Pandemia, crisis, paro, Canal de Suez bloqueado y lo gafe

Pensar que mucho de lo que ha ocurrido desde que entramos en este siglo ha sido malo, no es exagerar. Explicarlo mediante el refrán de Quien siembra vientos recoge tempestades, es ajustarse mayormente a la verdad. La mano humana está detrás de muchas de las desgracias, catástrofes, crisis económicas y sus consecuencias sociales, con el paro a la cabeza. Lo mismo cabe decir de la pandemia del Covid-19 y su mal fario

Uno de los escritores más leídos del mundo, el brasileño Paulo Coelho, autor de obras como A orillas del río Piedra me senté y lloré o El vencedor está solo, escribe en el considerado como su mejor libro, El Alquimista, que “toda bendición no aceptada se transforma en maldición”. Muchas de las esperanzas puestas en este milenio, a medida que avanza, se desvanecen, por ir de desgracia en desgracia, siendo la peor una pandemia en la que están perdiendo la vida millones de personas en todo el mundo (2,78 millones).

A diario, y en todos los ámbitos conocidos, el económico por poner un ejemplo, hay dos posturas contrapuestas: la optimista y la pesimista. Resulta atrevido aventurarse a explicar cómo se forja en la personalidad una u otra tendencia, porque una persona puede tener todo en la vida y ser al mismo tiempo muy ceniza. De aquí también surgen posiciones diferentes respecto a si todo lo que está pasando desde que entramos en el año 2000 es normal,  bueno, malo, peor y, más allá, gafe, adjetivo atribuido claramente a la mala suerte.

Yo, que me inclino por ser positivo, apunto a lo que dice un refrán tan conocido como, desafortunadamente, practicado: Quien siembra vientos recoge tempestades, algo que ocurre habitualmente cuando nuestras acciones en la vida solo contemplan egoísmo, indiferencia hacia la pobreza ajena, la destrucción de la naturaleza, la contaminación constante del ecosistema, o ir más allá de lo que debemos en ciencia y tecnología, que puede resultar aniquilador, como fue en su día la creación de la bomba atómica (Hiroshima y Nagasaki), o lo muchísimo que queda por averiguar sobre el cómo y el por qué del Coronavirus. A pesar de nuestra clara culpabilidad, lo apostamos todo a tener suerte, que ahora muchos incautos califican de escasa o inexistente.

“Quien siembra vientos recoge tempestades. Ocurre por ir más allá de lo que debemos en ciencia, como la bomba atómica (Hiroshima y Nagasaki)”

Esto pasaría con el bloqueo del Canal de Suez por el accidente de un gigantesco carguero, y la consiguiente inestabilidad comercial mundial, con pérdidas de 8.300 millones diarios. Un nuevo y nefasto revés que sumar a la amplia relación de graves sucesos que vivimos desde la entrada en el siglo XXI.  

Pese a que fue declarado por la ONU Decenio Internacional de una cultura de paz y no violencia para los niños del mundo, la década de los 2000 ha estado plagada por una sucesión de atentados terroristas, como el del 11 de septiembre de 2001, contra las Torres Gemelas de Nueva York (2.996 muertos y 24 desaparecidos). Después, llegarían las guerras de Afganistán (desde 2001) e Irak (desde el 2003). Un año después, el 11 de marzo de 2004, ocurriría la matanza en los trenes de Madrid (191 muertos y más de 1800 heridos).

En 2004 llegó el gigantesco tsunami en el Océano Índico (230.000 víctimas) y en 2005 el  huracán Katrina que destruyo Nueva Orleans (1.833 fallecidos). En 2007, el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático entrega en París su demoledor informe: El planeta se habrá recalentado entre 1,8 y 4 °C para el año 2100. ¿La culpa?: en un 90% la actividad industrial humana.

En fin, tendría para un buen rato, con años y fechas, así que iré resumiendo.   2008-2016, la gran recesión económica. 2011: Accidente Nuclear de Fukusima, en Japón. 2017: llega Donal Trump a la Casa Blanca y alteración del equilibrio mundial, con conflictos permanentes entre Estados Unidos, Europa, Rusia y China. Al tiempo, un viejo conflicto renace: el racismo. Tampoco olvidemos la permanente crisis migratoria en la que vivimos. 2018: Corea del Norte supone una alarma constante con sus cohetes. 2019: El Brexit con la marcha del Reino Unido de la Unión Europea; pone en jaque el futuro de esta comunidad de países hermanados. Este mismo año casi desaparece la Catedral de Notre Dame de París. De 2020 y lo que va de 2021 no tengo que contar mucho. El Covid-19 ha trastocado todo aquello que, de normal, hacíamos a diario. Ha cambiado nuestra forma de trabajar, de relacionarnos, de viajar. Ya no damos la mano a nadie. Vivimos con una mascarilla y guardamos distancia hacia nuestros semejantes. Estamos en plena vacunación mundial, con muchas vacunas, que se ponen de manera tan lenta como incierta, caso de AstraZeneca.

Pese a recordar años y lo que aconteció, creo que se puede invertir esta mala racha, si aprendemos a actuar de otra manera en todas aquellas cuestiones en las que es perentorio un cambio de mentalidad. El Coronavirus, cuando acabe, no puede pasar a la historia sin lecciones que asumir, sin acuerdos que tomar, además de alcanzar una nueva ética internacional relativa al  verdadero desarrollo sostenible. Es más importante que África acabe con sus hambrunas (Cuerno de África), que las grandes potencias pongan tantos satélites en órbita, para seguir espiándose entre sí. Por supuesto que habrá muchas personas que crean que estos cambios son imposibles (intereses, fortunas y demás), y otras muchas que sí. En todo caso, debería mover a ambas partes similar motivación de intentarlo. Porque está visto que lo gafe no es tal, y sí que el punto de partida de tanto malo que nos pasa está en las malas decisiones que tomamos, y una forma de vivir sumida en el consumismo desmedido, que ya no respeta ningún orden natural.

“El Covid-19 ha trastocado todo aquello que hacíamos a diario. Ha cambiado nuestra forma de relacionarnos, ya no damos la mano a nadie”

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El virus que hace desear un medio rural acostumbrado al vacio

Europa tiene en estudio cómo recuperar nuestros pueblos y acabar con su  despoblación. Pero resulta que el Coronavirus está propiciando una salida de la gran ciudad hacia el mundo rural. Es pronto para concluir que regresa el gusto por vivir de manera sana en el campo. De momento, vamos a valorarlo tan solo como un punto de inflexión a lo que viene siendo el tradicional olvido y abandono de las localidades mayormente agrícolas y ganaderas, que nos dan de comer.

Hay regiones españolas que señalan al Coronavirus como el causante del repentino interés por abandonar las ciudades, para instalarse en el que conocemos, tan de lejos, como el mundo rural. No descubrimos nada si recordamos que el virus se ceba especialmente en las urbes y ataca menos en los pueblos, donde sabido es que las costumbres son otras, se vive, se respira y se come mejor, aunque poquitos eligen los duros trabajos del campo, y optan únicamente por ser consumidores de sus muchos y variados productos gastronómicos de calidad. Una gran verdad es que el campo nos pone los alimentos en la boca, y el pago a cambio es el desinterés, a todos los niveles, hacia los problemas que tienen nuestros pueblos y sus habitantes.

Si bien es cierto que del olvido de años se ha pasado, al menos, a hablar del problema de la despoblación rural, no lo es menos que España ha puesto ya encima de la mesa este frente, aunque básicamente para dar palos de ciego. Al tiempo, no deja de ser triste que el Covid haga preguntar por las viviendas en venta que puede haber en diversos pueblos, cercanos mayormente a las ciudades, aunque el hecho hay que situarlo en la búsqueda actual de una mayor seguridad sanitaria, ya que ir más allá en las conclusiones daría seguramente, como resultado, que exageramos.

Sin menosprecio alguno, poco resuelve a los pueblos que su padrón crezca fruto de nuevos habitantes ya jubilados o que teletrabajan, si siguen inmersos en su déficit tradicional, que no es otro que una falta casi absoluta de inversiones de todo tipo, dentro del territorio que ocupan las localidades incluidas en el mapa rural español. Las ciudades concentran todo el interés por parte de los poderes políticos y económicos, mientras a los pueblos se les adjudica el valor de la estancia en fin de semana para comer u hospedarse en alguno de sus atractivos rincones turísticos. Es absolutamente extraño, por no decir imposible, que una comarca netamente rural concentre el interés de proyectos industriales, logísticos, tecnológicos o culturales, por citar solo cuatro casos de otros tantos que se podrían dar.

“Es absolutamente extraño, por no decir imposible, que una comarca rural concentre proyectos industriales, tecnológicos o culturales”

Europa, en concreto la UE, con las amplias posibilidades que tiene, debería ser la primera gran organización en dar ejemplo de que los pueblos son mucho más que los cultivos, la ganadería y las casas rurales. Y ha de promoverlo con la igualdad de oportunidades a la hora de propiciar proyectos que supongan de verdad un regreso de habitantes o la instalación de nuevos, gracias a que hay trabajo. La falta de empleos ha sido en muchísimos casos el causante principal a la hora de dejar los pueblos para instalarse en las ciudades. De esta forma, poblaciones enteras se quedaban sin jóvenes, y esta situación ha ido marcando el devenir de países como España, aunque son pocas las naciones europeas que se libran de esta mala tendencia.

Antes del Covid, la UE ya se marcaba como reto abordar la despoblación rural, pero lo que va a pasar a partir de ahora es una gran incógnita. A día de hoy, Europa quiere responder con dos proyectos: la Red Europea de Desarrollo Rural y la campaña “Mi pueblo. Mi futuro”. Esto último va de “conocer las ideas y preocupaciones de los habitantes de cada localidad, y poder desarrollar así soluciones eficaces que resuelvan sus problemas”. En 64 años de historia de la Unión, ¿no sabemos aún cuáles son los problemas de nuestros pueblos? Yo creo que sí. Son la falta de empleo de calidad, dotarles de infraestructuras modernas, pensar también en ellos cuando hay grandes proyecto nacionales, como nuevas fábricas, invertir dinero en la preservación del medio ambiente y el patrimonio cultural, y dar solución, de una vez por todas, al acceso a Internet. En esto último está claro que muchos países, y no quiero citar a ninguno por tenerlo bien cerca, han fallado estrepitosamente, pero aún estamos a tiempo de ponerle solución. Más que debates, lo que se necesita y anhela dentro del mundo rural son los hechos. Así hay que observar esta tendencia a vivir en lugares libres de Covid, donde muchas personas quieren empezar su nueva vida. Puede que así, la España vacía empiece a serlo un poco menos.  

“La campaña Mi pueblo. Mi futuro va de conocer preocupaciones de los habitantes de cada localidad. En 64 años de la UE, ¿no sabemos cuáles son?

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Quienes hablan de costumbres que cambiarán sin concretar más

Se ha cumplido un año de vivir encadenados al puñetero Coronavirus. El reto es dejarlo atrás, y no caer en los mismos errores, que se dice muy deprisa. En medio de una lenta vacunación, no hay debate sobre nada, aunque, cuando mantengo alguna conversación, siempre alguien saca a  relucir la misma matraca: que hay muchas cosas que van a cambiar en los próximos años. Eso sí, sobre el qué, el cómo y el cuándo, nadie me sabe dar razón.

Predecir el futuro siempre ha sido una de las metas de la ciencia, y también anhelo para gobernantes y personajes ambiciosos que se hacen rodear de videntes, profesión ésta cotizada desde la primera vez que aciertas, bien sea por suerte o porque el don de profetizar sea verdadero. Yo mismo, en meditaciones relativas a lo que sucederá el día de mañana, he estado siempre  atento a reflexiones de Stephen Hawking, aunque muchas de sus valoraciones te pusieran el vello de punta. Ejemplo de ello es cuando 20 años atrás declaró en una entrevista al periódico The Daily Telegraph que el verdadero peligro es que, accidental o voluntariamente, se cree un virus destructivo. Además de acertar de lleno con la llegada del Covid-19, pienso que por eso el astrofísico británico, desaparecido en 2018, nos recomendaba ir buscando otros planetas en los que vivir. Pese a los malos augurios de un genio, y de cara al futuro, creo que no debemos tomar  la ruta del pesimismo

Hoy, lo auténticamente real y perceptible, es que el planeta se encuentra en una época de vacunación masiva, en busca de inmunizar a buena parte de sus pobladores, estimados por la ONU en casi 8.000 millones de seres humanos. Lo podremos calificar de odisea y proeza, una vez que se logre algo así. De ahí que el post Covid sea, por ahora, una expresión que no se ha hecho aún realidad. Por si no fuera bastante envite, se propaga la idea de que muchas de las cosas que hemos conocido hasta ahora, nuestras costumbres de siempre, van a ser diferentes. Aunque nadie concreta nada al respecto de cómo será la forma de vida con el discurrir de los años, dentro de un siglo, este, en el que entramos en una crisis, salimos de ella, y volvemos a entrar inmediatamente en otra.

Aparentemente, nada indica cambios drásticos en nuestros comportamientos, y solo tengo que recordar las diferentes maneras de afrontar la pandemia que se han dado, con Gobiernos que negaban el problema y no actuaron desde el principio como semejante catástrofe requería. En los capítulos que están por escribir, pienso que la  historia será inflexible con los Trump, Jhonson y Bolsonaro de turno, y en general con unas naciones que bien poquito han tenido de unidas en las diferentes fases, llamadas olas, de la propagación de un virus parecido al que predijo Hawking en 2001.

“Nadie concreta nada de cómo será nuestra forma de vida en este siglo en el que entramos en una crisis, salimos, y volvemos a entrar en otra”

Lo más imperioso es la reanimación de la sociedad civil. Que seamos precisamente los ciudadanos los que impulsemos un tsunami de cambios en organizaciones, organismos y formas de actuar que se ven caducas, inservibles y requieren de profunda revisión y trasformación. La mirada hay que ponerla en todos los ámbitos, lo internacional, lo nacional, local, la economía, el empleo, la sanidad, nuestros mayores, la cultura, el medio ambiente y las relaciones sociales. Muchas son las preguntas que podemos plantear,  incluidas, por supuesto, las más corrientes sobre si seguiremos tomando nuestro café, cervecita o pincho en aquellos sitios que nos gusta frecuentar. Cada persona tiene sus inquietudes que no se pueden obviar ni mucho menos despreciar. Aunque a la hora de todo lo que está por rehacer dejo aquí algunos interrogantes.

 ¿Servirá lo ocurrido para la unión mundial?, ¿qué sanidad nos espera?, ¿las recomendaciones sanitarias ante el Covid, van para largo?, ¿los empleos serán seguros?, ¿qué modelo de educación seguiremos?, ¿viviremos en sociedad como hasta ahora?, ¿Implantar  pasaportes sanitarios supone crear diferentes tipos de ciudadanos?, ¿viajar, salir de casa, entrar a un bar, comer en un restaurante, ir al cine, al teatro, a una exposición, acudir a una fiesta, celebrar una comunión, una boda o participar de una barbacoa, va a ser como siempre?

Más de un lector se sentirá identificado con alguna de estas consideraciones. Puede que lo hable en su círculo familiar, de amistades, aunque la concreción es lo que vale, algo que no abunda desde hace un año (demasiada manipulación), cuando se declaró la pandemia mundial, allá por marzo de 2020. Recuerdo expresamente el año perdido, como pensamos casi todos, y por eso deberíamos centrarnos en el propósito de cómo vamos a vivir y  asegurar el planeta. Cuando observo el panorama actual, me entran serias dudas y temores de que tengamos claro todo esto. Porque muchos piensan que con la vacuna ya se ha acabado el problema. Y porque no hay agendas nacionales o internacionales que pongan los problemas encima de la mesa, e inviten a los mandatarios a debatirlos y tomar los grandes acuerdos que necesitamos. Vale la pena trabajar por ello, antes de secundar la recomendación de Stephen Hawking, esa de que vayamos pensando  en que terminaremos poblando otros planetas, ante la destrucción de la tierra.

“Lo más imperioso es la reanimación de la sociedad civil. Que seamos los ciudadanos los que impulsemos cambios en formas de actuar caducas”

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El primer contrato laboral del joven Castañeda

Asumir una nueva crisis económica, la que ha traído el Covid, es no cometer los mismos errores del pasado, de otras debacles laborales. Veo justo hablar de reconstrucción, y apoyar a la pequeña y mediana empresa, pero sin olvidar por un momento facilitar oportunidades a nuestros jóvenes y bien preparados. Que lleguen a tener un contrato decente es la meta, y cuando lo logran por vez primera sienten la misma satisfacción que antaño tuvieron sus padres, por haber consumado  similar sueño.

Como bien recomienda Tony Nadal, tío y entrenador hasta 2017 del gran tenista Rafa Nadal, las personas que destacan en la vida son aquellas que perseveran, aunque no es todo, ya que para alcanzar una meta hay que proponérselo y trabajar más que nadie. Si bien es cierto que la situación económico-social actual compadrea excesivamente con el desaliento y la desesperanza, máxime si uno es joven en edad de buscar su primer trabajo, la disciplina, constancia y motivación siempre van a ser los mejores aliados a la hora de encontrar las oportunidades que se buscan. En definitiva, y es lo que siempre ha habido y hay, no importa cuántas veces caigas, y sí cuantas te levantes.

Podríamos hablar de muchos sectores productivos dañados durísimamente por esta pandemia, por supuesto, con el turismo, la hostelería y el pequeño y tradicional comercio a la cabeza, pero nos deben preocupar especialmente los jóvenes que acaban sus estudios o formación, y no encuentran salida laboral alguna.  En el mismo paquete están las ofertas que en muchas ocasiones se les presentan, indecentes de cabo a rabo, y que debieran estar perseguidas y penalizadas por los departamentos de trabajo en las diferentes comunidades autónomas, porque, señoras y señores aprovechados, la esclavitud quedó abolida definitivamente en España, allá por 1837.   

Vale que el Covid ha dañado mucho más la economía, pero antes del virus ya había una España de alarmante precariedad laboral, y míseras condiciones para muchos jóvenes, que no pueden permitirse ahorrar, prosperar o independizarse del hogar familiar, con los pocos euros que cobran cada mes. El título acerca del primer contrato laboral del joven Castañeda, es porque un antiguo alumno, hoy amigo, acaba de firmar su primera oportunidad  laboral dentro de una empresa seria, que apuesta por el talento y valores que relata Toni Nadal en su libro “Todo se puede entrenar. Los principios que han ayudado a Rafa Nadal a perseguir el éxito”.

“Antes del virus ya había una España de alarmante precariedad laboral, y míseras condiciones para muchos jóvenes que no pueden prosperar”

A los jóvenes que me lean les digo que muchos como ellos y ellas lo están logrando. Allá quienes no quieran reconocer lo penoso del actual mercado laboral, incluso europeo, en los tiempos actuales. Particularmente, creo que los fondos europeos para la reconstrucción de la UE van a venir de perlas. A partir de ahí,  habrá que enfilar de verdad el empleo juvenil, tratarlo y pagarlo como se merece. En nuestro país es costumbre aparcar los verdaderos problemas sacando a la palestra otras cuestiones menores, que sí que pueden esperar, pero se convierten en prioritarias gracias a la fuerza mediática de los Gobiernos.

¿Qué es más importante, renovar los cargos en RTVE o presentar un autentico y verdadero plan de empleo juvenil? Si los mayores, mayormente consolidados, no sabemos o no queremos ver estas diferencias, entonces es que estamos desorientados, y hay que espabilar sino queremos que las desigualdades se conviertan en crónicas. En los recientes disturbios en Barcelona, Madrid y otras ciudades españolas, achacados mayormente al encarcelamiento del rapero Pablo Hasél, al final en las calles ha habido de todo, y son muchos los que reconocen, a posteriori, el hastío de los jóvenes por muchas más cuestiones que el debate sobre la libertad de expresión suscitado a raíz del caso Hasél.

Sinceramente, creo que en España no estamos dando la necesaria importancia al presente y futuro de nuestros jóvenes. Lo voy a repetir hasta la saciedad: tienen todo el derecho, no a vivir como lo hacen sus padres, sino mejor. Es lamentable que los mayores, y me incluyo, hablemos sin tapujos de que nuestros hijos no van a tener las mismas oportunidades que  nosotros, empezando por acceder a la compra de una vivienda. Este desastre lo hemos creado quienes hacemos semejantes valoraciones,  que a la vez es rendirse, es tirar la toalla, es dejarles tirados. Todo lo contrario a los valores que pedimos para ellos: lucha, tenacidad, cumplimiento, responsabilidad e implicación con la empresa y tus compañeros de trabajo. Esta generación que damos por desahuciada, ¡y no!, está sobradamente preparada en estas y otras capacidades extensas de enumerar. Por eso el joven Castañeda acaba de firmar el primer contrato de su vida que, estoy seguro, no será el último. El resto, súper prioritario, es creer en ellos y en ellas.

“En los disturbios achacados al encarcelamiento de Hasél, muchos  reconocen el hastío de los jóvenes por más cuestiones que la libertad de expresión”

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Tomar las calles en días de vacuna con larga lista de espera

Hace nada que se ha empezado la vacunación, y escuchar pretensiones de convocar manifestaciones, o hacer llamamientos a la movilización de  turistas, provoca asombro. La relajación individual no se puede convertir en colectiva, porque aún estamos en alerta roja, y hay que dar tiempo a que la población reciba alguna de las vacunas que inmunizan. Ante insensateces que pueden propagar más el Coronavirus, se debe imponer la razón sanitaria y movilizar voces autorizadas que pidan prudencia.

Un nuevo año y la vacuna han generado nueva mentalidad  sobre el Covid-19, aunque hay otra cuestión que supera a las dos anteriores: el hartazgo. Como quiera que España es país predecible al igual que cansino, en este marzo de 2021 retrocedemos al mismo mes e iguales debates a los que ya vivimos en el año pasado (déjà vu), tan trágico y mortal. ¿Habrá manifestaciones por el 8-M?, ¿tendremos una Semana Santa repleta de viajeros y turistas?, ¿debe la hostelería seguir tutelada sanitariamente o funcionar a pleno rendimiento?

Relajación, bajar la guardia u olvidarse de recomendaciones como la distancia de 2 metros, son otras de las cuestiones que inquietan, sin que por supuesto nos vayamos a poner nunca de acuerdo. Más que hacer cambiar a la sociedad, el coronavirus y lo malo que ha traído va a dejar hipotecas en todo, además de la certeza de que hemos construido un mundo terriblemente egoísta, no queremos renunciar a nada, y tampoco vamos a acometer los cambios profundos que se necesitan, especialmente para proteger al planeta de todas nuestras agresiones y destrucción. Cuando superemos el virus, ¡pelillos a la mar!

De haber aprendido algo de este último desastre, estaríamos ya tomando decisiones sobre educar mejor a nuestros jóvenes, y a ser posible igual en todo el mundo, para que haya similares formas de actuar con respecto al medio ambiente, al cuidado de la sanidad o de nuestros mayores, los peor parados de la pandemia. Lo mismo planteo de la tolerancia, en el sentido más amplio, con clara referencia a culturas, ideas, religiones o elección individual de vivir, siempre bajo la única condición de tener que respetar a los demás. Jhon Dos Passos, uno de los padres del Nuevo Periodismo, escribió que “la creación de una visión del mundo es el trabajo de una generación más que de una persona, pero cada uno de nosotros, para bien o para mal, añade su propio ladrillo”. Sabias palabras que siempre se pueden poner en práctica, pero mejor momento que este, ninguno.

“De haber aprendido algo, estaríamos tomando decisiones sobre educar mejor a nuestros jóvenes respecto al medio ambiente, sanidad o mayores”

La pesadilla actual pasará de verdad cuando los ciudadanos recuperemos la calle sin toque de queda que valga. No sé si este año nos deparará esa suerte, pero lo que sí tengo muy claro es que todos debemos aportar el ladrillo del que habla Jhon Dos Passos, para que el próximo verano sea seguro, y no volver a vivir la película del Fantasma de las Navidades pasadas. Hay que dar tiempo a la vacunación masiva, que ahora va lentísima, al menos en Europa, porque comprobamos que el año corre que se las pela, al tiempo que la situación sanitaria sigue sobrepasada.

La falta de confianza ha estado muy presente en la pandemia, porque éramos muchos los que no veíamos una temprana vacuna y ahora, ya ven, hay donde elegir: Pfizer BioNTech (EE.UU-Alemania), Moderna y Johnson & Johnson (EE.UU), Oxford-Astra Zeneca (Reino Unido), Sputnik V y EpiVacCorona (Rusia), Convidicea y BBIBP-CorV (China).

Como humanidad, somos un auténtico desastre debido a la gran capacidad que tenemos para jorobarlo todo, aunque la ciencia se ha erigido una vez más como auténtico salvavidas de las veces que hemos rozado el Apocalipsis (Chernobyl o Fukusima). Pasamos página rápido, pero ya hemos estado demasiadas veces al borde del abismo, como para que frente al Covid-19 y los millones de muertos y contagiados, no haya un antes y un después. Por eso, en el caso de España, sobran los viejos debates y enfrentamientos de siempre. Esto es lo que toca. Toca mirar hacia delante. Toca la seguridad permanente. Toca la recuperación de los diferentes sectores económicos y sociales dañados. Toca dar salidas a nuestros jóvenes en edad de trabajar. Y toca volver a mirar a la cultura de frente, con sus diferentes muestras y espectáculos. Todo esto es lo que debe demandar nuestra atención y esfuerzos.

“La falta de confianza ha estado presente en la pandemia, porque éramos muchos los que no veíamos temprana vacuna, y ahora hay donde elegir”

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