Comprar Twitter en nombre de la libertad. Prefiero el periodismo

Estamos acostumbrados a que los multimillonarios acumulen riqueza. Incluso a creer que lo hacen en muchos casos por un claro servicio a la sociedad. Solemos leer estas noticias en medios de su propiedad, olvidando que dinero llama a dinero y, si está envuelto en poder, mejor. Llegamos así a la última protagonizada por el hombre más rico del mundo, el dueño de Tesla. Compra, por 44.000 millones de dólares, la red social Twitter. Dice que lo hace para salvaguardar la libertad de expresión y la democracia. Para preservar semejantes pilares, yo prefiero primero las leyes y después el periodismo de investigación.  

Barack Obama logró su primera presidencia en Estados Unidos, tras hacer el mayor y mejor uso de las redes sociales (“Yes, We Can”.Sí se puede). Donald Trump demostraría años más tarde, también sentado en el Despacho Oval de la Casa Blanca, el mucho daño que podía hacer con sus tuits, generadores de enfrentamientos derivados de afirmaciones sobre la emigración, el racismo, la xenofobia o las relaciones diplomáticas internacionales. Su fuerza y carisma dentro de esta red se pondría de manifiesto durante el asalto al Capitolio de los Estados Unidos, en aquel fatídico 6 de enero de 2021. Y todo porque había perdido las elecciones.

Para lo que sirve Twitter no parece generar demasiadas dudas. Pero si se utiliza como arma ideológica, como cuando Trump movilizó a tantos norteamericanos para que tomaran Washington, esta es ya otra cuestión a la que dedicar horas y análisis, máxime con lo mal que va ahora el mundo. Al hilo de lo anterior, no dejan de sorprenderme la cadena de acontecimientos que se están produciendo en este periodo concreto de la historia, llegando incluso a descolocar al periodismo. El Covid, provocado; el superpoder desmedido, adquirido por las farmacéuticas;las energías, todas, con precios imposibles de pagar; la Guerra de Ucrania y las auténticas intenciones de Vladimir Putin; o el repentino protagonismo que ha cobrado para todos los países el rearme que suponegastar más dinero en defensa. ¿Y ahora se vende Twitter, nada más y nada menos, que por 44.000 millones de dólares?

Elon Musk, el hombre más rico del mundo es quien ha comprado esta red social, convertida en todopoderosa autopista de la comunicación, desde la política a la económica, pasando por la difamatoria. Su gigantesca fortuna sale de la propiedad de empresas como Space X (controlar el espacio y la tierra mediante la puesta en órbita de multitud de satélites, con los que también ganar más terreno en Internet y en el ámbito militar) o Tesla, a la vanguardia de los coches eléctricos y de los pasos que se den en el transporte futuro. ¿Para qué quiere Musk Twitter?

“Donald Trump demostraría su fuerza dentro de esta red durante el asalto al Capitolio, por haber perdido las elecciones”

Desde luego, la primera explicación que ha dado tras cerrar la compra, parece muy pueril. “Creo en la libertad de expresión como un imperativo social para una democracia funcional”, han sido sus palabras. Frase vacía, en todo caso, que parece salida de la mala sesera de un mediocre asesor de comunicación. Si por algo se viene definiendo el nuevo propietario de la red social del pajarillo (piar), es porque no encaja nada bien la crítica, y va por libre en muchas cuestiones relevantes para el mundo, lo que hace disparar las alarmas sobre la auténtica razón de esta adquisición desmedida, 44.000 millones de dólares. Volvamos pues a repetir la pregunta: ¿Para qué quiere Elon Musk Twitter? Pues para amasar más poder y apuntalarlo. Que en un momento dado nadie le rechiste ante nuevos proyectos, por más disparatados que sean,que pueda plantear. El mundo está ya demasiado loco, pero, al respecto, no está todo dicho aún, ni mucho menos. Musk guarda algunos de estos ases en la nueva manga de influencia que va a suponer para él Twitter.

Planteo otra cuestión. Ante semejante cifra pagada, hasta para la primera fortuna del mundo, ¿hay alguien más detrás? Twitter gusta y disgusta por igual, pero imaginemos por un momento lo que supondría para el mundo que esta red cayera en las manos equivocadas. En personajes que pretendieran dirigirlo todo desde la calumnia, la mentira, la falsedad, la manipulación y las campañas de desprestigio. Y que todo esto que digo lo llevemos al terreno de lo político y lo económico. Aquello que no le guste a Musk y a quienes supuestamente le apoyasen (países, corporaciones industriales, etcétera) puede ser susceptible de ocultación. Por lo pronto, y en una primera y rápida valoración, el  multimillonario encuentra más halagos en las páginas de los periódicos que críticas a semejante concentración de poder en una sola persona. Habrá que ver sus pasos iniciales, que serán rápidos, ya que es persona que le gusta hacer y deshacer a su antojo. Con todas las que ha organizado, Donald Trump tiene suspendida su peligrosa cuenta de Twitter. ¿Va a permitir Musk que el expresidente norteamericano regrese y vuelva a sembrar la discordia? Si es así, habrá que pensar que le apoya. Y si le apoya es también razonable concluir que al magnate de Tesla le gusta la política trumpista. Esa misma política que levanta muros, no piensa dos veces en atacar a otro país, o que invita a marcharse de Estados Unidos a todo aquel que no piense y opine como el ex presidente. Elon Musk, merecidamente, está ya bajo la lupa. Y también va a ser rehén de sus peregrinas explicaciones sobre la libertad de expresión y la democracia. Porque él no es salvador de nada ni de nadie. ¡Por favor, que regrese el periodismo serio, que tanto necesitamos!

¿Para qué quiere Musk Twitter? Para amasar más poder y que nadie le rechiste ante proyectos, por disparatados que sean,  que pueda plantear”

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Una guerra de bloqueos económicos, pero nada frena a Putin

La Guerra de Ucrania acarrea crímenes, éxodo y sufrimiento, además de hipótesis de lo que realmente anhela Putin. El bloqueo económico no va a lograr mucho, porque Rusia y riqueza son lo mismo. Si ellos nos cierran el grifo del petróleo, gas y electricidad, el resto de países del entorno europeo entraríamos en otra guerra, la de la penumbra. Con el predominio aplastante de los gasoductos rusos, el ex espía de la KGB aupado a presidente tiene la sartén por el mango. Es hora de plantear una estrategia diferente con la que acorralar a este zar del siglo XXI.

¿Por qué se ha producido la Guerra de Ucrania?; ¿Cómo es posible hacer algo semejante cuando el mundo está inmerso en una pandemia?; ¿qué papel quiere jugar China apoyando el belicismo?; ¿a qué atiende tanta prevención y flojera con Putin de la Unión Europea?; ¿Rusia parará aquí o continuará su expansión hacia los antiguos países que antaño formaron parte del entorno de la Unión Soviética, tras el reparto que se hizo finalizada la II Guerra Mundial? De ser así, ¿cómo procederán Estados Unidos e Inglaterra?, países que siguen siendo dos de las potencias militares más decisivas del mundo.

Toda guerra, máxime si se produce en suelo europeo, produce a diario una cascada de noticias, fotografías, vídeos y análisis. Eso de que la información es poder quintuplica su importancia, especialmente para que la ciudadanía de uno y otro bloque, al tiempo que perciben seguridad (¡no a la guerra!), aprecien quién va ganando y las debilidades del bando que se repudie.  Rusia es mucha Rusia, y aunque los medios occidentales se empeñen en no dejar muy bien a su ejército, material que utilizan, y desaciertos en invasión y ataques, tenemos en frente a una nación demasiado poderosa en tres cuestiones: riqueza natural y energética, dinero y apoyo (China, India o Corea del Norte).

Con toda la actualidad que se produce en suelo ucraniano cada 24 horas, una noticia me ha llamado poderosamente la atención. Esta: “Rusia reinstala una estatua de Lenin que había sido retirada en una de las ciudades ocupadas de Ucrania”. Esa ciudad arrasada por los militares rusos es Henichesk, fronteriza con Crimea, y creo que los dirigentes políticos ucranianos destituidos piensan atinadamente, al traducir lo de la estatua como pretender retroceder en el tiempo, lo que también se anuncia mediante banderas rojas y monumentos característicos de la era soviética (Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, URSS, que existió de 1922 a 1991).

“Rusia es mucha Rusia. Tenemos en frente a una nación muy poderosa en tres cuestiones: riqueza natural y energética, dinero y apoyo (China, India)”

Por eso Europa, en concreto la UE, aún no está en la auténtica medida de lo que es y supone la Guerra de Ucrania, y es entendible, ya que no se quiere insinuar siquiera la posibilidad de que estalle una Tercera Guerra Mundial. Pero sus sanciones y bloqueos económicos, incluso las duras medidas de embargo del dinero y bienes de los magnates rusos en el exterior, no dan resultados. También tiene la culpa el miedo de los países, desde Alemania a España, a quedarse sin luz y gas para iluminar y calentar sus hogares. Es Rusia la que nos provee de casi todas las energías. Por este concepto ingresa, al día, la friolera de 800 millones de dólares. Solo Alemania adquiere a Rusia el 63,5 % de su gas, mientras otros, como Finlandia o Rumania, el 100 %. Y esto sigue así, y parece que continuará, con guerra y todo.

Por un lado, envías material de guerra a Ucrania, y por otro sigues enriqueciendo al país agresor. No tiene sentido. Frenar en seco a Putin requiere de estrategias diferentes a las que se están siguiendo a día de hoy. Por lo pronto, es necesario un dirigente-interlocutor europeo realmente influyente. El francés Macron, inmerso en elecciones, parece haber querido coger este testigo, aunque sin mucho éxito. Lo de Reino Unido fuera de la UE, en momentos tan delicados como el actual, se nota y mucho. El canciller alemán, Scholz, está aún muy verde, y la sombra de Ángela Merkel sigue presente, por la gran líder europea y mundial que llegó a ser.

Total, que estamos en la tormenta perfecta, entre guerra, pandemia, mala economía, inflación, precio de la luz, la gasolina y el gas, y el abundante dinero que tienen unos países, frente a la gran escasez de otros, caso de España.  Putin, ya con Ucrania en su ámbito de influencia territorial y político, quiere más, y espera que se lo ofrezcan, porque toda guerra, no digamos si es interminable tiene un coste altísimo e inasumible. Que se lo digan sino a Rusia, primero, y Estados Unidos, después, con Afganistán. La gran baza de Vladimir es que todo lo que está sucediendo ocurre en suelo europeo, algo que pone de los nervios al resto del mundo. Cómo y cuándo pare esto es la cuestión, al igual que lo que Rusia obtenga a cambio (nuevos tratados), ya que el botín no termina en Ucrania.  En medio de una pandemia mundial e inacabable de Covid, hacer lo que ha hecho Putin, demuestra su falta de responsabilidad, escrúpulos y cumplimiento de los acuerdos internacionales bajo lo que representaba Naciones Unidas. El ruso ha terminado también de cargarse a la ONU, porque las naciones siguen existiendo, pero lo de la unidad es ahora lo que menos hay. Se ha puesto de manifiesto nada más aparecer el Coronavirus, con la distribución de las vacunas para los países ricos frente al desamparo de los pobres; y ahora vemos cómo afrontan la mayoría de países la invasión de Ucrania. Lo hacen desde la lejanía. Además de los tres grandes poderes mencionados que ostenta Rusia, también hay que añadir otras bazas, principalmente la distancia con que los ciudadanos (que siguen su vida diaria como si nada), ven lo de las bombas caer sobre ciudades y pueblos arrasados y masacrados de Ucrania. Y encima el ejército invasor restituye estatuas de Lenin. Es para llorar, y no parar.  

“Rusia nos provee de energías. Ingresa, al día, la friolera de 800 millones de dólares. Sigues enriqueciendo al país agresor. No tiene sentido”

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Fuera mascarilla y lo que pinta la experta opinión médica: nada

Adiós en España a la mascarilla en interiores, ya que así somos igual de europeos que Reino Unido y Francia, donde no es obligatoria. Sobre lo que no se puede legislar es respecto a que haya dudas e incertidumbre entre la población. Aquí, si el Gobierno fuera de la mano de las principales sociedades médicas nacionales, pues creo que la confianza tendría mejores cimientos. Pero no es así. Entre unos a favor de retirarla, y otros de mantenerla más tiempo, ¿cómo actuar? Se apela a la responsabilidad y sentido común, que, como es sabido, es el menos común de los sentidos.    

Hubo una ocasión en que leí una guía para enterarme bien de cómo se circula por las rotondas. El artículo tuvo su eco, aunque me temo que hay aún demasiados conductores que no saben cómo hacerlo correctamente. De cara a la medida inminente de suprimir el uso de las mascarillas en interiores, convendría enterarse antes de cómo hay que actuar. Sepamos proceder bien de antemano, no asumiendo las grandes decisiones porque lo dice tal o cual. Prueba de ello es que no es suficiente para el Ministerio de Sanidad muchas de las opiniones vertidas desde las sociedades médicas nacionales, respecto a mostrarse cautos, dadas las altas tasas (que siguen para arriba) de contagios Covid. Con los que saben, España es un país irrespetuoso. Por eso desde siempre se han ido a vivir fuera intelectuales, científicos, investigadores, y demás jóvenes promesas, que también saben mucho de lo que supone no ser escuchados ni valorados en tu propio país.

Gobiernos y sociedades europeas han dado por finiquitado el Coronavirus, más por intereses de todo tipo, que por mera cuestión sanitaria que, tras evaluarlo, zanje que el virus mortal ya está controlado. La opinión médico-científica no se tuvo en cuenta desde el principio, y por eso la gestión del Covid, al menos en España, tiene tantas luces como sombras, que irán saliendo en la medida de que el paso del tiempo imponga la verdad y los hechos. No creo que haya un solo ciudadano que apueste por mascarilla, en vez de respirar directamente el aire, sin obstáculo alguno en nariz y boca. Pero la pregunta es: ¿Hay que suprimirla ahora?

El Gobierno, con sus prisas, ni siquiera escucha la última rueda de prensa dada por el director general de la Organización Mundial de la Salud, al señalar que tan solo estamos en medio de la pandemia. Por contra, la sensación general en España es que todo ha pasado, y salvo no perder de vista a los enfermos con patologías serias y a los pacientes mayores de 60 años, hay que retomar la vida de siempre. El día después de que se acabe con la mascarilla en interiores, será la prueba de cuánto confiamos en la situación de normalidad que nos presentan y también nos imponen. Lo hemos visto con la retirada de la mascarilla en la calle; cada cual hace lo que cree más conveniente, y el tapabocas sigue muy presente.

“Con los que saben, España es país irrespetuoso. Por eso desde siempre se han ido a vivir fuera intelectuales, investigadores y jóvenes promesas”

Información, credibilidad y veracidad son términos que han quedado un tanto tocados durante los años de la pandemia. Se trataba de no alarmar más de lo debido, pero ya uno no sabe muy bien definir el antes y el después de la situación real por la que atraviesa el gran conceptoque es salud pública. De todo lo prometido al sistema sanitario, a sus auténticos protagonistas como son todos y cada uno de sus trabajadores, ya tampoco se habla nada. Cualquier proyecto que quieras acometer hoy en día en España, incluido el mantenimiento del estado del bienestar, pasa por los fondos europeos

Con este panorama tan ficticio, qué menos que hacer caso a las prevenciones sanitarias de nuestros médicos, cuyas recomendaciones bien poco tienen que ver con las que marcan los Gobiernos. Al menos a mí, me parece super respetable lo que diga el máximo representante de la Sociedad Española de Inmunología, o el de la Sociedad Española de Neumología y Cirugía Torácica, el de la Sociedad Española de Médicos de Atención Primeria, la Sociedad Española de Medicina General y de Familia,o el de la Sociedad Española de Rehabilitación y Medicina Física. Llevan años al cuidado de nuestra salud, aunque parece ser que sus opiniones son poco valoradas por el Ministerio de Sanidad.

El caso es que nos parezcamos cuanto antes a Reino Unido, Francia, Bélgica, Dinamarca, Países Bajos, Suecia, Noruega y Finlandia, donde el cubrebocas no es obligatorio. Actualmente, España da sensación de una relajación total frente a la pandemia. Soy el primero que quiero dejar atrás la mascarilla, pero la responsabilidad y el sentido común me dicen que hay que seguir llevándola encima, y tirar de ella cuando puedas percibir peligro de aglomeraciones. Seguirá siendo necesaria en el transporte público, en centros sanitarios,  residencias de mayores, y parece que los servicios de prevención de las empresas tendrán también la última palabra. Todos los interiores no son iguales, algo que puede generar problemas, si se hace ver a la población que el Covid ya es historia. Por lo pronto, veremos lo que anuncian los datos tras Semana Santa. Se habla más de la Guerra de Ucrania, de la inflación, de la subida de los precios en carne, el pescado y la fruta, de lo cara que está la gasolina, la electricidad y el gas, pero no podemos ni debemos desligarnos del todo de una pandemia declarada, sobre la que aún no se ha colgado el cartel de superada.

“Soy el primero que quiero dejar atrás la mascarilla, pero responsabilidad y sentido común me dicen que hay que seguir llevándola encima”

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TODO HA CAMBIADO, LO TRAJO EL COVID, Y AHORA PUTIN

A diario, tengo la sensación de que hacemos nuestras vidas, sin querer asumir el mal momento que vivimos. Sucede con todo: el Covid, la crisis económica, y la Guerra de Ucrania. Cada uno lo siente a su manera, y elige entre preocuparse (bastante), comprometerse (lo que menos) o pasar (lo que más). Vamos dirigidos a desastres, pero lo confiamos a que la vida sigue, lo que no está mal, si de veras comprendemos qué pasa. Y pasa que todo ha cambiado, quietos parados como estamos ante lo que vamos perdiendo, empezando por la paz, arrasada por el sátrapa Putin, sin la cual todo lo demás tiene poco sentido.   

Con una crisis, también con una pandemia, e incluso con un revés personal, estamos hechos a pensar que después de la tempestad, llega la calma. Desde el minuto uno del Covid ha habido en todas partes dos bandos contrapuestos, entre los que lo han hecho y hacen bien, y los que lo han hecho y hacen mal. Aunque poco trasciende, hay algo en lo que ambas tendencias coinciden: desde marzo de 2020, cuando se declaró la tragedia, ya nada es igual, y tampoco lo

será por mucho que se empeñen los Gobiernos desnortados y los lobbies económicos. Putin se ha encargado de rematar que sea así.

Si con lo anterior no he logrado aún situarles en lo evidente, pues entremos en la Guerra de Ucrania, una de las mayores barbaries que al menos yo recuerdo;  eso sin olvidar que solo se le ocurre mandar tanques a Kiev a un desalmado dictador como es Vladimir Putin, cuando millones de personas están pereciendo en todo el mundo por un virus incontrolable, como es el Coronavirus, asunto que aún no está solventado, ni mucho menos, aunque los mismos interesados, Gobiernos y lobbies, quieran dar sensación de calma.

Hay que reconocer que el cruce de informaciones que parte de ambos bandos tufa a manipulación, y que los medios de comunicación, dentro de su crisis de identidad tan profunda por culpa del dinero, no ayudan. Pero Putin es un tremendo peligro, aunque la guerra no le vaya bien, su ejército no sea tan poderoso como parecía, y los militares rusos mezclen invasión con saqueo, cada vez que entran en una ciudad o pueblo ucraniano. Con Rusia no caben dudas, y un golpe moral y certero ha sido expulsarles de la Comisión de Derechos Humanos de la ONU, porque quedarán marcados para siempre por delitos contra la humanidad. Putin ha generado un repudio y rechazo mundial a su gran Rusia, y este pueblo va a terminar reaccionando tarde o temprano, en lo que puede ser la primera revolución de este maldito siglo, que busque una auténtica democracia, dentro de la cual la primera y la última palabra la tengan los ciudadanos. ¿En nombre de quién hace Putin esta guerra?  

“Putin ha generado repudio a Rusia, y este pueblo va a terminar reaccionando, en lo que puede ser revolución que busque democracia”

Aunque lo que se demande a Vladimir Putin, democracia real, es actualmente el talón de aquíles en muchos otros puntos del globo, que han visto como la mala gestión del Covid acarreaba al tiempo demasiada prepotencia por parte del poder, y la acumulación de riqueza proveniente de sectores y personas que, como es costumbre en nuestra esencia humana, aprovechan la circunstancia para sacar tajada de las penalidades ajenas. Creo que es momento de que la Unión Europea impulse una gran comisión de investigación sobre cómo ha sido realmente esta gestión en Europa. Ahora solo se habla de guerra y no de Covid, lo que para los incrédulos como yo resulta también altamente sospechoso, sobre hasta dónde están dispuestos al llegar algunos en su propio beneficio, que no el general de todos.

De acuerdo, no se dice porque no interesa. Pero los problemas, nuevos, se acumulan y los ciudadanos, frente a ellos, estamos con el pie cambiado, no nos enteramos, y tampoco quieren que nos enteremos. Ahí van algunos. Una banca ajena al cliente al que le cierra las sucursales. Los precios que se han disparado en todo. La fuerte reaparición de sospechas de corrupción. La intromisión ideológica en la educación que la convierte en pésima. Arrinconar los auténticos valores, esfuerzo, trabajo y superación, como principales motores que siempre han llevado al mundo por el buen camino. La falta de unidad democrática, lo que nos acerca cada vez más a aquellos escenarios que vivimos en la mitad del siglo XX, donde la intolerancia llegó al poder y cometió tantos crímenes y horrores que, si empiezo a detallar, no acabo. Las democracias están frágiles, sus principales instituciones también. No sé qué es peor, si el problema o no querer verlo, y que cada cual, como sucede en España, vaya a lo suyo. No estamos demostrando el suficiente respeto por las generaciones que piden paso. Y no es que les vayamos a dejar un mundo hecho añicos. Es que ya se lo hemos servido en bandeja y es el actual. Han de surgir líderes auténticos que reconduzcan todas estas situaciones. Una es prioritaria: la vuelta a la cordura, a la paz y al diálogo entre todos. Quienes me lean, podrán coincidir en algunas cosas y en otras no. Pero en esto último, no puede caber duda o divergencia alguna, ya que actualmente ni hay diálogo, ni cordura, ni mucho menos paz. Que se lo digan sinoal pueblo ucraniano, masacrado por el vil Putin.

 “La mala gestión Covid ha acarreado demasiada prepotencia. Es momento de que la Unión impulse una investigación sobre esta gestión en Europa”

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Guerra, rearme, botón nuclear, y países encantados de conocerse

Me ha dado en este artículo por mezclarlo cositas, y reclamar un día más que termine la Guerra de Ucrania, y este nuevo mundo belicoso que nos quieren imponer, además de que la escuela recupere la auténtica educación que ahora también se devalúa, porque el saber ya no interesa. Desdichadamente, dos hechos cobran fuerza. El primero, que la guerra no tiene pinta de acabar, porque Putin es un soberbio. Y la segunda, el resto de países se han enrolado en el rearme. Poco importa ya el viejo y maravilloso concepto de estados del bienestar, con la sanidad, educación y cultura en primera línea, relegadas ahora por la inflación y el belicismo.   

En Guerra y paz, novela precisamente del ruso León Tolstói (1928-1910), al final se produce un empate entre lo primero y lo segundo, como está sucediendo ahora con la invasión de ucrania por el ejército ruso. Es decir, que nadie salió ganando. Por cierto, antes de seguir con la guerra y los terribles daños que propicia, el citar a Tolstói me lleva directamente a criticar todos los retoques a la educación que se hacen en España (como el último Decreto sobre la ESO), ya que, al final, que es lo que realmente se quiere, estamos formando indocumentados.

De regreso a la guerra, que es lo que toca a diario en este 2022 de Covid, tanques, misiles y bombardeos, ya no es sólo Putin contra el mundo, sino que el Napoleón ruso va sumando aliados, algo que empezó con la apuesta total de China (1.412 millones de habitantes) por el Kremlin, y ahora se une la India (1.380 millones). Al parecer, la población india añora los tiempos de cuando el mundo estaba dividido en dos bloques, y la línea diferenciadora la establecía el Muro de Berlín (otra cita para los estudiantes de la ESO). Aquella gigantesca Unión Soviética y sus países satélites, donde se habla ruso, como Polonia, Rumania o Checoslovaquia, hoy dentro de la Unión Europea. ¿Habrá un Brexit a la rusa y algunos países del este abandonarán la UE? Como quiera que vivimos tiempos locos, donde, por pasar, pasa hasta que en la Gala de los Oscar Will Smith le propina un sonoro tortazo al presentador, ¡cualquiera hace quinielas!

No tiene vuelta de hoja: la cosa está mal. No lo quieren ver así quienes viven sin estrechez alguna, pero incluso ahora eso es ya la excepción, porque hablar aún, como se hace en España, de estado del bienestar, no tiene mucho sentido. ¿Cómo va a haber bienestar con una guerra dentro de Europa, y las consecuencias de subida en todos los precios y dispararse la inflación hasta una cifra que no se recordaba aquí desde 1985? De 2022 a 1985. A esto se le llamar ir para atrás, y creo que es una afirmación totalmente realista, que se ajusta únicamente al razonamiento clásico (decir lo que es y dejarse de ambigüedades).

“Dispararse la inflación hasta una cifra que no se recordaba desde 1985. De 2022 a 1985, a esto se le llama ir para atrás y es una afirmación realista”

Nadie nos va a traer soluciones como no empecemos a reclamar con insistencia cordura. Los intelectuales de todas partes deberían corearlo a diario. Es como cuando se apartó del Covid a los científicos, para dejarlo todo en manos de la gestión política directa que representan los Gobiernos de los Estados. Pero no debiera ser así, sobre todo cuando los problemas son titánicos y no dejan de acumularse. Hay que volver a citar los principales, aunque ahora la prioridad es parar la Guerra de Ucrania. ¿Vamos a solucionar el Cambio Climático con una guerra? ¿La recuperación económica tras el arrasamiento de todo que supone la pandemia, se arregla con una guerra? ¿Con un ambiente tan bélico como el actual, existe porvenir para las jóvenes generaciones, y podrán seguir disfrutando de este maravilloso planeta? Muchas preguntas, pero todas en el aire. Somos de lo que no hay. En vez de apostar por la sanidad, por la educación, por la cultura y el desarrollo de los pueblos, nos han recuperado el lenguaje del botón nuclear, de los bloques, de los muros, de traer terror y hambre a pueblos como el ucraniano.

Incluso se incide, decididamente nos toman por tontos, en que ahora en Europa, su recuperación económica, queda vinculada al incremento del gasto militar, y de la fabricación y mayor aumento de venta de armas, lo que en  algunos países supondrá más empleo. Me niego a aceptar este nuevo mundo que nos están imponiendo. Apuesto por el pensamiento de Séneca (cuánta falta hace en las aulas regresar al estudio de los clásicos), cuando escribe que en las grandes desgracias, el consuelo es que no pueda sobrevenir otra mayor. Como ven, a nosotros nos ocurre lo contrario: una tras otra. Estados Unidos y sus aliados, y Rusia y sus aliados. Será estratégico, pero todo esto es antiguo, debería quedar obsoleto, como los silos nucleares, meter miedo con el Apocalipsis, y demás imbecilidades que estamos hartos de ver en las películas, y no debemos permitir que se conviertan en realidad. Todo lo que pasa con Ucrania está dentro de nuestras viejas rencillas. Lo han empezado Rusia y China. Estados Unidos y la Unión Europea están mejor callados. Resulta lamentable que con todo lo que tienen que hacer aún por el hambre y necesidad de sus ciudadanos, caso de la India apoyando ahora a Rusia, en cambio se sumen a la barbarie que supone todo enfrentamiento bélico. El sonido de los tambores de guerra no se apaga. Tampoco el del gran negocio que supone, ya que, de repente, nos fusionan como eje positivo de desarrollo, economía-recuperación-armamento. ¡Válgame el cielo que veo! (Calderón de la Barca-La ESO). Terminaremos trabajando todos, y es lo que hay que impedir, en las fábricas de hacer tanques y balas.

“En vez de apostar por sanidad, educación, cultura y desarrollo, nos han recuperado el lenguaje de bombas atómicas, terror y hambre a pueblos”

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