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Marte o el planeta en que habitan ciertos tertulianos de televisión

Marte o el planeta en que habitan ciertos tertulianos de televisión

Parece que la desinformación ha venido para quedarse, y hay que rechazar que se actúe así. Si los Gobiernos no están por la labor, debería ser la sociedad civil la que exigiera transparencia en todo lo que sucede a nuestro alrededor, empezando por contar las noticias como son, y que los medios de comunicación y sus integrantes cumplan, los primeros, esta sagrada premisa para toda democracia sana. A diario vemos que no lo hacen muchos tertulianos de la televisión. Frente a todo lo malo que pasa, la crítica y petición de responsabilidades, no es precisamente su exigencia. No lo quieren ver, pero el espectador ya deplora tanta manipulación.

Madrugo y tomo un café antes de emprender cada jornada laboral. Lo hago en un bar cercano al trabajo. Creo que no hay día en que no haga una nueva propuesta económica al dueño del local, que va de añadir un suplemento al gasto que le hago, con tal de que apague la televisión, y no tenga que escuchar las sandeces de tanto tertuliano, de estos que hablan de todo sin tener conocimiento o preparación específica en nada de los asuntos o temas que se abordan cada día. Sostengo, además, que es opinión, sino general, sí bastante extendida entre la población. Hay una frase que se utiliza mucho coloquialmente, referida a que tal o cual persona, en su forma de vivir, pensar, actuar y expresarse, parece de otro planeta. Se cita específicamente a Marte y a los marcianos. Pues esto es lo que les pasa a muchos tertulianos de televisión, cuyas apreciaciones y comentarios, especialmente sobre la mala situación de España, deriva en demasiadas ocasiones en un escenario que va desde lo raro hasta lo estrafalario, falso, inventado, manipulado o, mejor, lo describo con este simple término: impresentable.

He conocido por dentro demasiadas televisiones y radios, en concreto sus programas de tertulias, como para no saber cómo funciona todo esto. Antes había más profesionalidad y, en consecuencia, más seriedad. Se fichaba a personajes de la sociedad con bagaje, fueran de la profesión que fueran, ya que no tenían que ser específicamente periodistas. Daba gusto escucharlos, sobre todo porque contaban las cosas como eran, sin inventarse nada, ni sentarse al debate con algo ya premeditado que decir, al dictado de cualquier organización ideológica hacia la que se sintiera afinidad. Se era de derechas o de izquierdas, pero la crítica y la demanda de responsabilidades no faltaba ante los sucesos y comportamientos personales más despreciables que pudieran surgir.

Hoy va todo del aburrido relato. Apuntalar ante los ciudadanos una idea concreta frente a algo o alguien, aunque no sea verdad. Así, no son relevantes los casos de corrupción que se amontonan, la violencia de género y acoso sexual condenables, si ante el micrófono se mantiene un guion redactado de lo que decir en cada ocasión, por supuesto restando importancia a un determinado hecho delictivo, a la figura pública que lo protagoniza, y achacándolo más a la exageración periodística o a la propaganda dirigida desde otros grupos diferentes al que dirige el país. Sobre los graves y tan variados casos que hoy señalan al Gobierno, oyes cada planteamiento que, como mínimo, genera indignación.  

“He conocido por dentro demasiadas televisiones y radios, antes había más profesionalidad, se fichaba a personajes de la sociedad con bagaje”

Luego está el descrédito de los medios. Ellos creen que no, pero es que sí. En las conversaciones no paras de escuchar que no pones la televisión, porque ya no se puede ver. Se fijan especialmente en los Telediarios y otros informativos, donde el sesgo es demasiado evidente. He citado hace un momento el término de la verdad, esa de la que escribió George Orwell, novelista y periodista, para sentenciar que “En tiempos de engaño universal, decir la verdad se convierte en un acto revolucionario”. No sé si hoy será para tanto, pero lo que sí está claro es que Gobiernos y dirigentes no están por la labor de la verdad, y los medios de comunicación han perdido demasiada independencia, y buena parte de culpa la tiene también la ingente inversión publicitaria que viene precisamente de los Gobiernos a los que el periodismo debe investigar y controlar excesos, poniéndolo en primer lugar en conocimiento de los ciudadanos.

Vivimos ya años sumidos en la desinformación y el relato falso, manipulado e interesado. Estos hechos en sí son agentes erosionadores de las democracias, algo que traspasa nuestras fronteras, ya que a nosotros nos sucede claramente, pero tampoco es que Europa y otros países, Estados Unidos a la cabeza, puedan dar ya ejemplo de aquello de primeras democracias del mundo. Basta con mirar a Washington o Moscú para comprobar estos autoritarismos en política internacional al igual que política interior. Voy a citar las que a mi juicio son las más peligrosas y de contagio. Invasión de Ucrania, el genocidio de Gaza, el rearme total, las amenazas de nuevas invasiones, el desinterés repentino por el bienestar, el control total de los medios, en especial púbicos, y en particular las televisiones y redes, la xenofobia que rodea todo lo que está pasando con la inmigración, el crecimiento vertiginoso de la corrupción, la confrontación total entre formaciones políticas de un signo y otro, lo que evita cualquier tipo de consenso. Hemos vuelto a los tiempos en que a las grandes potencias solo les interesa su arsenal militar, y la mayor concentración de recursos, como el petróleo y el gas, que, aunque estén en suelo ajeno, todo es adueñárselo. ¿Y cómo se informa y tertulia de todo esto? En la lista me he dejado a los muchos marcianos que, al parecer, ya habitan entre nosotros, algunos de los cuales hablan por televisión.

“Está el descrédito de los medios, ellos dicen que no, pero es que sí, no paras de escuchar que no pones la televisión porque ya no se puede ver”

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