Opinión sobre las opiniones

El low cost también ha contagiado al marketing. Lo demuestra el hecho de pretender diferenciar entre declaraciones personales o políticas, mientras ocupas, por ejemplo, un cargo de ministro. La respuesta no se ha hecho esperar y los ciudadanos, que son a fin de cuentas los que votan, fijan  su interés en todo lo que se diga en adelante sobre Cataluña, pensiones, la caza, la tauromaquia o la desaparición de la gasolina diésel.

Avanzado este artículo seré más directo con Donald Trump, pero la última que ha hecho el presidente norteamericano es poner en cuestión a un niño de siete años por creer aún en Santa Claus. Cuando protagoniza sus paridas, en Twitter o mismamente dentro de la Casa Blanca, ¿Donald es un líder político o es un magnate caprichoso? No a lugar ni a la pregunta ni a la distinción, porque cuando alguien dirige un país y tiene silla en la ONU y los destinos del mundo, absolutamente todo lo que diga y haga entra dentro de su cargo presidencial.

Recientemente, hemos tenido un caso en España, con las manifestaciones de la ministra de Transición Ecológica, Teresa Ribera, al asegurar que su rechazo frontal a la caza y tauromaquia, pertenecen a sus ideas personales, y nada tienen que ver con el importante ministerio que dirige.

 Si nos dejáramos llevar por esta última aportación a la política del marketing low cost, el pozo en el que nos podríamos meter dentro del mundo económico, funcionarial o educativo (por citar tres destacadísimos ejemplos) sería morrocotudo.

Pongamos un caso para cada uno de estos tres apartados, el de las empresas, las Administraciones y los colegios. En una fábrica, un jefe de sección recrimina al operario que no puede ausentarse de su puesto en plena producción. Su respuesta al superior es que ha salido antes del trabajo para ir de vinos con los amigos, pero lo ha hecho a título personal y no como trabajador. Otro posible: dentro de un ayuntamiento, un empleado público lanza una grave acusación contra el alcalde, y apela a que lo hace como ciudadano de a pie y no como funcionario. Y acabamos con el caso del colegio; se podría llegar a insultar a un profesor, te mandan al despacho del director, y excusas tu mala conducta en que le has increpado como opción individual, pero ni se te ha pasado por la cabeza hacerlo en tu condición de alumno.

 “En el colegio se podría llegar a insultar a un profesor y excusarte en que lo haces como opción individual, pero no en tu condición de alumno”

Sí, como lo oyen, todos son disparates mayúsculos, aunque no estamos exentos de que sucedan, si nos dejamos llevar por este absurdo atajo de que una opinión, una denuncia, un insulto, descalificación o improperio, nada tiene que ver con el cargo o trabajo que desempeñas, porque se queda el ámbito de lo estrictamente personal. Así, no es de extrañar que toda la basura que se mete en las redes sociales, algunos pretendan encuadrarla dentro de la libertad de expresión que, por supuesto, es otra cosa muy diferente.

Un líder destaca siempre por la coherencia en todo lo que habla. Por eso Trump, ni lo es, ni lo será nunca. En España la pelota está ahora en el tejado de que los ciudadanos ya no votan como antes. Hoy escuchan más atentamente el discurso, y lo que conlleva. Las pensiones, Cataluña, País Vasco, la caza, los toros, la gasolina diésel, la subida de impuestos a los autónomos, la prisión permanente revisable, o lo que van a cobrar de más o de menos los funcionarios en el 2019. Todo es actualidad, y todo suma o resta a la hora de ir a votar. De ahí que lo que se manifieste con respecto a cada una de estas causas, lejos de ser baladí, a la postre, es trascendental. Y no. No se puede dar una opinión acerca de uno de estos temas, y esperar que los ciudadanos ni se inmuten ni reaccionen, porque nadie ha medido bien la repercusión. Y la tiene, ya lo creo que la tiene, empezando por la ética. En todas las facetas de la vida, no todo vale. Del poder se espera verdad, transparencia, seguridad y equidad en las decisiones que se tomen. Pero hay que empezar por lo más elemental, en el sentido de que cuando se afirma algo, detrás de la persona hay un cargo público que asume sus palabras y las consecuencias de explicarlas bien o mal. Es algo que explica claramente un viejo refrán español, que dice que soplar y sorber, todo al mismo tiempo, no es posible. Queda claro. Y, ¡por Dios!, que alguien le explique a Donald Trump que Santa Claus no tiene edades, y que creer en él, con tan solo siete años, es lo más normal del mundo. Aunque vislumbro que este es el auténtico problema: la diferencia entre ser normal o no.

 “Los ciudadanos ya no votan como antes. Hoy escuchan mucho más el discurso sobre pensiones, Cataluña, la caza, los toros o la gasolina diésel”

 

 

Share This

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *