Valorar lo que se tiene

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Nada está escrito sobre la vida porque es una incógnita el por qué unos la vivimos bien y otros mal. Esta suerte condiciona los recuerdos, en el sentido de que sean buenos o malos, al igual que tener oportunidades que nos permitan decir algún día eso de que hemos tenido una buena vida y lo mismo deseemos para los demás. Como prueba de que es así, me motiva a escribir sobre el valor de lo que tenemos la historia de Amy Krouse Rosenthal y su último deseo: “Busco una buena mujer para mi maravilloso marido, que yo me muero”.

En la película “¡Qué bello es vivir!”, George Baily (James Stewart) es un ciudadano generoso y altruista para con sus vecinos que tiene el propósito de suicidarse en Nochebuena, lo que provoca la intervención de su ángel de la guarda, quien muestra a Baily cómo seria la vida en su pueblo si él nunca hubiera existido. La ejemplaridad siempre ha sido el camino sobre el que andar, aunque nos hemos habituado tanto a las sandeces de noticias con las que nos bombardean a diario, que cuando surge una historia de verdad, una auténtica historia humana, nos sentimos abrumados. Acaba de morir Amy Krouse Rosenthal. Quizás no sepa nada sobre ella, pero antes de fallecer escribió una carta absolutamente maravillosa que titulaba “Tal vez quieras casarte con mi marido”. El filósofo Francis Bacon apostaba porque la ocasión hay que crearla y no esperar a que llegue, pero el nobel de literatura François Mauriac fue para mi gusto más explícito al zanjar que la muerte no nos roba a los seres amados; al contrario, nos los guarda y nos los inmortaliza en el recuerdo, mientras que la vida sí que nos los roba muchas veces y definitivamente (descripción esta última que dibuja una crisis económica).

Regresando a Amy Krouse, afamada escritora de categoría best seller, y sabedora de su enfermedad terminal, pensó en el efecto calmante que produce una buena narrativa publicada en The New York Times, que empezaba de la siguiente manera: “busco una buena mujer para mi maravilloso marido, que yo me muero”. Al leerla, sus palabras me resultaron contagiosas como para escribir sobre ella y sus reflexiones antes de dejar este mundo. Pero escribir el qué: ¿Abordar la vida?, ¿hablar de la muerte?, ¿sobre el amor?, ¿sobre la familia?, ¿o quizás de la amistad? Nada de esto me convenció. En cambio pensé que nacemos y crecemos apoyados en el pilar fundamental que es para nosotros el recuerdo. Así es: casi todo se basa en el recuerdo, porque existe el ayer, la semana pasada, el mes acabado o el año anterior, que hizo bien en terminar para que quienes más lo sufrieron pudieran soñar con otra creencia generalizada de que ¡a año nuevo, vida nueva! No es así realmente, pero nos ilusiona pensarlo y hacemos bien, porque no podemos caer en el pesimismo de que todo va a peor. Dicho queda, aunque jamás entenderé por qué extraña razón unos nacen reyes y otros plebeyos, unos comemos cuanto queremos y otros mueren por falta de  alimentos, y así podría seguir sin limite de enumeración de más y mayores problemas, desigualdades y calamidades.

“Busco una buena mujer para mi maravilloso marido, que yo me muero”

Por desgracia, no hay término medio. O se recuerda mejor o se recuerda peor, según discurra la vida de cada cual. La angustia tiene también mucho que ver con la manera de pensar, al igual que el paro o los desahucios terminan con la ilusión y los sueños de quienes están afectados por este malvivir. Me gustaría saber lo qué piensa al respecto Christine Lagarde, la directora del Fondo Monetario Internacional y su ejército de “hombres de negro”, que aterrizan en los países de todo el mundo para fijar su economía y establecer lo que pueden o no pueden gastar en el bienestar de sus ciudadanos. Condicionamos así también lo que serán algún día los recuerdos de muchos jóvenes de ahora que han de compartir sueños, relaciones, y anhelos profesionales con la falta total de oportunidades.

Cuando se vive con plenitud lo que otros antes han disfrutado, las discusiones sobre lo humano y lo divino tienen un buen capítulo final. La vida de Amy Krouse Rosenthal terminó a los 51 años. Deja una familia a la que amó, y al buscar a alguien que herede similar felicidad, se convierte automáticamente en el ángel de la guarda de personas que siempre la recordaran como tal. Dar a conocer su historia ha sido un buen regalo para seguir hablando de valorar lo bueno que tenemos y no cejar jamás en acabar con los grandes males e injusticias, hasta llegar a hacer posibles unos buenos recuerdos (los mejores tienen que ver con la esperanza) aún en tiempos de crisis social. Gozar de salud no tiene precio; con un buen trabajo ya te ha tocado la lotería; disfrutar de una familia siempre compensa, y soñar dormidos o despiertos es el mejor deporte que existe para ilusionarse con un mundo mejor para todos.

  “Condicionamos los recuerdos de los jóvenes, sus sueños, relaciones, y anhelos profesionales”

 

 

 

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