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¿Valdecilla a la cabeza, o no? (I)

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Cada país tiene su peculiaridad respecto a lo que presentar como mayor logro dentro de su Estado de Bienestar, y el nuestro es, hoy por hoy, la sanidad. El Hospital Universitario Marqués de Valdecilla puede ser un claro ejemplo de diagnóstico reservado, porque exigimos todo de este referente sanitario, necesitado de más recursos humanos. Como pacientes, deberíamos hacer un reconocimiento explícito al esfuerzo de sus profesionales, y a las posibilidades reales de recibir buena asistencia sanitaria, sin exigir una perfección absoluta que, de no darse, encuentra la crítica inmediata, ¿o no?

Si algo representa y garantiza un estado de bienestar, ese algo es un buen hospital. El bienestar personal pasa a mayúsculas cuando se aborda el Estado de Bienestar y se juntan tres palabras que vienen a explicar la seguridad que debemos de tener hacia el país en que vivimos, capaz de mantener una asistencia pública, pongamos por caso la sanidad, citemos cubrir el desempleo y planteo también facilitar un alquiler de viviendas que se acomode a lo que necesitan nuestros jóvenes en su viaje hacia la independencia de sus progenitores. Muy pocos saben, y me sumo, que el término Estado de Bienestar surgió a finales de los años veinte del siglo pasado. Tampoco es de extrañar el desconocimiento de este dato, si tenemos en cuenta que por aquellas fechas, en concreto en 1929, se produjo la Gran Depresión y los arruinados se tiraban al vacío por las ventanas de los rascacielos neoyorquinos. El origen del concepto es norteamericano, “New Deal”, un país en el que, si no tienes seguro médico, no te atienden y te echan de cualquier hospital. La expresión fue a más en todos los aspectos cuando Suecia, ya en Europa, la bautizó como “WelfareState”, y así se explica la sanidad universal.

Como esos programas informáticos infalibles, que siempre tienen una puerta trasera para el acceso de los malos, la del Estados de Bienestar son las crisis económicas y los hombres de negro enviados desde el Fondo Monetario Internacional para demoler lo que cargue en exceso los presupuestos de los países pertenecientes a dicho organismo. De ahí que estos acechadores pusieran en práctica en 2007 atajar el último gran bache financiero mundial echando la mano al cuello del Estado de Bienestar, hasta estrangularlo. Pagó el pato primeramente la sanidad, se cebó con la educación y se terminó bajando el sueldo a todos, menos a los de arriba. En este y otro segundo articulo voy a pararme en la situación actual del Hospital Universitario Marqués de Valdecilla de Santander, y los avatares anteriores y actuales que hacen de este icono sanitario un centro de mayor o menor referencia nacional y de mayor o menor referencia internacional. ¡Veremos!

 “Si algo representa y garantiza un estado de bienestar, ese algo es un buen hospital”

Como en otros tantos hospitales del denominado Sistema Nacional de Salud, existen diversos diagnósticos cuando un paciente acude a urgencias. Su estado puede ser calificado como un problema agudo de salud (de corta duración), un problema de salud no agudo que entraña gravedad en si mismo, y terminamos con una tercera posibilidad de un problema de urgencia dudosa, de esos que abundan tanto en la actualidad, hasta llegar a colapsar de continuo las consultas médicas de hospitales y ambulatorios. Me llama la atención la explicación que el lenguaje médico da a los problemas que denomina como subagudos, en los que el mal tratamiento previo o su total ausencia ha permitido la evolución del problema a un estado en el que, si no se actúa con diligencia, poco se podrá hacer. ¿Cuál de estos estados cabe aplicar, no a los enfermos ingresados en Valdecilla, sino al hospital en sí? Mucho me temo que la respuesta se dividirá, dependiendo del grupo interesado en aportar su opinión dentro de una lista (me recuerda a lo de la lista de espera)  en la que aparecen la  política y sus gestores sanitarios, los profesionales, los sindicatos representantes de los trabajadores, los pacientes fijos y, finalmente, los usuarios esporádicos de consultas, análisis clínicos y utilizar en un momento dado las Urgencias de Valdecilla.

De entrada, hay una pregunta incómoda, pero que viene muy a cuento por la falta total de concienciación sanitaria que tiene la población, algo que hace que nuestro grado de exigencia desemboque por momentos en total intolerancia. Esta pregunta es: ¿Qué esperamos siempre de Valdecilla? La respuesta es bien clara, todo, esperamos todo. Y no puede ser así. Un hospital acoge a seres humanos, atendidos por otros seres humanos, cuyo trabajo, dotado como está dotado con un Estado de Bienestar muy tocado, hay que saber valorar. Los ciudadanos deberíamos saber y asumir que el personal de Valdecilla está desbordado, unido a una ansiedad laboral que proviene de diferentes situaciones laborales que no reciben solución alguna, pese a la urgencia aplicar un tratamiento. El Valdecilla actual sigue siendo un gran hospital, vale, pero su mayor y mejor valor es el gran equipo humano que lo integra, al que creo honestamente que no se cuida lo suficiente.

La sanidad, como la misma enfermedad, siempre encuentra en la excusa y la culpa ajena la respuesta socorrida a toda crítica. Cuando más se lamenta el enfermo es con el diagnóstico: “¿y si hubiera dejado de fumar antes y cuidado más?”. En Cantabria, como en el resto del país, tenemos una tendencia natural a valorar lo nuestro poco o nada. Tener lo mejor es luchar por ello, y aquí no se hace porque impera un conformismo pandémico. El Hospital Valdecilla es de lo mejor que tenemos, pero se necesita una conciencia social para defender y atajar sus crecientes problemas, que aumentan como el overbooking de pacientes que acuden a la avenida de Valdecilla, número 25, y que esperan siempre la atención rápida, la cama rápida, la visita médica rápida y la presencia inmediata de la enfermera cuando es requerida. A fin de cuentas, siempre nos hemos jactado de que este gigante de la salud es ejemplar, y los usuarios quieran comprobarlo sin demoras, aunque la defensa de la buena sanidad pública abunde por su ausencia. Y es que entre los pacientes, doy el primer paso adelante, cada vez se estila más la exigencia por la exigencia, que el adiós y gracias tras ser atendido y curado, algo que, en esencia, es lo fundamental en el guión del Estado de Bienestar.

  “Los ciudadanos deberíamos asumir que el personal de Valdecilla está desbordado por diferentes situaciones que no reciben solución”

 

 

 

 

 

 

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Cantabria desde el tren a Madrid

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Subirse a un tren tiene en cualquier cultura el doble sentido de hacerlo realmente, y además expresar un anhelo o aspiración de mejora. Igual pasa con lo contrario, es decir, perder el tren. El juego de palabras tiene que ver con la comprobación personal de lo que supone actualmente viajar en tren de Santander a Madrid, con la reivindicación de que el despegue de esta región depende de un problema secular de comunicaciones que hay que acometer de una vez por todas.

El pensamiento más habitual dentro de un tren es que el viaje se hace interminable y sientes que nunca va a llegar a su destino. Parece que la palabra tren es como la vida misma, de ahí a utilizarla para describir un buen tren de vida o para rematar una mala noticia con el dardo de haber perdido el tren de un desarrollo concreto cuya oportunidad no se volverá a repetir. Antes de la última crisis, a Alemania se la denominaba la locomotora de Europa. Como vemos, todo parece indicar que un tren y lo bien que funcione no es cuestión menor o irrelevante. En todas las culturas el tren es la vía al futuro.  Japón denomina a algunos de sus trenes como “bala” por lo rápido que circulan; en la india, hasta los techos de los vagones van atestados de pasajeros, aunque no me voy a poner a indagar si en esa parte tan a la intemperie del convoy también hay revisor pidiendo billete al viajero; y Arabia Saudita está como loca por inaugurar su AVE de Medina a La Meca, construcción por cierto que lleva implícita, con polémica incluida, la Marca España.

No ha lugar por tanto a echar mano de más ejemplos, porque si no queda claro con lo dicho hasta ahora, nada puede convencer entonces sobre que un país o una región que no se identifique claramente con la buena marcha del tren con el que se comunica con el exterior, tiene un serio problema encima de la mesa. Pues bien, este es el caso de Cantabria con el tren que nos une con Madrid. Para poder escribir este artículo con conocimiento de causa, lo he tomado a primeros de este año y el resultado es de claroscuros. En la ida se averió durante una hora, y en el regreso hizo un amago semejante, pero todo quedó en un apagón total en todo el tren con lo que, a la noche cerrada, se sumó aún más oscuridad. He sacado una nítida conclusión de esta experiencia, que ahora mismo no estoy en disposición de prometer que repetiré: El tren que une a Cantabria con Madrid es solo de apariencias. El contenido, un Alvia, puede gustar más o menos, aunque he de decir que dispone de unas buenas prestaciones para satisfacer al pasaje. No es un AVE, pero su resultado seria optimo de existir continente, es decir la vía por la que circula. Con la lentitud en la que vas desde Santander a Palencia, tienes tiempo para leerte gran parte del último libro de Dan Brown, que se titula “Origen”, y cuya trama comienza en el Museo Guggenheim de Bilbao.

 De Santander a Palencia da tiempo a leer “Origen”, el último libro de Dan Brown”

Y es que en este país tiene mucho que ver el origen a la hora de disponer de más, menos o igual entre territorios. Es curioso como los cántabros nos hemos acostumbrado a que nos expliquen el secular retraso de la puesta al día de nuestras infraestructuras por la especial orografía montañosa de la región, mientras asistimos a un gran impulso ferroviario a nuestro alrededor, como es el caso de Galicia, Asturias, Castilla y León y, por supuesto, el País Vasco. Parece como si nuestros vecinos tuvieran su relieve terrestre plano, y en ello va implícito el premio de contar ya con su proyecto AVE, mientras Cantabria está solo pendiente de mejoras en la vieja vía, mejoras en la vieja catenaria, y anuncios sin plazos concretos de soterramientos en viejas estaciones ferroviarias.

Con buenas comunicaciones, Cantabria sería la repera. Desde mi juventud vengo oyendo lo del tren, las carreteras, puerto y aeropuerto, y he de decir que, a pesar del mucho tiempo transcurrido, hay cosas que están aún igual o parecido. El resultado es que seguimos mal en comunicaciones con el exterior, y esto nos ha hecho perder muchos trenes en el pasado y también en el presente. ¿Cómo podemos pensar en industrias nuevas con lo que cuesta traer o sacar mercancía de Cantabria? La era de Internet ha creado un desarrollo sin precedentes de la logística, que es llevarte el producto  directamente a casa, y el plazo de entrega resulta esencial en toda compra y venta. Puede que Internet haya cambiado muchas cosas y muchos conceptos, pero hay algo que no ha variado, las comunicaciones. Lo de las autopistas de la información no es nada sino tienes autovías de verdad, trenes de verdad y posibilidades varias cuando se trata de comunicarte con el resto de tu país, el resto de Europa o del mundo. Dentro del vagón número nueve del tren a Madrid pude comprobar que mis pensamientos interiores sobre las condiciones del viaje no variaban nada de lo que opinaba en voz alta el pasajero sentado inmediatamente detrás de mí: “Tenemos lo que tenemos porque somos conformistas y no alzamos nunca la voz para pedir lo que otros ya tienen”. Creo ser fielmente literal a lo que este anónimo pasajero le comentaba a otro sobre el tren que une a Cantabria con la capital de España, donde uno se alegra de llegar por el motivo obvio de ser el destino final del viaje, a lo que se añade la satisfacción crítica por concluir un  trayecto habituado a lentitud, averías y contratiempos.

  “Nos acostumbramos al retraso por lo montañoso, y parece que nuestros vecinos tengan un relieve  plano”

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Campanadas para siempre

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El dossier para vivir en un mundo donde hubiera de habitual campanadas de felicidad está ya escrito. Tiene por titulo Objetivos de Desarrollo del Milenio que, de manera resumida, supone que todo el mundo coma, haya justicia, abolición del sexismo, sin olvidar la trascendencia de la educación y la sanidad universales. Puede que propósitos tan sencillos de expresar tengan más de deseo que de realidad, pero si el mundo está necesitando ya un cambio de paso, el camino a mejor va por aquí.

Pedir un deseo al soplar velas cumpleañeras, festejar un aniversario familiar o dar la bienvenida a un nuevo año mientras cruzas los dedos, son tradiciones muy serias. Cuando la orientación es hacia la suerte, damos la campanada, mientras que las desgracias las asumimos como sinsabores. Hasta los más grandes han reflexionado sobre la frontera entre la suerte y la mala suerte. Dos escritores tan dispares como Isaac Asimov y Umberto Eco lo ponían de manifiesto en sus teorías. El ruso decía que la suerte solo favorece a la mente preparada y el italiano que la superstición trae mala suerte. Menos mal que se dedicaron a lo más conveniente para todos, deleitarnos con sus libros, y no tomaron el camino de leer el futuro con el tarot.

Al final, hablar de campanadas motiva de verdad y entre las más famosas están las de un final de año, a la hora convenida históricamente, para dar la bienvenida al siguiente. Se tomen las uvas, se haga con brindis, beso, abrazo o apretón de manos, entre medio de todo no falta el deseo o los deseos. Desde que despertamos a diario formulamos ya un deseo concreto: Que haga sol, que llueva, tener un buen día o aprobar el examen que espera al estudiante en cuanto toma asiento en el pupitre de su colegio, instituto o universidad. Lo hacemos con tanta naturalidad y abundancia que ni siquiera sabemos la explicación o significado del deseo. Aunque van a ver porque no hace falta: “Es el interés o la apetencia que una persona tiene por conseguir la posesión o realización de algo”.

 “Desde que despertamos a diario formulamos ya un deseo concreto como tener un buen día”

Lo obvio da paso a varios tipos de personas, según sean sus deseos. Ya no se oye tanto, o al menos a mi me lo parece, que haya paz en el mundo. Percibo mucho lo de la salud y, por supuesto, lo del trabajo. Reunir a los tres deseos clásicos, los de salud, dinero y amor, ha perdido fuerza tras sufrir la última crisis económica. Hoy, sabedores de lo que hacen los hombres de negro que mandaba Bruselas y el Fondo Monetario Internacional a países como Grecia o España, somos un tanto más conformistas. Es como si nos hubiéramos vuelto más realistas con la abundancia de ensoñaciones. Cierto es que pensar-soñar es un acto individual, discreto y no traspasable si así se quiere, pero la convivencia te puede llegar a quitar incluso las ganas de desear mucho más allá de lo imprescindible para vivir. Hay algo con lo que no dio Asimov ni Eco, pero sí el Dalay Lama. Dice el tibetano: “Cuanto mayor sea el nivel de calma de nuestra mente, tanto mayor será nuestra capacidad para disfrutar de una vida feliz”. Nunca mejor dicho, está muy bien pensado, si tenemos en cuenta que no cejar en el propósito de tener y poseer culmina con comerse el coco tan en exceso que se hace necesario el ibuprofeno.

Voy a pasar de la teoría a la acción, y mi deseo para el 2018 es que el mundo y los países con más dinero retomen de verdad, en serio, los Objetivos del Desarrollo del Mileno. No son tantos (8 para la ONU), pero sí problemas arrastrados, que nos avergüenzan como seres humanos. Está erradicar la pobreza extrema y el hambre. Conseguir que los niños de todo el mundo tengan escuelas y reciban una educación, pero antes está garantizarles que coman para no morir en los puntos del planeta desfavorecidos desde la misma creación. Nunca podemos perder de vista la igualdad total, y exterminar el grave problema de la Violencia de Género, que atenta sistemáticamente contra los derechos de la mujer. Habrá que seguir luchando para lograr la desaparición de injusticias sociales y de enfermedades que discriminan y no reciben suficiente dotación para investigación de los presupuestos públicos. Siendo todo ello muy, muy importante, nada alcanzaremos si seguimos destruyendo y contaminando el medio ambiente a la velocidad que lo hacemos, y es hora de alcanzar una unidad de criterio en torno al Cambio Climático, aunque para ello otros estadistas tengan que viajar hasta la mismísima Casa Blanca para convencer al tozudo Trump, un presidente que solo cree en el viejo desarrollo de fábricas y chimeneas. Dejo aquí escritos estos deseos, y lo hablamos de nuevo al final del 2018, para hacer balance de lo logrado.

 “Se deben retomar los Objetivos del Milenio como alcanzar la igualdad total y exterminar la Violencia de Género”.

 

 

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La última semana del año

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Cada final de año es la misma historia, adiós a lo pasado y hola a lo que vendrá. El destino es algo muy importante para todos nosotros, tan tozudos como somos frente a hechos injustos que no ven actuaciones y comportamientos realmente humanos. Con la lista de agravios se hace un libro, pero basta con recordar la indiferencia ante la desgracia ajena y el aumento de refugiados a quienes negamos un nuevo hogar. Extraña manera la nuestra de dar la bienvenida a otros 365 días.

Casi todos pensamos lo mismo en la última semana del año: Que el tiempo pasa volando. Según sean las circunstancias personales, atrás habrá quedado un buen año  o, por el contrario, para no recordar. Cuando se llevan a cuestas años tan malos, como nos sucede a los españoles, las expectativas son los sueños que queremos se conviertan en realidad. Alguien con cierta edad, lo que quiere es seguir disfrutando tranquilamente de la vida y del merecido bienestar que atienda de necesidades básicas como es la salud. El trabajador con años de servicio aspira a consolidar un derecho a la seguridad que esquive el paro, y un aumento justo de la remuneración que equilibre el alto índice de precios en el que nos movemos de habitual. Los que empiezan, y a quienes tan poco se defiende, pretenden una forma de integrarse en la sociedad de oportunidades que tan solo les ofrece malos empleos, precarios y miserables también en cuanto a sueldo se refiere.

Desde los griegos andamos a vueltas con el destino, eso de la fortuna o la desgracia, la felicidad o la infelicidad. Ya me gustaría, ya, hacer realidad un pensamiento que tuvo el gran Beethoven, el de la sinfonía número siete: “Me apoderaré del destino agarrándolo por el cuello. No me dominará”. En 2017 hemos pensado demasiado sobre el destino, algo que no es de extrañar con gran carga que supone para la política de hechos consumados la llegada de Donald Trump a la presidencia de los Estados Unidos. A la política de partidos, ideologías y sentimientos, se han sumado los gobiernos de magnates, como sucede claramente en el caso norteamericano. Todo lo que dé de sí este peligroso experimento está aún por escribir en miles de tuits presidenciales, de noche, y desde el Despacho Oval de la Casa Blanca.

 “A la política de partidos, ideologías y sentimientos se han sumado los gobiernos de magnates”

Casi todos pensamos una cosa más en la última semana del año: Que el futuro depare prosperidad. Todo lo que conocemos como grandes centros de poder deberían hacer suyo el legado de las generaciones que lucharon por los transcendentales cambios que han hecho posible nuestra civilización. Porque hay serios riesgos en la debilidad actual de las democracias con las graves consecuencias de la crisis económica, que ha agrandado mucho más la brecha entere ricos y pobres, lo que genera un malestar social que se está viendo en forma de peligrosos nacionalismos y de un despertar creciente de la ultraderecha que anhela recuperar gobiernos y formas que nos llevaron al desastre global en otros tiempos.

Otro hecho que ensombrece el futuro son las guerras. Crecen lo mismo que aumenta el lógico éxodo de millones de personas que quieren vivir en paz y desarrollo, aunque para ello tengan que emigrar a miles de kilómetros del lugar en que nacieron, vivían y trabajaban. Es lo que conocemos como Refugiados, pero esta forma de calificar la movilización lógica de millones de personas no se podrá mantener en el tiempo, ya que habrá que dar una solución a lo que hoy por hoy es un desastre humanitario de una magnitud increíble. ¿Los problemas de ahora van a seguir existiendo en los meses por llegar Sí, pero aumentados sino somos lo suficientemente generosos como para reconocer equivocaciones, poner freno a injusticias, y buscar de verdad el equilibrio entre los pueblos cuyo crecimiento es cada vez más insignificante frente a las potencias. Es bueno que ya no hablemos tanto de crisis, recortes y penurias, pero me da la sensación de que no hay voluntad política ni social de aprovechar tan malas experiencias para que no se vuelvan a dar. No basta con hablar de buena economía, hay que practicarla. No creo que sea verdad que la unión haga la fuerza, en medio de tanto individualismo internacional, nacional y local. Si hablamos de paz, dignidad, concordia, esperanza y solidaridad, merece que lo hagamos con el respeto y la confianza necesarios para seguir construyendo la sociedad justa y plural que nos sirva como mejor escudo ante los males consustanciales a nuestra propia existencia, empezando por el de la falsedad de nuestros hechos.

  “No es verdad que la unión haga la fuerza en medio de tanto individualismo internacional, nacional y local”

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¡Se busca esclav@!

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Hay condiciones laborales que avergüenzan por lo esclavas que son en la forma y en el fondo. Antes de que alguien acceda a uno de estos penosos trabajos se ha dado la correspondiente oferta laboral que, por poder, puede exigir una ingeniería aeroespacial a cambio de repartir en moto comida rápida. Entre elegir que el empleador busque conejillos de indias para cuando se instalen “burgers” en Marte, o que la legislación actual facilita la injusticia y la explotación, me quedo con lo segundo por ser culpable de lo primero. 

“Se buscan repartidores. Requisitos: Carné de moto o coche, estudios superiores, conocimientos en literatura, matemáticas, geografía, política, deportes, más cultura general”. Sigue: Se realizará prueba de nivel y se valorarán aptitudes de música y canto”. Nada dice este reclamo sobre contrato y seguridad social, sueldo y horario. Pese a que me propongo que sientan indignación tras leer lo que tengo que decir, no se apresuren, porque este texto inicial forma parte de una campaña publicitaria de una gran multinacional de la hamburguesa grasienta, que ha buscado así el efecto de que se hable de ellos y llegar a ser trending topic en Twitter.

Me da en el olfato que el creativo de semejante anuncio no ha tenido que devanarse los sesos, tal y como es la economía postcrisis, especialmente para los jóvenes en busca de empleo.  Tan solo ha hecho que aplicar el consejo de David Ogilvy, el padre de la publicidad moderna, cuando aconseja a los del gremio que hablen con el lenguaje utilizado cotidianamente. Y es que los contratos basura se han convertido en algo habitual, al igual que las condiciones que se exigen para ocupar algunos de los contados puestos que se ofrecen dentro del mercado laboral. Digo yo que para repartir pizzas a domicilio no haga falta ser periodista; y lo mismo pienso sobre haber leído a Cervantes a la hora de cuidar un rebaño de ovejas. Ciertas demandas de trabajo deberían juzgarse en base al articulo 20 de la Constitución, ese que habla del derecho al honor y a la propia imagen. Una cosa es exigir mucho y pagar poco en un determinado puesto, y otra bien distinta hacerlo además ofendiendo.

 “Ciertas demandas de trabajo deberían juzgarse en base al derecho al honor y a la propia imagen”

Las redes sociales no son medios de comunicación, pero hay ocasiones en que lo hacen incluso mejor, porque sacan a la luz cacicadas, injusticias o estúpidas peticiones, que ponen de manifiesto el nivel tan bajo y preocupante que hay en torno a la explotación humana. La publicidad siempre podrá cometer deslices, pero son las leyes y su aplicación las que deberían impedir la vergüenza de tener que leer obscenos anuncios laborales, y da igual que provengan de una gran multinacional que tiene recursos de todo tipo para dar y tomar. Si la situación está difícil, especialmente para nuestros jóvenes, no la hagamos más cuesta arriba aún. La última reforma laboral llevada a cabo en España nunca ha tenido buena prensa, porque contribuye a que se cometan muchos excesos a favor de las malas condiciones laborales de determinados trabajos. La crisis ha pisado demasiados callos, y ahora te encuentras con que se recula a la hora de devolver ciertos derechos a los trabajadores, los más castigados en un largo periodo de diez años para olvidar.

Pero olvidar no es sinónimo de recuperar y mejorar. No tiene calificativo acostumbrarse a hablar de empleos que suponen 400 o 500 euros mensuales para quienes los llevan a cabo. Lo que hacen con ese dinero y para lo que les da es un misterio. Bajo ningún concepto se puede permitir que haya españoles de primera, de segunda o de tercera, y la clave son los sueldos y las condiciones laborales. El 2007 frenó en seco la locomotora del bienestar social y Europa, para su propia subsistencia, ha de tener claro que ya no es momento para economías intervenidas, hombres de negro, recortes ni pasajes lamentables dentro de cambios laborales que, a la postre, se ha visto que favorecen siempre a los mismos. Antes de la crisis tenia claro que había ricos y pobres. Ahora, hay ocasiones en que tiendo a ampliar la lista con otro supuesto, el de los nuev@s esclav@s.

 

“Bajo ningún concepto se puede permitir que haya españoles de primera, segunda o tercera, por las condiciones laborales”

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