
Uno sabe que es imposible regresar a los magníficos años 80 y 90, donde tanto y bueno se hizo en todo el mundo, ya que reinaba algo llamado consenso. Hoy no ocurre. No existe aquella unidad de ideas, en política, economía o sociedad. Este siglo XXI está resultando, por ahora, un auténtico bluf. Me mandan al wasap un vídeo que invita a brindar por la generación de los 80. Una generación única, asegura. Una generación, elegante, zanja. Es para creerlo

El tiempo es de quien lo aprovecha mientras que aprovechar el tiempo perdido es otro cantar mucho menos gozoso. La vida, lo mismo se marca por ciclos económicos, que por legislaturas políticas, por cambios en la programación de la radio y la televisión tras el verano, por trabajar más y ganar menos, pero lo cierto es que en cualquiera de estos escenarios todo se pasa volando. Una mente abierta y despejada es el mejor antídoto, antes de acostumbrarte tediosamente a

Cuánto me gustaría opinar todo lo contrario, pero lo cierto es que las cumbres sobre el clima, de la tierra, su contaminación o rebajarla, son una patraña. Los humanos basamos nuestra forma de vida en destruir lo que nos rodea, y por esta razón resulta de chiste los congresos que se organizan cada cierto tiempo para volver sobre algo que ya se trató en la reunión anterior. Así, una y otra vez, una y otra vez, para nada. La tierra

Los grandes dictadores que han muerto en la cama, antes habían hecho del miedo su mejor arma para mantenerse en el poder y lo manejaban con la facilidad que Houdini hacía la magia más imposible. Este siglo es el siglo del miedo, un poco por todo. A finales del anterior se habían titulado no pocas idioteces (por no tener base alguna) sobre si estos próximos cien años iban a ser el no va más de esto y de lo otro.

Si me atengo a cuando Juan Luis Guerra canta que para que, con la realidad no se sufra tanto, ojalá que llueva café en el campo, soñar en voz alta desahoga y además es un gesto honroso frente a las penalidades y desesperanzas ajenas que crecen. Las desigualdades aumentan porque los organismos monetarios todopoderosos han cogido el camino del más fuerte frente al de proteger al débil. Antes se llamaba el estado del bienestar, y ahora “allá te las apañes”.

Como cuando pasas sed en el desierto y crees ver un oasis, en España estamos acostumbrados a vivir espejismos. La igualdad, y todo lo que pasa por la ausencia de ella, es uno de estos espejismos. Escucho (se confirmará o no) que en la conformación del nuevo gobierno europeo que forman los comisarios, no se quiere tener en cuenta un mismo número de mujeres que de hombres. Hubo un tiempo en el que también me dejé llevar por la idea
En Facebook, Twitter y la televisión se escuchan las principales voces contra una crisis y sus culpables, que no termina de irse a la freír espárragos. La remontada económica y social será creíble cuando en estos mismos medios de comunicación se relaten historias de mayores que se reenganchan al mercado laboral, de jóvenes que encuentran su primer trabajo (y estable), y que los desahucios se convierten en poco más que en una noticia anecdótica. El poder está hoy demasiado observado

La ira en los pensamientos tarde o temprano termina por ser rabia que se exterioriza. Uno tiene que estar siempre alerta con sus malos humores, porque incluso hay sueños que preludian despertares donde todo se ve negativo. Las calamidades son también una consumación de la ira. Vivimos tiempos donde mucho hijoputa suelto mata por odio, machismo, racismo, violencia contra mujeres, ancianos y niños, e incluso llega a terminar con su vida porque no se aguantan más. Las tertulias, sobre todo