Violencia en las aulas

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El acoso escolar cobra protagonismo, sin que tengamos en absoluto bien encaminada la violencia de género o el mobbing de cualquier tipo, aunque pienso más en el laboral. Como suele ocurrir cuando el problema es ya crónico, se ponen encima de la mesa todo tipo de medidas e iniciativas que luego el tiempo diluye. Lo que realmente hace falta es una legislación que proteja al acosado y abrir un gigantesco y permanente debate social que ya no pare hasta extirpar de nuestro entorno cualquier tipo de violencia contra las mujeres, los niños, o lo que sea.

 Violencia de género, acoso laboral, mobbing familiar y, ahora, se dispara el bullying o acoso escolar. Es difícil dar un diagnóstico de lo que está pasando realmente en este país, pero a la tremenda crisis que hemos atravesado se suma ahora un comportamiento social donde, guste o no guste reconocerlo, hay más violencia. Se pueden enumerar los problemas pero no mezclarlos, aunque no puedo evitar criticar que no hemos sido capaces de erradicar la violencia contra las mujeres y estamos en el mal camino para que suceda lo mismo con la violencia en los colegios e institutos. Ni puedo ni quiero olvidarme tampoco de las redes sociales, porque se han convertido a estas alturas en un arma mortífera que genera ansiedad y depresiones a quienes reciben los golpes. Puede parecer el rollo de nunca acabar, pero todo empieza en casa, lo bueno y lo malo.

No podemos pretender, como hacemos, dejar la educación de nuestros hijos solo en manos de los colegios y sus educadores. Este es el problema de partida y lo que sigue es enteramos cuando ya es demasiado tarde de actitudes, opiniones y conductas que afloran en mitad de su educación. Un ejemplo, pésimo ejemplo en este caso, es pegar a otros compañeros de clase, tomarlo como costumbre, o acosarlos de otras maneras, incluido por supuesto las redes y el móvil. Últimamente han explotado demasiados casos, que alertan de estos episodios en nuestras aulas, sin generalizar, pero que son como para preocuparse. Ya proliferan en las diferentes regiones españolas (Cantabria fue pionera) las unidades de vigilancia contra el acoso escolar, aunque mucho me temo que el profesorado no está preparado para cuando llegan mal dadas. A nuestro problema secular de abandono escolar y del mal rendimiento en las aulas – el famoso Informe Pisa que nos da siempre tan mal -, ahora se añade un aumento en los casos de acoso entre estudiantes.

 “Puede parecer el rollo de nunca acabar, pero todo empieza en casa, lo bueno y lo malo”

 Me he hecho eco en los últimos días de declaraciones de padres desesperados, que incluso han contado en voz alta que sus hijos piensan en el suicidio o que, en el mejor de los casos, no quieren salir de casa ni mucho menos regresar al colegio. Esto no se puede permitir bajo ningún concepto, y tampoco puede haber medias tintas a la hora de intervenir contra los acosadores e incluso contra los responsables de los centros donde esto ha ocurrido y que, hasta que no se demuestre lo contrario, han preferido mirar para otra parte. Hasta hoy, el acoso ha salido gratis en este país. En los centros de trabajo, con la Administración a la cabeza, es donde más se da, se alcahueta y se permite, y sé muy bien de lo que hablo. Los legisladores llevan años estudiando poner una ley en marcha que prohíba estos malos comportamientos de jefes hacia subordinados e incluso de un trabajador hacia otro. Luego, no hacen nada. Ocurre ahora lo mismo en los colegios. Las unidades de vigilancia están bien, no lo niego, pero hay que ir mucho más lejos, a la raíz del problema y no permitir que vuelva a suceder. Pensemos en los casos que ahora se están conociendo, pero ¿cuántos otros hay que no salen a la luz por miedo, vergüenza o represalias de todo tipo? La pregunta se las trae pero hay que profundizar en ella; estamos obligados a saber la respuesta; a conocer el número de casos reales de acoso escolar que hay en España.

En este país se nos llena la boca con las violencias, pero luego, como es el caso de la peor, la violencia de género, nos quedamos a medio camino. Hay otro problema casi peor: hay muchas ocasiones en que los conocidos del violento o acosador hablan de él como una buena persona. Da la sensación de que se tapa en cierta medida el problema y a quien lo causa. ¿Sucede lo mismo con el acoso escolar? Dios no lo quiera porque mal iríamos en la justicia, la igualdad y el traslado a los jóvenes de lo que deben ser unos valores de convivencia donde sobra el racismo, la xenofobia, el fascismo y, por supuesto, en el caso que nos ocupa, cualquier tipo de acoso a nuestros semejantes, sean niños, hombres, mujeres o ancianos, que de todo hay.

 “Proliferan las unidades de vigilancia contra el acoso escolar, pero el profesorado no está preparado”

 

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