanado de una constitución y sus leyes, consiguen que el fantasma del totalitarismo  cobre forma real, impulsado por un gigantesco apoyo popular, como ocurre con la política de Trump en Estados Unidos (América para los americanos). Europa no es ajena al populismo, cada vez más creciente, aupado también por una apreciable división de los socios europeos que, pese a no reconocerse aún, ha empezado con el Brexit y la marcha de Reino Unido de la UE, a quien hace cortes de manga constantes, para así demostrar en cada paso que da el Gobierno de Boris Jhonson (las vacunas Covid) que se funciona mejor solos.

“Los sucesos del 6 de enero en Washington abren una  brecha en la democracia, y consiguen que el fantasma del totalitarismo cobre forma real”

Que Donal Trump pase a la historia, con la gigantesca fortuna que él y sus amigos magnates acumulan, está por ver. Cuenta con una plataforma de apoyo, que algunos definen como la América profunda, que no se va a diluir, y que tiene una forma violenta de plantear su ideología. No olvidemos la gran contradicción de definir a Estados Unidos como la primera democracia y potencia del mundo, al tiempo que las armas están legalizadas,lo que crea una violencia imposible de aplacar. El asalto al Capitolio y el tipo de armamento utilizado por los asaltantes,seguidores del todavía presidente norteamericano, evidenciaron lo de un pueblo mejor armado que su policía, lo que terminó en muertos por ambos lados. Demasiadas heridas y demasiado profundas, como para cerrarlas en el mandato de Joe Biden y sucesivas citas electorales, que ya no serán normales en Norteamérica.

El Capitolio es el edificio que alberga las dos cámaras del Congreso de los Estados Unidos, y se encuentra en el barrio Capital Hill en Washintoon D.C. De todas las imágenes que perdurarán el tiempo, para vergüenza de la democracia norteamericana, nos quedará en la retina a ese trumpista vestido con pieles y cuernos. La foto lo dice todo. Hollywood debe replantearse de forma radical la demencial manera tergiversada que tiene de presentar en sus películas a los países latinoamericanos, y también los mediterráneos, como es el caso de España. Bastante tienen ellos con lo que tienen. Pero su gran problema lo es también para los demás. A la situación actual, mala, del mundo, solo le faltaba la inestabilidad interior en que queda este país para el presente y el futuro. Sus próximas elecciones serán en el año 2024, y vaya usted a saber quién será el 47 presidente (Biden es el 46).

El hombre televisivo y de Twitter que ha sido y seguirá siendo Donald Trump requiere también de una reflexión sobre los personajes que en ocasiones encumbran los medios de comunicación, eso si no son dueños o accionistas de dichos medios. Hasta qué punto se ha llegado con el asalto al Capitolio, que Twitter, Facebook o Instagram han bloqueado sine die las cuentas a todo un presidente de los Estados Unidos, pero reaparece el viejo debate de los límites de las Redes, si su uso desestabiliza países, como le ocurrió también a España con Cataluña. Así empieza este nuevo año. ¡Y lo que veremos! No se trata de ser agorero, pero es evidente que la sociedad está cambiando, y que prueba de ello son los representantes estilo Trump que toman el control del poder. Echar un vistazo a nombres que hoy dirigen poderosos países produce un tembleque que da ganas de meterse en la cama y no volver a salir de ella. Desgraciadamente, la escuela de Trump no está muerta.

“Echar un vistazo a nombres que hoy dirigen poderosos países produce tembleque. Desgraciadamente, la escuela de Trump no está muerta”

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El derecho a la ilusión de regresar a una vida normal

Bien: ya estamos en otro año. Es lógico que nos ilusionemos con recuperar muchas de las costumbres, especialmente de alterne, ocio y  cultura, congeladas en el año 20 del coronavirus. Lo que cabe al empezar este nuevo periodo es hacerlo con esperanza. Pero no olvidemos que tendremos que trabajarlo duramente, hasta hacer posible que lleguemos a pensar y, sobre todo, sentir, que hemos recobrado la normalidad en nuestras vidas.

En tantos meses de Covid-19, que no persiste de contagiar y matar, muchos han sido los sectores sociales y productivos que se ven perjudicados, bien por el parón de su actividad, como los hosteleros, bien por los cambios en ocio y cultura, que van desde acudir a bares y restaurantes, viajar, ir al cine, teatro, o asistir a un concierto. El tiempo dirá cuándo y cómo reanudaremos con total confianza hacer aquellas cosas que más nos gustan, y que hoy por hoy las prevenciones sanitarias nos dicen, a casi todo, que no se puede. El calvario que nos ha caído a todos, aunque pienso en los más jóvenes y lo que aún tienen por disfrutar, terminará porque asimilemos que 2020 no existió, dado que estuvimos más encerrados que en libertad.

No queda otra pues que tirar para adelante, creernos lo de mundo unido, y ver cómo derivan las vacunas y su capacidad para ir inmunizándonos del maldito coronavirus. Nos quedan muchas cosas por acometer, empezando por recomponer todo este desastre, e introducir cambios de calado como rediseñar el cuidado de nuestros mayores y su mayor seguridad, dentro de un estado de bienestar que creíamos infalible para ellos, aunque no era así.

Ahora que tenemos una nueva e impopular Ley de Educación, no podemos dejar de darle vueltas a implicar a nuestros jóvenes en todo lo que hay a su alrededor, inculcándoles sobre todo que el planeta y sus habitantes es lo mayor a preservar, y que sentir los valores de convivencia debe impedir cometer más atrocidades como ha sido esta nueva del Covid, con casi 84 millones de contagiados en todo el mundo y 1,8 millones de muertos. No podemos albergar excesivas esperanzas de que los Gobiernos hayan tomado buena nota de lo sucedido, por lo que en adelante deberíamos ser los ciudadanos los queabandonemos el confort del sillónpara abanderar que se puede y se debe vivir sin exterminarnos. A lo que se ve, nadie lo va a hacer si la sociedad civil no reclama la verdad, hacer pagar el daño, y repararlo en todas aquellas personas y sectores que están sufriendo en mayor medida el drama.

“Hay que rediseñar el cuidado de nuestros mayores y su seguridad dentro de un estado de bienestar que creíamos infalible, aunque no era así”

Está muy claro que queremos regresar a lo que llamamos y añoramos como normalidad. Aún no distinguimos bien en qué momento de la pandemia estamos, porque muchos episodios de la misma han sido utilizados para  propósitos propagandísticos que a la postre se han convertido en nefastos (vacuna y nuevas cepas). No podemos negar nuestra culpabilidad como sociedad a la hora de hacer bien o mal las cosas en cuanto a prevenciones. Las Navidades lo han vuelto a poner de manifiesto. Mientras el tibio mensaje oficial nos decía que había que actuar de una manera (toque de queda y tope en el número de personas a reunirse en comidas y cenas), han sido muchos los grupos ciudadanos que han decidió festejar a su manera, tanto las fiestas en sí, como el final de tan trágico 2020.

La vuelta a la normalidad no caerá del cielo. Nos la tendremos que ganar, a pulso, nosotros mismos. Para no extendernos al detalle de todo lo que hacemos mal, respetar la distancia social sigue siendo el gran problema y, de cara a los mayores, mucho más. Entramos en 2021 con el coronavirus desbocado. Ni se puede ni hay que negarlo. La vacuna tardará en hacer su efecto, y ha surgido también el inconveniente de convencer a la población de la necesidad de vacunarse. En muchos países, y España está en la lista, no va a resultar fácil, ya que la población muestra desconfianza, ¿por qué será?

En el apestoso año dejado atrás no funcionó, pero solo una unidad verdadera y mundial puede sacarnos más tempranamente del embrollo en que nos hemos metido, desde que todo empezara en la zona cero que supuso Wuhan, en China. Todos podemos hacer mejor los deberes, los ciudadanos y aquellas instituciones creadas para darnos garantías, fallidas en muchos momentos por culpa del Covid-19. La lista está encabezada por la Organización Mundial de la Salud, acompañada en la crítica a Gobiernos, la ONU, el G-8 o la UE, entre otras muchas. 2020 ha sido una pesadilla real, de ahí que haya que pulir el futuro más inmediato, para no volver a cometer  errores demasiado palpables que se han producido (la desinformación y manipulación). El solo hecho de poder decir algún día que hemos recobrado la normalidad en nuestras vidas nos tiene que llevar a trabajar intensamente en el empeño. Solo así este 21 será el que deseamos.  

“La vuelta a la normalidad no caerá del cielo. Nos la tendremos que ganar. De lo que hacemos mal, la distancia social sigue siendo el gran problema”

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CUENTA ATRÁS PARA CAMBIOS VERDADEROS

Puede que el coronavirus haya alterado cosas, como la Semana Santa, el verano o las Navidades, pero, interiormente a nosotros, no mucho. Siempre que el mundo vive un gran drama, lo siguiente es prometer  cambios. Pronto volvemos a las maldades, que en este caso es el  Covid-19. Sin tantas falsas promesas, bastaría con actuar más a menudo con algo que se recuerda mucho en estos días, tanto por la catástrofe viral como por los malos comportamientos. Ese algo es recuperar la ética en todo lo que llevemos a cabo.    

Entramos en esa última semana del año en la que los medios de comunicación hacen balance de las principales noticias acontecidas. En el resumen de este 2020 los titulares tendrían que ser coincidentes en una decena de cuestiones, porque son las que desgraciadamente vivimos. Son: Covid-19, muertes, infectados, caos, desunión, sanitarios, vacuna, ERTE, crisis económica y ayudas europeas. Ya en los subtítulos se podrán abordar otros temas, no menos relevantes, sobre manipulación de datos y noticias, el papel tan chocante que han jugado en la pandemia periódicos, televisiones y radios, y la actitud de determinados líderes políticos mundiales, con un Donald Trump a la cabeza, apeado del sillón presidencial de los Estados Unidos por méritos propios, incluida su desastrosa gestión del coronavirus, salvo para ser tratado él y su familia con remedios experimentales a los que no pueden acceder ni por asomo el resto de los mortales.

Venga de quien venga el mensaje, congratula en este tramo final del año leer editoriales coincidentes que titulan con una sola palabra: ética. La ética nos dirige a hacer lo correcto y evitar lo dañino, actuar siempre en el terreno de lo moral, y no saltar al fango de la incongruencia, el totalitarismo, la corrupción, o la avaricia que perjudica a familias enteras, como por ejemplo son en ocasiones los desahucios.Trump merece un reproche más que espero la justicia repare en el tiempo. Antes de abandonar la Casa Blanca ha firmado una serie de indultos a familiares, amiguetes, corruptos y delincuentes. Es evidente que el magnate no fue educado en la ética y los valores democráticos, y solo espero que los ciudadanos, en los diferentes países donde se produzcan estas nefastas políticas, enseñen también el camino de salida a quienes no se comporten acorde a lo moralmente ético.

Hay unanimidad en torno a que 2020 ha sido un año mierdoso a dejar atrás. Pero esto es una cosa y olvidar otra muy distinta. Ha habido demasiadas negiglencias mundiales en el combate al virus, y ya no es excusa alguna repetir que nadie sabría cómo actuar adecuadamente para solucionar el problema que, pese a la vacuna, se agrava con la aparición de nuevas y desconocidas cepas. El coronavirus es una gigantesca atrocidad humana y como tal debería tener una respuesta que no se demore mucho más en el tiempo. Por una parte está el recuerdo a miles de personas muertas, la situación de sus desconsoladas familias, que van a querer respuestas a sus muchas dudas.  Por otra, la llegada de la vacuna en tiempo record espera de resultados positivos, pero también nos deja la pregunta de cómo es posible investigar tan rápido cuando interesa y tan lento cuando no (cáncer, enfermedades raras, discapacidades).

“Venga de quien venga el mensaje, congratula en este tramo final del año leer editoriales coincidentes que titulan con una sola palabra: ética”

Cuando un país lleno de problemas, que agrava el coronavirus, responde ante semejante envite, es porque, pese a todo, su sociedad tiene conciencia de salir adelante, colaborando más que criticando. En España hemos tenido a nuestros sanitarios, pero también a otros muchos profesionales, que estuvieron al servicio de los demás, desde la misma declaración de la pandemia. Somos un país solidario, eso es indiscutible, pero también olvidamos pronto, y no sabemos reconocer como es debido lo nuestro y a los nuestros.

En el post-coronavirus, cuando llegue, no me atrevo a vaticinar los cambios que sufriremos, pero los habrá y serán de calado respecto a cómo vivíamos con anterioridad a 2020. Deberíamos construir una sociedad más saludable. Para el periódico en papel hermano de Diario Cantabria, me refiero a Nuestro Cantábrico, en mi último artículo anual planteo que el Covid-19 ha venido a empeorarlo todo, aunque nosotros seguimos como si nada, sin estar dispuestos a ejecutar cambios urgentes que necesitamos. Nos hundimos en la palabrería, sin llegar a nada. Por eso seguimos sin querer frenar el cambio climático. Por eso no creemos sinceramente en el desarrollo sostenible del planeta. Por eso no debería haber unos países tan asquerosamente ricos mientras otros son rematadamente pobres. Y por eso jamás afianzamos la paz, y hacemos la guerra directa o indirecta con la economía, las invasiones militares, o en el siglo actual los virus de laboratorio que se cobran miles de vidas en todo el planeta, eligiendo sobre todo a los mayores, que esperaban vivir un poco más. El coronavirus es ya de lo peor que hemos creado y se suma a un museo de los horrores, que existe desde que habitamos y maltratamos la tierra. El bicho es un ataque frontal contra todo lo que creíamos asentado, como el bienestar, y ha sacado en muchos momentos lo peor, como la insolidaridad de no seguir las recomendaciones sanitarias que eviten contagios masivos. Pensar y actuar con ética, algo nada fácil por lo que se ve, evitaría la sinrazón en la que algunos han decidido meter al conjunto del mundo. Ojalá que la cuenta atrás en la que estamos, sea solo para entrar en un nuevo año que, de todo corazón, espero sea mejor al que dejamos atrás, con miles y miles de muertos que cabe homenajear aún mejor.

El coronavirus es ya de lo peor que hemos creado y se suma a un  museo de los horrores, que existe desde que habitamos y maltratamos la tierra”

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Triste llegada de nuevo año sin la necesaria lección aprendida

Estamos ya inmersos en una cascada incesante de noticias sobre las vacunas contra el Covid. Que el hecho sea de máxima actualidad no quiere decir que sepamos o estemos informados adecuadamente sobre la necesaria confianza en el antídoto. Durante las dos primeras olas del coronavirus, parecía imposible crearla a tiempo, y repentinamente sobran marcas que las fabrican en Estados Unidos, Alemania, Reino Unido, Rusia y China. Hasta aquí hemos llegado pues, y cada uno decide. En mi caso, quiero escudarme en eso que dijo Unamuno sobre la ciencia, en el sentido de que la verdadera enseña, sobre todo, a dudar y ser ignorante.

Es un miércoles de 9 de diciembre de 2020. Ángela Merkel, tan seria como es siempre ella, se dirige a los alemanes con un discurso con tintes dramáticos, en el que les llega a espetar que si estas terminan siendo las últimas Navidades con nuestros abuelos, habremos hecho algo mal. Diez días después, en un viernes frio de 19 de diciembre, el rey de Suecia, Carlos Gustavo, habla abiertamente de fracaso ante la pandemia, y de que su país ha fallado frente a un gran número de suecos que han muerto por el virus.

En la gestión del Covid, y a nivel mundial, los silencios han sustituido a los hechos, la falsedad o maquillaje de las noticias a lo realmente sucedido, y las aproximaciones o directamente la presunta ocultación de cifras a los números reales de muertos, contagiados y curados.

La primera, segunda y tercera ola de Covid, así lo llaman oficial y sanitariamente, se mezcla ahora con la presentación de la vacuna, que resuelva uno de los mayores entuertos en la historia de la humanidad, porque esta vez nos hemos arriesgado hasta el extremo de la autodestrucción, jugando como hacen las grandes potencias a los experimentos bacteriológicos que, tarde o temprano, iban a provocar un caos como el que vivimos. Nosotros y solo nosotros somos la auténtica amenaza para nuestra existencia. Unos por hacer, otros por dejar y los terceros, la ciudadanía, por callar. Volviendo a las vacunas, la hay americana y alemana, inglesa, china y rusa. De estas dos últimas poco o nada se sabe. Hay un mutismo total, parecido al que se pretende con el origen del Covid, su propagación por parte de un laboratorio chino, y el por qué real de lo ocurrido, más las auténticas pretensiones de cometer semejante aberración.

“En la gestión del Covid, silencios han sustituido a hechos, maquillaje de  noticias a lo sucedido, y ocultación a números reales de muertos y contagiados”

 Si los ciudadanos no hemos sido nada reivindicativos frente a la información y soluciones para atajar el Covid-19, ahora con la vacuna ocurre que la desconfianza está demasiado extendida. No es un caso solo español, donde la mitad de la población contesta con un no rotundo a las encuestas que se llevan a cabo para conocer si se la pondrían. La negativa o directamente el rechazo más frontal crece también por el resto del mundo. En Brasil es el propio Gobierno el que hace campaña en contra, lo que ha provocado el pronunciamiento del más alto tribunal del país sudamericano. Pero es que los argentinos asisten estupefactos a la intención de su presidente para que se pongan la vacuna rusa, que aún no ha llegado, pero de la que no saben absolutamente nada, porque el país que la produce no quiere dar ningún tipo de explicación sobre lo que hace o provoca el llamado antídoto Sputnik V. Diré a los más jóvenes lectores que el nombre recuerda al primer satélite artificial que la extinta Unión Soviética lanzó al espacio en el año 1957. Yo aún no había nacido.

Pero los entresijos de las vacunas son el secreto mejor guardado. Al parecer, no se trata solo de que un país decida comprarlas a una de las grandes farmaceúticas que las ha creado y fabrica. En el caso de Argentina, hay una ruptura de acuerdo entre su Gobierno y Pfizer, porque la segunda exige cuestiones que van más allá de adquirir un producto y pagarlo. Se ha sabido que pretenden que el gobierno argentino apruebe una ley de inmunidad jurídica ante denuncias y litigios que puedan venir, algo que a todas luces sobrepasa lo que debe ser la labor de una industria o multinacional de medicamentos. Total, que te vacunas y, si algo sale mal, ¡a reclamar al maestro armero!

Sabido lo de Argentina, me gustaría conocer la letra pequeña de lo que han firmado otros para tener la vacuna, caso de España que, como otros países europeos, va a tener la de Pfizer. Luego nos saldrán con la confidencialidad, con la protección de datos, y con las cláusulas de los contratos internacionales, que exigen ley de silencio por ambas partes. Como consecuencia, desconfianza y más desconfianza. No tenía por qué haber ocurrido, pero esta pandemia está desgastando gigantescamente la poca transparencia que habían ganado los países democráticos en la gestión abierta de sus políticas. Si bien es cierto que con el tiempo se termina sabiendo todo (que no lo olviden, porque para eso está el debilitado periodismo actual, que revivirá), la tragedia de semejantes magnitudes que atraviesa el mundo y sus naciones debería de haber contado desde el primer momento con claridad, concisión y determinaciones conjuntas, en vez de darse la cantidad de palos de ciego que ha habido. Tristemente, no hemos aprendido nada del coronavirus, pero es que tampoco se ha permitido este aprendizaje, que debe ser individual, de cada uno, como cuidarse ante el virus con la mascarilla, el gel y la distancia. Cambiar no será en mucho tiempo elección y sí obligación, si queremos eludir una nueva desolación en el mundo.  

“Esta pandemia está desgastando la poca transparencia que habían ganado los países democráticos en la gestión abierta de sus políticas”

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