EN FAVOR DE LOS JÓVENES Y PUEDAN TENER SU CASA

Aunque se ayude a los jóvenes con el alquiler de una vivienda, lo que quieren es comprar, y tienen además todo el derecho a llevar a cabo sus sueños, como antes lo hicieron sus padres. Ahora que se habla tanto de fondos europeos, y de la consiguiente lluvia de millones, los Gobiernos deberían atender más y mejor este problema en el que se ve inmersa la juventud. Si antes les propiciamos trabajos seguros y bien pagados, que no les ofrece una caduca reforma laboral, habremos allanado mucho mejor el camino para que logren, no muy tarde, casa en propiedad.

No acepto en absoluto que los mayores, sin más, asumamos que la juventud actual, con lo poco que gana en sus trabajos, jamás pueda acceder a una vivienda, y también metemos en el mismo saco sus pensiones, cuando les toque el momento. Tampoco acepto que no se haga nada, mayormente desde las instancias públicas que suponen los Gobiernos, el nacional y los autonómicos, que no promueven las suficientes políticas para que los jóvenes lleguen a tener algún día su piso, como antes lo lograron sus padres y abuelos.

Desde este 2021 contamos en España con el estudio Los jóvenes y el mercado de la vivienda, trabajo elaborado por Fotocasa Reserch. Arroja datos que llevan a la reflexión sobre el muro infranqueable con el que se topan los jóvenes en su pretensión de comprar una vivienda, paso para ellos tan difícil como que te toque una Primitiva. Veamos cuáles son los hechos. El principal es que el 62% de los menores de 35 años no consiguen emanciparse de sus padres por una cuestión esencial: falta de dinero que ni ganan, ni mucho menos pueden ahorrar, para embarcarse en otras empresas que no sea la fundamental de alcanzarles su sueldo para comer.

Si por un lado, el descenso de jóvenes propietarios cae en picado, por otro, el 59% de juventud que hoy vive de alquiler, sigue mostrando en un 70 % su preferencia por tener casa propia, de aquí a cinco años, aunque no saben si llegarán algún día a hacer realidad su proyecto de vida. Al igual que les pasó a sus padres cuando empezaron a trabajar, tienen las ideas muy claras sobre lo que supone obtener un inmueble. En los casos analizados de jóvenes compradores, un 48 % lo hace porque lo ven como una buena inversión a largo plazo, el 40% porque es un seguro para el futuro, y el 37 porque considera el alquiler una forma de tirar el dinero. ¿En qué han cambiado pues nuestros jóvenes con respecto a generaciones anteriores? Será en lo del uso del móvil para todo y meterse en redes sociales como preferencia para contar sus cosas, porque en lo que se refiere a tener su propio piso son iguales a quienes les han criado y educado.

“¿En qué han cambiado nuestros jóvenes respecto a generaciones anteriores? En tener su propio piso son iguales a quienes les han criado”

A diferencia de otras épocas, los grandes enemigos que tiene ahora la juventud para ver cumplidos sus sueños son un mayor paro, la reforma laboral, el altísimo precio de las casas, la falta de ayudas oficiales o las duras condiciones de los bancos a la hora de ofrecer alguna de sus hipotecas, cuando el cliente no tiene garantías suficientes. Como cuando un joven se presenta a un trabajo, y le piden dos años de experiencia, algo que es ridículo, lo mismo sucede con la banca a la hora de exigir unas garantías que, con 28 años de edad, no se pueden tener, a no ser que sean padres u otros familiares quienes avalen la operación.

Sin embargo, el principal problema, y es lo que manifiestan los jóvenes al respecto, la confianza en ellos es muy pobre. También lo creo. Se les exige más de lo que se les ofrece, y ya está bien de esa vieja cantinela de que cuando acudan a una entrevista de trabajo no se les ocurra preguntar por el horario y cuanto van a cobrar. La caduca reforma laboral que sigue teniendo España ya les ha situado en un mercado que a veces se comporta como abusivo, y que además ofrece una temporalidad laboral, que no les asegura fijeza y de ahí es imposible meterte en pisos, coches, ahorros, emprendimientos, viajes o lo que sea.

El Gobierno y la patronal de la construcción han de colaborar más para invertir esta situación. Por ejemplo, no es mala idea la propuesta por la Confederación Nacional de la Construcción. Pide que los fondos europeos para paliar el Covid sirvan también para facilitar a los jóvenes la compra de su primera vivienda, mediante la emisión de avales que cubran el 20 % del valor de la casa. Otra posibilidad: ofrecer garantías estatales para ayudar a los jóvenes a acceder a una hipoteca, adoptando figuras ya existentes en nuestro entorno europeo como la colaboración con bancos para la concesión de préstamos a interés 0(Francia);o el programa Help to Buy (Reino Unido). ¿No son también europeos los jóvenes españoles? Tan urgente como alcanzar metas personales, es cambiar las viejas situaciones que aún perviven como los pelotazos urbanísticos, el papel que juegan los ayuntamientos dentro de la construcción de viviendas, el abuso de precios, y la escasez de suelo en el que emprender de verdad proyectos de viviendas con un claro carácter social. Si se quiere, se puede, pero claro, hablamos de pisos, y los muchos intereses que hay ya asentados en todas las partes involucradas en los proyectos. Hagamos posible cambiar este panorama desolador y abuso.

“Un joven se presenta a un trabajo, y le piden años de experiencia, ridículo. Lo mismo con la banca a la hora de exigir garantías con 28 años de edad”

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LO DE VOLVER A VIAJAR SI QUE ES VIVIR CON NORMALIDAD

14 de octubre de 2021. El Boletín Oficial del Estado publica la decisión del Gobierno de España de autorizar la supresión de los límites en el acceso a los aeropuertos, lo que ya permite que los viajeros acudan a estas instalaciones acompañados de familiares y amigos. Además de la salud y no perder el trabajo, lo más anhelado que deja el maldito Covid es viajar. Lo hemos rumiado tanto durante cuarentenas, desescaladas y semáforos, que solo queda hacer realidad los deseos. Entonces, y solo entonces, la normalidad se convertirá en real.

Abandonar el dique seco que era no poder salir de tu pueblo, de tu ciudad, de tu territorio, para disfrutar de un corto o largo viaje, eso sí que es respirar una nueva normalidad que, no siéndola del todo, se acerca. La libre movilidad es el auténtico motor que mueve al mundo. Porque impulsa a su economía, a su cultura, pasando por la educación, cuando por ejemplo alguien tiene el sueño de llegar a otro país para conocer su lengua y costumbres, quedarse allí, o para que eso le ayude en un trabajo futuro en el que las relaciones comerciales exigen hablar idiomas en plan trotamundos, como ese nombre que lleva una conocida guía de viajes.

El Covid se ha sumado a la emigración para cerrar un poco más los países. Se equivocan en eso de inventarse muros y nuevas fronteras, en vez de trabajar en común en asuntos tan vitales como el desarrollo, la educación y no digamos, en los tiempos actuales, la sanidad. Es una cerrazón que existe desde tiempos inmemoriales, y cada cierto tiempo hay un Donald Trump que se sienta en una  poderosa presidencia para recordarlo. Mejor conquistar que convivir en paz; crear bloques y remarcar así las diferencias religiosas, ideológicas y culturales. Y, por supuesto, estar primero en top de países más ricos, gracias en parte a que fabrican y venden los productos de primera necesidad a todos los demás, incluyendo el chantaje de las tecnologías. La pregunta de dónde hemos llegado con todo esto tiene fácil respuesta, según pinta: a ninguna parte. De ahí que viajar siga siendo el mejor regalo que nos podemos dar a la hora de conocer otros lugares, y entender muchas de las cosas hacia las que mostramos una inquietud curiosa y también intolerancia, sin tener datos de primera mano.

Así que la era post Coronavirus se presenta como viajera. En la cuarentena trasladamos la mente a tantos cascos viejos de señoriales ciudades, a tantas playas y parajes naturales, que tocaría hacer realidad los sueños que planeamos encerrados en casa sin poder abandonarla. Mucho se ha escrito, yo mismo lo he hecho, sobre esta pandemia. Seguro que en adelante lo volveré a hacer si se hacen mal las cosas como en tantos momentos de esta crisis sanitaria.  Pero entiendo perfectamente a quienes piden pasar página, a empezar a hablar más de otras cosas, que de las penurias pasadas. A fin de cuentas, somos una civilización apegada a la vida, lo que conlleva que no se altere sustancialmente la forma de llevarla a cabo, a nuestros gustos y costumbres me refiero, como ha ocurrido en este periodo de 2020 a 2021.

“Mucho se ha escrito sobre esta pandemia. Entiendo perfectamente a quienes piden pasar página, a hablar más de otras cosas que de penurias”

Deberíamos llevar a cabo todo aquello que pensamos durante la obligada inmovilización social para esquivar al virus. Por lo que veo a diario, me da la sensación de que, como ocurre con los deseos para el nuevo Año, las ilusiones de hacer cosas distintas se van evaporando. Tampoco hay que buscar originalidades imposibles. Bastaría con llevar a cabo más actividades culturales, que es también una forma de conocer mundo. Está el cine, el teatro, las exposiciones, los libros, la música, las charlas de café, y también las guías de viajes, que primero ojeas, y después haces planes hasta ver cumplido un día tu sueño de aterrizar en una ciudad distinta a la tuya.

Creo que llegaremos a olvidar tan malos años, porque no ha habido siglo sin tristezas que dejar atrás. Lo realmente bueno sería no insistir en la imbecilidad humana de la confrontación, sea mediante conflictos bélicos, injusticias, abandonos, desprecios, olvidos y malas intenciones como este SARS-CoV-2. Desplazarse, conocer las bellezas del universo, requiere el imprescindible compromiso de su conservación, algo en lo que tenemos la nota de muy deficiente. Jamás desistiré de reclamar en voz alta un mejor cuidado de nuestro entorno, tan necios como somos en destruirlo todo, en pro de un desarrollo super agresivo, que lo mismo destroza costas que montañas que verdes praderas. Las tentaciones en este sentido de cambiar las reglas del juego para seguir aniquilando Amazonas son muy grandes, por los que hay que estar atentos a los repentinos cambios de legislaciones urbanísticas.  

Como viajar engendra sabiduría, a lo largo de la historia nos lo han aconsejado quienes más lo hicieron. “Una vez al año viaja a un lugar en el que nunca hayas estado antes” (Dalai Lama); “El fascismo se cura leyendo, el racismo viajando” (Unamuno); “Viajar es descubrir que todos están equivocados acerca de otros países” (Aldous Huxley); “Si crees que la aventura es peligrosa, prueba la rutina, es mortal” (Paulo Coelho); “Viajar tiene consecuencias fatales para los prejuicios, la intolerancia y la estrechez de mente” (Mark Twain); “No hay nada como volver a un lugar que no ha cambiado, para darte cuanta de cuánto has cambiado tú” (Nelson Mandela). Siendo todas buenas recomendaciones, acabo destacando la importancia y trascendencia de esta última, la del ser.

“Viajar tiene consecuencias fatales para los prejuicios, la intolerancia y la estrechez de mente” (Mark Twain)”

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QUE EL TEMOR AL COVID NO ENCIERRE A NADIE EN CASA

¿Cuántos españoles siguen en casa, sin salir, por motivos del Covid? Buena pregunta de difícil respuesta, aunque, quien más quien menos, conoce de casos que se dan en su ciudad, pueblo o barrio. Solo tienen que preguntar por quien hace tiempo no ven, para ser informado que, por miedo, no sale de casa. Y eso que los mensajes oficiales destacan la confianza, cosa loable, aunque apena saber que hay personas en las que prevalece el temor sobre todo intento de recuperación de la vida que llevábamos antes de aparecer la pandemia.

Llevaba razón, y más en tiempos de Covid, aquel pensamiento poético de   Mario Benedetti, sobre que la vivienda no es solo un bien inmobiliario, ya que va más allá, al ser también una forma de consolidación espiritual. Sin duda, dentro del hogar es donde más pensamos, más nos preocupamos y, también, más nos acongojamos ante la eventualidad, como ahora, de lo mal que va el mundo, sin saber el futuro que viene, y sin que nadie con altas responsabilidades nos lo sepa explicar bien.

Por eso muchos españoles vienen prolongando aquello de la cuarentena, el “Quédate en casa”, al no salir de ella, atemorizados por numerosas dudas  que se plantean, y que muy bien se pueden resumir en una sola: miedo a contagiarse y morir por el Coronavirus.

La post pandemia contempla muchas falsedades si lo que dejamos atrás, con muy escaso interés hacia ello, supone olvidarse de la gente y sus preocupaciones. Dicho de otra manera: necesitamos datos reales sobre todos aquellos que han decidido encerrarse en sus casas, por qué, cómo se les puede ayudar, qué mensaje hay que acercarles, y que, ¡por favor!, sientan que existen para el resto de la sociedad. No crean que al hablar así me dirijo especialmente a un sector determinado, como puedan ser los mayores. El miedo es libre y no tiene edades. Y el Covid nos ha venido a demostrar muchas cosas, pero la principal es que somos muy vulnerables, unos auténticos soberbios, para nada indestructibles y todas esas tonterías que se dicen para darle énfasis a nuestra civilización y lo relevante que es. ¿Cómo se puede ser importante con el afán constante de hacer daño que tenemos los humanos?

“El miedo no tiene edades. El Covid ha venido a demostrar que somos muy vulnerables, unos auténticos soberbios, para nada indestructibles”

Con la declaración oficial de la pandemia, costó meter a los españoles en casa, sin salir, y ahora resulta que hay una importantísima cantidad de ciudadanos que siguen tranquilamente dentro de la seguridad que les ofrece las cuatro paredes en las que habitan. Además de ser una opción, un derecho, una libertad de actuar, semejante decisión de enclaustrarse pone también de manifiesto lo deficiente que ha sido en todo momento la información sobre el Covid-19, la vacuna y la inmunidad de grupo. Nadie puede lograr que todo el mundo crea por igual en lo que se asegura desde las instancias gubernamentales. La prueba del siete es este no salir para nada, a pesar de haber atravesado año y medio de crisis sanitaria.

Desde luego, el verano, caso de Cantabria, no ha contribuido en absoluto a disipar dudas sobre el virus. Ha sido un periodo en el que la pandemia ha estado desbocada, una quinta ola la denominan, y hay voces autorizadas que anuncian que está próxima una nueva ola de propagación, eso sin entrar en las demandas para inyectar una vacuna más a nuestros mayores, una vez que los brotes se están reproduciendo en las residencias para la tercera edad. “Sabiduría y desengaños, aumenta con los años”, dice el refrán. Pero también es lo que hay con los tiempos inestables que vivimos, y la falta de explicaciones y conductas convincentes, que sirvan de ejemplo creíble para la ciudadanía. Como mantengo aquí, creo que hay que mostrar mucha más atención a cómo es la vida hoy, ahora, de muchos españoles, que por diferentes motivos habría que escuchar de su propia boca, en el sentido de la causa por la que han decidido no salir ya de casa hasta que, algún día, la pandemia se controle del todo. Esto último será difícil de alcanzar a nivel mundial, debido a que el desarrollo de los países, y también de su sanidad, son muy diferentes en razón de la riqueza o la pobreza.

Por si fuera poco, en el momento actual, la ciudadanía tiene cada vez más percepción de que las sanidades públicas están muy deterioradas, lo que se pone de manifiesto cuando acudes o llamas a los ambulatorios en busca de curaciones. Ciertamente, esto no propicia la vuelta total a la seguridad, de bajar de casa a la calle, y regresar al paseo que antes dabas de habitual, y lo mismo cabe decir a la hora de acudir a restaurantes, bares, o a comprar en los comercios tradicionales que frecuentabas, señales inequívocas de crisis económica. Cuando me entero de un nuevo caso que ha decidido dar el paso de regresar a sus costumbres de siempre, lo celebro como si de un conocido cercano se tratase. Es una demostración real de que la confianza se reactiva. Y es que la confianza es la esperanza firme que toda persona tiene en que algo suceda, sea o funcione de una forma determinada. Casi nada decirlo en este 2022, viniendo del tan desastroso 2021.

“Sabiduría y desengaños, aumentan con los años”. Es lo que hay con los tiempos inestables que vivimos, y la falta de explicaciones convincentes”

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LA PANDEMÍA DEL REENCUENTRO CON LOS MAYORES

La larguísima lista de fallecidos en España por Covid, que va en aumento, está integrada sobre todo por personas mayores. Muchas de ellas vivían en residencias, y sigue abierto el debate social de lo mucho que hay que cambiar en su gestión diaria. El Gobierno y las comunidades autónomas lo están hablando, pero hay que decidir, y pronto. Entre los cambios que se pretenden destaco una mayor inspección, que los resultados sean públicos, y que los centros empiecen a abandonar el aspecto de hospital para parecerse a hogares. La música suene bien, pero hay que llevarlo a cabo de verdad.

Las residencias de ancianos fueron tristemente protagonistas al inicio de la pandemia, y año y medio después, bien avanzada la vacunación, regresan a la actualidad, para volver a recordarnos que el peligro no ha pasado, y que el bicho acecha e insiste en propagarse y matar. Según datos del IMSERSO, estamos hablando de 30.250 defunciones de mayores, 129 en la última semana de agosto de este 2021.

En este país, desde que se anuncia y promete un plan, en este caso dirigido a la mejor atención a nuestros mayores, hasta que se acomete, pueden pasar lustros o, directamente, no se ejecutan. Siempre me ha llamado la atención que se presente algo en rueda de prensa, pasa el tiempo, no se ha hecho nada, pero los medios de comunicación no preguntan, tampoco los ciudadanos, a la hora de recordar y denunciar a la persona o institución que planteó el proyecto tal o cual, que no ha cumplido. Esto es lo que hace a un país más serio, menos serio o nada serio. Elijan ustedes mismos donde estamos situados nosotros.

Pero, en fin, no se puede negar que ahora, repito, metidos de lleno aún en la pandemia de Coronavirus, hay un documento de trabajo del Gobierno y las comunidades autónomas, de cara a crear un nuevo modelo de residencias de mayores, y también recientemente la Asociación de Directoras y Gerentes de Servicios Sociales han presentado un estudio que recoge cómo deberían ser estos centros en adelante (“Un nuevo modelo residencial para personas en situación de dependencia: residencia su casa”). Para el acuerdo final en una misma dirección del Ministerio de Derechos Sociales y los Gobiernos autónomos, se ha marcado la fecha de diciembre de este año. Veremos. Pero no cabe duda de que hay pretensiones que son muy loables, como la primera y más interesante de poner encima de la mesa el reto de que las administraciones se comprometan a evaluar permanentemente la calidad de vida de nuestros mayores en sus residencias, que los resultados sean públicos, y que los centros dejen de tener un aspecto de hospitales y se parezcan más a un entorno familiar-hogareño, como en el que vivían anteriormente los mayores, ahora dependientes.

“Hay un documento de trabajo del Gobierno de cara a crear un nuevo modelo de residencias, se ha marcado la fecha de diciembre. Veremos”

Que los centros públicos cambien el chip llevará aparejado que también lo hagan las empresas privadas que en los últimos veinte años han abierto en España no pocos geriátricos. Muchos de ellos, tan solo por su construcción, parecen macro hospitales o edificios cuyo aspecto da una sensación gélida de impenetrables e inaccesibles al trabajo que se desarrolla dentro. Quedan muchas denuncias de familiares sin resolver de lo que sucedió en la primera parte de la pandemia, y del trato y la desinformación que se llevó a cabo en  muchas de las defunciones que se produjeron.

Lo anterior genera otro debate, que también se quiere acometer ahora: la transparencia. En un país más dado a reconocer las equivocaciones ajenas antes que las propias, pienso que no tiene mayor justificación que la información, es decir, la transparencia, resultó absolutamente deficiente durante el año pasado, primero de la gran pandemia.  Lo sucedido en muchas residencias por el Covid-19 puso de manifestó otra gran conclusión: la falta de inspecciones de carácter oficial y administrativo, algo que con una nueva ley debería cambiar. Desde el Gobierno de España se denomina como una cultura de rendición de cuentas y de transparencia, y de esta forma los usuarios puedan comparar servicios, como ocurre en Alemania, pero no aquí.

El documento en el que trabajan todas las administraciones competentes en servicios sociales (demasiadas y con diferentes formas de actuar), utiliza demoledoras afirmaciones que resultan clarificadoras de cómo son muchas de nuestras residencias. He aquí un ejemplo: “Los centros gueto ya no resultan admisibles”. En la cara opuesta a esto se pretende que los usuarios estén motivados a participar y tomar decisiones en su día a día. De ahí que se  plantean también órganos de participación donde haya usuarios, familiares, trabajadores, dirección del centro y agentes locales, todo bajo la premisa de que las familias son claves para garantizar los buenos apoyos.

Está claro que el Covid va a conllevar muchos cambios que se irán viendo en un tiempo corto. Un nuevo contexto y gestión de las residencias de ancianos, dado todo lo malo sucedido, resulta clave y además es una demanda social creciente. Nada referido al Coronavirus es bueno, pero esta lacra del siglo XXI nos acerca más a nuestros mayores, reencontrándonos con la realidad de cómo viven y sus necesidades en esta etapa de su vida.

“El documento en el que trabajan servicios sociales, utiliza demoledoras afirmaciones clarificadoras: Los centros gueto ya no resultan admisibles”.

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Llamar ciudades saludables a ir en bici, andar, y fuera coches

Para no venir a aportar demasiado al problemón que es el Cambio Climático, las ciudades se quieren llamar ahora saludables, y con caminar o desplazarse en bici, ya está todo hecho. Pues no. Nos jugamos el planeta entero, y no solo el aspecto que adquieran las grandes capitales, ante todo sin coches que no dejan de venderse por millones. Lo que de verdad debemos empezar con urgencia a decidir es a todo lo que estamos dispuestos a renunciar de nuestro confort, para seguir viviendo en la tierra, con garantías de futuro.

La Organización Mundial de la Salud, la OMS, que tantos negativos tiene en la gestión de la pandemia, y en la que llevamos camino de dos años, divulgaba recientemente un Manifiesto a favor de una recuperación saludable de la Covid-19. Cuenta con seis apartados, pero me llamó poderosamente la atención el punto 5, que titula “Construir ciudades sanas y saludables”.

No es que esperase mucho de la OMS dada su mala gestión, pero me sorprende que la consiguiente explicación se conforme con decir que más de la mitad de la población mundial vive en ciudades, las cuales concentran más del 60% de la actividad económica y, por supuesto, las mayores emisiones de gases de efecto invernadero. Como medida a aplicar, de ahí que nos planteemos este artículo sobre las urbes que vienen, la OMS propone realizar los desplazamientos en transporte público, a pie o en bicicleta. De esta manera, se beneficiaría directamente la salud y, de paso, se hace frente a la mortalidad debida a la falta de actividad física, que según este manifiesto alcanza los tres millones de muertos anuales. Del Cambio Climático, y la posibilidad de que nos lleve por delante a todos, nada se deduce.

Lo que voy a decir ahora no es aún posicionamiento alguno. No deja de ser tremendamente chocante que, a gasolina o eléctrico, la compra de coches sea el patrón que marca el crecimiento de un país y buena salud económica de su sociedad, y se nos está diciendo que adquiramos automóviles, paguemos los suculentos impuestos, y seguidamente nos metamos el vehículo por donde nos quepa, porque las ciudades ya no los quieren. ¿Necesita el mundo este cambio? Sin duda. ¿Estamos preparados para llevarlo a cabo? Para nada. Al final, Gobiernos, y multinacionales energéticas y de automoción nos marcarán el paso según las conveniencias del momento, y no de la subida de temperaturas. 

“La compra de coches sigue siendo crecimiento, y se nos está diciendo que adquiramos, y nos metamos el vehículo por donde nos quepa”

En realidad, el Covid no viene a marcar futuro urbanístico alguno para nuestras ciudades, al estar inmersas desde hace tiempo en los carriles-bici, amplias aceras, estrechas carreteras, la peatonalización, sin aparcamientos, y también, porque todo hay que decirlo, la agonía o desaparición de los negocios tradicionales. La imagen de miles de locales vacíos, que antes tenían mucha actividad y público, demuestra la gran mutación que estamos viviendo, donde, claro está, no todo es bueno ni de color de rosas.

El que sí es muy colorido es el lenguaje peliculero que se utiliza para ver algún día estas nuevas ciudades que se preconizan, donde además todo o casi todo sea teletrabajo, y te muevas de casa lo imprescindible, porque para hacer tus cosas ya tienes el móvil y el ordenador. Por ser malo, lo es hasta el comercio electrónico, ya que los envíos de todo lo que pedimos por las plataformas digitales hay que mandarlo en furgoneta, y eso contamina. Hablaba del lenguaje cursi, como ciudades para las personas, inteligentes, sostenibles, habitables, equitativas, basadas en la naturaleza y que tengan una economía circular, que no sé lo que es, aunque así, con todo esto, se favorece la movilidad física y los espacios verdes. Pero hay algo muy gordo que no cuadra: ¿de qué vamos a vivir, si las ciudades no proporcionan trabajo? Como suele ocurrir en este loco mundo, mucho de lo que se acomete empieza por el tejado, en vez de por los cimientos de la casa a construir. El fondo de todo esto está realmente bien, pero falta tomar drásticas decisiones, de manera consensuada, por parte de todos los países, y no por libre como se actúa en los casos de ciudades que acometen proyectos que dejan una increíble estela de paro y desolación de trabajadores autónomos.

Realmente, de lo que deberíamos hablar sin cortinas de humo es de lo que pasa con el Cambio Climático o calentamiento global o gases de efecto invernadero. Absolutamente todo, gira en torno a esto. Y lo que hay que tomar son medidas de verdadero calado, bajo la siguiente premisa: ¿A qué estamos dispuestos a renunciar de nuestro confort, por el bien del planeta? ¿A los coches?, ¿a los camiones?, ¿a la calefacción?, ¿a dejar de fabricar todos aquellos productos contaminantes?, ¿sin plásticos?, ¿fuera envases?, ¿se acabaron las pinturas industriales? Pero hay mucho más. ¿Nos vamos a responsabilizar algún día de generar unos determinados residuos al día, a la semana, al mes, y por ley? Porque con hacer los recados andando por las calles de las ciudades o montar en bicicleta, no creo yo que se arregle mucho del gravísimo problema, mientras los aviones que nos transportan sigan dejando gigantescas estelas de contaminación, o los barcos mercantes contribuyan a generar auténticos océanos estercoleros, que algún día serán imposibles de recuperar, al igual que sus especies marinas. Y al hablar de los mares, ¿qué pasa con las ballenas?, y qué ocurre con todos esos países cuya alimentación y cultura se basa en las aletas de tiburones, o los cuernos de rinoceronte y elefante. Sería interminable detallar todo lo que aniquilamos a la hora, y lo venimos haciendo así desde siempre, porque somos una civilización destructora,que al final se conforma con crear subterfugios como el de las ciudades inteligentes y saludables, sin mayor contenido. Pensemos pues en si queremos cambiar verdaderamente,dejemos de lado los paños calientes, y afrontemos con cabeza lo mucho por hacer en una nueva era que empieza, sí, esta, que muy bien podemos denominar era post-Covid, renaciendo de nuestros ancestrales errores.  

“El Covid no viene a marcar futuro alguno para nuestras ciudades, inmersas en carriles-bici, peatonalización, y también agonía de negocios”

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