Solidaridad mejor que rearme

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Parece surrealista que en el final de una gravísima crisis económica haya países que están apostando más por el rearme para su seguridad en vez de por la solidaridad hacia los ciudadanos que lo han perdido todo, empezando por el empleo. Son nuevos tiempos y lo más urgente es una cumbre mundial que hable y pacte sobre desarrollo, solidaridad, conservación de la Tierra, y se genere un nuevo clima pacífico entre culturas, religiones e influencias geográficas. No hacerlo así será propiciar el regreso a un mapa mundial en el que reaparezcan los muros para separar naciones.

La crisis ha dinamitado el concepto de solidaridad desde el punto de vista de la ruleta que conlleva tener trabajo, casa y la seguridad de poder pagar las facturas mensuales. Dicho así parece una afirmación muy simplista, pero no es lo mismo leerla desde el lado oscuro que desde el lado de tener la suerte de cara. Durante estos últimos años, el 2015 y el 2016, he venido oyendo dos afirmaciones conjuntas, que se hace raro agrupar dentro de un mismo objetivo. La primera es que la crisis ha llegado a su fin y la segunda es que hay que devolver a los mayores perjudicados a la situación anterior a que lo perdieran todo. Suena muy bien pero es imposible. Una cosa es que los canales mediáticos lo testimonien todo en positivo, y otra bien distinta que la gente recupere la confianza que venía teniendo en ponerse a estudiar, a buscar y asegurarse un buen empleo o en llevar una idea o ilusión a la práctica mediante la puesta en marcha de un negocio propio.

Acaba de pasar de largo la Navidad, y no deja de ser curioso ese lado sensiblero que nos aparece en la etapa final de un año, y que para darle más trascendencia lo hacemos llamar solidaridad. Solidaridad con los más pobres y necesitados; solidaridad con los que no tienen nada que llevarse a la boca y pasan esos días entrañables en los comedores sociales; solidaridad con los desempleados de larga duración y con las familias que han pasado de la abundancia a la necesidad incluso de tener que pedir un techo bajo el que vivir. ¡Qué entrañable todo, verdad! Pero una terrible crisis económica no engaña, porque todo esto y más es y sigue siendo real. Si algo se ha puesto de manifiesto en estos años negros es que este país, con sus peculiaridades y paranoias habituales, es solidario y al frente de esta solidaridad está la familia. En alguna otra ocasión ya lo he dicho: si no hubiera sido por las familias y la ayuda de padres a hijos y viceversa, nos hubiéramos visto abocados a mayores desastres de los ya de por si vividos.

 “Se ha puesto de manifiesto en todos estos años negros que este país es solidario y al frente de esta solidaridad está la familia”

 

Con todos los ríos de tinta que se han escrito sobres esta crisis y las cientos  de horas de televisión con oráculos con pizarra incluida, aún lo tenemos todo patas arriba del por qué se ha dado esta situación y que van a hacer los gobiernos nacionales sometidos a organismos internacionales como el FMI para impedir que reaparezca el desastre generalizado. Ni la confianza ni el consumo son lo que eran antaño, y creo que no lo volverán a ser. Con decir que nuestros hijos no van a ganar ni vivir como lo hemos hecho nosotros, parece que sentenciamos una salida a la crisis que, puesto así, me parece falsa. No hemos pasado lo que hemos pasado para vivir ajustados y angustiados en adelante. Pero una cosa está clara: las mejores sociedades (pienso en países como Dinamarca, Suecia o Noruega) lo son porque tienen un motor llamado solidaridad que da de sí siempre el mayor rendimiento. Tampoco nadie quiere meter el dedo en que a la salida de una crisis total los países implicados se han metido de lleno en un rearme de su seguridad interior y exterior, que va a producir nuevamente serios recortes en lo esencial para los ciudadanos como la mejor solidaridad posible en forma de educación, sanidad y posibilidades laborales. Deberíamos estar más sujetos a un rearme de la convivencia que lo que supone tener más tanques, aviones y barcos de guerra.

En casi todo el mundo llevamos diez años de pinchazo económico y social. Si los países ricos lo han pasado mal, ¿qué diremos de los que están en desarrollo? Hay que propiciar una cumbre mundial que hable y pacte sobre desarrollo, solidaridad, conservación de la Tierra, acabar de una vez por todas con el hambre, y genere un nuevo clima pacífico entre culturas, religiones e influencias geográficas. No se puede permitir que líderes y países concretos actúen unilateralmente frente a la gravedad de los problemas que tenemos, porque esto será lo mismo que levantar nuevos muros, encerrarse en sus propios postulados ideológicos y económicos, y abandonar por completo la solidaridad en que las naciones deberían entrar en este nuevo tiempo de la historia. No tiene por qué sonar a cuento de Navidad, porque la solidaridad no es algo que se coja o se deje en razón de las conveniencias del momento. Esta crisis ha achicharrado la solidaridad entre los pueblos, pero de ninguna forma la más rápida y eficaz que llevan a cabo las personas entre sí, poniendo de manifiesto con sus hechos que son el auténtico ejemplo que deberían seguir los gobiernos del mundo.

 

“Hay que propiciar una cumbre mundial que pacte sobre desarrollo, solidaridad, y genere un nuevo clima pacífico entre culturas”

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