VERJAS QUE CORTAN EL AMOR POR LA LIBERTAD

Es la segunda la vez en mi vida que hago uso de la letra concreta de una  canción que habla de sangre, muros, cuerpos desolados y futuro. Lampedusa y Melilla tienen el raro honor de ser los enclaves más citados en Europa y África a la hora de abordar la inmigración que produce la necesidad. Su nombre forma también parte del debate entre los que apuestan por la mano dura fronteriza y los que enmiendan con soluciones más integradoras, tal es mi caso, y de aportación redefinida de dinero al desarrollo para los países de los que huyen tantas miles de personas. La canción a la que aludo habla de sangrar caminos sin salida como muros o de recorrer los cuerpos desolados sin futuro.

Durante años, los fondos entregados a muchos de estos países  han caído en manos de acomodadas familias locales e intermediarios igualmente corruptos, algo ya cansino cuando se habla de solidaridad internacional. Es extenuante para la vergüenza individual asistir al cruce de opiniones sobre si lo que se ha colocado en la valla de Melilla son cuchillas sangrantes o, como mantiene el Ministerio del Interior, en realidad es un “elemento anti intrusión más”. Porque lo cierto es que cuando el Fiscal General del Estado acaba de abrir una investigación al respecto, resultan más convincentes otras definiciones de las que me hago eco y comparto, como que el hecho es la vergüenza ya citada, más que no es un proceder ajustado a derecho y, sobre todo, de estricta humanidad.

VERJAS

 Muros (el de Berlín tirado, pero no el de Israel con Palestina que sigue adelante) y vallas forman parte de nuestra anatomía territorial. Las cercas señalan que una parte de la tierra es nuestra, y como sueño generalista nos topamos con ese concreto de tener una gran casa con un buen terrenito añadido. Las cuchillas de la Verja de Melilla son indignantes, se mire como se mire. Alguien que la quiera sobrepasar, se destroza literalmente. Me recuerda a cuando de niño me subía a una tapie que daba al huerto de un colegio de monjas, muro que tenía un final copado de cristales cortantes que quería evitar mi estiba periódica a las sabrosas peras. No son remedios para estos tiempos migratorios. Los españoles nos estamos también yendo ahora fuera. Ya sabemos que es mejor irte con contrato firmado, pero esto es algo que está vetado según la tez,  la nacionalidad y los recursos personales con los que pisas otro país distinto al tuyo. No deja de ser surrealista que, pobre de solemnidad, para vivir en muchos puntos europeos, te pidan unos mínimos económicos para ser aceptado. Estamos muy equivocados si creemos que así, más cuchillas colocadas en verjas, podemos frenar el ansia de libertad que para tantos es vivir decentemente.

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