De la luz a las patatas: la subida alocada de todos los precios

El dinero vale menos, se llama inflación, y sube el precio de todo, como sucede mayormente en España, con la energía, la gasolina y la comida en general. Como se puede ver, son productos que afectan de lleno a unos bolsillos cada vez más agujereados y empobrecidos. Si bien es cierto que el Covid no da tregua y que su factura económica es aún indefinible, sería bueno que la Unión Europea presentara un plan económico creíble que, sobre todo, no castigue a los de siempre y a sus necesidades más básicas como sucede con el comer o encender la luz.

Como lo primero es lo primero, me pongo antes de nada a localizar una lista, lo más exhaustiva posible, que me enumere muchas de las cosas que han subido su precio durante los últimos meses Covid. Encuentro esta, junto a algunos porcentajes suficientemente aclaratorios de esas subidas: aceites comestibles (un 24,5%; el aceite de oliva un 7,5%), accesorios informáticos, electricidad (disparada), gasolina, gas (5,9%), fruta (6,9%), hortalizas (un 5,7%; las patatas igual), legumbres (5,7%), pescados, refrescos (11%), seguros en general o transportes (6%).

Son solo algunos ejemplos de muchos más que hay, aunque los citados afectan directamente al bolsillo, por ser gastos derivados de la vivienda, como la luz, o la cesta de la compra, con casi todos los alimentos afectados por la gran subida de todo que se está produciendo en este segundo año de pandemia.

Cuando se empezó a hablar de recuperación o reconstrucción, y de los famosos fondos europeos que nunca terminan de llegar en condiciones, nadie avisó de que, básicamente, iba a consistir en elevar el precio de todo aquello que consumimos de habitual, aunque el mismo verbo (elevar) no sea el más apropiado a la hora de reflejar lo que está pasando con el recibo de la

 luz, incluidas las peregrinas explicaciones oficiales que se ofrecen, para no arreglar un problema que afecta a tantísimas familias, empresas y autónomos, que han visto como su factura eléctrica se duplica o triplica en muchos casos.

“Cuando se empezó a hablar de reconstrucción, nadie avisó de que iba a consistir en elevar el precio de todo aquello que consumimos de habitual”

Poco escapa a la crítica cuando se reduce la gasolina que podemos echar a nuestros coches, y el carro de la compra se ve disminuido, porque ya no llega con el presupuesto que con anterioridad dedicábamos a estos menesteres esenciales de nuestras vidas. Pisar la calle de verdad es ver todo esto con claridad, porque la vida ya está suficientemente comprometida con el hecho de un virus mortal que campa a sus anchas, para que encima el índice de precios se ponga por las nubes, y créanme que no es una frase hecha sino más bien la realidad.

Hay otro hecho mucho más grave como es la pobreza que genera esta descontrolada situación. Se multiplican las familias que no llegan a final de mes, al igual que los ciudadanos que han de acudir a los servicios sociales para pedir ayudas de todo tipo. Por eso antes aludía a que esto no es reconstruir sino retroceder en el estado del bienestar. En España pasamos ya de una crisis económica a otra, y parece que nos volviéramos inmunes a todo el daño social que genera el cambio de vida, a peor, que sufren en sus propias carnes muchos ciudadanos que lo pierden todo. Empezar a sacar cabeza del Covid con la subida del aceite y las patatas no hace creíble la auténtica situación económica por la que atravesamos. Sin duda, los fondos europeos serán inversiones reales a futuro, pero lo primero que hay que cuidar y potenciar es lo más cercano que tenemos, como son las familias, sus empleos y lo que pueden hacer con los sueldos que ganan.

Hace años que habíamos dejado atrás el run run de la inflación que ahora regresa. En términos económicos, la inflación es un peligroso proceso al que se llega por el desequilibrio existente entre la producción y la demanda. Causa una subida continuada de los precios de la mayor parte de los productos y servicios, y una pérdida del valor del dinero para poder adquirirlos o hacer uso de ellos. Ni más ni menos que lo que estamos viviendo ya, en España con más énfasis a lo que ocurre en el resto de la Unión Europea, que tampoco se libra de esta subida de la inflación de la que por ejemplo Alemania tiene tanta alergia. Con la inflación el dinero vale menos y disminuye el poder adquisitivo. Son muchas las recetas que los expertos dan para rebajar la inflación y siempre coinciden en el mismo punto: reducir el gasto público. Era algo que repetía hasta la saciedad el recientemente desaparecido José María Gay de Liébana. ¡Todo un genio! Lo cierto es que Europa, y España está dentro de ella, necesita de un urgente plan económico para que una vez más no sean los de siempre los que pagan la factura de la crisis: trabajadores, pensionistas, autónomos y jóvenes en su acceso a un primer empleo. Esta historia ya la conocemos y no se llama precisamente reconstrucción.

“En España pasamos de una crisis a otra, y parece que nos volviéramos inmunes a todo el daño que genera el cambio a peor que sufren muchos ciudadanos”

.

Dejar un comentario

Pandemia: contaminamos a trisca y pasamos de la catástrofe climática

Cuánta razón tenía Einstein cuando apuntó que lo más incomprensible del universo es que sea comprensible. Nunca hemos entendido la maravilla de mundo en que vivimos, que tanto y tan abundante nos ofrece, empezando por el aire, el agua y los alimentos. A cambio, lo tratamos a patadas, inundándolo de basura, contaminación y productos químicos, nucleares y militares, que son los que crean catástrofes como la de Chernóbil. En esto llegó el Covid y su mareante factura ecológica. Y también los científicos que vuelven a alertar de que el tiempo corre en contra del planeta y de nosotros. ¿Haremos algo de verdad? Intereses de todo tipo no lo permiten.

A día de hoy, resulta incalculable (y tampoco se quiere calcular) las toneladas y toneladas de basuras, desperdicios y mierdas contaminantes de todo tipo, utilizadas y después tiradas, al albor de la pandemia por Covid-19, declarada en 2020.

Estamos de ola en ola inventada por el pésimo marketing político-económico-mediático, que trata así de contrarrestar los daños visibles del Coronavirus. Y ahora los científicos, desaparecidos durante gran parte de la pandemia, salvo casos concretos de autobombo televisivo, nos salen con el alarmante mensaje de que se aceleran los daños del cambio climático, y sus drásticas consecuencias hacia el ecosistema que nos proporciona todo para vivir lo bien que lo hacemos, aunque dependiendo del continente en que se nazca.

Voy a recordar, porque la gente ni sabe de la crisis climática ni lo quiere saber, ni tampoco lo asume como problema personal que le afecte o atemorice, cuáles son los principales problemas derivados del cambio climático, provocado directamente por el calentamiento global. 1. El uso incontrolado de gases de efecto invernadero, como el dióxido de carbono (CO2), el metano (CH4), compuestos halogenados, el ozono troposférico o el óxido de nitrógeno. 2. El aumento incontrolado de la población mundial. 3. La destrucción de los ecosistemas terrestres y deforestación. Y 4. La destrucción de los ecosistemas marinos. Como vemos, aparece siempre un mismo culpable: la mano humana.

“La gente ni sabe de la crisis climática ni lo quiere saber, ni tampoco lo asume como problema personal, que le afecte o atemorice”

Fijémonos hasta que punto no interesa (de intereses) abordar de raíz el cambio climático, que los destructivos gases de efecto invernadero que atacan tanto a las futuras temperaturas del planeta, provienen de la producción de electricidad, el transporte con todo lo que se mueve a motor, la calefacción, la industria, la edificación, la ganadería y la agricultura (esencialmente cultivo de arroz), el tratamiento de aguas residuales y los cuantiosísimos vertederos con la basura que producimos, a trisca desde que se declaró el Covid.

Los seres humanos reaccionamos, y no del todo, ante grandes catástrofes y calamidades que, es durísimo decirlo, nos merecemos por lo destructivos que somos hacia todo lo que nos rodea, principalmente la fauna y la flora. Las reacciones y reuniones mundiales que se mantienen para abordar este gravísimo panorama, no voy a decir que no sirvan para nada, pero sí que están bajo la influencia de una división tremenda entre las grandes potencias y su particular visión del cambio climático (Estados Unidos, Rusia, China, India…), y tremendamente vigiladas por los poderosos lobbies que funcionan en defensa de los sectores industriales y productivos más importantes (energía, transportes, automóviles, construcción, etcétera).

Nuestra civilización está inmersa en el propósito de hacerlo todo rematadamente mal. Autodestruirnos es la palabra. Solo nos salvará del desastre un cambio radical de mentalidad, hacia la naturaleza y todo lo que conlleva la vida en la tierra. Pero para eso habremos de renunciar a muchas de las excéntricas comodidades que nos hemos dado, y también producir y envasar de manera equilibrada, declarando sagrados a territorios donde campan a sus anchas excavadoras y furtivos (Amazonas), lo mismo que proteger de verdad a especies y por supuesto a los mares, ¡ahí los mares!, tan sumamente contaminados en la actualidad, sin que nadie con el poder necesario diga ¡basta, hasta aquí hemos llegado!

Cuando la conciencia ecológica se coge tarde ya no hay remedio. A donde pretendo llegar es que la educación es básica, fundamental, a la hora de crear nuevas generaciones que verdaderamente amen y respeten a la Madre Tierra. Empezando y acabando en ensuciar menos, en todos los sentidos. Me viene a la memoria aquella carta que el jefe indio Noah Sealth escribió en 1854 al presidente norteamericano, Franklin D. Roosevelt. Decía cosas fantásticas. Como esta: “Cada parcela de esta tierra es sagrada para mi pueblo. Cada brillante mata de pino, cada grano de arena en las playas, cada gota de rocío en los bosques, cada altozano y hasta el sonido de cada insecto, es sagrada a la memoria y el pasado de mi pueblo. La savia que circula por las venas de los árboles lleva consigo las memorias de los pieles rojas”. O esta otra: “Somos parte de la tierra y asimismo ella es parte de nosotros. Las flores perfumadas son nuestras hermanas; el venado, el caballo, la gran águila; estos son nuestros hermanos. Las escarpadas peñas, los húmedos prados, el calor del cuerpo del caballo y el hombre, todos pertenecemos a la misma familia”.Y para acabar esta que representa lo que no hemos sabido enseñar, y así estamos de mal: “Inculquen a sus hijos que la tierra esta enriquecida con las vidas de nuestros semejantes a fin de que sepan respetarla. Enseñen a sus hijos que nosotros hemos enseñado a los nuestros que la tierra es nuestra madre. Todo lo que le ocurra a la tierra ocurrirá a los hijos de la tierra. Si los hombres escupen en el suelo, se escupen así mismos”. Algún día, tanta necedad dará paso a la inevitable gran catástrofe climática.

“Solo nos salvará del desastre un cambio radical de mentalidad, hacia la naturaleza y todo lo que conlleva la vida en la tierra”.

Dejar un comentario

Hambre y pobreza, pandemias eclipsadas por nuestra miseria

El Covid-19, como la pandemia que es, copa ahora los titulares y el interés general. Antes han sido otras cuestiones las que han restado protagonismo e importancia a pandemias jamás declaradas, como son el hambre y la pobreza en el mundo. No hay manera de explicar que, como seres inteligentes que somos, nos mostremos tan destructivos y miserables hacia nuestros semejantes más necesitados, aunque sean niños. Y nos escudemos en programas, alianzas o compromisos que no van a ninguna parte, porque nunca se cumplen, como se ha venido demostrando a lo largo de la historia de nuestra civilización. 

Todos los Objetivos de Desarrollo del Milenio promovidos por la ONU, esencialmente los de erradicar el hambre, la pobreza y tener acceso a servicios sanitarios básicos, se convierten en papel mojado, cuando el mundo entra en el shock de una pandemia, esta sí declarada, que ya todos conocemos como Covid-19. En realidad, aunque no hubiera aparecido el Coronavirus, esos tres objetivos no se hubieran tampoco cumplido de manera alguna. A través de nuestra hemeroteca de hechos, venimos cargando con una losa premonitoria del mismísimo Séneca, que vivió la Roma del bestia de Nerón: “Todo lo vence el hombre, menos el hambre”. Pero la necesidad nunca ha sido de derechas ni de izquierdas. El hambre es hambre, y explicó en su día el por qué Salvador Allende, al referirse a la avaricia, el egoísmo, y en lo que está la humanidad y malgastan el dinero los Gobiernos, en vez de hacer lo que tienen que hacer,

mejorar de verdad la vida de las gentes: “El hombre de los países industriales ha llegado a la luna dominando la naturaleza. ¿Es justo que el hombre ponga un pie sobre la luna? ¿O no sería más justo que los grandes países pongan los pies sobre la tierra y se den cuenta que hay millones de personas que no tienen trabajo y que sufren de hambre? Así es. Esto es.

La humanidad y las instituciones por las que se rige siempre han buscado excusas para no erradicar las penalidades de los seres humanos que pueblan las geografías más desoladas del planeta. Lo llaman crisis económicas. En este nuevo siglo, perdido el anterior para la causa, lo denominan también Agenda a cumplir en tal periodo. Siempre digo que no hay que señalar solo a los Gobiernos como culpables de todo, si la sociedad civil, como es el caso, no impulsa a través de la lucha y las reivindicaciones pacíficas el cambio de actitud de los poderosos. Nos mostramos más dormidos y pasotas que nunca.

También está la total indiferencia. Si hiciéramos ahora mismo una encuesta a pie de calle, preguntando a la gente que cite algunos de los países más pobres, seguramente no daban con ninguno. Indicarles lo que pasa en el Cuerno de África, por poner un ejemplo, es como hablarles en chino. Sencillamente, no nos interesa;sí, nos da igual, en la creencia de que es un asunto que debe arreglarse en las altas instancias, porque la ciudadanía ya tiene bastante con sus cosas, el trabajo y quehacer diario, tener dinero, el mejor coche, los temas del hogar, el colegio de los niños, buena sanidad, y la prosperidad, en fin, de la familia. Pregunta: “¿Qué hay personas en el mundo que se mueren de hambre?” Respuesta: “No es mi problema”.  

“No hay que señalar a los Gobiernos como culpables de todo, si la sociedad civil no impulsa a través de la lucha el cambio de los poderosos”

Insensible es el duro de corazón y miserable quien vive en un estado de pobreza extrema, pero también puede significar provocar el mal y tener gran indiferencia hacia los problemas ajenos. De ser así (que lo es), somos una sociedad cada vez más miserable. Unos por sufrir y otros por permitir. A partir de aquí, se podría hablar de esperanzas en estos tiempos que corren, dentro de este maldito siglo XXI, pero no deseo caer en hipocresías, ya que esto es lo mismo a cuando en la cuarentena surgió la cuestión de si íbamos a cambiar en algo (generosidad, solidaridad, compromiso, tolerancia, ayudar a los más necesitados…). No solamente no hemos cambiado, sino que vamos a peor.

Ningún año, salvo el momento de la noticia o cuando llega la Navidad, siquiera nos conmueven los 2,8 millones de niños que anualmente mueren esqueléticos,abandonados a su suerte, en esos puntos que no recordaríamos de ser cuestionados. Lo resumiré diciendo que el hambre se localiza principalmente en Centroamérica, África y Asia. Habría que poner rostro a quienes sufren tantísimas penalidades, en vez de querer colonizar Marte, gastando millones a destajo, que serían suficientes para cortar de raíz esta masacre permitida y consolidada,como parte de la historia pasada y presente vaticinada por Séneca. Verdaderamente, ¡damos pena! El Covid tampoco interesa cuando no se ha padecido ni vivido de cerca. Pasa igual con la falta de investigación sobre las enfermedades raras, porque son otros quienes las padecen y mueren. Cuando vemos por televisión los anuncios de ongs solidarias pidiendo ayudas urgentes, cambiamos de canal, dejando claro que el hambre y la miseria son pandemias eclipsadas y, por lo tanto, invisibles. Y sí, habría que haberlas declarado como tal hace mucho tiempo. Con todo, la peor pandemia es la que albergamos en nuestro interior. ¿Síntomas? Desinterés, insensibilidad y apatía total hacia el sufrimiento en el mundo. A lo que se ve, no tiene cura. Numerosas veces al año, los medios de comunicación nos trasladan las noticias de lo que sucede en algunos puntos críticos del mapamundi. Ni nos inmutamos. No hay mayor miseria que no sentirse culpables de lo que nosotros mismos creamos, consentimos y prolongamos. Lo dicho, penosos y miserables es lo que somos.  

“Si hiciéramos una encuesta preguntando a la gente que cite países pobres, seguramente no daban con ninguno. Sencillamente, no interesa”

Dejar un comentario

Desengancharnos del Covid convertido en el monotema diario

Los del coaching dicen que ante cualquier problema hay que oxigenar primero el coco, porque así se tomarán después las mejores decisiones. Solución, lo que es solución, por ahora no ha llegado al Covid, porque tras la vacunación vendrá otra nueva que se anuncia, y hay ocasiones en que me estreso pensando si los Fondos Europeos son antes que aplacar la crisis sanitaria. Siendo así las cosas, que nos las cuentan a diario de otra manera, sí, hay que ser positivos y pensar que vendrán días mejores. Quiero comparto este sentir, en vez de que el virus sea el monotema diario.

Hay cuatro actitudes frente al Covid. El temor persistente. Un desconcierto contagioso. Los negacionistas. Y tirar para adelante con prudencia, que no hay que confundir con pasar de todo, que sería una variante que se ve ahora mucho, especialmente entre los jóvenes. Es irrefutable: estamos hartos del Coronavirus, y de todo lo que ha acarreado, porque nos ha querido cambiar la vida y, en muchos casos, ciertamente lo ha conseguido, como es el caso de los sanitarios o quienes viven de la hostelería, turismo, cultura y el ocio, todas ellas palabras mayores en España.

El final de una pandemia conlleva ineludiblemente un balance. Este puede ser bueno, malo o regular, pero como se asegura al principio de la frase, hay que dejar la opinión para cuando termine toda esta mierda. Eso sí, no cabe duda de que las cosas no se han hecho bien, y hay muchas ocasiones, como el periodo actual, en que demostramos lo poco que hemos aprendido de todo lo acontecido, porque en muchos casos nos limitamos a manifestar: “Ya está bien, quiero vivir”.

Más que deseos entendibles, desengancharse del Covid requeriría mejor del esfuerzo por controlarlo y acabar con sus peligros, pero ya se ve que eso necesita de tiempo, y hay que saber conjugarlo con seguir viviendo lo mejor que se pueda. Hay cuestiones que pasaran a la historia de esta pandemia como lecciones que enseñar en las escuelas. La primera es que nos pilló tan de sorpresa, que nadie en el mundo estaba prevenido y preparado para combatirla desde que el bicho saltó de Wuhan, (China se va de rositas), al planeta entero. Tan listos que somos, todos aquí sabemos cómo arreglar las cosas, hasta que te encuentras con semejante muerto, y resulta que no tiene la salida tan fácil que se pensaba. Por eso habría que haber dejado el mando estratégico de esta crisis sanitaria a los científicos; ha habido momentos en que dudábamos que por sus silencios siguieran viviendo entre nosotros. Lo mismo podemos hablar de la educación y concienciación ciudadana con respecto a lo que atravesamos; tampoco ha sido la debida. Los que han sufrido en sus propias carnes lo hijo de su madre que es este virus sí lo saben, pero el resto se comporta más de acorde a que no ha tenido ni tiene Covid, y por eso la opinión es muy diferente a haber pasado por una UCI o encerrarse en casa en modo cuarentena.

“Desengancharse del Covid requeriría controlarlo, pero eso necesita tiempo, y hay que conjugarlo con seguir viviendo lo mejor que se pueda”

Por supuesto, las familias de los fallecidos son quienes mejor saben de lo que hablo. Conocen el olvido y lo poco que duran los aplausos y reconocimientos del momento. Más de 81.000 muertos en España, casi 130.000 en Reino Unido, 628.000 en Estados Unidos, 423.000 en la India, cerca de 240.000 en México, 71.000 en África.  La lista de muertes por Covid ha llegado a todos los países del mundo, aunque es un hecho poco abordado, ya que la solución al problema (de ahí que estemos como estamos) se ha querido abordar mayormente de manera individual, por países, en vez de atender al conjunto del problema, es decir, el mundo entero. Hemos aplicado un antídoto ya conocido en las crisis de la humanidad: ¡Sálvese quien pueda!

Pese a que desde hace un rato expongo datos tristes y escalofriantes, lo cierto es que hay que seguir adelante de la mejor manera que podamos. Mentalizados, sí, pero venirse arriba, porque pese a los derrotistas, cada día más, en la vida hay muchas más cosas que el coño Coronavirus. Estemos atentos a no caer en las garras del virus, y para eso están las prevenciones, que sí que funcionan. Yo me sigo poniendo la mascarilla en todas partes, y aplico la necesaria distancia social, que es mayormente lo que se hace muy mal en este país. Pero, al tiempo que lo hago, mentalmente lucho por estar fuerte, por esperar mejores tiempos. Y sé que llegarán. Estar hablando todos los días del Coronavirus es un auténtico peñazo. Llevamos dos años así, y las malas conductas (reuniones que no deberían producirse) nos encorajinan, pero el cansancio en la gente es más que patente y hay ocasiones en que entiendo ciertos comportamientos, porque no podemos olvidar que hemos llegado a estar encerrados en casa, y luego nos han ido desescalando para regresar al trabajo, a la calle y a los quehaceres con los que más disfrutamos (derechos individuales).

Los gestores de esta gran crisis sanitaria deberían haber sido los primeros en generar esta pedagogía, para que no todo sea vivir con miedo y andar por cada esquina maldiciendo a un virus acosador. A fin de cuentas, ha sido la mano humana, por acción o por omisión, la causante de este cataclismo mundial, que no va a tener castigo alguno, ya que no hay ni investigaciones ni ganas de afrontarlas. Siendo esta la actitud oficial, ¿vamos a ser los ciudadanos los desgraciados que carguemos con las comeduras de coco respecto hacia dónde va el mundo? Lo que sí tenemos que ser es exigentes con el poder, controladores de los experimentos secretos y malignos, cuidadores de nuestro medio natural, e impulsar una verdadera educación en valores de respeto, comunes para todos, en cada rincón del mundo. Junto a todo esto, hay que seguir viviendo, porque una actitud positiva será la mejor expresión de que el virus nunca nos vencerá y, nosotros a él, sí.

“Hay que seguir viviendo, porque una actitud positiva será la mejor expresión de que el virus nunca nos vencerá y, nosotros a él, sí.

Dejar un comentario

Comunicar hoy que el Covid va bien y mañana decir lo contrario

Esta quinta ola del Covid, llamada la joven, demuestra que una cosa es la tranquilidad que se traslada a la ciudadanía, y otra muy distinta la pésima situación que volvemos a vivir en número de contagios, muertes y saturación hospitalaria. A lo largo de toda la pandemia se ha echado en falta una información y comunicación veraz, fiable, que a fin de cuentas es lo que puede dar seguridad sobre el presente y el futuro de lo que pasa realmente en nuestro país. Como eso no ocurre, impera la incertidumbre, de ahí que, aunque se pueda, no nos quitemos la mascarilla en la calle.

Desde la declaración de la pandemia de Coronavirus en España, allá por marzo de 2020, llevamos algo así como 16 meses asistiendo a un desbarajuste comunicacional e informativo, del que tanta culpa tiene el emisor, anótese Gobiernos, como el mensajero, a los que conocemos como medios de comunicación. La técnica, por llamarlo de alguna manera, consiste en mantener a toda costa que lo del Covid va miel sobre hojuelas, por la marcha de la vacunación ante todo, cuando al día siguiente se tienen que tomar urgentes medidas, con jueces que dictan toques de queda pedidos, ante la posibilidad real de que los hospitales se colapsan hasta reventar.  

En este momento no me atrevo a esgrimir un balance de la situación que vivimos, pero es notorio que impera la indisciplina social, lo que hace que cada cual haga lo que le viene en gana, y como resultado los contagios están disparados mientras las concentraciones, de jóvenes y mayores, nodisminuyen, pese a lo cual se insista y machaque el mensaje de que España va bien, aunque no sea ni mucho menos así.  

La búsqueda de la verdad ha sido siempre el santo y seña del periodismo, hasta que llego el Covid-19. De nuevas, nos anuncian que seguramente debamos recibir una tercera dosis de vacuna. Anteriormente, se vendió que a finales de julio llegaríamos a una inmunidad del 70%, que nos daría ya la tranquilidad total para pasar un buen verano, vacacionar, viajar y recibir turistas, y reubicarnos en una economía que recuperara su ritmo habitual. En ninguno de los casos, va a ser así. Igualmente, se presenta un nuevo curso escolar que será muy parecido al anterior, donde la educación telemática sigue su implantación, pese a tener nuestro país un sistema educativo que, año tras año, da las peores notas dentro del informe PISA que es el Programa Internacional para la Evaluación de Estudiantes. Por cierto, la mala educación que reciben nuestros jóvenes en escuelas, institutos y universidades se ha puesto de manifiesto en su comportamiento ante el virus, que mayormente consiste en no hacer nada de las recomendaciones de mascarilla, distancia y evitar los lugares y las concentraciones (los famosos botellones) donde a buen seguro tienes todas las papeletas de pillar el Covid.

“La búsqueda de la verdad ha sido santo y seña del periodismo, hasta el Covid-19. A finales de julio, la inmunidad del 70% nos daría ya tranquilidad”

Nuestros jóvenes, ni están bien educados en la responsabilidad, ni informados adecuadamente de todo por lo que estamos pasando y sus consecuencias, ni mucho menos motivados, porque ya parecen no creer en nada ni en nadie. Y no es de extrañar.

La desconfianza se plasma en el hecho de que la mascarilla ya no sea obligatoria por la calle, salvo excepciones que no hacen falta ya que la gran mayoría de ciudadanos, de todas las edades, no se la quiten por las muchas dudas que hay sobre los contagios que se están dando. ¿Nadie se pregunta sobre el porqué de esto? Si la información oficial sobre el Covid fuera fiable, digo yo que no se daría esta circunstancia de que, a pesar de que se flexibilicen las medidas contra el virus, la gente no siga estas recomendaciones del Ministerio de Sanidad. En el segundo año del Coronavirus ya no resulta creíble que se han de cambiar muchas cosas, gestionar mejor esta crisis sanitaria, porque el cansancio de la gente viene generado de no confiar. Habría que haberlo hecho mejor en su momento. Es cierto que se pueden contar con los dedos de una mano los países que han actuado eficazmente. Desde luego, la Unión Europea ha suspendido en la mayor y mejor coordinación de todo lo relacionado con la pandemia. Cada día que pasa, depende del país europeo, se toman nuevas medidas, algunas de las cuales entran ya – desde mi punto de vista- en una intromisión en los derechos individuales de los ciudadanos, algo que en esta parte del mundo resultaba sagrado. Aquella frase de que el Covid lo ha cambiado todo no era gratuita. Y es que hay que estar muy vigilantes a la hora de distinguir las medidas sanitarias que redunden en el control del virus, de esas otras que suponen una alteración del texto de las constituciones democráticas y todo lo relacionado con los derechos fundamentales. Sí, la situación vuelve a ser muy delicada por esta quinta ola del Coronavirus. También porque las ideas se han terminado, lo que deja a la ciudadanía en una clara situación de indefensión ante todo lo que está por venir. Tampoco esperemos que la información oficial lo reconozca.

“La desconfianza se plasma en que la mascarilla no sea obligatoria por la calle, y que la mayoría de ciudadanos, de todas las edades, no se la quiten”

Dejar un comentario