A superar la pandemia, como Israel, con igual perseverancia

Causa pesadumbre tener que citar países que lo han hecho bien con el Covid, caso de Israel, mientras el panorama es bien distinto, malo, en España, Francia o Alemania. Fundamentalmente, las causas hay que buscarlas en el desacuerdo inicial y consiguiente improvisación. Aunque estamos a tiempo de cambios necesarios. Otro ejemplo lo encontramos en Estados Unidos. Allí se ha dado paso a las grandes decisiones (Biden) y dejado atrás las estériles broncas políticas (Trump).

Estamos en punto muerto respecto a doblegar los malos resultados de la pandemia por Covid-19. Quiero recordar que los datos, a día de hoy, en todo el mundo, son 3 millones de muertos y 140 millones de contagiados (lo olvidamos con facilidad). Entre los 194 países que componen el mapa mundi, España ocupa el noveno lugar de los peor parados. Consiguientemente,la situación se puede calificar de muy delicada. Hay otro asunto que no se aborda bien. Ya me gustaría decir que, cumplido un año, hemos aprendido lecciones, superados entuertos y acordado trabajar todos juntos en favor de una misma solución sanitaria satisfactoria, pero va a ser que no. A consecuencia de todo ello, el coronavirus se ha hecho extremadamente  fuerte

En los dos escenarios del actuar frente al problema, uno es el avance que quiere ser la aparición de vacunas y su aplicación inmediata a la población, y otro el espectáculo interior que se vive en muchos países, caso de España, al encontrarse con una variada descoordinación y fallos generalizados, por  ausencia de un continuado trabajo en común, algo que ha sido tónica general desde el principio de esta crisis. No se salva nadie de ser señalado con el dedo, pero quienes menos tienen la culpa son los ciudadanos, deseosos de recuperar sus vidas y, ante todo, no perder los trabajos que ahora penden de un hilo.

A estas alturas del Covid, no cabe duda que unos poquitos países han hecho mejor los deberes. Israel es un caso claro. Todos sus ciudadanos están ya inmunizados, y no están obligados a llevar mascarilla en el exterior de sus ciudades y pueblos. ¿No podrían otras naciones haber aplicado el mismo plan? Pues no, porque cada país ha querido ir desde el principio por libre, aunque luego el resultado haya sido nefasto, como le sucede a una Unión Europea, el gran continente del bienestar social, que queda muy tocado ante un plan de vacunación que no va hacia adelante, a lo que se suma la controversia de la eficacia de vacunas como AstraZeneca o Janssen. En una nueva decisión de urgencia, ahora se quiere apostar todo a la Pfizer, pero nada ni nadie nos asegura que la situación actual, del todo insatisfactoria, vaya a revertir.

“Israel. Sus ciudadanos están inmunizados, y no están obligados a llevar mascarilla en el exterior. ¿No podrían otros haber aplicado el mismo plan?”

Un hecho está más que claro. No haber trabajado todos los países juntos ha empeorado el problema. La UE, por su lado, Estados Unidos, por otro, Reino Unido, mejor no hablar, Rusia, apostando por la confusión y China, también incalificable. El control de las vacunas pareciera buscar nuevas influencias mundiales de unas potencias sobre otras, de tal manera que la solución urgente queda supeditada a acuerdos, tratados y otros pormenores que se irán conociendo con el tiempo, aunque no por ello dejarán de ser inaceptables por anteponer poder e influencia a salud

En busca de ahondar un poco más en el éxito israelí, encuentro una serie de claves que derivaran en el éxito de su vacunación. Es así porque en menos de dos meses la recibió el 40 por ciento de su población. Todo un record. Tanto desde dentro como desde fuera de aquel país, el hecho se explica porque tienen un sistema público de salud muy eficaz, totalmente  digitalizado, cualidades que han facilitado enormemente convocar rapidísimamente a los ciudadanos para inyectarles. Hay más cositas. Otorgan a Israel la realización de una buena campaña de concienciación ciudadana contra el Covid, una logística impecable y una anticipación en la compra de vacunas, que les llevó a cerrar con la farmacéutica Pfizer un contrato de suministro  pionero, a cambio de  facilitar datos experimentales nuevos que sirvieran para el resto de países.

Bien a todo, pero resulta excepcionalmente chocante hablar del buen sistema de salud israelí y tan informatizado, que no deja en buen lugar al español,  francés,  alemán o portugués. Si a esto le sumamos que la mayoría de las vacunas se fabrican en suelo europeo, la frustración aumenta por momentos. Lo que sí hay que concluir es que ha faltado previsión. Quedentro de los países como España nos hemos perdido en el limbo de los desencuentros que no aportan nada. Que la desunión ha sido y es patente. O queun gigantesco problema como el que aún tenemos encima se acomete con serias dudas ante el verano o las siguientes Navidades, sin ir más allá. Así y todo, estamos aún en la segunda parte del partido y creo que hay muchas cuestiones que se pueden y deben reorientar. Que haya países que lo van logrando, abre la puerta a un mejor escenario para el resto. Queda tiempo, pero es un tiempo que tenemos prestado, sobre todo para una economía cada día más maltrecha. Hay que perseverar, dialogar y acordar, todos con todos. Y si no es posible, desde la sociedad tendremos que empezar a demandar otra forma de hacer las cosas, que no comprometa la salud general por el egoísmo de unos cuantos.

“No haber trabajado juntos ha empeorado el problema. La solución quedasupeditada a acuerdos inaceptables por anteponer influencia a salud”

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Muy pertinente revalorizar la educación en estos tiempos

De la educación adecuada brota saber pensar, saber ser y saber estar. En la sociedad actual, colonizada por Internet, de teléfonos inteligentes, de redes sociales y digitalización en todo, creo que se pierde mucho de las auténticas esencias de la educación, tan estrechamente conectada con la cultura. El lenguaje y comportamiento tecnológico que mantenemos hoy, sumada una nueva y grave crisis social y económica, nos aleja cada vez más del planteamiento de que la educación alimenta la confianza, la esperanza y la paz.

Recibir la educación más adecuada a cada época es el mayor seguro que tiene nuestra civilización frente a las incertidumbres. Le damos vueltas a este cosquilleo mental cuando falta confianza o certeza sobre algo, lo que directamente nos genera inquietud. Vivimos entre vaivenes que conllevan plantearnos cuestiones concretas. ¿Cómo será el futuro?, ¿la economía, el  comercio?; ¿en qué cambiará la forma de trabajar?, ¿habrá ocupación para todos?, ¿se cumplirán las malas predicciones sobre nuevas enfermedades?, ¿Sufriremos otras pandemias?, ¿cuál será la reacción del planeta, de su medio ambiente, a la destrucción permanente al que lo sometemos? En  conclusión: ¿cómo debemos educar para afrontar mejor ese incierto mañana?

En el siglo XIX, el pedagogo y educador suizo, Hohann Heinrich Pestalozzi,  impuso los ideales de la Ilustración a la enseñanza. Para lograrlo, debían desarrollarse armoniosamente todas las facultades del niño, es decir,  cabeza, corazón y manos. No sonaba mal.

En el XX, y lo quiero describir a nivel general, no centrándome en un país concreto, toca evidentemente una modernización docente, especialmente con su implantación rural. Pero si tenemos que destacar algo de este largo periodo, especialmente tras la II Guerra Mundial, es una explosión cultural sin precedentes, muy vinculada al compromiso y la participación de la sociedad, como mejor reflejo del camino que debíamos andar, algo bastante apagado en la actualidad. Aunque costó lo suyo, trabajo + esfuerzo + superación + creatividad,  se convirtieron en pilares de la educación. ¿Nostalgia de aquello? Toda.

El XX es una explosión cultural sin precedentes, vinculada al compromiso y la participación de la sociedad, algo bastante apagado en la actualidad”

Llegamos al nefasto siglo XXI. La educación forma parte de la confrontación política, y hay ausencia total de consenso en torno a ella, del que muy pocos países se salvan (España, desde luego, no). Por eso tenemos que acudir a las fuentes de la UNESCO, como la Organización de Naciones Unidas que es para la Educación, la Ciencia y la Cultura. Tan decisiva institución en materia educativa se auto impulsa con un concepto de Confucio que, miren por dónde, recuerda a mi empezar con lo de la incertidumbre: “La educación alimenta la confianza. La confianza alimenta la esperanza. Y la esperanza alimenta la paz”. Lo que para muchos resulta una gran inquietud sobre si la educación actual es válida para los momentos tan malos que atravesamos y los inciertos que vendrán, especialmente en materia económica y de prosperidad, la UNESCO ya lo contempla: “La sociedad tiene también que estar preparada para asumir ciertos cambios y saber desenvolverse en un mundo nuevo. Una de las mayores transformaciones que el ser humano está presenciando la estamos viendo en estos momentos. A medida que se acelera el progreso tecnológico, aparece una sociedad nueva y se hace más evidente que la educación inicial de una persona no va a servirle para toda su vida”.

Si a Confucio, 500 años atrás, le hubieran hablado de la llegada de Internet, del total desapego hacia los libros, de la abducción por redes sociales, de que los jóvenes prefieren ser influencers, youtubers a ponerse a escribir o pintar… Si hubiera visto cómo en la actualidad la vida de menores y mayores gira en torno a teléfonos móviles con los que hacer de todo, que a diario el wasapear nos ocupa el tiempo, y si fijo mi rechazo en las televisiones su millonaria audiencia son islas de tentaciones o citas a cenar en torno a una mesa para ver si surge un flechazo. La lista se extiende con la afición a  intercambiar de lo más diverso por el móvil, incluido un buen montón de noticas falsas conocidas ya como fake news. No debiera de calificarse así, pero esta es mucha de la educación actual, lo que resulta un auténtico disparate. Es un gravísimo problema que no se aborda deliberadamente. Esquivamos profundizar en lo qué están nuestros jóvenes, para no tener que reconocer que semejante escenario lo hemos facilitado los mayores, con nuestras malas decisiones.

Y en esto llegó el Covid-19, declarado pandemia mundial, en el que aún estamos sumergidos y puede que la solución lleve tiempo. Durante los confinamientos y demás prevenciones, nos dio por reflexionar, bien poco, sobre los malos comportamientos, y las raíces tóxicas de las que brotan. La educación, buena, mala o inexistente, que recibimos, repercute directamente en pensamientos, actitudes, declaraciones, barrabasadas, racismo, machismo, desigualdad, acosos, mentiras y demás falacias. No podemos ajustarnos a crear sociedades digitales, del conocimiento vacio, mientras desaparece la auténtica educación en valores, esa que conlleva desenvolverse en el saber y en el estudiar para comprender mejor. No podemos renunciar a la historia, a los clásicos, a las diferentes culturas, a la escritura, las artes, las lenguas, a la ética, a conocer quién era y lo que pensaba Confucio. Es tiempo de reconocer que las tecnologías avanzan descontroladas, y que antes, aunque no fuera del todo verdad, nos complacía pensar que eran buen complemento  dentro de un sistema educativo que ahora manda apagar los móviles antes de empezar las clases. ¿Hacia dónde vamos cuando todo son ya herramientas tecnológicas, y lo esencial, como los libros, se va dejando de lado?   

Este artículo bien podría tener una segunda parte dedicada a desentrañar los pormenores del informe de la UNESCO denominado Replantear la educación. ¿Hacia un bien común mundial?, pero conforta saber que existe y lo que pretende: Aprender a lo largo de toda la vida, sin perder de vista algo que ahora es el auténtico problema porque están en crisis profunda. Son los cuatro pilares de la educación: aprender a conocer, a hacer, a ser y a vivir juntos. Es muy pertinente revalorizarlos.

“No podemos crear sociedades digitales, del conocimiento vacio,  mientras desaparece la educación del saber y estudiar para comprender mejor”

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La gran fábrica de vacunas que es Europa y que menos inyecta

Es una evidencia que la vacunación contra el Covid va lentísima dentro de la Unión Europea, y otra el poco efecto de las decisiones que se toman para invertir la situación. Al acabar el verano, la Comisión Europea pretende tener al 70 por ciento de la población inmunizada. Es un dato a futuro, ya que el ahora apunta a menos optimismo. Por el gigantesco negocio que es, son las multinacionales farmacéuticas las que llevan la voz cantante en la producción, venta y distribución de dosis que inyectar.

Los datos, que son la información concreta sobre los hechos, es la herramienta esencial que tiene el periodismo para discernir entre lo verdadero y lo falso. De la vacunación, estos son dos titulares contrapuestos que hemos tenido ocasión de leer durante estos días: “Europa se convierte en la gran fábrica del mundo de vacunas del Covid-19” y “La OMS considera inaceptable el ritmo tan lento de vacunación en Europa y alerta de las consecuencias”.

En efecto, es muy chocante que dentro de la UE haya unas 50 fábricas de vacunas, exporte 77 millones de dosis a 33 países, done otros 33 millones, y en cambio solo un 10% de la población europea haya recibido una dosis y apenas a un 4% se ha inyectado la serie completa. Así, no es extraño que dentro de la Organización Mundial de la Salud (OMS), que quiere recuperar credibilidad, se opine que “el riesgo de que la vacunación en curso proporcione una falsa sensación de seguridad a las autoridades y a la población es considerable, y eso conlleva un peligro”.

No dudo de que la cuestión pueda mejorar a lo largo del año en curso, pero lo cierto es que la UE falla estrepitosamente y se muestra poco eficaz en todo lo relacionado con el reparto de vacunas y, lo que es más importante, aplicarlas a la población, para ir recuperando poco a poco una normalidad que está resultando más un anhelo que una certeza. A medida que se suceden los encontronazos entre países miembros de la Unión para recibir más dosis, también las promesas se quieren abrir paso, con la principal de que al acabar el verano estaremos vacunados el 70 por ciento de los ciudadanos. ¿Nos lo creemos? Personalmente, tengo confianza en que habrá dosis para todos, pero no pongo la mano en el fuego sobre los plazos, porque parto del hecho que ha marcado esta pandemia: seguimos pagando la imprevisión de no estar preparados para algo así, y las decisiones se toman en base a una reconstrucción de lo que antes del 2019 nos venía funcionando bien, pero ya no.

“Tengo confianza en que habrá dosis para todos, pero no pongo la mano en el fuego sobre los plazos, porque seguimos pagando la imprevisión”

Mención aparte es que se llegue a ese 70%, ya que estamos hablando de muy pocos meses, y la entrada del verano está como quien dice a la vuelta de la esquina. Por si fuera poco, esta Semana Santa está resultando un serio revés con el que yo creo que no se contaba desde las altas esferas, deseosas de reimpulsar de una vez por todas la economía, especialmente en lo que se refiere al turismo y la hostelería. Lamentablemente, seguimos hablando de ERTEs, teletrabajo, al tiempo que establecemos nuevas leyes, caso de España, como la que acaba de entrar en vigor y que se denomina De medidas urgentes de prevención, contención, y coordinación para hacer frente  a la crisis sanitaria ocasionada por el Covid-19.

Ha habido reacciones de todo tipo hacia algunas de las exigencias que contempla esta ley, como es la de usar mascarillas en las playas. Puede que parezca excesivo, y se va a estudiar, pero no es menos cierto que muchos ciudadanos no se van a dar nunca por enterados sobre el uso (primero), y correcto (después) de las mascarillas, sin obviar que se nota mucho en la calle que estamos bajando demasiado la guardia en lo de las prevenciones sanitarias, caso concreto de la distancia social.

En cuanto a la lentitud pasmosa de Europa ante la gigantesca campaña de vacunación anti Covid que tenemos que afrontar, he leído y oído de todo, pero voy a aportar mi visión personal, que a fin de cuentas es lo que buscan los lectores. Pandemia y consiguiente gran negocio es lo que estamos viendo con mascarillas, geles, desinfectantes y, ¡cómo no!, la vacunas. Este es el problema: las multinacionales, en este caso las farmacéuticas, son las que han venido poniendo las reglas, desde el minuto uno en que aparecieron las primeras marcas, como fue el caso de Pfizer/BioNTech. Hoy por hoy, son inconfesables determinados acuerdos suscritos con países para el suministro de vacunas, cuando la grave situación por la que atraviesa el mundo se debiera de haber abordado estrictamente desde el punto de vista de emergencia sanitaria de primera magnitud, y todos a pechar. En cambio, estamos en el cumplimiento estricto de las reglas del comercio, que chocan con la realidad de personas a las que se les pide el uso correcto de la mascarilla, pero no cuentan con los recursoseconómicos necesarios para sustituir como es debido un tapabocas (como se dice en Argentina) por otro.

Topamos pues con la avaricia, el egoísmo y el primero yo que los demás, que puede desembocar incluso en esconder millones de dosis. De otra forma no se puede explicar que atravesemos momento tan delicado, y la UE y Reino Unido estén en plena guerra por los frasquitos que las compañías facilitan a unos y a otros. La parálisis europea ante las inyecciones lleva este sello, ya conocido por cómo funciona el mundo, y todo indica que no habrá cambios que indiquen que acabaremos este año con tan alto porcentaje de ciudadanos comunitarios inmunizados. Son los hechos y, en los meses venideros, nos llegarán los datos que habremos de cotejar.  

“Pandemia y consiguiente gran negocio es lo que estamos viendo con mascarillas, geles, desinfectantes y, ¡cómo no!, las vacunas”

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Pandemia, crisis, paro, Canal de Suez bloqueado y lo gafe

Pensar que mucho de lo que ha ocurrido desde que entramos en este siglo ha sido malo, no es exagerar. Explicarlo mediante el refrán de Quien siembra vientos recoge tempestades, es ajustarse mayormente a la verdad. La mano humana está detrás de muchas de las desgracias, catástrofes, crisis económicas y sus consecuencias sociales, con el paro a la cabeza. Lo mismo cabe decir de la pandemia del Covid-19 y su mal fario

Uno de los escritores más leídos del mundo, el brasileño Paulo Coelho, autor de obras como A orillas del río Piedra me senté y lloré o El vencedor está solo, escribe en el considerado como su mejor libro, El Alquimista, que “toda bendición no aceptada se transforma en maldición”. Muchas de las esperanzas puestas en este milenio, a medida que avanza, se desvanecen, por ir de desgracia en desgracia, siendo la peor una pandemia en la que están perdiendo la vida millones de personas en todo el mundo (2,78 millones).

A diario, y en todos los ámbitos conocidos, el económico por poner un ejemplo, hay dos posturas contrapuestas: la optimista y la pesimista. Resulta atrevido aventurarse a explicar cómo se forja en la personalidad una u otra tendencia, porque una persona puede tener todo en la vida y ser al mismo tiempo muy ceniza. De aquí también surgen posiciones diferentes respecto a si todo lo que está pasando desde que entramos en el año 2000 es normal,  bueno, malo, peor y, más allá, gafe, adjetivo atribuido claramente a la mala suerte.

Yo, que me inclino por ser positivo, apunto a lo que dice un refrán tan conocido como, desafortunadamente, practicado: Quien siembra vientos recoge tempestades, algo que ocurre habitualmente cuando nuestras acciones en la vida solo contemplan egoísmo, indiferencia hacia la pobreza ajena, la destrucción de la naturaleza, la contaminación constante del ecosistema, o ir más allá de lo que debemos en ciencia y tecnología, que puede resultar aniquilador, como fue en su día la creación de la bomba atómica (Hiroshima y Nagasaki), o lo muchísimo que queda por averiguar sobre el cómo y el por qué del Coronavirus. A pesar de nuestra clara culpabilidad, lo apostamos todo a tener suerte, que ahora muchos incautos califican de escasa o inexistente.

“Quien siembra vientos recoge tempestades. Ocurre por ir más allá de lo que debemos en ciencia, como la bomba atómica (Hiroshima y Nagasaki)”

Esto pasaría con el bloqueo del Canal de Suez por el accidente de un gigantesco carguero, y la consiguiente inestabilidad comercial mundial, con pérdidas de 8.300 millones diarios. Un nuevo y nefasto revés que sumar a la amplia relación de graves sucesos que vivimos desde la entrada en el siglo XXI.  

Pese a que fue declarado por la ONU Decenio Internacional de una cultura de paz y no violencia para los niños del mundo, la década de los 2000 ha estado plagada por una sucesión de atentados terroristas, como el del 11 de septiembre de 2001, contra las Torres Gemelas de Nueva York (2.996 muertos y 24 desaparecidos). Después, llegarían las guerras de Afganistán (desde 2001) e Irak (desde el 2003). Un año después, el 11 de marzo de 2004, ocurriría la matanza en los trenes de Madrid (191 muertos y más de 1800 heridos).

En 2004 llegó el gigantesco tsunami en el Océano Índico (230.000 víctimas) y en 2005 el  huracán Katrina que destruyo Nueva Orleans (1.833 fallecidos). En 2007, el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático entrega en París su demoledor informe: El planeta se habrá recalentado entre 1,8 y 4 °C para el año 2100. ¿La culpa?: en un 90% la actividad industrial humana.

En fin, tendría para un buen rato, con años y fechas, así que iré resumiendo.   2008-2016, la gran recesión económica. 2011: Accidente Nuclear de Fukusima, en Japón. 2017: llega Donal Trump a la Casa Blanca y alteración del equilibrio mundial, con conflictos permanentes entre Estados Unidos, Europa, Rusia y China. Al tiempo, un viejo conflicto renace: el racismo. Tampoco olvidemos la permanente crisis migratoria en la que vivimos. 2018: Corea del Norte supone una alarma constante con sus cohetes. 2019: El Brexit con la marcha del Reino Unido de la Unión Europea; pone en jaque el futuro de esta comunidad de países hermanados. Este mismo año casi desaparece la Catedral de Notre Dame de París. De 2020 y lo que va de 2021 no tengo que contar mucho. El Covid-19 ha trastocado todo aquello que, de normal, hacíamos a diario. Ha cambiado nuestra forma de trabajar, de relacionarnos, de viajar. Ya no damos la mano a nadie. Vivimos con una mascarilla y guardamos distancia hacia nuestros semejantes. Estamos en plena vacunación mundial, con muchas vacunas, que se ponen de manera tan lenta como incierta, caso de AstraZeneca.

Pese a recordar años y lo que aconteció, creo que se puede invertir esta mala racha, si aprendemos a actuar de otra manera en todas aquellas cuestiones en las que es perentorio un cambio de mentalidad. El Coronavirus, cuando acabe, no puede pasar a la historia sin lecciones que asumir, sin acuerdos que tomar, además de alcanzar una nueva ética internacional relativa al  verdadero desarrollo sostenible. Es más importante que África acabe con sus hambrunas (Cuerno de África), que las grandes potencias pongan tantos satélites en órbita, para seguir espiándose entre sí. Por supuesto que habrá muchas personas que crean que estos cambios son imposibles (intereses, fortunas y demás), y otras muchas que sí. En todo caso, debería mover a ambas partes similar motivación de intentarlo. Porque está visto que lo gafe no es tal, y sí que el punto de partida de tanto malo que nos pasa está en las malas decisiones que tomamos, y una forma de vivir sumida en el consumismo desmedido, que ya no respeta ningún orden natural.

“El Covid-19 ha trastocado todo aquello que hacíamos a diario. Ha cambiado nuestra forma de relacionarnos, ya no damos la mano a nadie”

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El virus que hace desear un medio rural acostumbrado al vacio

Europa tiene en estudio cómo recuperar nuestros pueblos y acabar con su  despoblación. Pero resulta que el Coronavirus está propiciando una salida de la gran ciudad hacia el mundo rural. Es pronto para concluir que regresa el gusto por vivir de manera sana en el campo. De momento, vamos a valorarlo tan solo como un punto de inflexión a lo que viene siendo el tradicional olvido y abandono de las localidades mayormente agrícolas y ganaderas, que nos dan de comer.

Hay regiones españolas que señalan al Coronavirus como el causante del repentino interés por abandonar las ciudades, para instalarse en el que conocemos, tan de lejos, como el mundo rural. No descubrimos nada si recordamos que el virus se ceba especialmente en las urbes y ataca menos en los pueblos, donde sabido es que las costumbres son otras, se vive, se respira y se come mejor, aunque poquitos eligen los duros trabajos del campo, y optan únicamente por ser consumidores de sus muchos y variados productos gastronómicos de calidad. Una gran verdad es que el campo nos pone los alimentos en la boca, y el pago a cambio es el desinterés, a todos los niveles, hacia los problemas que tienen nuestros pueblos y sus habitantes.

Si bien es cierto que del olvido de años se ha pasado, al menos, a hablar del problema de la despoblación rural, no lo es menos que España ha puesto ya encima de la mesa este frente, aunque básicamente para dar palos de ciego. Al tiempo, no deja de ser triste que el Covid haga preguntar por las viviendas en venta que puede haber en diversos pueblos, cercanos mayormente a las ciudades, aunque el hecho hay que situarlo en la búsqueda actual de una mayor seguridad sanitaria, ya que ir más allá en las conclusiones daría seguramente, como resultado, que exageramos.

Sin menosprecio alguno, poco resuelve a los pueblos que su padrón crezca fruto de nuevos habitantes ya jubilados o que teletrabajan, si siguen inmersos en su déficit tradicional, que no es otro que una falta casi absoluta de inversiones de todo tipo, dentro del territorio que ocupan las localidades incluidas en el mapa rural español. Las ciudades concentran todo el interés por parte de los poderes políticos y económicos, mientras a los pueblos se les adjudica el valor de la estancia en fin de semana para comer u hospedarse en alguno de sus atractivos rincones turísticos. Es absolutamente extraño, por no decir imposible, que una comarca netamente rural concentre el interés de proyectos industriales, logísticos, tecnológicos o culturales, por citar solo cuatro casos de otros tantos que se podrían dar.

“Es absolutamente extraño, por no decir imposible, que una comarca rural concentre proyectos industriales, tecnológicos o culturales”

Europa, en concreto la UE, con las amplias posibilidades que tiene, debería ser la primera gran organización en dar ejemplo de que los pueblos son mucho más que los cultivos, la ganadería y las casas rurales. Y ha de promoverlo con la igualdad de oportunidades a la hora de propiciar proyectos que supongan de verdad un regreso de habitantes o la instalación de nuevos, gracias a que hay trabajo. La falta de empleos ha sido en muchísimos casos el causante principal a la hora de dejar los pueblos para instalarse en las ciudades. De esta forma, poblaciones enteras se quedaban sin jóvenes, y esta situación ha ido marcando el devenir de países como España, aunque son pocas las naciones europeas que se libran de esta mala tendencia.

Antes del Covid, la UE ya se marcaba como reto abordar la despoblación rural, pero lo que va a pasar a partir de ahora es una gran incógnita. A día de hoy, Europa quiere responder con dos proyectos: la Red Europea de Desarrollo Rural y la campaña “Mi pueblo. Mi futuro”. Esto último va de “conocer las ideas y preocupaciones de los habitantes de cada localidad, y poder desarrollar así soluciones eficaces que resuelvan sus problemas”. En 64 años de historia de la Unión, ¿no sabemos aún cuáles son los problemas de nuestros pueblos? Yo creo que sí. Son la falta de empleo de calidad, dotarles de infraestructuras modernas, pensar también en ellos cuando hay grandes proyecto nacionales, como nuevas fábricas, invertir dinero en la preservación del medio ambiente y el patrimonio cultural, y dar solución, de una vez por todas, al acceso a Internet. En esto último está claro que muchos países, y no quiero citar a ninguno por tenerlo bien cerca, han fallado estrepitosamente, pero aún estamos a tiempo de ponerle solución. Más que debates, lo que se necesita y anhela dentro del mundo rural son los hechos. Así hay que observar esta tendencia a vivir en lugares libres de Covid, donde muchas personas quieren empezar su nueva vida. Puede que así, la España vacía empiece a serlo un poco menos.  

“La campaña Mi pueblo. Mi futuro va de conocer preocupaciones de los habitantes de cada localidad. En 64 años de la UE, ¿no sabemos cuáles son?

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