Sexismo creciente

Cecile Kashetu Kyenge

El insulto se ha convertido en un bombardeo permanente a la convivencia cotidiana. Ya no es solo Twitter y la inmunidad que proporciona a los insultadores profesionales. El sexismo, disfrazado de antirespeto, campa a sus anchas cada vez que algo político, económico o social no gusta a grupos o personas concretas y focalizan la supuesta culpa en ira y afrentas hacia las mujeres.

 2015 será recordado como un annus horribilis para todo lo que tiene que ver directamente con la intolerancia: la desigualdad, el racismo, la violencia de género, los refugiados, el sexismo… Hace tiempo que Europa ya no reacciona,  sus instituciones mejor dicho, como para exigirles a todos y cada uno de los ciudadanos de la Unión respeto por los demás. Nunca olvidaré un hecho deplorable acaecido en Italia (cuna de la democracia junto con Grecia). Cuando más refugiados desembarcaban en las costas italianas, su entonces ministra de Integración, Cécile Kyenge, nacida en el Congo, es comparada con un orangután. ¿Reaccionó toda Italia, el resto de Europa, la sociedad europea en su conjunto, como es debido ante semejante afrenta? No.

La escalada de insultos, teniendo siempre su epicentro en mujeres y la labor que desempeñan, no ha parado de crecer. Hace unos días se cuestionaba a Susan Sarandon, a sus estupendos 69 años, por ir bella y escotada a la entrega de premios del sindicato de actores en Estados Unidos. La italiana Sofía Loren, con doce años más que la actriz norteamericana, cada vez que pisa una alfombra roja genera titulares siempre favorables hacia su impactante figura. Tiene ahora 81 años. Parece que las críticas van dirigidas a señoras con nombres y apellidos concretos, porque no se utiliza la misma vara de medir en todos los casos. Lo mismo ocurre en España. La deontología periodística se basa en la libertad de expresión, pero siempre manifestada desde el respeto a los demás. Los periodistas, los políticos y la diversidad de los colectivos sociales asistimos sin inmutarnos a los ataques sexistas dirigidos contra muchas mujeres que desempeñan cargos públicos, y que son vilmente criticadas e insultadas por su físico o su aspecto. El corte de pelo o estilo de moda elegido es una elección personal que cada cual desarrolla con total libertad. Así es: estamos hablando de una libertad personal y nadie, mucho menos en Twitter y Facebook, puede hablar de “fealdad”, “suciedad”, “mal gusto”, “escotes”, etcétera, etcétera.

Se trata de un espectáculo bochornoso, que queda impune debido a una sociedad que no lo repudia con ejemplo, firmeza y rechazo total. ¡Cómo queremos tener una juventud bien formada en las convicciones de la tolerancia y la igualdad, que proscriban en sus conductas todo atisbo de machismo! En España esto va realmente mal. Son muy preocupantes los índices relativos a las relaciones de pareja, donde la mujer asume resignada el maltrato verbal y control a lo que piensa y hace por parte del sexo masculino. El año tiene doce meses. Pues bien: no se puede hablar, escribir y exigir contra la violencia de género un mes mucho y dos meses nada. Esto, por llamar de alguna manera a los asesinos que matan mujeres, es un problema de primera magnitud que requiere de medidas enérgicas y excepcionales. ¿Dónde queda la educación para atacar y erradicar el machismo? Eso me pregunto también yo, porque se habla de ello solo cuando interesa y queda bien para la galería.

La mayor soledad que sienten las víctimas de la violencia machista y sexista es llegar a pensar que no interesan al resto de habitantes del pueblo, ciudad, calle y portal donde se las agrede. Cada vez que surge un nuevo caso, salta la noticia, llegan de nuevo las lamentaciones, ¿y luego qué? La cadena se rompe con la intolerancia, los insultos gratuitos y las afirmaciones y declaraciones en medios de comunicación, especialmente la televisión, que no tienen un pase. Se ha dicho tantas veces que una más es igualmente importante: el lenguaje adecuado resulta esencial en la consecución de la igualdad y para remover los obstáculos que impiden este respeto mutuo. Están las palabras, y también el trabajo, la pareja, la maternidad, los sueldos, los derechos igualitarios, erradicar injusticias, fortalecer garantías, una conciliación laboral y defensa de la familia de verdad. No hay necesidad alguna de destacar (para mal) el papel de la mujer si todos somos responsables de nuestros hechos y nuestras palabras. Pasemos ya de una vez del dicho al hecho que supone rechazar de facto todo atisbo de sexismo.

Foto: Cécile Kyenge.

 

 

 

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