La valla de Santander nos hace bajar la mirada

Los nuevos muros y vallas que se levantan por todo el mundo son la prueba más clara de que retrocedemos, en vez de avanzar. Y Santander, la capital  de Cantabria, se ha subido a este triste hacer, con la implantación de una alta valla que separa el puerto de la ciudad en un intento, que será baldío, por frenar la migración.

El multiculturalismo, o la coexistencia de diferentes culturas dentro de un mismo país, no atraviesa por su mejor momento. El término (no me negarán que resulta bonito de pronunciar, y más si fuera verdad) nació hacia 1960, en Canadá, para que anglófonos y francófonos se relacionaran sin la supremacía de unos sobre otros. Este es el principal problema: hoy no nos relacionamos bien, y apostamos por la confrontación. Trump saca los votos para ser el presidente de los Estados Unidos, gracias a un mensaje xenófobo, que cala hondo, porque promete levantar un gigantesco muro, al estilo Gran Muralla China, en la frontera con México. Muros y vallas bien altas son la antesala de una guerra política, ideológica y comercial, que quiere dejar bien a las claras que “América es para los americanos”. El mensaje no tarda en propagarse, “Europa para los europeos”, y dejar a las principales instituciones del Viejo Continente divididas y en el shock actual en que se encuentran, premonitorio de nada bueno en adelante.

Es tal cual: los problemas más incendiarios del momento se parchean con muros y vallas, como la que se inaugura por tramos y que separa al puerto de la ciudad de Santander. La gran excusa es el mayor flujo migratorio que pretende llegar o salir a través del ferry que nos une con Inglaterra, aunque el problema no se asemeje ni por asomo a la Valla de Melilla, la que más conocemos, junto a las pateras que tratan de alcanzar las costas españolas desde África, el gran continente postergado a un destino siempre pobre, sin futuro alguno que pronosticar. A los seres humanos nos interesa mucho más lo lejano, como colonizar marte, que lo cercano, menos costoso que lo estelar, como erradicar la miseria. En un G- 20, o cumbre de las grandes potencias, los problemas se resumen en la foto de si Trump o Putin se saludan, pero todo lo demás queda aplazado sine die, y la migración y sus causas es lo que debería estar al principio del guión de estos encuentros internacionales que no sirvan para nada. Por eso, ante la falta de soluciones concretas, se van levantando vallas como setas, y las explicaciones que se dan sobre las mismas no aportan nada bueno al cariz que puede llegar a tomar la cada vez mayor fractura de un mundo permanentemente dividido en dos: ricos y pobres.

 “A los seres humanos nos interesa mucho más lo lejano, como colonizar marte, que lo cercano, menos costoso, como erradicar la miseria”

Hemos fracasado rotundamente en ir rebajando lo injusto de nacer en algún lugar cuyos habitantes no tienen recursos para comer, contar con trabajo, un techo bajo el que vivir, y disponer de posibilidades tan fundamentales como el agua corriente, la sanidad y la educación. Todo ello es generador nato de lo que conocemos como prosperidad. Pero una parte del mundo, y de las economías de sus Estados y Gobiernos, se la niega a la otra parte, al tiempo que decide sobre la pobreza individual de poder llegar a ser un habitante más dentro de las ciudades y pueblos desarrollados, que cuentan con todos los medios conocidos. ¿Moralmente, qué fuerza podemos imponer contra la decisión de que alguien decida emigrar en busca de su mejor supervivencia? Gandi lo predijo ya que lo vivió muy de cerca: “La pobreza es la peor forma de violencia”. Mohandas Karamchand Gandhi nació en la India británica, en 1869, y murió en la Unión de la India, en 1948. Hoy deberíamos estar mucho mejor; deberíamos haber avanzado mucho más en derechos humanos, y el primero es atajar que alguien sea pobre por donde nace o muera por similar causa. Para ser justos, este 2018, a punto de finalizar, trae un Pacto Mundial para la Migración Segura, Ordenada y Regular, impulsado por la ONU, pero Estados Unidos, la potencia más decisoria, no lo secunda, igual que el Pacto por el Clima.

Junto a este acuerdo (habrá que ver sus resultados), se habla unilateralmente de muros y vallas, con total normalidad, incluso cuando se inauguran. Poco se tarda en levantarlos y es mucho su tiempo de permanencia, mientras bajamos la mirada al pasar a su lado. ¿Hasta cuándo estará la de Santander?  Por eso son decisiones que no se deben tomar, sin antes valorar otras posibilidades que impliquen totalmente a la sociedad donde se alzan estas nuevas fronteras de carácter local. Detener la migración de manera coyuntural, como se hace hoy en Europa, no es la solución, mientras crecen los impulsos raciales, xenófobos y excluyentes, que ciertamente son alarmantes. El actual mundo cerrado en banda ha de renacer en el convencimiento de que la paz social universal solo es posible a través del necesario equilibrio. Y esto, señoras y señores de todo color y condición, no se logra con ciudades que compitan con quien tiene la valla más alta para impedir la entrada de forasteros.

 “Deberíamos haber avanzado mucho más en derechos humanos, y el primero es atajar que alguien sea pobre por donde nace”

 

 

 

 

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¿A qué tanto odio general y futbolero?

Ahora los países, como Argentina y España, se prestan los campos de fútbol, ante la imposibilidad, por odio entre aficiones, de celebrar las finales donde corresponde. Yo mismo, en este artículo, voy a exponer hechos, causas y nombres, que alientan a los odiadores. Contra ellos cabrían muchas acciones, ya lo creo. Pero a los intereses políticos, económicos y sociales nunca les ha seducido exterminar este comportamiento inherente a la humanidad como es odiar.

El odio ha recobrado su protagonismo en la historia y vuelve a ser uno de los principales cismas de la humanidad. Escribo con toda intención la palabra humanidad, porque precisamente es situarse en el polo opuesto a un odiador: capacidad para sentir afecto, comprensión o solidaridad hacia los demás. Somos como somos, un desastre, aquí no hay defensa posible, pero los Gobiernos del mundo (194 reconocidos por la ONU) han puesto el resto con sus guerras por apropiarse de territorios, recursos naturales y energías, crisis económicas de laboratorio y, últimamente, desenterrar la moda berlinesa de levantar muros en todos aquellos lugares a los que anhelan llegar migrantes sin posibilidades de subsistencia en los pobres países donde nacieron.

A todo ello, hay que sumar el deleznable hecho de que un simple partido de fútbol, como es el River-Boca, no se pueda disputar donde debe, Argentina, por el odio de sus aficiones que deriva en violencia extrema en la calle y en el terreno de juego. Sucede que por arriba, el poder, acostumbra a hacer hipócritas llamamientos a la educación, el civismo, la serenidad, y un comportamiento racional en todo lo que se lleve a cabo, cuando resulta que relevantes dirigentes son el peor ejemplo para con estos apelativos. No creo que sea exagerado lo que estoy a punto de predecir. Lo que está en juego es la democracia, la libertad en definitiva, y no puedo por menos que sentir preocupación ante la proliferación de partidos de extrema derecha y extrema izquierda, sus discursos enfrentados, radicales y excluyentes. Son para temblar las decisiones que tomarían una vez ocupado un determinado Gobierno, actitudes ante las que, hoy por hoy, no hay una contundente respuesta político-social. Muy al contrario, a una importante cantidad de ciudadanos les suena bien esta música y le dan su respaldo electoral en las urnas. Lo vamos a ir viendo paulatinamente en Europa, y para mí tendrá mucha culpa la mala política, en contra de la ciudadanía, que ha llevado a cabo la Comisión Europea y el FMI en los últimos años. Hablo de paro, recortes, desahucios, privilegios a la banca y a los ricos y reforma laborales que han situado el empleo actual en el agravio de sueldos y condiciones de trabajo que son a todas luces vergonzosas.

 “El poder acostumbra a hacer hipócritas llamamientos al comportamiento racional, cuando resulta que muchos dirigentes son el peor ejemplo”

Si hay otra cuestión en la que la condición humana es experta para mal, esa cuestión es sembrar el germen de la discordia. Hoy tenemos muy claros exponentes en Donald Trump o Bladimir Putin. Su afán es reconstruir los viejos bloques enfrentados, que estaban basados en la desconfianza permanente y el odio como moneda de cambio habitual. La prensa tiene una responsabilidad de vértigo ante todo lo que está ocurriendo y frente a las actitudes de líderes como Trump o Putin que no parecen tener límites en lo que al enfrentamiento, pacífico o agresivo, se refiere. Hay muchos periodistas que trabajan de habitual con el odio de cara. Ocurre en los países más variopintos: Rusia, Estados Unidos, México, Colombia, Irán o Arabia Saudí. La libertad de información se encuentra acorralada, porque los grandes medios están en manos de poderosos grupos de presión. ¿Qué podemos esperar pues de las aficiones del Boca o del River con el panorama que pinta? Dejemos la respuesta para el final, porque aún tengo que hablar un poco más del odio.

Venga a cuento o no con el fútbol y determinadas aficiones embrutecidas, el caso es que el odio es una de las cuestiones que más mueven a los filósofos contemporáneos. Algunos escriben de ello y otros incluso lo generan. El polémico filósofo francés Michel Onfray ve la causa en la fase terminal de la civilización europea, tal y como la hemos conocido hasta ahora. Guste más o menos, Onfray es solo una voz de tantas que se necesitan ahora para combatir el enfrentamiento. No ocurre así, y por eso estamos como estamos. Cuando se habla de final de ciclos, bien sean políticos, sociales o económicos, para centrar la causa de un determinado problema, a mí me parece una excusa desmedida. Cuando no somos capaces de dar solución a algo, ¿por qué lo justificamos en que tal o cual ya no sirve, una Constitución, por ejemplo? Nuestra mayor debilidad a través de los tiempos y los acontecimientos acaecidos en cada momento ha sido no saber comportarnos, y sacar a pasear el odio cuando algo nos contraria, no estamos de acuerdo, o perjudica nuestros intereses. Sobre todo esto último, los intereses. ¿Se dan cuenta que cuando se habla de final de épocas, jamás se cita a los intereses? ¡Ahí llegáramos! No conozco un solo conflicto actual, incluido el partido de fútbol Boca-River, donde al final no surjan los intereses de grupos concretos que no cejan de acumular poder, influencia y riqueza. Por lo demás, el odio siempre ha estado presente, y si de verdad interesara escarmentarlo o exterminarlo, se haría. Aunque eso nunca le ha preocupado al poder y a los poderosos, que prefieren inclinarse por el divide y vencerás.

 “Hablar de final de ciclos para centrar la causa de un determinado problema, a mí me parece una excusa desmedida”

 

 

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Una ciudad no es nada sin comercios tradicionales

Salvaguardar el comercio tradicional está en nuestras manos. Vale que las tecnologías aportan un plus de comodidad que se concentra básicamente en Internet. Pero donde esté la vida de barrio, calle y ciudad, los lugares en que se localizan nuestras tiendas, que se quiete todo lo demás. Y sí, su supervivencia depende de no olvidar que forma parte de nuestra cultura comprar donde vivimos.

Las tiendas de los barrios y del centro de la ciudad con las que hemos crecido tienen muchos nombres que significan lo mismo: pequeño comercio, comercio tradicional, comercio minoritario y, la que más nos gusta escuchar, tiendas de toda la vida. Las ciudades dormitorio, que solo sirven para esto, fueron bautizadas así por la cantidad de pisos construidos, que desgraciadamente no eran acompañados por negocios de ultramarinos, tiendas de electrodomésticos, zapaterías, ropa, deportes, kioskos de prensa, restaurantes o tintorerías. Sería largo de explicar el por qué las ciudades actuales parecen divorciadas del pequeño comercio, pero mantengo la teoría de que las urbes de tanta baldosa y peatonalización forzada no son felices de habitar sino hay movimiento y alegría en sus calles, que como mejor se aprecia es con la gente paseando, hablando y entrando y saliendo de las tiendas.

De habitual se nos llena la boca hablando de cultura popular, de la necesidad de mantener raíces y tradiciones, y de transmitir valores a nuestros hijos que aúnen, todos ellos, lo más esencial en la existencia como es saber convivir. Y he aquí que dejamos atrás algo de lo más valioso que tuvieron nuestros abuelos y padres, también nosotros de pequeños, como es la vida de barrio. Raro era que en el bar más concurrido de tu calle no te despachara también jabón para lavar, unas buenas piezas de fruta o cien gramos de fina mortadela envuelta por el tendero desde la misma cortadora de fiambres, máxima tecnología entonces.

 “Las urbes deben tener movimiento y alegría en sus calles, y como mejor se aprecia es con la gente entrando y saliendo de las tiendas”

Hoy estamos a otras tecnologías, nuevas las llamamos, cuando al final resulta que todo se mueve alrededor de Internet, las redes sociales, y las empresas e influencers de un lugar y otro, cuya finalidad única es captar clientes y negocio. Un hecho es irrebatible: comprar en Internet resulta cada vez más seguro y fácil, y es un escaparate global donde se ofrece de todo, y la competencia de precios da para todos los bolsillos. Poco tienen que hacer aquí los comercios tradicionales, con los que nos hemos vuelto muy hipócritas ya que pedimos a Gobiernos y ayuntamientos el esfuerzo de apoyarles, pero si nosotros no compramos, no hay nada que hacer. Se llena fácil el carro de la compra en una web, eliges la forma de pago, y ya solo tienes que esperar la llegada del paquete. Es el presente y será el futuro. Pero la figura del comerciante, su labor de asesoramiento y los productos de calidad con los que siempre ha venido trabajando, es imposible de ser sustituida por las moderneces que vayan surgiendo. Ninguna tecnología puede igualar a un Mercado de Navidad en vivo.  La panadería, la pastelería y las cafeterías seguirán ahí, aunque antes también tuvieron el contagio del daño infringido por las grandes superficies, y la atracción de toda la clientela que pudieran. En nuestras ciudades vivimos nosotros, y tenemos la obligación de seguir avanzando en su construcción, ante todo apoyando a los negocios que presentan sus productos en escaparates de paseos, avenidas, bulevares y, por supuesto, los barrios.

La crisis al pequeño comercio se la infringimos entre todos, por comprar fuera o en Internet todo lo que tenemos aquí cercano, asequible, y de la misma calidad e incluso precio. La gran diferencia estriba en ser y comportarnos como debemos con lo nuestro, apostando por lo más directo a nosotros, en vez de lo que flota en la gran nube de Internet. Antaño nos decían nuestros padres aquello de baja a la tienda y compra tal o cual cosa. Hoy nos hemos hecho consumidores de sofá, acompañados del ordenador portátil, la tablet o el móvil. Estos son los nuevos escaparates virtuales que quieren sustituir a los de toda la vida, cuando pegabas la nariz a una cristalera para ver maniquís con la ropa de última temporada. Ni mucho menos todo está perdido, ni se pueda hablar de extinción del comercio tradicional. Los negocios siempre han abierto, cerrado y vuelto a abrir sus puertas, dedicados a un cometido u otro. Donde antes hubo una sucursal bancaria, ahora trabaja una peluquería, que utiliza como marketing directo el concepto de low cost, como los pasajes de avión baratos de precio.  Nada que objetar a los cambios, aunque lo más importante siempre será no perder las raíces de nuestra cultura y costumbres. Y eso conlleva, evidentemente, entrar y comprar en las tiendas de toda la vida.

 “La crisis al pequeño comercio se la infringimos todos, por comprar fuera o en Internet todo lo que tenemos cercano y asequible en calidad y precio”

 

 

 

 

 

 

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Europa vs. intolerancia

Los nuevos salvadores de Europa coinciden en la destructiva solución de abandonar el barco, de ganar las elecciones en sus respectivos países. El principal problema hoy de la UE es no defenderse bien ante semejante programa electoral. Tanto inmovilismo fortalece a los enemigos de la democracia, porque genera intolerancia por doquier, muy respaldada en las urnas. Nos pasa también en España, con el mal rollo que generan algunos partidos nacionalistas que cuestionen las leyes, cuando no les convienen las decisiones que se toman.

Ahora, en suelo europeo, lo que más preocupa no se ataja. Los escenarios de conflicto se multiplican: el Brexit, Polonía, Italia, Grecia, Cataluña… La inacción se debe a la inclinación natural de los Gobiernos-UE en seguir fieles a la vieja política de finales del XX, una política que aparca los problemas hasta que se solucionen por sí solos. Hay también un antes y un después a la última crisis económica, porque las principales instituciones europeas y los Estados más afectados, no han hecho aún justicia con todos los sectores más abandonados a su suerte, y por eso se cuentan por millones los casos en los que su vida ha dado un vuelco completo, eso si no lo han perdido todo. España y su Gobierno están en este mirar de reojo, resentido, a todo lo pasado, y solo hay que apostillar que sigue vigente una reforma laboral que genera pobreza obrera, y que impide prosperar a las nuevas generaciones de españoles que acceden a puestos de trabajo en condiciones laborales muy precarias, empezando por los raquíticos sueldos que se pagan.

No deja de ser mezquino que antes, durante y después de la crisis, quienes mejor viven, hayan visto aún más reforzada su situación económica, y que los coletazos de aquellos años malos continúen para los de siempre. Solo hay que pararse en la postura de la banca ante quién debe pagar los gastos hipotecarios, los repentinos cambios a este respecto de las sentencias judiciales, y el papel desconcertante que adopta el Gobierno de turno, cuando son los ciudadanos de nómina, que pagan religiosamente sus impuestos, los que se llevan la peor parte. El resultado es la desconfianza, lo tengo muy claro, pero resulta que cuando todos al mismo tiempo exponen y reivindican solo lo suyo, el resultado no es otro que la intolerancia. Pasa ahora en Europa, y España es su peor exponente. Una bandera es mejor que otra; un partido lleva toda la razón sobre los demás; depende quién y cómo diga qué, para ser un facha o un rojo; hay detenidos y enjuiciados por saltarse a las bravas una Constitución y las leyes, y encima te crees en el derecho a reconocerte como preso político y tachar como dictadura, caso del cascante Guardiola, al país que hace cumplir con la legalidad. ¿Nos hemos vuelto locos?. Me inclino más bien porque muchos se han establecido en la intolerancia, en la que se sienten a gusto, por lo que supone manipular, falsear, mentir, lapidar presupuestos públicos y, en definitiva, imponerse.

 “Muchos se sienten a gusto en lo que supone manipular, falsear, mentir, lapidar presupuestos públicos y, en definitiva, imponerse”

No solo los discursos nacionalistas conjuran estas actitudes. Antes del Brexit, Europa ya mostraba claros signos de fractura irreversible, por su afán de anteponer el presupuesto a todo lo demás. ¿Dónde quedaba la unión?;  ¿dónde la ciudadanía europea?; ¿por qué Bruselas se entregó sin resistencia al Fondo Monetario Internacional, cuya actitud culpabilizaba de la crisis solo a Europa, mientras parecía que la recesión no iba con Estados Unidos, Rusia o  China? Otra cuestión: cuando llegan unas elecciones, como ocurrió con las últimas francesas de las que surgió Macron, se pone el grito en el cielo para que partidos radicales no lleguen a gobernar, caso del Frente Nacional. ¿Y después de las elecciones qué? Es a posteriori cuando más labor hay que hacer por desintegrar las ideas extremas (racismo, xenofobía, ruptura, independencia) que se están propagando por toda Europa, incluida España. Los errores son de bulto con las tibias respuestas a la extrema derecha, la extrema izquierda, los nacionalismos como el de Cataluña, la inmigración o la propagación de otros Brexits a países como Italia o Polonia.

Es difícil apostar a futuro cuando la Unión está inmersa en una tormenta perfecta que se llama dispersión. Es lo que tiene el inmovilismo de las viejas democracias que no dan respuestas contundentes a los muchos enemigos interiores que anhelan que todo salte por los aires. Así es como se imponen los radicalismos que tanto nos avergonzaron en el pasado; muchas veces generan miedo porque da la sensación de que no están tan enterrados como parecía (Nazismo). Ante los problemas que nos acechan, no hay peor cosa que la desunión. Mi propio país es hoy el peor ejemplo de intolerancia. Se aprecia a diario en los titulares, en los insultos y las descalificaciones, en decisiones de Gobierno, que no han de gustar a todos, pero que deben ser tomadas a cada momento en provecho de una mayoría de ciudadanos, que quiere vivir, trabajar o disfrutar de su pensión dentro de la mayor normalidad posible. Lo contrario es el avance de la intolerancia más execrable, que se hace notar cada vez que un personaje deleznable vuelve a la carga en negar la realidad o asegurar todo lo contrario a lo que los demás percibimos, como que España sea dictadura en vez de la democracia ejemplar que es. En cambio, ser tan crítico hoy con Europa tiene mucho que ver con lo que es un incumplimiento sistemático de sus credenciales democráticas (solidaridad), lo que provoca desconfianza y conflictos entre sus socios, para regocijo de los enemigos bien organizados de la UE, que no paran de pregonar en cada país miembro que, de ganar las elecciones, lo primero que harán será abandonarla a su suerte. Desde Bruselas solo toca espabilar.                                                                                                                                          

“La intolerancia se aprecia a diario en insultos y descalificaciones, o en criticar decisiones tomadas en provecho de una mayoría de ciudadanos”

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¡Hagan hipotecas, señores!, la banca gana

El eco de muchos casinos repartidos por todo el mundo ha contribuido a propagar su famosa frase de que “la banca siempre gana”. Pero no hay que probar suerte al BlackJack para darnos cuenta de que en la vida real sucede lo mismo, ósea, que los bancos siempre ganan. Antes de la sentencia del Tribunal Supremo sobre el impuesto de las hipotecas en su favor, eran muchas las apuestas que se inclinaron por lo que 15 jueces finalmente decidieron en contra de la opinión de otros 13.  

Somos un país sinigual a la hora de dispararnos al pie, con la pila de problemas hiper graves que tenemos encima de la mesa. Muchas veces abundamos en la idea de que es solo la política la causante de todos estos problemas, cuando los hechos hay que repartirlos entre muchos más sectores de nuestra sociedad. Podemos desplegar completamente el abanico para en sus varillas rotular el nombre de la banca, el Tribunal Supremo, la Audiencia de Barcelona, la patronal empresarial de visita a Junqueras, los nacionalistas catalanes, Villarejo, la Abogacía del Estado, la falta de acuerdo presupuestario o las declaraciones continuas que se hacen en España, a cada momento, insultando y provocando, que en la mayoría de las ocasiones están fuera de lugar.

Vengo comentando en algunos de mis artículos que la confianza de los ciudadanos hacia el sistema y el entorno en el que nos movemos política y económicamente (la Unión Europea) está bajo mínimos y, ahora queda bajo cero, tras la sentencia del Tribunal Supremo sobre el impuesto de las hipotecas, saldada primeramente a favor de los consumidores y después de la banca. Quince magistrados yendo por un lado y trece por el contrario, dejan aún más clara la crisis de Estado en la que nos encontramos, y la necesidad de retocar constitucionalmente algunas cuestiones fundamentales, que deberían contribuir a que la independencia de los Poderes del Estado sea más real que retórica. España se asemeja ahora bastante a esa idea del filósofo Platón, que recomienda esto: “Mejor un poco que esté bien hecho, que una gran cantidad imperfecta”. Lo mismo sucede en las instituciones europeas, bastante perdidas con todo lo que está pasando, además de insolidarias con los problemas internos de los países, que van desde las crisis de deuda (Grecia), la inmigración (Italia), la radicalización (Polonia), el auge nacionalista (España), además de un peligroso incremento de los populismos extremos de izquierda y derecha.

 “La confianza de los ciudadanos hacia el sistema y el entorno político y económico, tras la sentencia de las hipotecas, está bajo cero”

Meses atrás, veía incomprensibles las críticas que venían desde la mismísima Bruselas, más impulsadas por el buen marketing de Puigdemont, pero en el momento actual han pasado demasiadas cosas como para no estar preocupados por la salud de la justicia en España. Tampoco son buenos los antecedentes en el tiempo más corto a esta última sentencia sobre quien paga el impuesto de actos jurídicos documentados. Me refiero a la apropiación de ahorros de particulares, muchos de ellos gente mayor, conocidas como las preferentes, o la posición de los jueces ante los desahucios, a lo que hay que sumar la lentitud de los juzgados antes miles de reclamaciones de particulares para que les sean devueltos los gastos notariales derivados de la firma de hipotecas. En todos estos procesos, la sensación en la calle es que con la banca hemos topado, incluso cuando en plena crisis económica se aportó a estas entidades financieras más de cuarenta mil millones de euros de dinero público (no devuelto), mientras los españoles vivíamos peor a causa de los despidos, la pérdida de negocios, el decrecimiento de sueldos y los no pocos recortes dentro del denominado bienestar social.

En su libro “El capital en el siglo XXI”, Thomas Piketty (economista francés especializado en desigualdad económica) argumenta que “es posible, e incluso indispensable, tener un enfoque a la vez económico y político, salarial y social, patrimonial y cultural”. Todo lo contrario a lo que ocurre de habitual en la España actual, tan insolidaria como variable a la hora de dictar sentencia y cambiarla antes de que el asunto de fondo, si los bancos pagan, tome forma. Absolutamente nada de todo lo dicho durante la larga crisis económica sobre nuevas reglas para hacer una economía más justa y segura para todos se ha cumplido. Tan solo hemos festejado mediáticamente los diez años de la caída del banco Lheman Brothers Pero las preguntas e interrogantes que dejó la primera depresión económica del nuevo siglo siguen ahí. ¿A qué nos lleva meternos en hipotecas de tanta duración?; ¿hemos aprendido la lección del endeudamiento familiar acomodado a lo que ganan realmente sus miembros?; ¿nuestro sector bancario está alejado de los fantasmas de quiebra que marcó la crisis?; ¿los Estados y, sobre todo el Banco Central Europeo, ejercen sobre la banca una mayor y mejor regulación que dé seguridad sobre todo a impositores y ahorradores?. Superada la crisis 2007-2016, todas estas y más dudas siguen en el aire. Igual que las viejas costumbres del capitalismo, tal y como nos acaba de recordar la sentencia que libra a los bancos de pagar el impuesto de las hipotecas firmadas.

 “Absolutamente nada de lo dicho durante la crisis económica sobre nuevas reglas para hacer una economía más justa y segura se ha cumplido”

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