Laura Luelmo x mil

La maestra Laura Luelmo forma ya parte del panteón de mujeres mártires asesinadas, y no puede ser un caso más que solo genere rabia, indignación, y peticiones de condenas más serias para su verdugo. Hasta que no se endurezcan las penas carcelarias, de forma contundente, la lista de asesinadas seguirá aumentando. A la espera de medidas, el Estado y sus principales instituciones parecen no entender los riesgos reales que corren todas las mujeres, y apuestan por campañas muy visuales en contra de la violencia de género.  

En los instantes posteriores a ser descubierto el cadáver de Laura Luelmo, no me ha sido difícil encontrar testimonios cercanos de mujeres indignadas por este último asesinato, al tiempo que se mostraban temerosas de que algo semejante les podía ocurrir a cualquiera de ellas o de sus hijas. “Nos están matando, y nadie hace nada”. Era y sigue siendo la expresión más oída estos días, y creo además que tienen todo el derecho a entonar de esta manera su terrible miedo.

Con cada nueva víctima, siempre es lo mismo. También yo, perdonen el aburrimiento, voy a caer momentáneamente en lo mismo. Que si hay que revisar la legislación penitenciaria. Que si hay que acordar unas penas más duras que no alberguen reinserción alguna. Y lo peor es que con esto también se hace electoralismo, lo que nos convierte en un país chocante y contradictorio, que ni siquiera tiene claro lo que supone convivir con unas reglas básicas, y hacer pagar por ellas cuando son alteradas tan abruptamente como supone que una persona dé muerte a otra.

 “Somos un país chocante que no tiene claro convivir con unas reglas y hacer pagar cuando son alteradas porque una persona dé muerte a otra”.

En verdad, el caso de Bernardo Montoya, autor confeso del asesinato de Laura Luengo, y su largo y temible historial delictivo, es como para que este país entre en reflexión, y nos hagamos mirar muchas de las costuras democráticas que ahora andan más bien flojas por mor de la intolerancia. La lista de sucesos como el de esta joven maestra crece, y no estamos dando respuestas coherentes que traigan consigo una justicia que sepa generar calma en tantas mujeres que se sienten, ¡como para no!, amenazadas. Hay que reconocer un clamor como nunca antes para acabar contra todo tipo de violencia machista, pero creo que no va acompañado de las medidas legales necesarias que corten de raíz esta hemorragia de asesinatos. Una vez más la pregunta se repite: ¿se podía haber evitado la muerte de Laura?  Más  o menos, sabemos cosas sobre nuestras vidas, pero nada podemos hacer para estar a salvo de las desgracias que se producen por motivos diferentes: porque las buscamos, porque las encontramos o porque nos las infringen cuando menos lo esperamos. Que L. Luengo acabara así sus días no tiene justificación alguna, porque sencillamente, no hay derecho.

Los Montoya proliferan, y en su caso concreto ya no hay reinserción posible, porque siempre ha seguido un mismo reguero de sangre que le lleva a matar. Y estamos ya muy cansados de tener que explicar siempre lo mismo, cuando además es inexplicable, por eso de que lo blanco es blanco, y lo negro es negro. Pasa que nos manipulan, que nos quieren hacer comulgar con ruedas de molino, y que de una vez por todas es la opinión mayoritaria de la calle la que se ha de imponer a quedarse con los brazos cruzados frente a tanta violencia. Creo que poner paños calientes tras un nuevo asesinato sería actuar contra natura; sería caer en la palabrería e hipocresía acostumbradas, para luego no hacer nada. Que se lo pregunten sino a los familiares de las víctimas, y sus luchas porque se cambien determinadas cosas, que eviten más muertes inocentes.

El Estado y sus principales instituciones de Gobierno están volcados con las campañas publicitarias de concienciación, para todo aquello que suponga violencia de género. Pero es claro que esto no basta, sino vienen acompañadas de medidas coercitivas que causen temor con solo enunciarlas. Aquí entran el aumento de penas, el cumplimiento íntegro de las mismas, velar especialmente porque no haya concesión de salidas esporádicas de las cárceles, para no tener que asistir a lo que ha supuesto el asesinato de Laura Luelmo, a manos de un delincuente condenado como Bernardo Montoya. Hacía pocos meses que había salido de prisión, para terminar segando la existencia de una joven mujer de 26 años, con toda la vida por delante. Estos hechos no merecen nuevos debates estériles y sí actuar para que no se repita con ninguna otra mujer el que ya es conocido como el asesinato de El Campillo.

 “Las campañas de violencia de género no bastan, sino se acompañan de medidas coercitivas que causen temor con solo enunciarlas”

 

 

Share This

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *