El medio rural, cuando interesa

De repente, se habla de la España vacía como si fuera una novedad. Aquí sí que el CIS tendría que hacer una macroencuesta para preguntar a los habitantes de muchos pueblos sobre el secular abandono de ciertos territorios, lo que desemboca en la marcha de los vecinos y la despoblación porque no nacen niños. A la espera de propuestas que den la vuelta a la situación, habría que empezar por asumir el concepto de que, como las ciudades, los pueblos tienen el mismo derecho al desarrollo.

Debido a semejante periodo electoral tan prolongado en el tiempo, ahora se habla mucho de la España vacía. Es una manera nada acertada de buscar nueva denominación, acorde al mundo global, de lo que siempre hemos conocido como los pueblos, el campo o las zonas rurales, como más les guste. Creo haber leído lo suficiente respecto a proyectos planteados para el mantenimiento y desarrollo de los pueblos de España, no sé si se ha preguntado a los propios afectados, pero lo que sí tengo muy claro es que la despoblación rural en nuestro país va unida a la crisis y a que cada vez se les suprimen más servicios, como puede ser el caso de no contar con una simple oficina bancaria.

Asumir sin más que muchos habitantes de pueblos tengan que esperar un tiempo a que recale por el lugar el cajero rodante de un banco determinado, no sé cómo lo llamarán a eso ustedes, pero yo lo he conocido toda mi vida como retraso en vez de avance. En las ciudades escuchamos estas noticias y nos da igual. Pero los que sienten de verdad el abandono son los habitantes de tantos y tantos pequeños municipios, que tienen los mismos derechos que el resto de ciudadanos, y he aquí la gran cuestión que se dilucida a la hora de hablar, como simple propaganda, del avance rural, para luego no hacer lo que muchas personas esperan de las promesas.

“La despoblación rural va unida a la crisis y a que cada vez se les suprimen más servicios, como contar con una simple oficina bancaria”

El ejemplo de las oficinas bancarias se puede extender a empresas, negocios, servicios educativos y sanitarios y, por supuesto, al normal funcionamiento de la luz, el agua, el gas o la señal de la televisión, la telefonía móvil o Internet. Hemos asimilado sin más la frase hecha de que los jóvenes se van de los pueblos por falta de oportunidades. ¡Cómo no! Es la misma cantinela desde antes de la Transición y la entrada de España en la Comunidad Económica Europea, hoy Unión Europea. Muchos piensan que las gentes del campo viven de las subvenciones europeas, y con eso ya lo tienen todo dicho. Donde quede el trabajo, el esfuerzo, el sufrimiento, el bajo pago de precios a su madrugadora labor, de todo esto se habla menos. Así llegamos a la auténtica realidad que no es otra que solo quienes viven en el medio rural saben lo que hay, y también lo que pueden esperar de las promesas que han escuchado a lo largo de su vida, primero sus bisabuelos, después sus abuelos, siguiendo con sus padres y, ahora, ellos. Por eso también les entran tantas dudas del camino que les gustaría que siguieran sus hijos, quizás no tan esforzado como el que agricultores y ganaderos llevan a cabo a destajo.  

Desde hace tantos años que ni sé, en España solo se habla de infraestructuras para las ciudades y nada para los pueblos. Partiendo de esta premisa, realmente hay poco que esperar de cara al futuro. O cambia la mentalidad dentro de las instituciones del poder y el reparto justo del presupuesto (los votos), o el declive del medio rural seguirá el mismo camino que lleva hoy en día. En las grandes ciudades disfrutamos de los alimentos que en gran medida se cultivan y producen en el campo, pero no basta ver las cosas con tan gran simplicidad de miras, sino somos capaces de mejorar las condiciones de millones de ciudadanos que quieren continuar haciendo sus vidas en los pueblos en que han nacido. Vivir y trabajar donde uno es oriundo se ha convertido en España en un anhelo poco más que imposible. No debiera ser así y por eso el desarrollo y la prosperidad de que se habla habitualmente depende mucho de quien cuente la historia. Todo se instala en las grandes ciudades, y los pueblos quedan muy bonitos para que los urbanitas vayan a visitarlos los fines de semana y de paso comer en algunos de sus restaurantes. Por eso el municipalismo ha sido siempre tan importante, porque los vecinos quieren ver que sus problemas cercanos son acometidos y solucionados. Los grandes ayuntamientos reciben quejas y sugerencias y existe garantía de ver las cosas cambiadas a mejor. Pero no olvidemos que en los pueblos también se pagan impuestos, y algunos llevan con reivindicaciones a cuestas desde el siglo XIX. De ahí que no me tomo tan en serio oír hablar de una España vacía que, en realidad, siempre ha estado así.   

“Desde hace tantos años que ni sé, en España solo se habla de  infraestructuras para las ciudades y nada para los pueblos”

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No ensuciéis la memoria de Mauthausen

Pisar suelo de Mauthausen, el campo de exterminio nazi, y en el uso de la palabra en un acto por parte de una representante de la Generalitat de Cataluña, hablar de presos políticos en España, es una de las actitudes más indecentes que me ha tocado leer dentro de la actualidad cotidiana. Evidentemente, vivimos en todas partes tiempos confusos, que pretenden anteponer las inmoralidades al respeto, la memoria y el recuerdo a los auténticos mártires de las atrocidades, como el Holocausto, cometidas por esto que llamamos humanidad.

Yad Washem significa en hebreo “memoria y nombre”. Pero Yad Washem es también el Museo del Holocausto de Jerusalén. Se fundó en 1950, con una misión clara: difundir el genocidio nazi de más de 6 millones de asesinados, y que su memoria permanezca siempre viva para que jamás se repita algo así. En el año 2011, el museo ya contaba con 130.000 instantáneas para el recuerdo, fotografías que pueden ser consultadas en su web. 56 fueron los campos de exterminio donde se perpetraron todos estos asesinatos. Algunos de estos nombres nos suenan más que otros, como es el caso de de Auschwitz, Mauthausen, Dachau, Buchenwald o Treblinka. Yo contaba con quince o dieciséis años cuando leí la historia del campo de Treblinka que recoge su nombre de una aldea polaca. Nunca he olvidado el contenido de aquel espeluznante relato y hasta qué punto fue capaz de llegar la raza humana con las cámaras de gas y los hornos crematorios.

Todo lo contrario de los no leídos, capaces de pronunciar las mayores afrentas, sin que parezca importarles nada ni nadie. Esto pasó precisamente el domingo 5 de mayo de 2019. Se celebraba en Mauthausen un homenaje a los republicanos españoles que fueron deportados a este campo austriaco. En el conocido como muro de las lamentaciones tomó la palabra la directora general de Memoria Democrática de la Consejería de Justicia de la Generalitat, Gemma Doménech. Y habló en estelugar de los políticos catalanes que están siendo juzgados por el Tribunal Supremo, a los que se refirió como “presos políticos”, y queriendo como engarzar el pasado con el presente.

“Se celebra en Mauthausen un homenaje a los españoles deportados y la directora de Memoria de la Generalitat habla de políticos presos”

Uno puede ser y pensar lo que quiera, dar la brasa hasta la saciedad como hacen los separatistas catalanes, pero nunca se debe perder de vista que para muchas personas existe una historia de mucho sufrimiento, como fue todo lo acontecido en la II Guerra Mundial y, en concreto, el nazismo y el fascismo. Provocar permanentemente a la sana ciudadanía española tiene límites claros que hace tiempo se han sobrepasado, y como muestra clara esto sucedido en Mauthausen. Hizo bien la ministra de Justicia del Gobierno de España en abandonar el acto, tras escuchar esa comparación que quiso hacer la representante de la Generalitat (¿aún está en el cargo?) con lo que ocurrió allí y lo que sucede en la España actual. Con todo, los máximos representantes del Estado español no deben abandonar escenarios, y sí controlar mediante la diplomacia que no vuelva a suceder algo como lo de  Mauthausen.

Como persona viajada, no exagero nada si digo que España es uno de los países más democráticos que existen en el mundo. Gracias a ello, puede haber personas como esta directora general de Memoria Democrática de la Consejería de Justicia de la Generalitat. Pero no se puede mentir impunemente, de manera reiterada, te llames Pep Guardiola, Lluís Llach, Gerard Piqué o Gemma Doménech.

En su agenda política, social y económica, el nuevo Gobierno tiene mucho trabajo por delante, pero algunas cuestiones son más urgentes que otras. En el caso de la situación de Cataluña, es imperioso que acaben las falsedades, provocaciones y fake news constantes que funcionan muy bien en el exterior y que perjudican la reputación de España. Toda esta propaganda que se hace desde el Gobierno catalán poniendo en solfa al resto del país se paga con dinero de todos los contribuyentes. No pierden oportunidad dentro y fuera de hablar mal de España, pero que no falte el dinero que se inyecta periódicamente desde el Ministerio de Hacienda para mantener a flote las maltrechas finanzas de la Generalitat. Es una deslealtad institucional dañina, permanente y sin escrúpulos. La comedia protagonizada en Mauthausen debe suponer ya, para el Gobierno de España y también para el de la Generalitat, el final de tanta patraña que no va a ningún sitio, salvo porque se cabrea a demasiados colectivos, como ha sido el caso de las Comunidades Judías de España, que han cargado contra el Govern por “banalizar el Holocausto”. Y es que así ha sido, ni más ni menos.

“En el caso de Cataluña es imperioso acabar con las falsedades y provocaciones que funcionan muy bien en el exterior”

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Libertad para todos los ciudadanos iberoamericanos

Cuando el Banco Mundial arroja el dato de que en Venezuela hay un 90 por ciento de pobreza o Unicef habla de 3,2 millones de niños que necesitan, ¡ya!, de ayuda, la política y su diplomacia son más necesarias que nunca, antes de la irrupción de un conflicto bélico. En España lo sabemos por experiencia propia, y como país miembro de la Unión Europea y de la Organización de Países Iberoamericanos, debemos hacer valer estos criterios frente a las potencias que mandan realmente en la grave encrucijada venezolana: Estados Unidos y Rusia.

Los ciudadanos nos perdemos en los galimatías diplomáticos internacionales. Son las llamadas alianzas, generadoras de bloques enfrentados por el comercio y la influencia territorial donde aparece casi siempre en escena el poderío militar.  Inglaterra deja tirada a la Unión Europea, pero desde 1950 tiene montado otro importante chiringuito político-económico, como es la Commonwealth. Se trata de una organización compuesta por, nada más y nada menos que 53 países (la ONU tiene reconocidos 194), que comparten estrechos lazos con el Reino Unido. Solo hay que ver el listado de miembros para darse cuenta del poderío de esta Mancomunidad de Naciones: Australia, Canadá, India, Pakistán, Singapur o Sudáfrica, entre otras.  La política mundial funciona así, a base de países hermanados, en lo bueno y en lo malo. Aunque a más de un lector le pueda sonar a nuevas, en España, además de la UE, tenemos la OEA, más conocida como Organización de Estados Americanos, nacida en 1948. A ella pertenecen países que siempre están en el candelero internacional, como son Cuba, Venezuela, Argentina, México y Brasil. Portugal también está, y hay que recalcarlo porque últimamente se habla muy bien, en todos los aspectos, del país vecino.

Regresemos a la OEA. En la web del Ministerio de Asuntos Exteriores de España figura que la última Cumbre Iberoamericana de Jefes de Estado y de Gobierno, la 26 en concreto, tuvo lugar en la ciudad de Antigua, Guatemala, entre los días 15 y 16 de noviembre de 2018. Andorra acogerá la siguiente cumbre, en el año 2020. ¿Qué se trató en Guatemala? Lo podríamos resumir en cuestiones muy genéricas como la promoción de la inclusión social, el desarrollo sostenible, el cambio climático y la migración. Pero una declaración quiero destacar de aquel encuentro, por lo chocante del papel que juega España con Iberoamérica, sobre todo cuando en esta 26 cumbre se habló del “pleno disfrute de derechos y libertades de todos los ciudadanos iberoamericanos”. A quién se refería la delegación española, ¿a los cubanos?, ¿quizás a los venezolanos?, ¿o más bien iban dirigidas estas palabras a los nicaragüenses y su situación actual?

“Es chocante el papel de España con Iberoamérica, sobre todo cuando habla del pleno disfrute de derechos de los ciudadanos iberoamericanos”

Iberoamérica ha supuesto desde siempre para España un escenario de cultura compartida, en lo que es hablar un mismo idioma, lo que nos ha llevado a los españoles a sentir como países hermanos precisamente a los miembros de la OEA. Los hermanos, en todo caso, se involucran en los problemas familiares, máxime si toman un cariz como lo que viene sucediendo en Venezuela desde hace ya demasiado tiempo. Sin embargo, el escenario de este conflicto está comandado por la política de Estados Unidos y de Rusia, claramente enfrentados en lo que debe ser el futuro de este país que arroja, para sus ciudadanos, unos datos terribles que vienen dados por el Banco Mundial. Su índice de pobreza es del 90% y la tasa de inflación alcanza ya el 10.000.000%, lo que permite que los precios aumenten a diario un 280%. Como ocurre siempre en este tipo de conflictos, los niños se llevan la peor parte. Unicef estima en 3,2 millones de niños venezolanos que necesitan ayuda humanitaria para antes de ayer. Los que llevan mejor suerte están abandonando Venezuela por millones, sean pequeños o mayores, y podemos estar hablando ya de cuatro millones de personas.

El papel de España, como miembro de la Unión Europea y de la Organización de Países Iberoamericanos, debería ser decisivo en la búsqueda de una salida diplomática a este conflicto, que espantara los tambores de guerra que suenen desde las poderosas capitales políticas y militares que son Washington y Moscú. Aquí hay un pueblo hambriento y masacrado, que no merece una prolongación de semejante sufrimiento. Pudiera parecer que las llamadas diplomáticas a la sensatez fueran suficientes para mantener vivo este deseo de paz dentro de Venezuela, pero yo personalmente no las oigo con la nitidez que me gustaría en los foros internacionales dedicados a poner orden a los desmanes que cometemos de habitual los pueblos del mundo,  sea en nombre de una cusa u otra, para al final quedar claro que casi todo se hace por más poder, egoísmos y ambiciones personales. Venezuela ya no pude más, ni mucho menos con los mensajes tibios que pueden llegar desde el exterior, caso del país hermano que es España. Puede que muchas veces se quieran evitar reacciones y declaraciones fuertes hacia la política y los políticos del Gobierno de España, como ha ocurrido en tantas ocasiones anteriores. Es el precio a pagar, cuando se demanda democracia y justicia social. Porque lo cierto es que resulta muy exagerada aquella proclamación de la última Cumbre Iberoamericana de Guatemala, sobre el pleno disfrute de derechos y libertades de todos los ciudadanos iberoamericanos.

“Venezuela ya no pude más, ni mucho menos con los mensajes tibios que pueden llegar desde el exterior, caso del país hermano que es España”

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Humor, libertad de expresión y barbaridades

Cuando se dice un disparate mayúsculo en una red social, la libertad bien entendida exige disculparse y no volver a las andadas. Coger en cambio el camino de hablar de falta de libertad de expresión hacia el humor o que se está coartando la imaginación, las ideas o la mismísima comedia es faltar a la verdad. Porque la libertad de expresión no se explica sin el debido respeto a los demás.

Tres términos y tres significados. El humor es el modo de enjuiciar o comentar la realidad, resaltando el lado cómico, ridículo incluso de las cosas. La libertad de expresión es manifestar opiniones e ideas, sin temor a represalias, censura o sanción. Y las barbaridades son dichos o hechos que causan sorpresa y rechazo, por ser especialmente torpe, equivocado o exagerado. ¿Qué ha unido últimamente, para mal, a estas tres expresiones, que han cobrado mayor protagonismo a través de polémicas concretas? Pues las redes sociales, les ha unido las redes sociales

Al igual que en política ya no se puede utilizar a la ligera la excusa de que las acusaciones sobre corrupción son mayormente fruto de campañas concretas de difamación, determinados humoristas sobreexplotan que criticar una actuación racista, machista, xenófoba o que incita al odio es atentar contra la libertad de expresión, lo que para ellos resulta también una involución democrática y, en concreto, de los derechos y las libertades en España.

“Determinados humoristas sobreexplotan que criticar una actuación resulta una involución de los derechos y las libertades en España”

La última “barbaridad humorística” la ha propiciado un tuit de David Suárez, escribiendo sobre el síndrome de Down. Al hablar de libertad de expresión, son las palabras utilizadas las que avalan y concretan de forma decisiva el hecho, las consecuencias e incluso las reacciones a favor y en contra del autor del mensaje. Veamos lo escrito por Suarez: “El otro día me hicieron la mejor mamada de mi vida. El secreto fue que la chica usó muchas babas. Alguna ventaja tenía que tener el síndrome de down”. Tal cual. Las consecuencias de este chiste no se hicieron esperar, tanto la asociación Dwon Madrid como el Comité Español de Representantes de Personas con Discapacidad (CERMI) denunciaron este mensaje en las instancias pertinentes, como es el caso de la Oficina de Delitos de Odio de la Policía. A su vez, la Cadena Ser, emisora en la que colaboraba este humorista ha prescindido de sus servicios.

Como quiera que una noticia debe mostrar a todas las partes implicadas, esto es lo que aduce David Suárez sobre su comentario: “Mi tuit no era más que un chiste, y como tal, forma parte única y del terreno de la ficción. No es una opinión, ni por supuesto un hecho real”. Para añadir: “Soy cómico y mi género es el humor negro, género pedregoso que transita muchas veces carreteras complicadas, que trata temáticas sensibles y que juega a poner sobre la mesa todo aquello de lo que nadie quiere hablar”. Y avisa: “Ante la bajada de pantalones de las empresas frente a las amenazas de unos guardianes de la moral ávidos de imponer en el fondo su doctrina identitaria, se dibuja un futuro sombrío, en el que las quejas de unos pocos determinarán la agenda política y cultural de todos nosotros. La comedia y la imaginación son el único reducto que nos queda. Que no nos la roben”.  

No, el único reducto que nos queda es el de la educación y el respeto. Nada corre peligro mientras respetemos las libertades de todos, y el mejor ejemplo y faro guía posible lo tenemos en la propia Constitución Española que en su artículo 20.4 fija el límite que ha de tener la libertad de expresión en el derecho al honor, a la propia imagen y a la protección de la juventud y de la infancia. Pero por si fuera poco, el Código Ético de los Periodistas habla de extremar el celo profesional en el respeto a los derechos de los más débiles y los discriminados.  “Debe, por ello, abstenerse de aludir, de modo despectivo o con prejuicios a la raza, color, religión, origen social o sexo de una persona o cualquier enfermedad o discapacidad física o mental que padezca”, recoge expresamente. Quizás es esto de lo que adolecemos hoy en día. Hablo de la necesaria ética. Si dentro de nuestra profesión, como puede ser la de cómico, utilizamos al mismo tiempo las redes sociales como impulsoras de nuestra imagen, trabajo, seguidores y posibles contrataciones, tenemos que ser al tiempo conscientes de cómo hacerlo, para no pisar ni herir en ningún momento la sensibilidad de grupo social alguno, que merecen de todo nuestro respeto y consideración. Luego, cuando hemos cometido el grave error, no podemos excusarnos en que faltan o están en juego las libertades, porque como la exageración que es, no hacemos otra cosa que ahondar aún más en la barbaridad cometida. Siempre he dicho que un perdón a tiempo, y el propósito de enmienda de no volver a incurrir en lo mismo, es la mejor manera de convivir, entenderse y respetar al prójimo. Voy a poner de mi parte, no añadir nada más sobre este mal entendido chiste del síndrome de Down.

“Utilizar redes sociales como impulsoras de nuestra imagen requiere no herir la sensibilidad de grupo social alguno”

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Grandes fortunas y donaciones sociales

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No pensemos ni por un instante que todo el mundo ve bien las aportaciones de las grandes fortunas del mundo para causas sociales concretas. Ocurrió en España con la donación de sofisticados equipos tecnológicos contra el cáncer para hospitales públicos, y ahora hay también debate sobre la reconstrucción de Notre Dame con el dinero aportado por los más ricos de Francia. Lo que no se ve claro, es mejor legislarlo.

El 28 de marzo de 2017, ninguna otra noticia fue de tanto alcance en España como la que anunciaba que la Fundación Amancio Ortega, el dueño de Zara, donaba 320 millones de euros a los hospitales públicos de todas las comunidades autónomas, para la renovación de sus equipos de diagnóstico y tratamiento radioterápico del cáncer. La polémica duró varios meses y las redes sociales se llenaron de comentarios a favor y en contra de la medida, al pensar unos que son los presupuestos del Estado los que deben sostener la sanidad, mientras otros creen que puede ser un gasto compartido entre lo público y lo privado. En realidad, la crisis económica y los denominados recortes, se concentraron mayormente en la privatización en parte de muchos hospitales públicos, algo que no veo bien,  y va a ser el tiempo el que diagnostique finalmente si fue o no una medida acertada.

Han pasado dos años de aquella millonaria donación de 320 millones en España, y la reconstrucción de la catedral del Notre Dame de París recupera el debate sobre recibir de buen grado las cuantiosas aportaciones económicas procedentes de las grandes fortunas francesas. Apellidos como Pinault, desembolsando 100 millones, Arnault, 200, Bettencourt, otros 200 millones, o multinacionales como la petrolera Total, 100 o Société Genéralé, 10 millones, lejos de pretenderlo, han contribuido a echar más leña a ese fuego, que casi acaba con lo que uno de estos ricos franceses denomina como un “símbolo de Francia, su herencia y de la unidad francesa”. Realmente, son palabras demasiado gruesas como para zanjar rápidamente el debate, diferenciando claramente entre partidarios y no partidarios de maridar el dinero público, y si han de aceptarse por parte de las Administraciones Públicas donaciones como las comentadas para los hospitales españoles o devolver la imagen anterior a las llamas de una majestuosa catedral como la de Notre Dame.     

“La crisis económica y los recortes privatizaron hospitales públicos, algo que no veo bien, y el tiempo diagnosticará si fue una medida acertada”

Es verdad, y hacemos bien, que los ciudadanos tenemos una tendencia natural a pedir la aprobación de leyes concretas en aquellos vacios o lagunas legales que consideramos un perjuicio para una gran mayoría. En ocasiones, resulta algo parecido como clamar en el desierto, porque incluso la presentación de millones de firmas que buscan el debate y la aprobación de leyes demandadas caen en el vacío, por diferencia de opiniones, sensibilidades y, por supuesto, ideologías. Otro ejemplo colateral lo encontramos en lo poco que sabemos de los Lobbies, como grupos de presión que son, que dirigen acciones tendentes a influir ante la Administración Pública, para promover decisiones favorables a los intereses de sectores muy concretos, principalmente industriales.

A donde quiero llegar es que el verdadero reimpulso a la idea de Europa estriba en seguir adelante con una legislación común, que verdaderamente nos sirva para salir de los obstáculos de sustentar un Estado del Bienestar, y qué hacer cuando ese dinero no resulta suficiente para financiar cuantiosos proyectos considerados como sociales. ¿Pueden entrar aquí aportaciones diferentes a las públicas? Depende de lo que estemos hablando. Hay cuestiones que a mi juicio deben quedar siempre salvaguardadas de este debate, principalmente en todo lo relacionado con la educación y la sanidad. Luego, si hablamos de cultura o de patrimonio histórico-artístico, como puede ser el caso de Notre Dame, se ha venido demostrando que toda ayuda es poca dentro de la pertinente colaboración público-privada. En el caso francés, y en concreto con todo lo acontecido con la casi destrucción de Notre Dame, el país vecino ha vuelto a dar una lección sobre lo que son cuestiones sagradas dentro de una sociedad que no se cuestiona jamás lo que son sus principales y valores. Así, no cabe diferenciar entre lo que unos y otros pueden aportar, cuando llega el caso desgraciado de esta catedral, auténtico símbolo de Francia. Allí y aquí se ha llegado a titular que “Arde París”, y hasta la Comisión Europea ha pedido la aportación económica de todos los países socios para la reconstrucción de Notre Dame. Con todo, no estaría de más que el Parlamento Europeo dejara claro en adelante dónde está el límite legal filantrópico, porque hay tantos apoyos como recelos a las donaciones de las grandes fortunas a las causas sociales. Mejor sería dejarlo claro, legalmente, para siempre.   

“El país vecino ha vuelto a dar una lección sobre lo que son cuestiones sagradas de una sociedad que no se cuestiona sus principales y valores”

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