Lo ocurrido en Valencia parece que tiene continuidad a tenor de los tiempos climáticos cambiantes, y las fuertes borrascas con graves inundaciones que tienen fijación con la Península Ibérica. Los primeros meses de año dan signos claros de que España debe mejorar y mucho en lo que ha sido hasta ahora su política y gestión deficiente de las emergencias. El cambio debe ser rápido en muchos aspectos. Cambios que van desde la eficacia de las alertas, que los planes urbanísticos dejen intactas zonas inundables, actualizar los estudios hidrológicos y lograr la perfecta coordinación entre Gobierno central y comunidades autonómicas en caso de catástrofes.
Cuando sucede en España, es cuestión de horas que se olvide el nombre de algún fenómeno meteorológico excepcional, que deja estragos, incluso víctimas y desaparecidos. Así que primera y última vez que cito en este artículo los nombres de las borrascas Jana, Konrad, Laurence y Martinho, que han inundado un buen número de regiones, con un regreso a muertos y desaparecidos como ya ocurriera con la DANA en Valencia (219 fallecidos en la Comunidad Valenciana, 7 en Castilla-La Mancha y 1 en Andalucía).
No voy a entrar en el sí o no del cambio climático, porque creo que la batalla está perdida, desde el punto de vista que los ciudadanos de todo el mundo no muestran preocupación alguna por la Madre Tierra y su clima. Me voy a centrar en lo que está ocurriendo en nuestro país, y reclamar cambios y planes que ahora no existen, y debiéramos ponernos manos a la obra cuanto antes, mejor ya. En los últimos meses se vienen dando una sucesión de borrascas (las mencionadas atrás), que han provocado a su paso importantes inundaciones, desbordamientos de ríos muy preocupantes, colapso de infraestructuras, y evacuaciones urgentes en diferentes poblaciones. Destacan las crecidas históricas de ríos como el Manzanares, en Madrid, y otros que discurren por Ávila y Segovia.
Seguimos dentro del debate de si nuestras emergencias están al día y son fiables, y no podemos olvidar, por el mismo caso de Valencia, que es necesario afinar al máximo la coordinación Gobierno central-Comunidades Autónomas y Ayuntamientos, ya que ha quedado suficientemente demostrado que los propios territorios no cuentan con los recursos suficientes para hacer frente a catástrofes desproporcionadas, donde resulta del todo absurdo desechar la ayuda que te puedan ofrecer desde otros puntos del país, la Unión Europea e incluso internacional. La Comunidad Valenciana fue también un mal ejemplo respecto a esto que digo. Aquí no se trata de ofrecer al mundo una imagen de país poderoso que puede con todo lo que se le venga encima (cosa que además no es verdad), y sí contar con la mejor prevención posible, que evite un número desorbitado de muertos, desaparecidos y pérdidas, como se dio en la DANA fatídica del 29 de octubre de 2024.
“No se trata de ofrecer imagen de país poderoso que puede con todo, y sí contar con la mejor prevención que evite un número desorbitado de muertos”
Aquella tragedia y el drama posterior que ha generado, y por supuesto sigue vigente, nos habla claramente de lo que debe ser una prioritaria inversión de Estado, por delante de todo rearme o propagación de alarmismo entre la población, para que no veamos con malos ojos anteponer la compra de armas a la mayor y mejor y seguridad medioambiental del país, sus ciudades, pueblos y ciudadanía.
La sucesión de inundaciones y desbordamiento de los ríos aconseja movilizarse en unas pocas, pero muy sensatas recomendaciones de los expertos en diversas materias, como pueden ser meteorología y urbanismo. En primer lugar, habría que afrontar la mejora de los sistemas de alerta temprana. Se trata de esos avisos que nos mandan vía móvil, y que deberían ser mucho más eficaces. Recordemos lo sucedido en Valencia. A continuación, está lo de una revisión general, acompañada de nueva legislación al respecto, de los planes urbanísticos, que deben dejar al margen de la construcción las zonas inundables. Volvamos de nuevo la mirada hacia Valencia y su lentísima recuperación.
No hace falta citar de nuevo aquella comunidad mediterránea para pedir una mejora sustancial en la cooperación Gobierno central-regiones y sus ayuntamientos, cuando se produce alguna catástrofe natural. Parecen ya olvidades las promesas realizadas sobre un gran plan común de prevenciones, emergencias y rápida actuación sobre el terreno. Finalmente, al hablar de renovarse hay que actualizar todo lo referido a estudios hidrológicos e hidráulicos, ya que todo lo que teníamos hasta la fecha se ha quedado antiguo debido a los cambios constantes que se experimentan.
Es hora de que España se tome en serio su diligencia ante emergencias. No es extraño, por sus particulares circunstancias, que Japón, Indonesia o Filipinas sean los principales países a la hora de educar y preparar constantemente a su población respecto a las alertas que se puedan dar, allí mayormente terremotos, tifones o inundaciones, como nos ocurre ahora a nosotros. Esto no ha de tomarse en absoluto como alarmismo. A la hora de atemorizar, actualmente nadie lo hace tan mal como la Comisión Europea, al frente de la cual está la alemana Ursula von der Leyen. Desde 1960, Japón celebra cada 1 de septiembre el Día de la Prevención de Desastres. En sus escuelas es habitual llevar a cabo simulacros de evacuación. Lo mismo cabe decir de ese 43 % de estadounidenses que cuenta con un plan de emergencia en su propia casa. Existe algo conocido como Informe Anual de Riesgos Globales. Evidentemente, el correspondiente al 2024 habla de fenómenos meteorológicos extremos y la pérdida de biodiversidad. Ante este panorama se nos pide desarrollar estrategias adecuadas de adaptación y resiliencia. De todo esto se habló el año pasado. En este 2025 ya no se apuesta por nada, salvo el belicismo colocado en primer lugar de las necesidades de cada país, incluida España, que debería estar más preocupada por tanta inundación como nos acecha.
“Es hora de que España se tome en serio su diligencia ante emergencias, no ha de tomarse como atemorizar tan mal como hace Úrsula von der Leyen”