El fanatismo es como las fronteras, las hay en todo el mundo. Se ha intentado abordarlo (de abordar, aproximarse, acercarse), como tantas campanadas de fin de año se han celebrado, y nada. En la lista top de las malas acciones, el fanatismo ocupa los primeros puestos. Con tener dos versiones sobre algo, unos enfrentados a otros por una opinión o causa, se activa automáticamente la intolerancia. Israel o Gaza, Rusia o Ucrania, que si
quítate tú para ponerme yo, las versiones van por barrios, aunque unos estén más bombardeados que otros. De mucho dolor conocido tienen la culpa los fanáticos, llevando a los peores extremos ideas, soluciones o la versión propia de arreglar de un plumazo determinadas cosas, que es ver nacer a los dictadores. Las armas preferidas de los fanáticos son las pistolas, metralletas, bombas, tanques y misiles que explosionan en escuelas o fulminan un avión de pasajeros en pleno vuelo. Ni hay ni interesan las reacciones a determinadas intransigencias, porque así se consigue una excusa para cuando otro tenga que perpetrar una nueva barbaridad, en nombre de mentiras que se inventan porque quienes creen verdaderamente en la paz continuada somos los ciudadanos de a pie.
No hay fanatismos buenos ni malos. Aunque ocurre que el cansancio se acumula en los más débiles, y en un determinado momento un foco de descontento se convierte en un ejército de justas reivindicaciones. No es una respuesta a seguir, porque con que un discurso de mil palabras lleve tan sólo una vez la palabra fanatismo, ya es volver a las andadas. Habría que agrupar en sólo uno todos los desmanes cometidos por desalmados y, sin celebrar nada, recordarlos al tiempo para que sirvieran de rechazo general a que, así, no se va a ninguna parte. El terrorismo sigue siendo el mayor demonio que llevan muy adentro los fanáticos. La obstinación permanente no se cura fácilmente. Nos queda no comulgar con ruedas de molino. No tragar con las guerras; no tragar con los ébolas; no tragar con los desempleos, ni tragar con la intolerancia que siempre crece y aumenta más que lo ecuánime, que es precisamente todo lo contrario de fanático.