En España nos subimos tradicionalmente tarde a los cambios que se demandan en cada momento. Lo que toca ahora se centra en tecnologías, pero también estar atentos con lo que pueda pasar con cambios climáticos. La sociedad se muestra dividida, unos lo ven, y otros no. Pero aquí no dejamos de vivir acontecimientos meteorológicos drásticos, donde las rápidas emergencias resultan prioritarias. Acaba de ocurrir en las inundaciones de Andalucía. Se han desalojado pueblos enteros. En lo que va de año, llevamos borrasca tras borrasca. ¿Y los planes, se están cumpliendo y ejecutando? Sin presupuestos, no hay planes que valgan.
La crisis climática no preocupa en la calle, incluso si se presenta en cualquiera de sus dos formas habituales: sequias prolongadas o lluvias que provocan, a la vez, extraordinarias inundaciones. Vemos, sobre todo por televisión, las imágenes de las temerosas riadas, aunque creo que seguimos instalados en la pregunta de si todos estos fenómenos meteorológicos son nuevos o se han venido produciendo a lo largo de la historia del planeta. Particularmente, no tengo duda, el panorama está cambiando a pasos agigantados. En los últimos cinco meses, solo en España, llevamos ya quince borrascas (Filomena, Gloria, Alice, Nils, Oriana…), que han provocado la puesta en marcha de alertas preventivas con las que evitar males mayores.
Como el propio tiempo, es difícil predecir el futuro. Acaba de pasar en Andalucía, donde su Consejería de Medio Ambiente trabaja con el estudio “Escenarios de cambio climático en Andalucía: variación de las precipitaciones medias en el siglo XXI por treintenas a nivel municipal”. Según este documento, se estimaba una caída de las precipitaciones del 4 % en la época actual, de un 8 entre 2041 y 2070, y de un 12,85 % a finales de siglo y principios del siguiente. Pues bien, solo en esta primera parte de febrero de 2026 ha caído agua en Grazalema (Cádiz) como en todo un año en Madrid. Como consecuencia de la borrasca “Leonardo”, hubo que evacuar de sus poblaciones a 11.000 andaluces. ¿Esto también ocurría antes?
Una cosa es lo que hagan los Gobiernos y sus principales dirigentes a la hora de tomar medidas, más bien nulas, frente a drásticos cambios meteorológicos, pero para mí resulta muy relevante la opinión sobre lo que ocurre realmente, y que viene de la mano de pescadores, agricultores y ganaderos. Habiten donde habiten dentro del territorio nacional, coinciden en las valoraciones. Los primeros, los pescadores, hablan de la desaparición de la sardina, debido al aumento de la temperatura del agua, que en algunas ocasiones llega a los 29 grados. En las zonas rurales y sus pueblos, que son quienes nos dan de comer, los agricultores ven como sus cosechas peligran cada vez más, si no es por sequias, es por olas de calor o, ahora, de manera inesperada, porque se inunda todo con lluvias antes no vistas. Y lo mismo cabe señalar de los ganaderos. Adaptan su forma de trabajar para garantizar la supervivencia de la cabaña ganadera.
“Los agricultores ven como sus cosechas peligran cada vez más, si no es por sequias, es por las olas de calor o ahora porque se inunda todo”
Tras las opiniones de los que sufren en primera persona los acontecimientos climáticos, cabe preguntarse qué hacer. He denunciado en demasiadas ocasiones que las reuniones internacionales para hablar del asunto no dan resultados. La última se ha dado en Bakú (COP29). Se volvió a lo de siempre: que los países desarrollados den dinero a los subdesarrollados, para que estos últimos contaminen menos. Lo que se haga, sin el pleno compromiso de Estados Unidos, Rusia, China o India, es papel mojado. Trump, el presidente norteamericano, es además el primer gran cuestionador de que el clima esté cambiando, y que todos estos sucesos meteorológicos se deban a una crisis climática que hay que afrontar.
A falta de una determinación global, queda la individual. Me refiero a que los ciudadanos nos concienciemos de lo que hay. Que requiramos cambios allá donde vivimos, en las áreas locales y rurales. A estas alturas, ya deberíamos tener una lección aprendida, especialmente por los Gobiernos de todo signo. Esa lección (la DANA en Valencia) es que ya no se puede construir y poblar zonas susceptibles de ser inundables, y revisar la ordenación urbana para disminuir los riesgos entre la población.
En un mismo año, 2025, el Gobierno de España anunció su movilización en cuanto a un Pacto de Estado contra la Emergencia Climática, así como la creación de una Agencia Estatal de Protección Civil y Emergencias. ¿Avanza esto? Si bien es loable la presentación de un proyecto de país para atajar la emergencia climática, que cuenta con 3.895 aportaciones de ciudadanos, organizaciones y Administraciones durante el período de consulta pública, sin dinero, porque España va a cerrar una legislatura entera sin presupuestos, no hay mucho que hacer. A medio plazo, la inversión que necesitaría nuestro país para llevar a cabo planes concretos y urgentes superaría los 200.000 millones, que son palabras mayores. La ayuda europea se muestra primordial a la hora de llevar a cabo semejantes proyectos. Pero Bruselas está solo en el rearme. Todo el dinero irá dirigido a fines militares, no a lo que tratamos sobre medidas preventivas ante lo que pueda venir.
Y lo mismo ocurre con el estado actual de la prevista Agencia Estatal de Protección Civil. Debe crearse por ley, junto a la redacción de un Estatuto mediante Real Decreto del Consejo de Ministros. Aunque lo más importante al respecto de este anuncio es que la creación de una agencia estatal conlleva su reflejo anual en los Presupuestos Generales del Estado. Ni los hay, ni se les espera, con lo cual todo anuncio respecto a emergencias, prevención, regeneración territorial y urbanística o puesta en marcha de medidas climáticas, póngalo usted en duda. No se equivocará.
A falta de determinación global, queda la individual. Que los ciudadanos nos concienciemos de lo que hay, y requiramos cambios donde vivimos”