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Europa vs. intolerancia

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Los nuevos salvadores de Europa coinciden en la destructiva solución de abandonar el barco, de ganar las elecciones en sus respectivos países. El principal problema hoy de la UE es no defenderse bien ante semejante programa electoral. Tanto inmovilismo fortalece a los enemigos de la democracia, porque genera intolerancia por doquier, muy respaldada en las urnas. Nos pasa también en España, con el mal rollo que generan algunos partidos nacionalistas que cuestionen las leyes, cuando no les convienen las decisiones que se toman.

Ahora, en suelo europeo, lo que más preocupa no se ataja. Los escenarios de conflicto se multiplican: el Brexit, Polonía, Italia, Grecia, Cataluña… La inacción se debe a la inclinación natural de los Gobiernos-UE en seguir fieles a la vieja política de finales del XX, una política que aparca los problemas hasta que se solucionen por sí solos. Hay también un antes y un después a la última crisis económica, porque las principales instituciones europeas y los Estados más afectados, no han hecho aún justicia con todos los sectores más abandonados a su suerte, y por eso se cuentan por millones los casos en los que su vida ha dado un vuelco completo, eso si no lo han perdido todo. España y su Gobierno están en este mirar de reojo, resentido, a todo lo pasado, y solo hay que apostillar que sigue vigente una reforma laboral que genera pobreza obrera, y que impide prosperar a las nuevas generaciones de españoles que acceden a puestos de trabajo en condiciones laborales muy precarias, empezando por los raquíticos sueldos que se pagan.

No deja de ser mezquino que antes, durante y después de la crisis, quienes mejor viven, hayan visto aún más reforzada su situación económica, y que los coletazos de aquellos años malos continúen para los de siempre. Solo hay que pararse en la postura de la banca ante quién debe pagar los gastos hipotecarios, los repentinos cambios a este respecto de las sentencias judiciales, y el papel desconcertante que adopta el Gobierno de turno, cuando son los ciudadanos de nómina, que pagan religiosamente sus impuestos, los que se llevan la peor parte. El resultado es la desconfianza, lo tengo muy claro, pero resulta que cuando todos al mismo tiempo exponen y reivindican solo lo suyo, el resultado no es otro que la intolerancia. Pasa ahora en Europa, y España es su peor exponente. Una bandera es mejor que otra; un partido lleva toda la razón sobre los demás; depende quién y cómo diga qué, para ser un facha o un rojo; hay detenidos y enjuiciados por saltarse a las bravas una Constitución y las leyes, y encima te crees en el derecho a reconocerte como preso político y tachar como dictadura, caso del cascante Guardiola, al país que hace cumplir con la legalidad. ¿Nos hemos vuelto locos?. Me inclino más bien porque muchos se han establecido en la intolerancia, en la que se sienten a gusto, por lo que supone manipular, falsear, mentir, lapidar presupuestos públicos y, en definitiva, imponerse.

 “Muchos se sienten a gusto en lo que supone manipular, falsear, mentir, lapidar presupuestos públicos y, en definitiva, imponerse”

No solo los discursos nacionalistas conjuran estas actitudes. Antes del Brexit, Europa ya mostraba claros signos de fractura irreversible, por su afán de anteponer el presupuesto a todo lo demás. ¿Dónde quedaba la unión?;  ¿dónde la ciudadanía europea?; ¿por qué Bruselas se entregó sin resistencia al Fondo Monetario Internacional, cuya actitud culpabilizaba de la crisis solo a Europa, mientras parecía que la recesión no iba con Estados Unidos, Rusia o  China? Otra cuestión: cuando llegan unas elecciones, como ocurrió con las últimas francesas de las que surgió Macron, se pone el grito en el cielo para que partidos radicales no lleguen a gobernar, caso del Frente Nacional. ¿Y después de las elecciones qué? Es a posteriori cuando más labor hay que hacer por desintegrar las ideas extremas (racismo, xenofobía, ruptura, independencia) que se están propagando por toda Europa, incluida España. Los errores son de bulto con las tibias respuestas a la extrema derecha, la extrema izquierda, los nacionalismos como el de Cataluña, la inmigración o la propagación de otros Brexits a países como Italia o Polonia.

Es difícil apostar a futuro cuando la Unión está inmersa en una tormenta perfecta que se llama dispersión. Es lo que tiene el inmovilismo de las viejas democracias que no dan respuestas contundentes a los muchos enemigos interiores que anhelan que todo salte por los aires. Así es como se imponen los radicalismos que tanto nos avergonzaron en el pasado; muchas veces generan miedo porque da la sensación de que no están tan enterrados como parecía (Nazismo). Ante los problemas que nos acechan, no hay peor cosa que la desunión. Mi propio país es hoy el peor ejemplo de intolerancia. Se aprecia a diario en los titulares, en los insultos y las descalificaciones, en decisiones de Gobierno, que no han de gustar a todos, pero que deben ser tomadas a cada momento en provecho de una mayoría de ciudadanos, que quiere vivir, trabajar o disfrutar de su pensión dentro de la mayor normalidad posible. Lo contrario es el avance de la intolerancia más execrable, que se hace notar cada vez que un personaje deleznable vuelve a la carga en negar la realidad o asegurar todo lo contrario a lo que los demás percibimos, como que España sea dictadura en vez de la democracia ejemplar que es. En cambio, ser tan crítico hoy con Europa tiene mucho que ver con lo que es un incumplimiento sistemático de sus credenciales democráticas (solidaridad), lo que provoca desconfianza y conflictos entre sus socios, para regocijo de los enemigos bien organizados de la UE, que no paran de pregonar en cada país miembro que, de ganar las elecciones, lo primero que harán será abandonarla a su suerte. Desde Bruselas solo toca espabilar.                                                                                                                                          

“La intolerancia se aprecia a diario en insultos y descalificaciones, o en criticar decisiones tomadas en provecho de una mayoría de ciudadanos”

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¡Hagan hipotecas, señores!, la banca gana

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El eco de muchos casinos repartidos por todo el mundo ha contribuido a propagar su famosa frase de que “la banca siempre gana”. Pero no hay que probar suerte al BlackJack para darnos cuenta de que en la vida real sucede lo mismo, ósea, que los bancos siempre ganan. Antes de la sentencia del Tribunal Supremo sobre el impuesto de las hipotecas en su favor, eran muchas las apuestas que se inclinaron por lo que 15 jueces finalmente decidieron en contra de la opinión de otros 13.  

Somos un país sinigual a la hora de dispararnos al pie, con la pila de problemas hiper graves que tenemos encima de la mesa. Muchas veces abundamos en la idea de que es solo la política la causante de todos estos problemas, cuando los hechos hay que repartirlos entre muchos más sectores de nuestra sociedad. Podemos desplegar completamente el abanico para en sus varillas rotular el nombre de la banca, el Tribunal Supremo, la Audiencia de Barcelona, la patronal empresarial de visita a Junqueras, los nacionalistas catalanes, Villarejo, la Abogacía del Estado, la falta de acuerdo presupuestario o las declaraciones continuas que se hacen en España, a cada momento, insultando y provocando, que en la mayoría de las ocasiones están fuera de lugar.

Vengo comentando en algunos de mis artículos que la confianza de los ciudadanos hacia el sistema y el entorno en el que nos movemos política y económicamente (la Unión Europea) está bajo mínimos y, ahora queda bajo cero, tras la sentencia del Tribunal Supremo sobre el impuesto de las hipotecas, saldada primeramente a favor de los consumidores y después de la banca. Quince magistrados yendo por un lado y trece por el contrario, dejan aún más clara la crisis de Estado en la que nos encontramos, y la necesidad de retocar constitucionalmente algunas cuestiones fundamentales, que deberían contribuir a que la independencia de los Poderes del Estado sea más real que retórica. España se asemeja ahora bastante a esa idea del filósofo Platón, que recomienda esto: “Mejor un poco que esté bien hecho, que una gran cantidad imperfecta”. Lo mismo sucede en las instituciones europeas, bastante perdidas con todo lo que está pasando, además de insolidarias con los problemas internos de los países, que van desde las crisis de deuda (Grecia), la inmigración (Italia), la radicalización (Polonia), el auge nacionalista (España), además de un peligroso incremento de los populismos extremos de izquierda y derecha.

 “La confianza de los ciudadanos hacia el sistema y el entorno político y económico, tras la sentencia de las hipotecas, está bajo cero”

Meses atrás, veía incomprensibles las críticas que venían desde la mismísima Bruselas, más impulsadas por el buen marketing de Puigdemont, pero en el momento actual han pasado demasiadas cosas como para no estar preocupados por la salud de la justicia en España. Tampoco son buenos los antecedentes en el tiempo más corto a esta última sentencia sobre quien paga el impuesto de actos jurídicos documentados. Me refiero a la apropiación de ahorros de particulares, muchos de ellos gente mayor, conocidas como las preferentes, o la posición de los jueces ante los desahucios, a lo que hay que sumar la lentitud de los juzgados antes miles de reclamaciones de particulares para que les sean devueltos los gastos notariales derivados de la firma de hipotecas. En todos estos procesos, la sensación en la calle es que con la banca hemos topado, incluso cuando en plena crisis económica se aportó a estas entidades financieras más de cuarenta mil millones de euros de dinero público (no devuelto), mientras los españoles vivíamos peor a causa de los despidos, la pérdida de negocios, el decrecimiento de sueldos y los no pocos recortes dentro del denominado bienestar social.

En su libro “El capital en el siglo XXI”, Thomas Piketty (economista francés especializado en desigualdad económica) argumenta que “es posible, e incluso indispensable, tener un enfoque a la vez económico y político, salarial y social, patrimonial y cultural”. Todo lo contrario a lo que ocurre de habitual en la España actual, tan insolidaria como variable a la hora de dictar sentencia y cambiarla antes de que el asunto de fondo, si los bancos pagan, tome forma. Absolutamente nada de todo lo dicho durante la larga crisis económica sobre nuevas reglas para hacer una economía más justa y segura para todos se ha cumplido. Tan solo hemos festejado mediáticamente los diez años de la caída del banco Lheman Brothers Pero las preguntas e interrogantes que dejó la primera depresión económica del nuevo siglo siguen ahí. ¿A qué nos lleva meternos en hipotecas de tanta duración?; ¿hemos aprendido la lección del endeudamiento familiar acomodado a lo que ganan realmente sus miembros?; ¿nuestro sector bancario está alejado de los fantasmas de quiebra que marcó la crisis?; ¿los Estados y, sobre todo el Banco Central Europeo, ejercen sobre la banca una mayor y mejor regulación que dé seguridad sobre todo a impositores y ahorradores?. Superada la crisis 2007-2016, todas estas y más dudas siguen en el aire. Igual que las viejas costumbres del capitalismo, tal y como nos acaba de recordar la sentencia que libra a los bancos de pagar el impuesto de las hipotecas firmadas.

 “Absolutamente nada de lo dicho durante la crisis económica sobre nuevas reglas para hacer una economía más justa y segura se ha cumplido”

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La independencia de todos

Spain with flag on political globe

No hay quien niegue que el machaque del Gobierno de Cataluña con la independencia no ha dejado una sola oreja al margen del grave problema creado. Esos mismos ciudadanos, hastiados, exigen que se ponga fin a una situación que perjudica a todo el país por igual, que las soluciones que se lleven a cabo estén dentro de la Constitución, y contemplen la separación e independencia de los Poderes del Estado, como son el Ejecutivo, el Legislativo y el Judicial.

El término independencia nos rechina más ahora por la insistencia del Gobierno catalán con el mismo. Sin olvidar el problema vasco, mayormente hemos crecido en el entendimiento de que, cuando se habla de independencia, enseguida nos viene a la mente la de los jueces, la de los medios de comunicación, especialmente TVE, y la de la separación de los que conocemos como Poderes del Estado. Para muchas generaciones de españoles también fue clave terminar con el aislamiento internacional que trajo consigo el franquismo, y nuestra entrada en la Unión Europea, que supuso sumar esfuerzos y no restar como hacen los nacionalismos excluyentes que tanto acechan ahora al Viejo Continente. Solo hay que ver que, desde que Cataluña vive en permanente inestabilidad, el resto de España también la padece.

Pero volvamos a lo de la independencia como condición de territorio que no depende políticamente de otro. A lo largo de la historia, nadie ha definido la independencia de igual manera y ha tenido muchas caras, como esa que levanta  muros como fue el de Berlín, el que separa Israel de Palestina o el que propugna Donald Trump en la frontera de Estados Unidos con México. Los discursos de muchas independencias han sido igualmente terribles, con una habilidad para retorcer la realidad y manipular los hechos al antojo de unos pocos sobre muchos. Ahora ya es sabido que la exageración, la mentira y las noticias falsas han sido armas esenciales de los soberanistas catalanes a la hora de liar la que han liado. Sus altavoces han sido potentes, como el de las embajadas catalanas en medio mundo, TV3 o Guardiola, sin preocuparles lo más mínimo que el país entero se desestabilice, y con ello todos los españoles salgamos perdiendo. La economía, que va a menos, es el mejor exponente del momento en que nos encontramos, con empresas que pasan de Cataluña, y con un enrarecimiento en las relaciones intro europeas, caso de España con Bélgica, donde vive tan ricamente Puigdemont. Mientras, el Gobierno Central, el de antes y el de ahora, prácticamente no hace otra cosa que intentar desinflar el procés y la fallida declaración de independencia.

 “A lo largo de la historia, la independencia ha tenido muchas caras, como esa que habla de muros como el que propugna Donald Trump con México”

Ha pasado un año desde la surrealista jornada vivida el 1 de octubre de 2017 en Cataluña y en el resto del país, nunca lo olvidemos, y ahora nos encontramos en el momento de petición de años de cárcel por parte de la Fiscalía del Tribunal Supremo y la Audiencia Nacional, que nada tienen que ver con los que solicita la Abogacía del Estado, donde el Gobierno tiene mucho que decir. Lo peor que puede presentar siempre la justicia son estas discrepancias, porque el mensaje tibio hacia dentro y hacia fuera puede resultar contrario a la vuelta a la normalidad que se pretende. Estamos a punto de conmemorar cuarenta años de Constitución, se ha cumplido un año desde los lamentables hechos acaecidos en Cataluña con una forma de hacer y actuar que suponía a todas luces actuar a la fuerza y de espaldas a la Constitución. Pero la falta de consenso político sobre los principales problemas de este país, y Cataluña es uno de ellos, nos sigue provocando a los ciudadanos estrés democrático. En las circunstancias actuales, los vaivenes políticos no son recomendables a la hora de fijar determinación sobre cuestiones que son de Estado, porque están recogidas claramente en la Constitución Española de 1978. Es verdad que aún no estamos en ninguna encrucijada, pero nos acercamos a ella en la medida en que los problemas se acumulan, y todos ellos son de extrema gravedad. Siempre he creído en el diálogo como la forma de aportar soluciones, pero las concesiones políticas, las concesiones territoriales o económicas emanan de una voluntad de la que son legítimos tenedores todos los españoles.

La banca europea acaba de someterse al test de estrés (no entiendo que se llame así), cuando realmente este examen de solvencia debería hacerse a los Gobiernos de la Unión Europea, que a mi juicio no hacen todo lo posible para frenar las ideas radicales que avanzan en forma de nacionalismos excluyentes que encierran la pérdida de derechos y libertades. Evidentemente, España no es ajena a este perturbador escenario, más bien es protagonista principal. Cuando los ideales que sustentan una nación se ven comprometidos por los intereses que afloran en cada momento, por mal camino vamos. Nadie ha dicho que gobernar sea fácil; tampoco cimentar un Estado que debe preservar con firmeza la libertad e independencia personal de todos sus habitantes, sin distinción. Unos ciudadanos que a veces lo ven más claro que los propios gobernantes, sobre todo a la hora de descifrar problemas como los que genera a diario el Gobierno catalán. Sin ir más lejos, y como diría un buen amigo que suele citar a Churchill, el fanático es alguien que no puede cambiar de opinión y no quiere cambiar de tema.

 “El test de estrés debería hacerse a los Gobiernos de la Unión Europea, por no hacer todo lo posible para frenar a los nacionalismos excluyentes”

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Tan pronto arriba, tan pronto abajo

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No podemos negar el conocimiento general que hay sobre el lamento de españoles que triunfan dentro y fuera, caso de los grandes deportistas, y que al tiempo declaran sentirse poco queridos en su país. Parece un destino que se extiende en la medida que reina la confusión social, ya que la lógica y los principios parecen estar ausentes en todo lo concerniente al debate sobre los problemas reales que acucian a España.  

Confucio decía que nuestra mayor gloria no está en fracasar nunca, sino en levantarnos cada vez que caemos. Esto es muy difícil de llevar a cabo en España, y es un cambio obligado que tenemos que generar para legar a futuras generaciones. El golfista Sergio García ha sido el último gran deportista español en subirse al carro de no sentirse querido o reconocido en su propio país. Su caso no es aislado, y antes ha habido otros personajes que han abundado en la misma sensación, hasta llegar a ver las desafortunadas críticas a Rafa Nadal, solo por ponerse las botas de agua y salir a las calles de Sant Llorenç para, como uno más, echar un cable en las recientes inundaciones de Mallorca, con un saldo trágico de trece muertos. Estas cosas pasan porque no son cortadas de raíz en las pertinentes instancias, como es por ejemplo el ministerio dedicado al deporte, dependiente del Gobierno.

De todas formas, ¿Por qué nos comportamos con grandes loas cuando alguien de los nuestros triunfa, y practicamos la destrucción cuando el fracaso o la mala suerte se hacen protagonistas? Sucede en todos los campos, terrenos y profesiones. Lo que pasa es que lo encontramos más de habitual con los políticos, los actores y artistas, los deportistas ya citados y, por supuesto, los empresarios de éxito. Pocos países honran tan bien a los suyos como Inglaterra, Estados Unidos o Francia, y tan mal como España. Desde mi particular visión, aquí ha radicado siempre la diferencia entre una nación  grande, y otra que aspira, que anda con historias de marcas (Marca España), construyendo permanentemente la casa por el tejado, como resulta infravalorar siempre lo que hacen los nuestros para ensalzar lo de otros, que ni nos va ni nos viene. Nuestra espada de Damocles empieza en la educación. Un país no puede comportarse a cada momento en clave políticamente correcta, como se hace aquí con todo. Premiar al primero de la clase y también al último que lo suspende todo es surrealista. Es como esa otra paradoja de vaguear en el trabajo, y encima te premien por ello con más sueldo.

 ¿Por qué nos comportamos con grandes loas cuando alguien de los nuestros triunfa, y practicamos la destrucción cuando fracasa?

Yo creo que la desorientación que sufrimos actualmente dentro de este bendito país viene de confundirlo todo, y no seguir la lógica, el orden y los principios o valores que deben regir toda sociedad que quiera avanzar sin atascarse, como nos sucede a nosotros. Así es: no todo vale. Ni tampoco pretender quedar bien con todos, pronunciando hoy un mensaje y al día siguiente otro, según la ciudad y el público al que se dirija la oratoria. Ahora hay una muy escasa seriedad, que se aprecia en muchos casos, y de la que nuestra juventud toma nota de cara a la abstención electoral o a la hora de seguir buenos ejemplos que luego poner igualmente en práctica en su forma de vivir y trabajar en sociedad. Dentro de los medios de comunicación también sufrimos esta crisis. Se les debe mucho, es verdad, empezando por su intachable compromiso democrático en todo lo acontecido y que acontece en Cataluña, pero cabría esperar más de ellos en lo de los vaivenes, cambios de opinión y posiciones ante planteamientos disparatados. Los medios están para contar la verdad, para atajar las injusticias, para controlar a los poderes y disuadirles contra desmanes, trampas y corruptelas. No están para allanar caminos o defender lo indefendible, porque luego eso se paga con el descrédito y el desinterés de los lectores, televidentes y radioyentes, que muchas veces ya no saben en qué creer.

 “En cierta ocasión en que el padre Nicanor llevó al castaño un tablero y una caja de fichas para invitarlo a jugar a las damas, José Arcadio Buendía no aceptó, según dijo, porque nunca pudo entender el sentido de una contienda entre dos adversarios que estaban de acuerdo en los principios.” Esta cita, que pertenece a la obra de mi admirado Gabriel García Márquez, refleja perfectamente el momento actual de España. Aunque muchos podamos coincidir en la forma de hacerlo mejor, cada cual va por su lado, y así es imposible ponerse de acuerdo en algo, empezando por el asentamiento y la mejora del bienestar general, trabajo para todos, y poder llegar a fin de mes, algo imposible ahora para millones de personas que son pobres incluso trabajando. Hace años que la prensa bautizó como crispación a lo que es un desorden e intromisión de unos poderes en otros, que solo hacen que mostrar las cartas marcadas que son siempre los intereses en juego. Ejemplos en el pasado y en los últimos años hay para dar y tomar. El pagano de todo ello es el de siempre, el ciudadano, y todo lo que directamente le preocupa: quién paga los gastos de la hipoteca, el alto precio de la luz o que el litro de diésel supere ya al de la gasolina. Pienso que un principio inexcusable para entender a tu país es que te falle lo menos posible, porque impera la ley y la igualdad, es decir, la coherencia. Si encima añadimos el derecho al reconocimiento, puede que algún día acabemos con el hecho de que un deportista de éxito lamente desde el extranjero lo poco querido que se siente por el país en que nació, y que no extrañe, incluso dentro del ejército de intolerantes, que un gran tenista como Rafa Nadal tire de pala para sacar el agua que inunda las casas de sus convecinos.

 “Un principio inexcusable para entender a tu país es que te falle lo menos posible, porque impera la ley, la igualdad y el derecho al reconocimiento”

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Los que escribimos de trenes fugaces

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Cantabria y el tren tienen una historia de tardanzas e incumplimientos. La misma que Cantabria y las carreteras. Se ha reclamado tanto al respecto, que ahora es notorio el desgaste en lo que se denominan viejas reivindicaciones. La llegada de un AVE, primero, y tren rápido, después, ha tenido diversos anuncios que, a tenor de lo que se escribe, muy pocos parecen dudar de la última fecha dada del 2024. Bueno, para ser justo, no todos.

Sheldon Cooper, el protagonista principal de la serie estadounidense The Big Bang Theory, es un enamorado de los trenes y hace imposible viajar con él dentro de uno, sin que dé la tabarra todo el trayecto con su fabricación, modelo, el primer viaje inaugural y todas las características técnicas que tiene la locomotora que tira del resto de vagones. Un viaje del desternillante Sheldon a Cantabria, incluyendo la crítica de lo mucho que cuesta llegar en tren a esta bella región del norte de España, creo yo que sería un gran impulso a los deseos poco expresados de esta comunidad sobre viajar hacia el exterior de una forma ferroviaria rápida y segura, sin averías continuas de su catenaria.

Recientemente asistí con el Fernando Collado a una de esas comidas donde coincidimos periodistas con personajes influyentes de la política, y hablamos de todo sin ponernos de acuerdo en casi nada. Fernando, director del periódico El Faro de Cantabria y ex director del rotativo Alerta, es de los contados e influyentes opinadores que han venido escribiendo sobre los tan anunciados trenes AVE, primero, y ahora denominado rápido, que nunca llegarán a ser realidad, de no cambiar drásticamente el desdén que hay desde Madrid hacia el desarrollo de Cantabria, pero también la muy escasa reivindicación que se ejerce desde todas las instancias del poder civil de la región. Tan es así, que desde el último anuncio (y ya van…) de que Cantabria contará con un tren adecuado a las actuales necesidades en el año 2024, Fernando y yo somos de los pocos que hemos escrito sobre el acontecimiento, como si el resto diera por hecho que vale lo dicho y ahora solo queda esperar a que llegue la fecha inaugural en que Santander y Madrid se recorra en tres horas, dentro de los vagones de un nuevo tren que sería la envidia del mismísimo Sheldon Cooper.

 “Fernando Collado es de los contados opinadores que escriben sobre los  anunciados trenes AVE, primero y, ahora, rápido, que no serán realidad”

A la hora de utilizar finalmente una necesaria infraestructura, Cantabria parece acostumbrada a esperar su llegada entre veinte y treinta años. Pasó con la Autovía con Bilbao; pasó con la Autovía a la Meseta, aún inconclusa en su totalidad; pasó con la Autovía del Cantábrico y pasa con el tramo ferroviario que nos une con Madrid, con una vía más acorde a finales del siglo XIX y principios del XX, que lo que demanda el actual XXI. Sobre el nuevo tren rápido anunciado, Nando Collado escribía recientemente un realista artículo titulado “El tren de Tito Livio”. Presagiaba el periodista lebaniego lo siguiente: “En realidad será un AVE con ala y media y a la pata coja, porque de Reinosa hacia abajo proyectarán “La Diligencia”, de Jhon Ford, y el convoy circulará en consonancia con los equinos que abrevaban en el rancho del pistolero Jhon Wayne”. Resulta imposible relatarlo más claro, tal y como se han venido desarrollando los anuncios e incumplimientos, y como han ido pasando los años con la mejora de trenes en todas las comunidades españolas menos en Cantabria.

Hoy, el hecho más denunciable, es que esta región es la única que no aparece en el mapa español real de modernización ferroviaria, lo que nos aleja del resto del país y también del resto de Europa. Creo que no somos del todo conscientes de lo que nos jugamos en el envite. Tengo algunos amigos que trabajan en empresas de logística, que me han explicado suficientes veces la tardanza que supone sacar o traer una mercancía a Cantabria, en comparación a otros lugares. No tener una línea ferroviaria adecuada, terminar de una vez por todas con las carreteras hacia el exterior que necesitamos, y abrir otras vías (hacia el Mediterráneo), nos hace menos competitivos y lastra nuestro desarrollo y el futuro laboral de nuestros hijos, algo que ya sucede ahora. Los que escribimos de trenes fugaces, como Fernando y yo, lo hacemos pensando en esta tozuda realidad. Seguro que es compartida por más, pero se echan de menos voces, reivindicaciones, movilizaciones, y una demanda permanente por parte de los medios de comunicación regionales, como el gran altavoz interior y exterior que son. Sheldon Cooper aparece jugando con un tren en uno de los episodios de The Big Bang Teory, mientras anuncia: “ya es oficial, soy un trenadicto”. Sigamos el ejemplo, por la cuenta que nos trae.

 “Hoy, el hecho más denunciable, es que esta región es la única que no aparece en el mapa español real de modernización ferroviaria”

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