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¿Qué ética?

Compasion

¿Qué provoca que una tuitera, en un despreciable uso de su libertad de expresión, desee a una joven política que, cuando salga de la televisión donde está tertuliando, sea violada en grupo? Pues la falta de moral y valores en la que, estoy seguro, no ha sido educada la primera. Nada debe superar el derecho más elemental que tiene todo ciudadano a ser respetado. Lo pensaron los clásicos como Aristóteles, quienes nos estudiaron por dentro para luego dejarnos claro que la rabia, el egoísmo y el desprecio nos asfixia, y que el mejor antídoto es condimentar con ética  todo lo que hacemos.

Me tengo que remontar a mi juventud, cuando todavía tenía pelo, para recordar la última vez que oí en boca de un chaval que hacer tal o cual cosa no es ético. El sistema educativo español tiene muchas goteras, pero hay una muy gorda: los estudiantes salen de los colegios, institutos y universidades sin saber hablar, ni escribir, ni tener asumido un  comportamiento ético y de valores que poner en práctica en lo que vayan a hacer, incluida su futura profesión. El desconocimiento de lo que es ético y lo que no es también muy preocupante. Provoca, como sucede de habitual en este país, discriminaciones, cacicadas, injusticias, agravios comparativos y, especialmente, la acomodación social hacia la mentira. Al joven inglés, sueco o ruso le suena mucho lo de la moral, porque lo aprenden dentro de sus sistemas educativos y luego su inquietud continua con las lecturas de libros al respecto. Aquí haces una encuesta sobre quien es Bertolt Brecht, y lo mismo te salen con que es un jugador de fútbol. Aprovecho que saco al campo al gran dramaturgo y poeta alemán para recordar uno de sus geniales pensamientos: “El peor analfabeto es el analfabeto político; no oye, no habla, no participa de los acontecimientos. No sabe que el costo de la vida, el precio de los frijoles, del pan, de la harina, del vestido, del zapato y de los remedios, dependen de decisiones políticas”.

No hace falta que nadie me convenza de que un pueblo sin referentes éticos, es menos pueblo. La India tuvo a su Gandhi y Sudáfrica a su Mandela. Donald Trump se cree un visionario, pero en realidad es un telepredicador de poca monta que quiere levantar un muro entre Estos Unidos y México y devolver a todos los emigrantes a sus países de origen. El presidente norteamericano es un magnate de cuna y quiere pasar a la historia, como los presidentes esculpidos en el Monte Rushmore: Washington, Jefferson, Lincoln y Roosevelt. ¡Ya veremos a dónde nos lleva su política, tan falta de ética y  valores, por lo que vamos viendo hasta ahora! Tampoco olvidemos que millones de norteamericanos han sentado a Trump en el Despacho Oval de la Casa Blanca y que, como él, piensan lo mismo sobre migración, igualdad, xenofobia, solidaridad, medio ambiente, política o economía, donde lo primero es América para los americanos, al más viejo estilo de la Doctrina Monroe, otro presidente norteamericano allá por 1823 (ósea, vuelta atrás).

 “Un pueblo sin referente éticos, es menos pueblo. La India tuvo a su Gandhi y Sudáfrica a su Mandela”.

Europa también tuvo a sus padres constituyentes, y el mejor legado ético y moral que nos dejaron fue el de los Estados del Bienestar. No voy a decir que todo esto haya muerto, pero sí que se ha ido al carajo. A Europa le faltan hoy valores, creer en sí misma y recuperar los principios que la alumbraron. No hay peor ciego que el que no quiere ver, y hay ocasiones en que el desorden proviene de los empujones, que es lo mismo que imponer el egoísmo por encima de todo lo demás. Lo malo que pasa se achaca en muchas ocasiones a lo que se conoce como pasividad civil. Reaccionar al paro, a la crisis, a los desahucios, a los desmanes de la banca, a la desobediencia del gobierno catalán, al futuro de los jóvenes. Evidentemente, la relación es mas amplia. Aunque, desde mi punto de vista, todas tienen en común la indiferencia que provoca la falta de unos valores que empujen a actuar. Por favor, no confundamos valores con ideas, porque los valores, como la democracia, la igualdad y la justicia, siempre están por encima de todo, sea el que sea el contexto, y sea la que sea la circunstancia concreta. Al fin y al cabo,  es la opresión, en la forma en que se produzca, la que cabe siempre erradicar (y es mejor que piensen en la peor opresión posible, como la pobreza o el hambre). Cuando no hay una educación en valores y moral, lo que más peligra es el respeto.

Lo percibo a diario, y señalemos casos concretos como el siguiente:  ¿Qué provoca que una tuitera escriba sobre una joven política que ojalá que al salir del plató de televisión donde está debatiendo con otros invitados la violen en grupo? Pues el odio, y la falta total de una moral obligada, sí obligada, porque esa moral sustenta la convivencia y evita todos los malos rollos en las que nos metemos de habitual. El mundo va hoy como va porque decrecen los derechos económicos y sociales y con ello la gente vive mucho peor. ¡Oquei! Pero antes de estas culpas está la gran irresponsabilidad de educar sin esfuerzo, sin valores, y sin asegurar el debido respeto mutuo. Esto es lo que produce el laberinto de desorientación en que estamos atrapados.

 “¿Qué provoca que una tuitera escriba sobre una joven política que ojalá la violen en grupo? Pues el odio”

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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El siglo de los engaños

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Puede ser que una mentira repetida mil veces se convierta en verdad. Depende también de lo que nos dejemos engañar, y de la necesaria pero inexistente reacción social para cortar por lo sano tanta falsedad. He elegido entre algunas de las grandes mentiras como la crisis, el rescate de la banca española, la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca, lo que pasa realmente con el futuro de Europa, para acabar con el atentado de Barcelona, donde resulta que los Mossos estaban alertados previamente.

A punto de acabar el siglo XX, nos inundaron de anuncios sobre que el nuevo milenio iba a ser diferente a todo lo anterior, haciéndonos creer que nos esperaba una vida repleta de mejoras. Nada se ha cumplido con respecto a lo que se predicó en economía, tecnologías que lo harían todo por nosotros, y el final de la pobreza muy localizada, además de los conflictos permanentes en las zonas ya habituadas a convivir con bombas y disparos. Se lucieron todos estos adivinos de pacotilla, porque, realmente, por lo que destaca hasta ahora este nuevo siglo es por la creciente brecha, el abismo queda mejor,  entre lo que es la verdad y lo mucho que se propaga la mentira.

Llevamos recorridos diecisiete años de este XXI y es ya suficiente tiempo para preguntarse el por qué de tanto engaño de laboratorio. He elegido para explicarme 5 ejemplos, repartiendo mis preferencia entre lo económico y la banca, lo internacional y europeo, por supuesto, me paro en España, y tocaré lo mal que se aborda nuestra seguridad frente a los atentados terroristas de la Yihad. En concreto, estos son los casos que relaciono con el verbo mentir: la crisis, el rescate de la banca española, la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca, la desintegración de la Unión Europea iniciada con el abandono de Inglaterra, y para terminar el atentado en Las Ramblas de Barcelona.

Uno. La crisis económica. ¿Diez años de penurias para millones de familias, sin saber realmente el por qué, han acabado así, sin más? Todavía no sabemos las razones reales. Se cebó especialmente con los trabajadores, aniquiló la clase media, y los ricos se han hecho más ricos, mientras los más desprotegidos perdían su trabajo, casa, coche y ahorros. ¿Estaba justificada? Es curioso que su final coincida con que los trabajadores ganen menos, los jóvenes que tienen la suerte de encontrar empleo cobren una miseria, y los autónomos piensen que necesitarían de otra vida laboral para asentar un futuro que ahora no ven. La crisis económica es la madre de las grandes mentiras, y la impotencia crece en la medida de que no existe una reacción social  que se movilice para exigir explicaciones congruentes para  tanto sacrificio por parte de los de siempre.

 “Diez años de crisis para millones de familias, sin saber por qué, se han acabado así, sin más”

Dos. España ha sido uno de los países donde peor se ha vivido la crisis. No todos, porque una mala, esnob y despilfarradora banca representada especialmente por las cajas de ahorro tuvo  que ser rescatada con el dinero de todos, y nos hemos conformado con la penosa y parca declaración oficial de que ese dinero prestado, casi 100.000 millones, nunca se va a recuperar. Quienes perdieron sus negocios no recibieron ayuda alguna; tampoco los desahuciados, ni muchos menos los clientes estafados con las famosas Preferentes. Aquel rescate multimillonario a la banca se produjo en 2012, pero parece como si no hubiera ocurrido jamás, a pesar de que somos un país más pobre, repleto de ciudadanos igualmente empobrecidos.

Tres. Cuando se asegura que lo peor ya ha pasado, Donald Trump gana las elecciones en Estados Unidos y ocupa el Despacho Oval de la Casa Blanca. Desde entonces, los medios de comunicación más prestigiosos cuentan las  mentiras de un presidente, al que no le produce el menor sonrojo narrar milongas que nunca han existido, salvo en su mente repleta de escenas televisivas de los reality show que ve a diario, y los muchos tuits que, también diariamente, manda sin encomendarse a respeto alguno. Pero de todas las mentiras de las que se habla en Washington, la primera que hay que descifrar es si Trumpo llegó a la Casa Blanca con la ayuda de Rusia, y qué papel jugó el Kremlin y sus servicios secretos en todo este tejemaneje.

Cuatro. Mientras Trump está afiliado a los líos constantes, Europa contrae un ataque de cuernos por el súbito abandono de Inglaterra. ¿Por qué se ha ido realmente?; ¿Es simplemente una casualidad en el tiempo, crisis incluida?, ¿Cuánto va a durar Europa sin uno de sus socios principales, que anhela todo el poder político y económico, y prueba de ello es que negocia su salida con amenazas?

Quinto. Pero lo peor que sufre Europa no es padecer a Inglaterra, sino a los atentados terroristas que se producen cada poco tiempo de la negra mano de la Yihad. Los han sufrido Inglaterra, Francia, Bélgica, Alemania, Dinamarca, Suecia y este verano de 2017 le ha tocado a España, concretamente a Barcelona. En el ataque de Las Ramblas han muerto 16 personas, y la buena reacción policial de Los Mossos se acaba de tornar en total oscuridad, al conocerse que los servicios secretos norteamericanos les avisaron en mayo de ese posible atentado y el lugar concreto donde se iba a producir. ¿Por qué no se hizo caso de este aviso previo, viniendo de donde venía?, ¿Por qué no se hizo público y se tomaron las medidas de seguridad adecuadas?. El Gobierno catalán no dijo nada tras el atentado, porque están a lo que están, y ha sido un periódico el que ha contado la verdad, con pruebas objetivas, para que la mentira, que tanto se propaga, no halle siempre el encogerse de hombros de unos ciudadanos que nos estamos acostumbrando demasiado a los engaños y las falsedades,  cuando lo que debemos demandar, como uno de nuestros principales derechos, es la verdad de todo lo que sucede a nuestro alrededor.

  “¿Por qué los Mossos y el Gobierno catalán no hicieron público el aviso previo que tenían de atentado en Las Ramblas?”

 

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Momento para ponerse de acuerdo

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Todo atentado terrorista da paso a declaraciones, intenciones y también expresar barbaridades. Lo que hay de cierto es que esta vez le ha tocado a Barcelona, nuevamente en Europa, como antes ha sido Londres, Paris o Bruselas. No podemos conformarnos con decir que no hay seguridad total, porque es como renunciar al valor esencial que es vivir en paz y convivencia. En España, pero esencialmente en todo el territorio europeo, es ya momento de ponerse de acuerdo en lo que podemos aún hacer.

Agosto de 2017. Antes del verano asistíamos atónitos a un debate estéril entre quienes creen desde la política que el espíritu de la Transición española de 1978 está vivo y otras nuevas formaciones que opinan lo contrario.  Siempre he sido un tanto voltairiano al pensar como el célebre filósofo francés que hay que amar a nuestro país aunque nos trate injustamente (paro, corrupción, desahucios o sueldos escuálidos). Viene a cuento porque en los meses anteriores al actual se ha hablado mucho de la nación de naciones que debe ser España, hasta llegar a leer que en Las Baleares se impulsa que sus islas sean mini estados. Pues bien: el atentado terrorista en la Rambla de Barcelona nos ha expulsado de cuajo de este loco contexto y nos devuelve a la realidad diaria de querer seguridad, que se vive en Inglaterra, Francia, Bélgica o Alemania, donde coexisten una larga lista de atentados con cientos de muertos y heridos.

Hasta ahora hemos vivido con la paradoja de ser un país con una gran experiencia antiterrorista, por los años de lucha contra ETA, hasta verla borrada del mapa. Esto es ya historia, porque los muertos y heridos de Barcelona y Cambrils, sumando también los de los trenes de Atocha en 2004, nos sitúan en un nuevo y desconocido escenario del terror, que requiere de prioridades absolutas dentro de la política nacional y también comunitaria en pro de esa necesaria seguridad. Es cierto que las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado llevan a cabo una labor encomiable. Hay que ponerlo de manifiesto en el decisivo papel de los Mossos d´Escuadra catalanes en el último atentado yihadista en España y Europa.  Pero estando unidos es como más seguros nos sentimos los ciudadanos. Esa unión la da una vigilancia e investigación común. No vale con decir que la seguridad absoluta no existe. Tampoco con denominarla una guerra no declarada. Son valoraciones que a los ciudadanos nos hartan. Indignan igualmente los tuits de Trump (la insensatez no descansa siquiera en momentos tan dolorosos) sobre lo que hay que hacer con los terroristas nada más atraparlos. Lo que urge hacer, pasando de las promesas vacías a los hechos reales, es la creación de una macro seguridad europea, porque este nuevo escenario supera a las policías nacionales y no digamos a las locales.

 “A los ciudadanos se nos harta con decir que la seguridad absoluta no existe o que es una guerra no declarada”

Estos atentados trastocan significativamente nuestra convivencia. Este año, en el Día Nacional de Francia, Niza ya no ha disfrutado de sus famosos fuegos artificiales en su majestuoso paseo marítimo. ¿Qué pasará ahora en la Rambla? Ya tenemos las ciudades llenas de bolardos, aunque aquí lo que está en cuestión es ir a trabajar, a estudiar o a pasear y no ser disparados o atropellados a bocajarro. Es duro expresarlo así, pero no deja de ser el pensamiento normal de cualquier ciudadano de a pie, en la idea de que Barcelona somos todos. Por lo pronto, vamos a centrarnos en cuáles son nuestros problemas principales para desde el consenso general poder actuar cada día más y mejor contra los terroristas. Es más que seguro que  nuestro turismo va a sufrir un pinchazo internacional, como le ha pasado a Francia, Turquía, Túnez o Egipto. Antes del atentado, donde ha habido muertos y heridos pertenecientes a 35 nacionalidades, solo nosotros somos capaces de enredarnos en lo que se ha venido en llamar turismofobia. Más que nunca, hay que poner a trabajar a la Marca España y sus Comunidades Autónomas en el exterior. Pese a lo sucedido, pocos países hay en el mundo más seguros que España. Hay que recordarlo y hacerlo valer en todas partes. Cataluña va a sufrir especialmente un retroceso en lo que, como para el resto de España, es su principal recurso de hacer caja con el dinero que gastan sus visitantes y turistas.

En la recuperación de esta confianza es en lo que va a tener que trabajar hasta la extenuación el Gobierno catalán con la ayuda imprescindible del Gobierno del Estado. Sin seguridad, nadie somos libres ni independientes. Como no podía ser de otra manera, hemos recibido la solidaridad de los principales líderes mundiales. No podemos acostumbrarnos ni mucho menos conformarnos con repetir el mismo relato cada vez que hay un nuevo atentado. Europa, si de verdad está viva, debe liderar las decisiones a tomar. Porque es el momento de ponerse de acuerdo tanto dentro como fuera de España en actuaciones en bloque. Un buen ejemplo ha sido hablar con una misma voz dentro y fuera de Cataluña, porque podría no haber sido así dado el proceso independentista en el que está inmersa la Generalitat. España, para el resto de Europa, es un ejemplo también en esto, y no se trata de sacar pecho en medio de la tragedia y el drama de muchas familias. Tan preocupados como estamos los ciudadanos por nuestra seguridad personal, la palabra que espanta a tanto desasosiego es unidad.

  “Hay que hacer valer en todas partes que pocos países hay en el mundo tan seguros como España”

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Turismo que estresa

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La gallina de los huevos de oro que es el turismo para España atraviesa un momento de shock traumático debido a la avaricia. Ser potencia mundial en un sector que genera tantos ingresos requiere cuidarlo, y ahora se hace mal. No son tan solo esas campañas que invitan a los visitantes a irse. También está alquilarlo todo en lo que supone una proliferación desmesurada de los pisos turísticos, sin respetar la normal y tranquila convivencia entre vecinos que termina por crear estrés.

Casi todos los programas electorales para ocupar un sillón de alcalde o concejal coinciden a la hora de prometer una ciudad o un pueblo más saludables. La promesa se hace efímera cuando la población habitual de habitantes de un determinado lugar se duplica debido al turismo. Para comprender lo que está sucediendo en Barcelona, Mallorca o Ibiza, de entrada, hay que vivirlo. El superavit turístico mantiene económicamente a  España, y nos las prometíamos felices un verano más cuando, repentinamente, hemos entrado en el debate de que ya no cabe un alfiler en muchas de los destinos mayormente elegidos por los visitantes nacionales y, especialmente, extranjeros. España es un país inclinado a dispararse al pie en cada decisión que toma. Si a esto le añadimos la poca previsión, que la industria hace tiempo que se ha ido al garete, y que en la partida económica lo tenemos todo apostado al sector turístico, resulta que el momento shock lo estamos viviendo ya. Llevamos años apelando a la necesidad de tener un plan b, aunque ha sido como clamar en el desierto, porque cada año eran más los millones de turistas y más también los ingresos que oxigenan en gran medida a las maltrechas cuentas públicas.

Para sustituir paulatinamente al turismo, un día nos levantamos haciendo parques tecnológicos que se utilizan para más edificios públicos que otra cosa, y al día siguiente queremos convertirnos en la reserva eólica de Europa, sino en el brazo extendido de Las Vegas con la implantación de macro casinos. Los planes estratégicos para nuestra economía son como una novela inacabada. Se ha estado hablando de ellos, a diez años vista, a veinte, incluso a treinta… pero entre tanto humo lo que hay de verdad es el turismo. Cualquier cuestión de trascendencia económica, y más en los tiempos que corren, hay que dilucidarla con una sola voz; aquí hay un coro de voces y cada una va por un lado distinto. Es cierto que hay que arreglar muchas cuestiones relativas al turismo masificado, pero eso no se hace destrozando autobuses y asustando a sus pasajeros, ni tampoco estampando pegatinas en los coches que alquilan los ingleses, alemanes, franceses y rusos, invitándoles a que se vayan.

 “Hay que arreglar el turismo masificado pero no se hace destrozando autobuses ni invitándoles a que se vayan”

Los cupos al número de visitantes puede ser una alternativa, pero sería deseable tomar esta y otras iniciativas desde el consenso general, porque ya lo que nos faltaba es que a una autonomía pueda entrar todo el que quiera y en otra no. Si los que toman estas decisiones creen que salvaguardan la opinión mayoritaria de los ciudadanos, lo primero que deberían de tener en cuenta es que tras el turismo nacional hay miles de puestos de trabajo en juego. Esto es lo que realmente debería preocupar, sin negar que son muchos los problemas aplazados que requieren ya de actuación. Está ese turismo barato de fin de semana que aterriza en vuelos charter, y que no deja nada salvo bullas y borracheras. Están esas playas en verano con tantas sombrillas plantadas que es imposible moverse entre la arena o llegar a la orilla del mar para mojarse los pies. Si eramos pocos, al problema se han sumado los pisos turísticos incontrolados que amenazan a las tranquilas comunidades de propietarios. Hoy se alquila de todo, y quizás tanta avaricia lleva implícita la penitencia.

Queda claro que España debe reconducir su turismo, para mejorarlo, no para destruirlo. Lo que nosotros perdamos, por nuestra propia incompetencia, lo aprovecharán otros países deseosos de mejorar sus cifras de visitantes. Hay que librarse del turismo que no suma, y que solo crea problemas. Existe porque alguien lo impulsa, da todo tipo de facilidades y se lucra a costa de perjudicar la convivencia en ciudades y destinos costeros. Nos debería preocupar que se empiece a hablar mal de la España turística en el exterior, y habrá competencia que quiera y sepa exprimir este momento para desacreditarnos. Solo hay que ver lo que ha tardado la primera tour operadora mundial (TUI) en dar excesiva publicidad a que España está abarrotada de turistas. Nuestra fuerza está en el potencial que tenemos, en la experiencia y en una geografía única, de norte a sur y de este a oeste. Estropearlo no debería estar jamás en el guión de cómo hacer país, porque las ciudades saludables sin ciudadanos satisfechos son menos ciudades.

 “Proliferan los pisos turísticos incontrolados, se alquila todo, y tanta avaricia lleva implícita la penitencia”

 

 

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222 millones por Neymar y la indecencia

Paris Saint-Germain F.C. - Neymar Jr Press Conference

En ligas galácticas del fútbol se acometen con total naturalidad fichajes de cifras astronómicas. Acaba de pasar con Neymar, jugador por el que se han pagado 222 millones. Ya sabemos que manda don dinero, pero resulta indecente dar apariencia de normalidad a números tan desorbitados, que ahondan en la promesa reiteradamente incumplida de exigir nuevos códigos de conducta financiera que eviten los vicios y desmanes que llevan a las crisis.

Definitivamente, nos hemos vueltos locos: ¡Pagar 222 millones por un jugador de fútbol, aunque se llame Neymar da Silva Santos Júnior! Porque lo padeció en sus propias carnes, va a tener razón Nietzsche cuando concluyó que “la demencia en el individuo es algo raro mientras que en los grupos, en los partidos, en los pueblos, en las épocas, es la regla”. Este filósofo de referencia nació en 1844 y estuvo demasiado enfrascado en la critica a Dios y la religión, dejando de lado la historia del fútbol que comenzaría casi veinte años después de él nacer en 1863. Al juego de once contra once moviendo un balón habría que haberlo metido también en esta lista nietzscheana sobre demencias y dementes. Todos los días hay apelaciones a la cordura y todos los días, mayormente en el fútbol, se perpetra algún acto deleznable (en este articulo no voy a hablar para nada de Donald  Trump, aunque sí pongo su nombre destacado en negrita).

En las cosas del balompié esta por un lado el “Fair Play” o juego limpio en el campo y luego está el otro “Fair Play”, el financiero, que se juega en los despachos directivos, y que pretende que los clubs de fútbol no se agredan entre sí y tampoco gasten en jugadores más de lo que pueden pagar. Por si acaso, están las altas cláusulas de rescisión de contratos, y la de Neymar valía 222 millones de euros, que el Paris Saint-Germain ha pagado religiosamente. Desde ahora, ni “Fair Play” ni nada; ha saltado todo por los aires. ¿Se pueden pagar 222 millones por un jugador? Sí, se acaba de hacer, pero es indecente. Semejantes negocios liquidan la auténtica construcción social, justa y racional, más los necesarios códigos de conducta, especialmente en cuestiones financieras. Saliendo de una crisis que ha masacrado a millones de trabajadores y familias, estas son las respuestas de los que dirigen todo el cotarro, y mienten como bellacos cuando apelan a la necesidad de volver a las reglas que conlleven una paulatina recuperación de confianza en el sistema económico que nos hemos otorgado. Casi siempre, cuando comparas la riqueza con la pobreza, cuando hablas de listillos y los atajos que se les proporciona para conseguir sus pelotazos, algún tonto útil habla o escribe que se hace demagogia con estas comparaciones. Hoy se crean empleos de pan para hoy y hambre para mañana, porque los contratos son de horas, días o meses. Los sueldos son ridículos y dan para pagar las facturas y poco más. Con este rácano panorama se habla de recuperación, del acabose de la crisis, y de que vamos nuevamente a velocidad de crucero hacia la plena economía.

“Semejantes negocios liquidan la auténtica construcción social, justa y racional, más los códigos de conducta financiera”

Hemos dado la mejor preparación posible a una nueva generación que tarda en encontrar trabajo, mayormente no lo hace en su tierra de origen, y tienen que seguir siendo ayudados por sus padres, porque cobran un sueldo míerdoso que oscila entre los 500 y 800 euros mensuales. Se nos llena la boca con decir que no van a vivir como lo hemos hecho nosotros, pero no hacemos nada para que la Administración (tiene que hacerse mirar su aplicación de la Transparencia y el acceso público a “todas” las decisiones que se toman) y las empresas sean justas y regresen a la senda de lo que deben ser unos sueldos dignos en relación al alto coste de la vida y precios siempre al alza. Y en esto Neymar quiere dejar de jugar en el Barça para hacerlo en el PSG, y la jugada táctica se llama un 222. Quieren hacernos creer que es normal, que el brasileño lo vale, y que el club francés recuperará a corto plazo la altísima inversión desembolsada ahora. Pero no es esta la cuestión. La cuestión es que es un hecho grave más que habla de lo mal que vamos, lo mal que lo hacemos, y que seguimos incrementando las desigualdades sociales en todos los campos de la vida, desde el acceso a la comida, la educación, sanidad o jugar al fútbol.

Vean por qué: Luego no queremos que los padres no se vuelvan locos en los partidos de sus hijos, en los que terminan pegándose unos con otros por una falta o un penalti mal pitados. Les críamos para hacerles a imagen y semejanza de Messi, Cristiano o Neymar, que es desde ya, por el dinero, la gran referencia a seguir. Todo vale para ganar, y que los ojeadores de los clubes se fijen en los jóvenes jugadores. El honor, el compañerismo y el apoyo mutuo quedan pisoteados como si formaran ya parte de la historia pasada de lo que rodea al balón. Padres e hijos del fútbol aspiran solo a jugar en los grandes clubes, ser dentro de ellos los mejores jugadores y especialmente hacerse ricos y famosos. Y cuanto más se habla de la necesidad de actuar en todo con juego limpio, desde la política a eliminar las malas praxis laborales, una noticia indecente, mejor dicho, 222 millones, lo echan todo a peder.

 “Padres e hijos del fútbol aspiran a jugar en los grandes clubes, ser los mejores, y hacerse ricos y famosos”

 

 

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