LA PANDEMÍA DEL REENCUENTRO CON LOS MAYORES

La larguísima lista de fallecidos en España por Covid, que va en aumento, está integrada sobre todo por personas mayores. Muchas de ellas vivían en residencias, y sigue abierto el debate social de lo mucho que hay que cambiar en su gestión diaria. El Gobierno y las comunidades autónomas lo están hablando, pero hay que decidir, y pronto. Entre los cambios que se pretenden destaco una mayor inspección, que los resultados sean públicos, y que los centros empiecen a abandonar el aspecto de hospital para parecerse a hogares. La música suene bien, pero hay que llevarlo a cabo de verdad.

Las residencias de ancianos fueron tristemente protagonistas al inicio de la pandemia, y año y medio después, bien avanzada la vacunación, regresan a la actualidad, para volver a recordarnos que el peligro no ha pasado, y que el bicho acecha e insiste en propagarse y matar. Según datos del IMSERSO, estamos hablando de 30.250 defunciones de mayores, 129 en la última semana de agosto de este 2021.

En este país, desde que se anuncia y promete un plan, en este caso dirigido a la mejor atención a nuestros mayores, hasta que se acomete, pueden pasar lustros o, directamente, no se ejecutan. Siempre me ha llamado la atención que se presente algo en rueda de prensa, pasa el tiempo, no se ha hecho nada, pero los medios de comunicación no preguntan, tampoco los ciudadanos, a la hora de recordar y denunciar a la persona o institución que planteó el proyecto tal o cual, que no ha cumplido. Esto es lo que hace a un país más serio, menos serio o nada serio. Elijan ustedes mismos donde estamos situados nosotros.

Pero, en fin, no se puede negar que ahora, repito, metidos de lleno aún en la pandemia de Coronavirus, hay un documento de trabajo del Gobierno y las comunidades autónomas, de cara a crear un nuevo modelo de residencias de mayores, y también recientemente la Asociación de Directoras y Gerentes de Servicios Sociales han presentado un estudio que recoge cómo deberían ser estos centros en adelante (“Un nuevo modelo residencial para personas en situación de dependencia: residencia su casa”). Para el acuerdo final en una misma dirección del Ministerio de Derechos Sociales y los Gobiernos autónomos, se ha marcado la fecha de diciembre de este año. Veremos. Pero no cabe duda de que hay pretensiones que son muy loables, como la primera y más interesante de poner encima de la mesa el reto de que las administraciones se comprometan a evaluar permanentemente la calidad de vida de nuestros mayores en sus residencias, que los resultados sean públicos, y que los centros dejen de tener un aspecto de hospitales y se parezcan más a un entorno familiar-hogareño, como en el que vivían anteriormente los mayores, ahora dependientes.

“Hay un documento de trabajo del Gobierno de cara a crear un nuevo modelo de residencias, se ha marcado la fecha de diciembre. Veremos”

Que los centros públicos cambien el chip llevará aparejado que también lo hagan las empresas privadas que en los últimos veinte años han abierto en España no pocos geriátricos. Muchos de ellos, tan solo por su construcción, parecen macro hospitales o edificios cuyo aspecto da una sensación gélida de impenetrables e inaccesibles al trabajo que se desarrolla dentro. Quedan muchas denuncias de familiares sin resolver de lo que sucedió en la primera parte de la pandemia, y del trato y la desinformación que se llevó a cabo en  muchas de las defunciones que se produjeron.

Lo anterior genera otro debate, que también se quiere acometer ahora: la transparencia. En un país más dado a reconocer las equivocaciones ajenas antes que las propias, pienso que no tiene mayor justificación que la información, es decir, la transparencia, resultó absolutamente deficiente durante el año pasado, primero de la gran pandemia.  Lo sucedido en muchas residencias por el Covid-19 puso de manifestó otra gran conclusión: la falta de inspecciones de carácter oficial y administrativo, algo que con una nueva ley debería cambiar. Desde el Gobierno de España se denomina como una cultura de rendición de cuentas y de transparencia, y de esta forma los usuarios puedan comparar servicios, como ocurre en Alemania, pero no aquí.

El documento en el que trabajan todas las administraciones competentes en servicios sociales (demasiadas y con diferentes formas de actuar), utiliza demoledoras afirmaciones que resultan clarificadoras de cómo son muchas de nuestras residencias. He aquí un ejemplo: “Los centros gueto ya no resultan admisibles”. En la cara opuesta a esto se pretende que los usuarios estén motivados a participar y tomar decisiones en su día a día. De ahí que se  plantean también órganos de participación donde haya usuarios, familiares, trabajadores, dirección del centro y agentes locales, todo bajo la premisa de que las familias son claves para garantizar los buenos apoyos.

Está claro que el Covid va a conllevar muchos cambios que se irán viendo en un tiempo corto. Un nuevo contexto y gestión de las residencias de ancianos, dado todo lo malo sucedido, resulta clave y además es una demanda social creciente. Nada referido al Coronavirus es bueno, pero esta lacra del siglo XXI nos acerca más a nuestros mayores, reencontrándonos con la realidad de cómo viven y sus necesidades en esta etapa de su vida.

“El documento en el que trabajan servicios sociales, utiliza demoledoras afirmaciones clarificadoras: Los centros gueto ya no resultan admisibles”.

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Llamar ciudades saludables a ir en bici, andar, y fuera coches

Para no venir a aportar demasiado al problemón que es el Cambio Climático, las ciudades se quieren llamar ahora saludables, y con caminar o desplazarse en bici, ya está todo hecho. Pues no. Nos jugamos el planeta entero, y no solo el aspecto que adquieran las grandes capitales, ante todo sin coches que no dejan de venderse por millones. Lo que de verdad debemos empezar con urgencia a decidir es a todo lo que estamos dispuestos a renunciar de nuestro confort, para seguir viviendo en la tierra, con garantías de futuro.

La Organización Mundial de la Salud, la OMS, que tantos negativos tiene en la gestión de la pandemia, y en la que llevamos camino de dos años, divulgaba recientemente un Manifiesto a favor de una recuperación saludable de la Covid-19. Cuenta con seis apartados, pero me llamó poderosamente la atención el punto 5, que titula “Construir ciudades sanas y saludables”.

No es que esperase mucho de la OMS dada su mala gestión, pero me sorprende que la consiguiente explicación se conforme con decir que más de la mitad de la población mundial vive en ciudades, las cuales concentran más del 60% de la actividad económica y, por supuesto, las mayores emisiones de gases de efecto invernadero. Como medida a aplicar, de ahí que nos planteemos este artículo sobre las urbes que vienen, la OMS propone realizar los desplazamientos en transporte público, a pie o en bicicleta. De esta manera, se beneficiaría directamente la salud y, de paso, se hace frente a la mortalidad debida a la falta de actividad física, que según este manifiesto alcanza los tres millones de muertos anuales. Del Cambio Climático, y la posibilidad de que nos lleve por delante a todos, nada se deduce.

Lo que voy a decir ahora no es aún posicionamiento alguno. No deja de ser tremendamente chocante que, a gasolina o eléctrico, la compra de coches sea el patrón que marca el crecimiento de un país y buena salud económica de su sociedad, y se nos está diciendo que adquiramos automóviles, paguemos los suculentos impuestos, y seguidamente nos metamos el vehículo por donde nos quepa, porque las ciudades ya no los quieren. ¿Necesita el mundo este cambio? Sin duda. ¿Estamos preparados para llevarlo a cabo? Para nada. Al final, Gobiernos, y multinacionales energéticas y de automoción nos marcarán el paso según las conveniencias del momento, y no de la subida de temperaturas. 

“La compra de coches sigue siendo crecimiento, y se nos está diciendo que adquiramos, y nos metamos el vehículo por donde nos quepa”

En realidad, el Covid no viene a marcar futuro urbanístico alguno para nuestras ciudades, al estar inmersas desde hace tiempo en los carriles-bici, amplias aceras, estrechas carreteras, la peatonalización, sin aparcamientos, y también, porque todo hay que decirlo, la agonía o desaparición de los negocios tradicionales. La imagen de miles de locales vacíos, que antes tenían mucha actividad y público, demuestra la gran mutación que estamos viviendo, donde, claro está, no todo es bueno ni de color de rosas.

El que sí es muy colorido es el lenguaje peliculero que se utiliza para ver algún día estas nuevas ciudades que se preconizan, donde además todo o casi todo sea teletrabajo, y te muevas de casa lo imprescindible, porque para hacer tus cosas ya tienes el móvil y el ordenador. Por ser malo, lo es hasta el comercio electrónico, ya que los envíos de todo lo que pedimos por las plataformas digitales hay que mandarlo en furgoneta, y eso contamina. Hablaba del lenguaje cursi, como ciudades para las personas, inteligentes, sostenibles, habitables, equitativas, basadas en la naturaleza y que tengan una economía circular, que no sé lo que es, aunque así, con todo esto, se favorece la movilidad física y los espacios verdes. Pero hay algo muy gordo que no cuadra: ¿de qué vamos a vivir, si las ciudades no proporcionan trabajo? Como suele ocurrir en este loco mundo, mucho de lo que se acomete empieza por el tejado, en vez de por los cimientos de la casa a construir. El fondo de todo esto está realmente bien, pero falta tomar drásticas decisiones, de manera consensuada, por parte de todos los países, y no por libre como se actúa en los casos de ciudades que acometen proyectos que dejan una increíble estela de paro y desolación de trabajadores autónomos.

Realmente, de lo que deberíamos hablar sin cortinas de humo es de lo que pasa con el Cambio Climático o calentamiento global o gases de efecto invernadero. Absolutamente todo, gira en torno a esto. Y lo que hay que tomar son medidas de verdadero calado, bajo la siguiente premisa: ¿A qué estamos dispuestos a renunciar de nuestro confort, por el bien del planeta? ¿A los coches?, ¿a los camiones?, ¿a la calefacción?, ¿a dejar de fabricar todos aquellos productos contaminantes?, ¿sin plásticos?, ¿fuera envases?, ¿se acabaron las pinturas industriales? Pero hay mucho más. ¿Nos vamos a responsabilizar algún día de generar unos determinados residuos al día, a la semana, al mes, y por ley? Porque con hacer los recados andando por las calles de las ciudades o montar en bicicleta, no creo yo que se arregle mucho del gravísimo problema, mientras los aviones que nos transportan sigan dejando gigantescas estelas de contaminación, o los barcos mercantes contribuyan a generar auténticos océanos estercoleros, que algún día serán imposibles de recuperar, al igual que sus especies marinas. Y al hablar de los mares, ¿qué pasa con las ballenas?, y qué ocurre con todos esos países cuya alimentación y cultura se basa en las aletas de tiburones, o los cuernos de rinoceronte y elefante. Sería interminable detallar todo lo que aniquilamos a la hora, y lo venimos haciendo así desde siempre, porque somos una civilización destructora,que al final se conforma con crear subterfugios como el de las ciudades inteligentes y saludables, sin mayor contenido. Pensemos pues en si queremos cambiar verdaderamente,dejemos de lado los paños calientes, y afrontemos con cabeza lo mucho por hacer en una nueva era que empieza, sí, esta, que muy bien podemos denominar era post-Covid, renaciendo de nuestros ancestrales errores.  

“El Covid no viene a marcar futuro alguno para nuestras ciudades, inmersas en carriles-bici, peatonalización, y también agonía de negocios”

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De la luz a las patatas: la subida alocada de todos los precios

El dinero vale menos, se llama inflación, y sube el precio de todo, como sucede mayormente en España, con la energía, la gasolina y la comida en general. Como se puede ver, son productos que afectan de lleno a unos bolsillos cada vez más agujereados y empobrecidos. Si bien es cierto que el Covid no da tregua y que su factura económica es aún indefinible, sería bueno que la Unión Europea presentara un plan económico creíble que, sobre todo, no castigue a los de siempre y a sus necesidades más básicas como sucede con el comer o encender la luz.

Como lo primero es lo primero, me pongo antes de nada a localizar una lista, lo más exhaustiva posible, que me enumere muchas de las cosas que han subido su precio durante los últimos meses Covid. Encuentro esta, junto a algunos porcentajes suficientemente aclaratorios de esas subidas: aceites comestibles (un 24,5%; el aceite de oliva un 7,5%), accesorios informáticos, electricidad (disparada), gasolina, gas (5,9%), fruta (6,9%), hortalizas (un 5,7%; las patatas igual), legumbres (5,7%), pescados, refrescos (11%), seguros en general o transportes (6%).

Son solo algunos ejemplos de muchos más que hay, aunque los citados afectan directamente al bolsillo, por ser gastos derivados de la vivienda, como la luz, o la cesta de la compra, con casi todos los alimentos afectados por la gran subida de todo que se está produciendo en este segundo año de pandemia.

Cuando se empezó a hablar de recuperación o reconstrucción, y de los famosos fondos europeos que nunca terminan de llegar en condiciones, nadie avisó de que, básicamente, iba a consistir en elevar el precio de todo aquello que consumimos de habitual, aunque el mismo verbo (elevar) no sea el más apropiado a la hora de reflejar lo que está pasando con el recibo de la

 luz, incluidas las peregrinas explicaciones oficiales que se ofrecen, para no arreglar un problema que afecta a tantísimas familias, empresas y autónomos, que han visto como su factura eléctrica se duplica o triplica en muchos casos.

“Cuando se empezó a hablar de reconstrucción, nadie avisó de que iba a consistir en elevar el precio de todo aquello que consumimos de habitual”

Poco escapa a la crítica cuando se reduce la gasolina que podemos echar a nuestros coches, y el carro de la compra se ve disminuido, porque ya no llega con el presupuesto que con anterioridad dedicábamos a estos menesteres esenciales de nuestras vidas. Pisar la calle de verdad es ver todo esto con claridad, porque la vida ya está suficientemente comprometida con el hecho de un virus mortal que campa a sus anchas, para que encima el índice de precios se ponga por las nubes, y créanme que no es una frase hecha sino más bien la realidad.

Hay otro hecho mucho más grave como es la pobreza que genera esta descontrolada situación. Se multiplican las familias que no llegan a final de mes, al igual que los ciudadanos que han de acudir a los servicios sociales para pedir ayudas de todo tipo. Por eso antes aludía a que esto no es reconstruir sino retroceder en el estado del bienestar. En España pasamos ya de una crisis económica a otra, y parece que nos volviéramos inmunes a todo el daño social que genera el cambio de vida, a peor, que sufren en sus propias carnes muchos ciudadanos que lo pierden todo. Empezar a sacar cabeza del Covid con la subida del aceite y las patatas no hace creíble la auténtica situación económica por la que atravesamos. Sin duda, los fondos europeos serán inversiones reales a futuro, pero lo primero que hay que cuidar y potenciar es lo más cercano que tenemos, como son las familias, sus empleos y lo que pueden hacer con los sueldos que ganan.

Hace años que habíamos dejado atrás el run run de la inflación que ahora regresa. En términos económicos, la inflación es un peligroso proceso al que se llega por el desequilibrio existente entre la producción y la demanda. Causa una subida continuada de los precios de la mayor parte de los productos y servicios, y una pérdida del valor del dinero para poder adquirirlos o hacer uso de ellos. Ni más ni menos que lo que estamos viviendo ya, en España con más énfasis a lo que ocurre en el resto de la Unión Europea, que tampoco se libra de esta subida de la inflación de la que por ejemplo Alemania tiene tanta alergia. Con la inflación el dinero vale menos y disminuye el poder adquisitivo. Son muchas las recetas que los expertos dan para rebajar la inflación y siempre coinciden en el mismo punto: reducir el gasto público. Era algo que repetía hasta la saciedad el recientemente desaparecido José María Gay de Liébana. ¡Todo un genio! Lo cierto es que Europa, y España está dentro de ella, necesita de un urgente plan económico para que una vez más no sean los de siempre los que pagan la factura de la crisis: trabajadores, pensionistas, autónomos y jóvenes en su acceso a un primer empleo. Esta historia ya la conocemos y no se llama precisamente reconstrucción.

“En España pasamos de una crisis a otra, y parece que nos volviéramos inmunes a todo el daño que genera el cambio a peor que sufren muchos ciudadanos”

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Pandemia: contaminamos a trisca y pasamos de la catástrofe climática

Cuánta razón tenía Einstein cuando apuntó que lo más incomprensible del universo es que sea comprensible. Nunca hemos entendido la maravilla de mundo en que vivimos, que tanto y tan abundante nos ofrece, empezando por el aire, el agua y los alimentos. A cambio, lo tratamos a patadas, inundándolo de basura, contaminación y productos químicos, nucleares y militares, que son los que crean catástrofes como la de Chernóbil. En esto llegó el Covid y su mareante factura ecológica. Y también los científicos que vuelven a alertar de que el tiempo corre en contra del planeta y de nosotros. ¿Haremos algo de verdad? Intereses de todo tipo no lo permiten.

A día de hoy, resulta incalculable (y tampoco se quiere calcular) las toneladas y toneladas de basuras, desperdicios y mierdas contaminantes de todo tipo, utilizadas y después tiradas, al albor de la pandemia por Covid-19, declarada en 2020.

Estamos de ola en ola inventada por el pésimo marketing político-económico-mediático, que trata así de contrarrestar los daños visibles del Coronavirus. Y ahora los científicos, desaparecidos durante gran parte de la pandemia, salvo casos concretos de autobombo televisivo, nos salen con el alarmante mensaje de que se aceleran los daños del cambio climático, y sus drásticas consecuencias hacia el ecosistema que nos proporciona todo para vivir lo bien que lo hacemos, aunque dependiendo del continente en que se nazca.

Voy a recordar, porque la gente ni sabe de la crisis climática ni lo quiere saber, ni tampoco lo asume como problema personal que le afecte o atemorice, cuáles son los principales problemas derivados del cambio climático, provocado directamente por el calentamiento global. 1. El uso incontrolado de gases de efecto invernadero, como el dióxido de carbono (CO2), el metano (CH4), compuestos halogenados, el ozono troposférico o el óxido de nitrógeno. 2. El aumento incontrolado de la población mundial. 3. La destrucción de los ecosistemas terrestres y deforestación. Y 4. La destrucción de los ecosistemas marinos. Como vemos, aparece siempre un mismo culpable: la mano humana.

“La gente ni sabe de la crisis climática ni lo quiere saber, ni tampoco lo asume como problema personal, que le afecte o atemorice”

Fijémonos hasta que punto no interesa (de intereses) abordar de raíz el cambio climático, que los destructivos gases de efecto invernadero que atacan tanto a las futuras temperaturas del planeta, provienen de la producción de electricidad, el transporte con todo lo que se mueve a motor, la calefacción, la industria, la edificación, la ganadería y la agricultura (esencialmente cultivo de arroz), el tratamiento de aguas residuales y los cuantiosísimos vertederos con la basura que producimos, a trisca desde que se declaró el Covid.

Los seres humanos reaccionamos, y no del todo, ante grandes catástrofes y calamidades que, es durísimo decirlo, nos merecemos por lo destructivos que somos hacia todo lo que nos rodea, principalmente la fauna y la flora. Las reacciones y reuniones mundiales que se mantienen para abordar este gravísimo panorama, no voy a decir que no sirvan para nada, pero sí que están bajo la influencia de una división tremenda entre las grandes potencias y su particular visión del cambio climático (Estados Unidos, Rusia, China, India…), y tremendamente vigiladas por los poderosos lobbies que funcionan en defensa de los sectores industriales y productivos más importantes (energía, transportes, automóviles, construcción, etcétera).

Nuestra civilización está inmersa en el propósito de hacerlo todo rematadamente mal. Autodestruirnos es la palabra. Solo nos salvará del desastre un cambio radical de mentalidad, hacia la naturaleza y todo lo que conlleva la vida en la tierra. Pero para eso habremos de renunciar a muchas de las excéntricas comodidades que nos hemos dado, y también producir y envasar de manera equilibrada, declarando sagrados a territorios donde campan a sus anchas excavadoras y furtivos (Amazonas), lo mismo que proteger de verdad a especies y por supuesto a los mares, ¡ahí los mares!, tan sumamente contaminados en la actualidad, sin que nadie con el poder necesario diga ¡basta, hasta aquí hemos llegado!

Cuando la conciencia ecológica se coge tarde ya no hay remedio. A donde pretendo llegar es que la educación es básica, fundamental, a la hora de crear nuevas generaciones que verdaderamente amen y respeten a la Madre Tierra. Empezando y acabando en ensuciar menos, en todos los sentidos. Me viene a la memoria aquella carta que el jefe indio Noah Sealth escribió en 1854 al presidente norteamericano, Franklin D. Roosevelt. Decía cosas fantásticas. Como esta: “Cada parcela de esta tierra es sagrada para mi pueblo. Cada brillante mata de pino, cada grano de arena en las playas, cada gota de rocío en los bosques, cada altozano y hasta el sonido de cada insecto, es sagrada a la memoria y el pasado de mi pueblo. La savia que circula por las venas de los árboles lleva consigo las memorias de los pieles rojas”. O esta otra: “Somos parte de la tierra y asimismo ella es parte de nosotros. Las flores perfumadas son nuestras hermanas; el venado, el caballo, la gran águila; estos son nuestros hermanos. Las escarpadas peñas, los húmedos prados, el calor del cuerpo del caballo y el hombre, todos pertenecemos a la misma familia”.Y para acabar esta que representa lo que no hemos sabido enseñar, y así estamos de mal: “Inculquen a sus hijos que la tierra esta enriquecida con las vidas de nuestros semejantes a fin de que sepan respetarla. Enseñen a sus hijos que nosotros hemos enseñado a los nuestros que la tierra es nuestra madre. Todo lo que le ocurra a la tierra ocurrirá a los hijos de la tierra. Si los hombres escupen en el suelo, se escupen así mismos”. Algún día, tanta necedad dará paso a la inevitable gran catástrofe climática.

“Solo nos salvará del desastre un cambio radical de mentalidad, hacia la naturaleza y todo lo que conlleva la vida en la tierra”.

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Hambre y pobreza, pandemias eclipsadas por nuestra miseria

El Covid-19, como la pandemia que es, copa ahora los titulares y el interés general. Antes han sido otras cuestiones las que han restado protagonismo e importancia a pandemias jamás declaradas, como son el hambre y la pobreza en el mundo. No hay manera de explicar que, como seres inteligentes que somos, nos mostremos tan destructivos y miserables hacia nuestros semejantes más necesitados, aunque sean niños. Y nos escudemos en programas, alianzas o compromisos que no van a ninguna parte, porque nunca se cumplen, como se ha venido demostrando a lo largo de la historia de nuestra civilización. 

Todos los Objetivos de Desarrollo del Milenio promovidos por la ONU, esencialmente los de erradicar el hambre, la pobreza y tener acceso a servicios sanitarios básicos, se convierten en papel mojado, cuando el mundo entra en el shock de una pandemia, esta sí declarada, que ya todos conocemos como Covid-19. En realidad, aunque no hubiera aparecido el Coronavirus, esos tres objetivos no se hubieran tampoco cumplido de manera alguna. A través de nuestra hemeroteca de hechos, venimos cargando con una losa premonitoria del mismísimo Séneca, que vivió la Roma del bestia de Nerón: “Todo lo vence el hombre, menos el hambre”. Pero la necesidad nunca ha sido de derechas ni de izquierdas. El hambre es hambre, y explicó en su día el por qué Salvador Allende, al referirse a la avaricia, el egoísmo, y en lo que está la humanidad y malgastan el dinero los Gobiernos, en vez de hacer lo que tienen que hacer,

mejorar de verdad la vida de las gentes: “El hombre de los países industriales ha llegado a la luna dominando la naturaleza. ¿Es justo que el hombre ponga un pie sobre la luna? ¿O no sería más justo que los grandes países pongan los pies sobre la tierra y se den cuenta que hay millones de personas que no tienen trabajo y que sufren de hambre? Así es. Esto es.

La humanidad y las instituciones por las que se rige siempre han buscado excusas para no erradicar las penalidades de los seres humanos que pueblan las geografías más desoladas del planeta. Lo llaman crisis económicas. En este nuevo siglo, perdido el anterior para la causa, lo denominan también Agenda a cumplir en tal periodo. Siempre digo que no hay que señalar solo a los Gobiernos como culpables de todo, si la sociedad civil, como es el caso, no impulsa a través de la lucha y las reivindicaciones pacíficas el cambio de actitud de los poderosos. Nos mostramos más dormidos y pasotas que nunca.

También está la total indiferencia. Si hiciéramos ahora mismo una encuesta a pie de calle, preguntando a la gente que cite algunos de los países más pobres, seguramente no daban con ninguno. Indicarles lo que pasa en el Cuerno de África, por poner un ejemplo, es como hablarles en chino. Sencillamente, no nos interesa;sí, nos da igual, en la creencia de que es un asunto que debe arreglarse en las altas instancias, porque la ciudadanía ya tiene bastante con sus cosas, el trabajo y quehacer diario, tener dinero, el mejor coche, los temas del hogar, el colegio de los niños, buena sanidad, y la prosperidad, en fin, de la familia. Pregunta: “¿Qué hay personas en el mundo que se mueren de hambre?” Respuesta: “No es mi problema”.  

“No hay que señalar a los Gobiernos como culpables de todo, si la sociedad civil no impulsa a través de la lucha el cambio de los poderosos”

Insensible es el duro de corazón y miserable quien vive en un estado de pobreza extrema, pero también puede significar provocar el mal y tener gran indiferencia hacia los problemas ajenos. De ser así (que lo es), somos una sociedad cada vez más miserable. Unos por sufrir y otros por permitir. A partir de aquí, se podría hablar de esperanzas en estos tiempos que corren, dentro de este maldito siglo XXI, pero no deseo caer en hipocresías, ya que esto es lo mismo a cuando en la cuarentena surgió la cuestión de si íbamos a cambiar en algo (generosidad, solidaridad, compromiso, tolerancia, ayudar a los más necesitados…). No solamente no hemos cambiado, sino que vamos a peor.

Ningún año, salvo el momento de la noticia o cuando llega la Navidad, siquiera nos conmueven los 2,8 millones de niños que anualmente mueren esqueléticos,abandonados a su suerte, en esos puntos que no recordaríamos de ser cuestionados. Lo resumiré diciendo que el hambre se localiza principalmente en Centroamérica, África y Asia. Habría que poner rostro a quienes sufren tantísimas penalidades, en vez de querer colonizar Marte, gastando millones a destajo, que serían suficientes para cortar de raíz esta masacre permitida y consolidada,como parte de la historia pasada y presente vaticinada por Séneca. Verdaderamente, ¡damos pena! El Covid tampoco interesa cuando no se ha padecido ni vivido de cerca. Pasa igual con la falta de investigación sobre las enfermedades raras, porque son otros quienes las padecen y mueren. Cuando vemos por televisión los anuncios de ongs solidarias pidiendo ayudas urgentes, cambiamos de canal, dejando claro que el hambre y la miseria son pandemias eclipsadas y, por lo tanto, invisibles. Y sí, habría que haberlas declarado como tal hace mucho tiempo. Con todo, la peor pandemia es la que albergamos en nuestro interior. ¿Síntomas? Desinterés, insensibilidad y apatía total hacia el sufrimiento en el mundo. A lo que se ve, no tiene cura. Numerosas veces al año, los medios de comunicación nos trasladan las noticias de lo que sucede en algunos puntos críticos del mapamundi. Ni nos inmutamos. No hay mayor miseria que no sentirse culpables de lo que nosotros mismos creamos, consentimos y prolongamos. Lo dicho, penosos y miserables es lo que somos.  

“Si hiciéramos una encuesta preguntando a la gente que cite países pobres, seguramente no daban con ninguno. Sencillamente, no interesa”

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