SALVAR LA ECONOMÍA DEL BIEN COMÚN

ECONOMÍA BIEN COMÚNSi el padre de la economía moderna, Paul Samuelson, llegó a pensar en un momento de su vida que cuando todo el mundo está loco, ser cuerdo es una locura, cómo no puedo yo tachar de ignorantes a los miembros del Fondo Monetario Internacional, que hace dos años llevaron a países como éste al estrangulamiento, y ahora salen con la panacea de que vienen por delante siete años de esplendor económico. Si Samuelson se levantara de la tumba, vería con total repugnancia cómo los organismos internacionales del llamado orden económico han defecado todo lo podrido de sus prácticas sobre las teorías creadas por la genial mente de este Nobel, y que teorizan sobre la  economía del bienestar, la teoría de las finanzas públicas,  una economía internacional o de teoría del consumidor. No sé si han oído hablar alguna vez de la Economía del Bien Común. Como deseo normal y corriente, muchos lo habremos pensado, incluso expresado, pero sin llegar a caer en la teoría que es o que existen Constituciones (como la de Baviera) que incluyen en su texto esta máxima: “toda actividad económica sirve al bien común”. Los principios de la economía buena son la confianza, honestidad, responsabilidad, cooperación, solidaridad, generosidad y compasión.

 Preferiría en esta ocasión darle mayor espacio a cada uno de estos principios, que en mayor o menor fuerza marcan nuestras vidas en el presente y el futuro más inmediato. La Economía de los Mercados está muy denostada, pero es la que manda. A ella se contrapone la Economía del Bien Común. Pero los pilares de esta última están, o hechos trizas, o en la UVI. Empezando por la confianza: no hay. Siguiendo con la honestidad: es como acordarse de Santa Bárbara, cuando truena. Continuando con la responsabilidad: menos mal que de esto saben mucho especialmente los autónomos. Si damos paso a la cooperación: ¡moribunda! De la solidaridad es de lo que más se habla, tanto, que parece que cualquier solución parece quedar a merced de la generosidad de pudientes, mientras los Estados retroceden en sus obligaciones. Y como ya he citado la generosidad, nos queda la compasión, que subgenera no pocos dramas como el desahucio, el paro o acudir a las onegés para que te ayuden a comer y salir un poco adelante.  Ahora que parece que los economistas salen de su letargo, y que incluso muchos presentan libros sobre la pesadilla vivida, aún vigente, más les valdría empezar a dar soluciones de verdad para reorientar una economía que se ha mostrado destructiva con los más débiles y viejos, y ofrecer deseos fiables a los más jóvenes, porque el FMI no va  a salvar jamás la economía del bien común.

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