TRASPLANTES PARA HACER MÁS VIDA

TRASPLANTESPublicado el 19 de septiembre de 2011 en el Diario Montañés

Somos muy dados a expresar sobre el enfermo grave que entendemos muy bien como se siente, cuando ni por remota idea lo podemos siquiera imaginar gozando de buena salud.  Son muchos los lugares y los idiomas en que las gentes se despiden con el deseo al prójimo de ¡salud! Es curioso como del latín “salutem”, la palabra salud se entiende más o menos bien si nos la dicen en francés “La Santé”, o “Saúde”, en portugués, e incluso, ¡con lo que es el turco!, se escribe “Saĝlik”. Desde que nace el bebé, el mejor deseo es que goce de años de larga salud para así disfrutar de una buena vida. Cuando unos padres entierran a un hijo por una mala enfermedad, es realmente antinatural. Aquí sí es verdad y sincera esa otra expresión popular de que nunca debiera de ocurrir de esta manera, a favor de que la línea de la vida concluya primero con los abuelos, después con sus hijos y, así, sucesivamente. Unos prefieren antes la salud, que el dinero y el amor, o las tres cosas a la vez, por pedirlo todo, pero sin renunciar jamás a  estar sano. Ahora por ejemplo, en medio de este tremendo huracán de crisis que lo arrasa todo, es cuando más oigo apelar a la buena salud para no darlo todo por perdido. Exageramos por el sólo hecho de, efectivamente, no ponernos en la piel de los muchos enfermos que anhelan un giro a mejor en sus vidas para disfrutar de forma saludable lo que los demás hacemos como cotidiano, quizás sin saber de la gran suerte que tenemos por el sólo hecho de que no nos duela nada. Lo hemos visto muchas veces en las películas, pero… ¿conocemos de cerca a una persona que espera un trasplante? Yo no.

 He leído recientemente en este periódico el estupendo reportaje de Nieves Bolado poníendole cara a personas trasplantadas o que están en lista de espera para ello. Algunas, por la edad, incluso no saben si llegarán a conseguirlo. Otras, exponían casi de forma unánime su agradecimiento a la sociedad y no digamos a las personas o a las familias de los donantes. Llevan razón en ambas cosas, pero si la sanidad pública tiene una esencia de ser, ésta es la de hacer siempre todo lo posible por los enfermos de mayor gravedad o terminales. ¡Ven por qué mantengo que no es posible ponerse en la piel de una persona que espera un trasplante de corazón o de riñón, sin conocer algún caso cercano! Y me temo que aunque así fuera, son estados de salud tan comprometidos, que no atisbo a pensar lo que le podría sugerir a alguien que pasa las horas y los días a la espera de recibir un órgano de otra persona que sirva para salvar su vida. ¡Qué maravilloso gesto! Me refiero a donar, a dar tu sangre, a que tus órganos sirvan a otros cuando tú ya no pises tierra firme. Realmente, es contribuir a que  otras personas que no tienen buena relación con la salud la puedan alcanzar finalmente, con el apoyo de gente solidaria de forma tan auténtica y tan aplastante. Recientemente me he hecho eco de nuevos y avanzados trasplantes que le están devolviendo a una persona su rostro, o la mano a otra que la perdió en un desgraciado accidente. Estos sí que son avances gigantescos, los que hacen sentirse a un enfermo grave, más persona, porque recuperan algo tan preciado como un corazón. Hay que ir más allá, y apoyar a estos enfermos de la mejor manera posible, con los avances y la investigación, que hay que mantener y asegurar decididamente. Alguien ciego, sólo anhela ver. Le puedes contar el color real del mar, pero siempre querrá verlo por si mismo, con sus propios ojos. Otro postrado en una silla de ruedas, desde que nació o por accidente, quiere levantarse. Si imagino algo de sus vidas, es precisamente esto: que la medicina vaya para adelante hasta que un día les llegue también a ellos el turno de ver o volver a andar. Hemos ido muy lejos en los trasplantes desde que el Doctor Barnard llevará a cabo el primero de corazón el 3 de diciembre de 1967. El receptor fue un tal Louis Washkansky, desahuciado por su problema cardiaco. La donante se llamaba Dénise, de tan sólo 25 años de edad. Los historiales de los trasplantes siempre tienen detrás historias tremendas en el mejor sentido, impulsar otra vida, y en el peor, perder a un ser querido que luego va a donar algo de él a un desconocido cuyo nombre está en una larga lista de espera para recibir un órgano. Sería injusto obviar el papel del médico y todo un equipo que hacen posible algo semejante. Siempre van a estar unidos a sus pacientes, compartiendo, además del éxito de la operación, el devenir futuro de ese enfermo que pasa a tener una mejor vida, por supuesto más larga y también más sana. Das y recibes como decía en el reportaje de Nieves una mujer agradecida por el trasplante. Valen los gestos, al juntarse la línea de la solidaridad con la de la vida, impulsando una a otra en lo que son los casos que más necesitan de este bien llamado bienestar. ¿Hay algo más bonito que desearle a alguien salud? No, no lo hay.

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