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¿Ética, dónde andas?

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Dedicado a Tom Wolfe

Aunque no se la cita de habitual, la cuestión ética resulta primordial para terminar de una vez por todas con comportamientos que los ciudadanos deploramos. No debería caber duda alguna sobre lo que es hacer algo que está mal y perjudica a lo colectivo, pero vivimos en un país en el que las falsas interpretaciones distorsionan lo que, a todas luces, es nada más que la verdad. Y ahí entra el periodismo para denunciarlo.

Acaba de morir Tom Wolfe. Los periodistas estudiamos con uno de sus grandes libros: El nuevo periodismo. Ni siquiera tras el éxito reiterado de sus obras fue arrollado con tantas entrevistas como en estos últimos años, preguntado a cerca de su opinión sobre el mundo, hacia dónde va y si los seres humanos tenemos solución. Al igual que usted o yo, Wolf veía mucha hipocresía a su alrededor, y lo relataba en sus increíbles reportajes con los que hoy se enseña en muchas universidades del periodismo. Cuando escribió La hoguera de las vanidades ya tenía suficientemente claro lo que diferentes poderes pueden hacer para distorsionar determinados hechos, que son sobre los que hablamos cotidianamente. Concreto más. Tienen que ver con la política y sus secuencias, la economía y sus avaricias, y las consecuencias de haber estudiado ética para luego no aplicarla. Es entonces cuando nos topamos con individualismos muy preocupantes relativos a corrupción, caciquismo, injusticias, discriminación y una disparatada educación que no ahonda para nada en auténticos valores que un día nos puedan salvar de nosotros mismos. Es eso que el desaparecido padre del nuevo periodismo señalaba como que, a menos que una persona se muera de hambre o esté en peligro inmediato, de alguna u otra manera está controlada por la preocupación hacia su estatus social.

En general, hemos avanzado poco a la hora de cambiar esas perversas tendencias sociales que buscan atajos (trampas) para casi todo. Hace casi treinta años que en España se bautizó como la cultura del pelotazo –hacerse rico rápidamente y como fuera-, pero los debates actuales en los que estamos inmersos se parecen bastante a todo aquello. Solo tienes que oír a los jóvenes hablar de los mayores para darte cuenta de que, más que el buen ejemplo, cunde el malo. Oyen lo de los masters universitarios, lo de los juicios interminables por corrupción que emiten a diario las televisiones, o el último caso que salta a la actualidad como la sociedad incansable que somos a la hora de dar la nota en todo. También ven ejemplos buenos, especialmente en el deporte, y ahí están los casos de Nadal, Iniesta o Torres, ensalzados tanto por una trayectoria como por un comportamiento siempre intachable dentro y fuera de la pista de tenis o el campo de fútbol. La escasa ética que se enseña en este país se hace a base de infringir a los alumnos sesudos exámenes, cuando de lo que se trata es de inculcarles lo que está bien o mal, lo que es ético y lo que no y también saber diferenciar, sin mentiras ni excusas idiotas, lo que es moral y lo que es amoral. Memorizando a todos los filósofos no se alcanza esta meta, que es realmente la que interesa. Porque luego hay que trasladar esos conocimientos-sentimientos a la política, a la empresa, a la educación, a la gestión de nuestras Administraciones, detrás de las cuales hay unos Gobiernos. No quiero dejarme a la banca, muy culpable de la última gran crisis económica que parece que no hubiera existido, pero sus consecuencias para largo ahí están. Cuando quebró Lheman Brothers y se llevó por delante la pensión de tantas personas, o cuando se denunciaron las Preferentes en España, mucho se propagó el mensaje de que había que recuperar la ética en todo. Transcurrido un tiempo, aún cabe preguntarse: ¿ética, dónde estás? No nos damos cuenta, o no queremos, de que hay muchas cuestiones sociales que están cambiando. Aunque seguimos afrontándolas con las viejas maneras de siempre. No hay término medio: o política de avestruz, de mirar hacia otro lado, nadie darse por aludido, o hacer todo lo contrario de lo que es entendido mayoritariamente como lo ético.

 “Hemos avanzado poco a la hora de cambiar esas tendencias sociales que buscan atajos para casi todo”

Nunca doy por hecho que tenga toda la razón en las cuestiones sobre las que escribo, pero hay comportamientos cotidianos que vemos y de los que nos enteramos, igual que pensaba Tom Wolf, que justifican sentir asco.  Es más fácil terminar viendo un perro verde que escuchar decir: “no, esto no se puede hacer porque no es ético”. Las excusas vacías que encontramos de habitual ante esas malas prácticas sociales, no habría ni que buscarlas a nada que nos planteemos lo que es ético de lo que no.  Por eso son tan necesarios los medios de comunicación, para denunciar lo que está mal y quien lo lleva a cabo. La libertad de información ha quedado un tanto mermada con la última gran crisis, y muchos de los contrarios a lo ético lo saben. Son los mismos que acostumbran a tergiversar las cosas; a embellecer con palabras biensonantes lo que es irregular; a escudarse en que hay una campaña montada contra ellos, o a buscar notoriedad en los platos de televisión, hasta que te pillan con una suculenta cuenta en Suiza. Esto es lo que ven y aprenden nuestros jóvenes, y es lo realmente preocupante, mucho más que Torra elija consejeros presos y huidos para el nuevo Gobierno catalán. Eso sí, reconozco que todos estos casos hay que medirlos por el mismo rasero que no es otro que tener o no tener ética.

 “Los medios de comunicación son muy necesarios para denunciar lo que está mal y quien lo lleva a cabo”

 

 

 

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Cuando el adversario habla inglés

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Europa se siente cada vez más traicionada por Estados Unidos. Antes formaban un bloque político-económico que se diluye, aunque la mayoría de los ciudadanos vivamos sin notarlo (aún), preocupados más por los problemas cercanos que los lejanos. Razonable pensamiento que debe contribuir a desenterrar el viejo espíritu europeo, aunque sea a costa de enemistarse con el país que nos ha venido dirigiendo, en inglés, desde el final de la última gran guerra. 

Tras el abrazo del oso que supone para Europa la salida de Inglaterra de la Unión, es ahora Estados Unidos quien quiere darnos la puntilla, con la única finalidad de restar al Viejo Continente poder político y poder económico. La actual apuesta de Bruselas por la paz mundial, la democracia, el desarrollo de los pueblos o la conservación de su medio ambiente, poco tiene que ver con lo que se plantea para las mismas cuestiones desde Washington, Londres y Moscú. Es lo que Jacques Delors, uno de los grandes europeistas, explica en el sentido de que Europa no es solo un resultado material sino más bien un estado de la mente. Muy cierto: esto es lo que nos distingue, incluso cuando se pueden calificar los tiempos de muy convulsos, por una desunión patente entre los que antes se hablaban y tuteaban como aliados.

Resulta fácil y rápido dirigir las culpas hacia gobernantes egocéntricos como Trump o Putin. Demasiado simple. Más bien, tanto cambio viene provocado  porque atravesamos nuevas situaciones, que tienen que ver con los efectos de la crisis. Los ciudadanos hablamos a diario cuestiones relativas a lo que pasa en nuestras ciudades, pueblos y barrios. Por supuesto, también está nuestro trabajo. Y, finalmente, aquello que nos influye tras leerlo, verlo y escucharlo en  los medios de comunicación. Nuestra afinidad con la política nacional está clara, pero no tanto cuando se trata de visualizar todo aquello que traspasa  fronteras. ¿Nos inquietan las situaciones en Corea del Norte, Irán o Venezuela? Eso se lo dejamos a los diplomáticos, pese a que no deberíamos perder de vista un concepto reavivado desde que entramos en el 2000. Ese concepto es la desconfianza. Que países concretos vayan por libre en aquellos temas que son del interés común no es bueno. Pasa ahora con Estados Unidos, del que ya se empieza a hablar en París y Berlín como el amigo que fue pero ya no es.

“La apuesta de Bruselas por la paz mundial es lo que Jacques Delors llama el estado de la mente europea”

Se han dicho tantas cosas sobre los amigos y los enemigos que muy pocas me convencen ya. Reconozco, eso sí, el gran valor que tiene aquí, en Europa, donde hemos ganado a través de la historia las cotas más altas de libertad. Hablando sobre nuestros errores (todos), es como debemos seguir siempre hacia delante. Nos lo predijo Schopenhauer al escribir que los amigos se suelen considerar sinceros, los enemigos realmente lo son, y por esta razón es un excelente consejo aprovechar todas sus censuras para conocernos un poco mejor a nosotros mismos, algo similar a cuando se utiliza una amarga medicina. Tuvimos al filósofo alemán hasta 1860, año de la Guerra de Secesión entre el norte y el sur de Estados Unidos, pero pareciera que vaticinaba ya entonces como nos íbamos a encontrar hoy dentro de Europa, en la necesidad de redefinir y fortalecer el término unión y nuestra relación con las primeras potencias que hablan en inglés. Lástima que Donald Trump o Vladimir Putin no hayan leído nada de Arthur Schopenhauer.

El pasado 9 de mayo conmemoramos el Día de Europa, y he de decir que agrada comprobar la especial implicación de nuestros jóvenes con lo que es una patria de todos. Me da igual que lo hagan mediante estudios, viajes o búsqueda de trabajo, pero al menos existen todas estas posibilidades. El miedo real europeo no debe ser perder como aliado a Estados Unidos, un país que va a su aire. El problema más serio sería perder nuestra identidad, de ahí que debamos autochequear todo lo malo que tenemos ahora e intentar ponerle solución. Si los norteamericanos hablan de muros con México, Europa debe derrumbarlos. Si Washington incendia cada vez más todo Oriente Medio, Bruselas debe sofocar los fuegos con tan buena diplomacia que sea más visible la paz que la guerra. Si el presidente norteamericano no quiere oír hablar de Cambio Climático, la UE debe poner freno a los desmanes de un desarrollo altamente contaminante que no conviene a nadie, empezando por el planeta.  A fin de cuentas, bien o mal, mejor o peor, con crisis o sin ella, Jacques Delors expuso una gran realidad al mezclar el sentimiento europeo con el alma.

 “Si los norteamericanos hablan de muros, Europa debe derrumbarlos, y si no hablan de Cambio Climático, la Unión debe frenar la contaminación”

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José María Íñigo en pantalla

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El gran periodista que fue Kapuscinski mantenía que los cinco sentidos del buen comunicador son estar, ver , oír, compartir y pensar. No se si José María Iñigo, con el largo bagaje que tenía, llegó a entrevistar al escritor y poeta bielorruso, pero se le pueden aplicar sus pensamientos como un  profesional querido y admirado que nos acaba de dejar. Lo he visto otras veces: cuando son buenos referentes, difícilmente se olvidan, entre otras cosas, porque José María Íñigo ya forma parte de la historia del periodismo español y sus grandes maestros.

Sienta bien a la mente pensar en lo que haría determinada persona de estar en tal o cual situación personal o profesional. Les decimos a nuestro jóvenes, y yo también voy por aquí, que hay que tener referentes, máxime en tiempos tan decadentes, casposos e inmorales (de ética). Últimamente, seguramente por cosas de la edad, me viene mucho a la memoria los años 70, 80 y 90. No viviremos nada igual, y es de entonces cuando me viene la imagen de José María Íigo, haciendo una televisión entretenida a la vez que honesta. Hoy el sensacionalismo está en todas partes, en la política, en la economía, en el deporte, e incluso en el denominado periodismo social, que se ha topado con determinadas ONG que se gastan el dinero donado para los pobres del mundo en copas y juergas sexuales.

Los aspirantes a ser periodistas, mayormente los que estudian ahora para ocupar el día de mañana las redacciones y los estudios de radio y televisión, tienen en personajes como J.M. Íñigo a lo que debe ser esta profesión de contarles a los demás la verdad de las cosas que ocurren a diario. Si encima lo haces con personalidad, con saber estar, y con un estilo basado siempre en la honradez, pues chapó. Me gustan muchas cosas de las que dice Gay Talese de habitual, uno de los padres del Nuevo Periodismo. Pero se equivoca cuando diserta por las grandes universidades del mundo y asegura que los periodistas actuales no tienen ninguna tentación por ser reconocidos como estilistas de la claridad y narradores con las técnicas de los escritores con imaginación. No conoció a José María Iñigo en pantalla. Esta maravillosa profesión de contar cosas pierde mucho sin él, pero es reconfortante comprobar que son muchos los españoles que sienten que se les ha ido de repente un pasaje trascendente de su vida en el que el periodista de gran bigote estaba ahí, especialmente en la televisión.

 “Hoy el sensacionalismo está en todas partes, en la política, en la economía, en el deporte, e incluso en el denominado periodismo social”

En unos momentos en que todo dios sueña con prejubilarse por si las moscas, admiro a estas personas para las que la edad no es un inconveniente, hasta que una de las enfermedades innombrables te llevan, porque no tienen cura, y aún no somos capaces de darle solución ya que los países que pueden conseguirlo prefieren gastarse el dinero en tanques y cohetes antes que en investigación. Seguramente me había hecho a la idea de que José María Íñigo era eterno, como los grandes comunicadores de un siglo, el XX, que ha sido sencillamente alumbrador de hombres y mujeres decisivos cuya biografía se estudia posteriormente en las escuelas. Estaban en la pantalla, les oías por la radio, les leías en los periódicos y sus libros nos restaban sueño en cualquier noche recomendable de esas que ya no quedan, porque era costumbre leer antes de acostarse. ¡Ahí si todo el mundo leyera un poco más de lo que lo hacemos! Entonces no existiría tanta mediocridad contaminante. Entonces la televisión no seria el bodrio actual que es. Entonces y solo entonces el mundo daría un giro tras preguntarse cómo es posible que determinadas personas no leídas (y por lo tanto sin cultura) hayan llegado a ocupar el poder de algunos de los países más poderosos del mundo. Doy la pista pero pongan ustedes los nombres.

Nunca escuché nada a Íñigo sobre el Twitter. Es seguro que no lo consideraba como una comunicación elegante, contrastada y, sobre todo, útil a la sociedad en cuanto a aprender. Pienso que su gran virtud, tan escasa entre nosotros, era reconocer la labor de los demás. Aquí se estila alagar cuando estas arriba y machacar cuando tienes un traspiés. Lo raro es estar siempre a la altura, y es a esto a lo que se le llama referente, algo que solo tienen los auténticos líderes, comunicadores y las grandes personas, todas ellas con cabeza, corazón y alma. Nadie borró del mapa profesional a José María, y mira que tenemos ejemplos para dar y tomar de todo lo contrario. Ha quedado muy claro, él era él: único. Se ha dicho todo y se dirá más con su marcha definitiva. Este recuerdo, claro está, va para él, pero también pretende ser un alegato para todos aquellos que anhelan emular a los mejores profesionales, en este caso del periodismo. Las claves hay que buscarlas en el trabajo, tesón, aprendizaje continuo, escuchar y un comportamiento humilde y sencillo (esto último muy difícil de encontrar en una sociedad cada vez mas engreída de si misma). Al acabar, no me extraña recordar tan intensamente los 80 y 90, ya que en aquel ambiente había algo difícil de explicar que no se aprecia ahora. Antes de la gran crisis económica, ya estábamos inmersos en ella sin saberlo. Cuando Lehman Brothers quebró arruinando a tantos ahorradores y futuros pensionistas, ya estábamos escasos de buenos referentes. Con la muerte de José María Íñigo la lista se acorta más porque hizo rematadamente bien eso que decía Molière sobre esforzarse en vivir con decencia, dejando a los murmuradores que dijeran lo que les viniera en gana.

  “Aquí se estila alagar cuando estas arriba y machacar cuando tienes un traspiés”

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La libertad a veces no es elegante

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7 de julio de 2016, San Fermín. Cae la noche en Pamplona camino de la madrugada. Una “Manada” de cinco animales con dos patas acorrala y viola a una joven de 18 años en un oscuro portal de una céntrica calle de la ciudad. Amanece en un país que grita una vez más “basta ya”. Dos años después llega la sentencia. Las calles se han vuelto a llenar de manifestaciones que reiteran el machismo rampante de una sociedad que habla de igualdad, a la vez que pide distinguir entre abuso sexual, agresión y violación.

Coco Chanel, la gran diseñadora de alta costura francesa nacida en 1883, me abrió un día los ojos a cerca de que la libertad es elegante, aunque ahora albergo dudas tras indignarme con la sentencia de la Audiencia de Navarra que exculpa de violación a los cabestros humanos conocidos ya por siempre como “La Manada”. Quienes escribimos asiduamente ponemos atención en  hacerlo de forma sencilla, directa y clara, pero hay veredictos que marean, por lo enrevesado de un lenguaje que te lleva a consultarle al diccionario la diferencia entre abuso sexual, agresión o violación.

Creo que todo el mundo sabe a estas alturas lo que ocurrió en un portal de la calle Paulino Caballero de Pamplona, en la triste madrugada del 7 de julio de 2016, San Fermín. Los que no estuvieran informados, saben dos años después lo que es un rechazo unánime de las mujeres a un dudoso castigo que, por si fuera poco, ha contado con el voto exculpatorio de uno de los tres magistrados instructores. Lo que ha ocurrido tras leerse la sentencia es más de lo mismo que se dice siempre. Que si la ley no esta clara y hay que cambiarla. Que  deben respetarse las sentencias, aunque no se compartan. Que se trata de una decisión salomónica… Resultan más convincentes muchas de las opiniones, en su mayoría de mujeres, que coinciden en transmitir, a viva voz pero también en silencio, indignación, sobre todo indignación. Desde la Transición, ya en democracia, este país no ha zanjado bien el capítulo de un predominio masculino, y los textos, literarios, legales, jurídicos, o periodísticos, tienen pasajes de machismo, que imposibilitan una adecuada concienciación social sobre que hombres y mujeres, mujeres y hombres, somos iguales.

 “Desde la Transición no hemos zanjado bien el capítulo de que hombres y mujeres somos iguales”

La frágil sentencia sobre “La Manada”, por decirlo de forma suave, aumenta el daño infringido de por sí a la joven madrileña en aquellos lamentables Sanfermines. Cuando se percibe impunidad se produce un efecto dominó que genera desprotección, que desemboca a su vez en miedo por parte de miles de mujeres que se han quedado heladas ante lo ocurrido. Son tantos los testimonios que me han llegado tras esta primera (espero) sentencia del 26 de abril de 2018, que no miento si digo que hay mujeres que se plantean cómo vestir, no vaya a ser que provoquen la excitación de algún hombre, y la cosa termine mal. El miedo es libre pero cuando la libertad no es justa ni elegante, hace que el temor aumente. Hasta hace nada, consideraba que nuestro sistema se inclina por lo equitativo, muy seguro también de que la democracia es la menos mala de las formas de gobierno, como dijo en cierta ocasión Winston Churchill. Hoy pienso que debemos acometer una reforma de arriba abajo de ese sistema, ya que ningún país que se considere avanzado puede consentir que el trato a la mujer sea, en demasiadas ocasiones, vejatorio, discriminatorio, diferente o brutal.

Ya sabemos de nuestra afición a considerarnos los mejores del mundo mundial. Cada día nos lo recuerda la televisión: España se vende como la primera en todo. Hasta que llegó la crisis de 2007 y nos dimos de bruces con la realidad: mucho era un sueño y pura exageración. Lo mismo con las mujeres y con voces interesadas que las tildaban como las más competentes para todo, pero que con la escasez de trabajo sugerían a su vez que regresaran a las labores de su casa. Volvimos a caer en la cuenta, por la tozudez de los hechos (asesinatos, violaciones, palizas, insultos y  declaraciones misóginas), que en este país hay un fuerte hedor machista y sexista, que incluso crece entre las nuevas generaciones, pensando como pensábamos que habían sido educadas en valores de igualdad mucho mejor que nosotros. ¿Qué ha ocurrido entonces para llegar a todo esto? Pues yo diría que la culpa está en el pensamiento propio. Dicho de otra manera, una cosa es lo que se habla y otra muy distinta lo que se siente de verdad. De puertas para afuera, todos somos mujeres en un momento dado, siempre cuando más sufren. Pero lo preocupante es lo que hay en nuestro interior, lo que creemos de verdad respecto a nacer seres iguales que debemos convivir como tales. Ese mismo yo que nos hace caer en la trampa de dilucidar la diferencia entre abuso sexual, agresión o violación, cuando no hay otra realidad que a una mujer más se le ha infringido todo a la vez y el sistema reacciona así, sin saber dar una explicación convincente a semejante despropósito. Como escuché también en estos días en boca de una madre anónima, ¿cómo se lo explico yo ahora a mi hija?

 

 “Debemos reformar el sistema porque no se pueden consentir un trato hacia la mujer vejatorio, discriminatorio o brutal”

 

 

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El talón de Aquiles del mundo

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A la injusticia solo la frena los valores morales que bien apliquemos los hombres y mujeres del mundo. Los países más pobres tienen los mejores recursos naturales, pero son los ricos los que disfrutamos de los beneficios de la industria y la economía. Así se explican los millones de personas sin comida, sin agua, sin medicinas y con un dólar al día de ganancia. Hablar de objetivos para con ellos es caer en la ingenuidad de que la ONU acabará algún día con el principal problema de la humanidad como es el hambre y la muerte de niños indefensos ante las enfermedades.

Entre los que aparecen, Aquiles era uno de los más grandes guerreros de la Ilíada de Homero. Se le conocía como el de los pies ligeros por ser veloz entre los veloces. También se le consideraba invulnerable, salvo por la debilidad manifiesta que mostraba en sus talones. Así, cuando una flecha envenenada le alcanzó la parte trasera de uno de sus pies, adiós a Aquiles. Si recuerdo a este héroe de la Guerra de Troya es porque en estos días me he topado con los escalofriantes datos que llevan a la conclusión de que la deshumanización que atravesamos es nuestro auténtico talón de Aquiles.  Lo demuestran los 925 millones de personas que pasan hambre. Los 1200 millones que subsisten con un dólar al día. Los 11 millones de niños que mueren anualmente por enfermedades comunes. Y por los 114 millones de criaturas que no acuden a una escuela porque, sencillamente, no la tienen.

Nosotros, los pudientes, estamos a otras cuestiones. Nos lleva el tiempo Internet, las redes sociales y las noticias falsas. Trump prepara el terreno para verse con Kim Jong-un. Rusia no deja de enredar porque añora aquella época de dos bloques enfrentados como eran la OTAN y el Pacto de Varsovia. Europa solo sabe que no sabe nada. Aumenta la construcción de muros para separar aún mas el mundo rico del pobre, aunque la realidad sea que el planeta está hecho unos zorros. Repatea hablar de cifras y datos cuando los tienes que ofrecer de personas, niños, comida, techo, escuela y subsistencia. El fiasco político y económico que fue para la ONU no cumplir en 2015 con los Objetivos del Milenio, se resume en que nos definimos civilizados sin ser capaces de solucionar que cualquier habitante del mundo tenga cada día algo comestible que llevarse a la boca.

  “El fiasco de la ONU se resume en no ser capaces de que cualquier habitante del mundo tenga que llevarse a la boca”

 ¿Para qué perder el tiempo hablando de más Objetivos de Desarrollo Sostenible, y con el horizonte puesto en el 2030? Cuanto menos, me parece una falacia, pura demagogia y, por supuesto, hipocresía indecente, auque estas pretensiones vengan de la mismísima Naciones Unidas. Esto es lo que duele realmente: que los países del mundo hablen y acuerden que nadie pueda morir de hambre o por un simple catarro, y no lo cumplan. Puede que las ONGs no estén finas últimamente por determinados comportamientos, pero las necesitamos. Hay organizaciones ejemplares que se dedican a dar de comer, llevar medicinas, aportar médicos y sanitarios, y crear perspectivas de desarrollo para que sean cada día más los que puedan asegurarse una economía básica con la que salir adelante. Si no somos capaces de asegurar cuestiones tan elementales, sobra hablar de otras muchas cosas que nunca se van a cumplir. Pienso por ejemplo en la brecha digital. En el Cuerno de África no hacen falta ordenadores, lo que se necesita es agua potable.

Nos autodefinimos como seres humanos y, entre todos, permitimos  catástrofes y calamidades continuadas. De una vez por todas, debemos exigir a organismos, Estados y Gobiernos que cambien su inacción por hechos concretos. Pensemos en lo que ha sido la reciente crisis económica, y ahondemos unos instantes en lo que supone mal vivir para siempre. Las diferencias entre los países más ricos y más pobres no es que sean grandes, es que se pueden ya calificar de abismales. Baste un ejemplo.  Luxemburgo tiene una renta per capita de 106.374 dólares mientras la República Centroafricana de 677. ¿Cómo se puede ser el país más pobre de la tierra cuando posees abundante agua, minas de oro, cobre, hierro y diamantes? Pues por la avaricia, la injusticia y la corrupción. Luego nos extrañan los flujos migratorios, los Refugiados o el imán atrayente que supone vivir en cualquier lugar de Europa en vez de los puntos más pobres de  África, Asia o Iberoamérica. Se levantarán muchos muros, pero caerán por el propio peso del talón de Aquiles que tienen las naciones ricas con sus valores elementales tan  deteriorados y olvidados.

 

“Luxemburgo tiene una renta per capita de 106.374 dólares mientras que la República Centroafricana, rica en agua, oro y diamentes,  de 677”

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