Reparar el logro más universal

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Lo importante en el transcurrir de la vida es mantener intacta la esencia humana tan apartada hoy. Junto al rápido relevo que se dan los años, hay que preservar como valores primordiales la defensa de nuestra juventud, la protección del planeta y disfrutar de una cultura tan amplia como las ideas. Frente a poderes y poderosos empeñados en poner palos en las ruedas de la convivencia, la conservación y el desarrollo sostenible, hay que anteponer el deseo común de alcanzar el logro más universal posible como es la justicia social en la forma en que demande ser reparada en cada momento.  

Infancia, juventud, madurez y tercera edad son los epígrafes de la vida. Cada uno de estos tramos puede definirse como una estrella fugaz en razón de lo pronto que desaparecen. Victor Hugo pensaba que los cuarenta son la edad madura de la juventud y los cincuenta la juventud de la edad madura, aunque en cuestiones de sumar años me inclino por el pensamiento más práctico de Woody Allen cuando señala que interesa más el futuro porque es el sitio hacia el que nos dirigimos. Parece que fue ayer cuando se inicio el 2017, y ya estamos a las puertas de un año más. Así que, definitivamente, voy a hacer caso a la siguiente máxima del filósofo Schopenhauer: “Los primeros cuarenta años de vida nos dan el texto; los treinta siguientes, el comentario”. Y si el problema de la humanidad es la humanidad en sí, deberíamos frotar la lámpara maravillosa que supone la vida con tres deseos que nos permitan hacer ese buen comentario del texto de historia que está por escribir.

El primero de estos tres afanes es apostar por los jóvenes. Heredan los fracasos de los mayores, incluido su desempleo, y al tiempo les exigimos  ilusión y tenacidad para solucionar viejos problemas. Creemos que ya les hemos dado todo mediante una buena formación, lo que nos lleva a asegurar que la educación es la mejor (y única tras la crisis) herencia posible. Pero no es así. La educación, como la sanidad, la justicia o la igualdad, es un derecho que se transmite generación tras generación. A lo que siempre cabe aspirar es  a que cada día sean más los niños que se educan debidamente, y con ello mejoran sus oportunidades de una vida sin penalidades. Los jóvenes que empujan nos han de dar mejores lecciones sobre cómo hay que tratar a unos Refugiados, y también cómo debe ser la convivencia entre diferentes culturas que ahora están en choque frontal.

 “Los jóvenes nos han de dar lecciones sobre  tratar a Refugiados y también sobre convivencia entre culturas”

Segundo afán: Cuidar de verdad el planeta. Cuando los mayores decimos que hay que preservar el medio ambiente para las generaciones futuras, entran ganas de llorar, porque no se puede mentir más y con peores consecuencias. Actualmente no hay voluntad política de parar la agresión permanente a la Madre Tierra. El espacio exterior es un estercolero de chatarra, la Antártida peligra, y la corteza terrestre ha dejado de avistar para concretar con un cambio climático en toda regla, que muchos magnates metidos a políticos, como el presidente de Estados Unidos, niegan por intereses muy concretos de multinacionales de todo tipo, aunque al frente están las insaciables energéticas. Hace mucho tiempo que el medio ambiente se disfraza de huecas campañas publicitarias que no aportan nada en favor de la conservación de lo mejor que se nos ha dado en forma de paisajes, aire, agua, bosques, montañas, mares, fauna y flora.

Tercero. Lo mejor que tenemos es la cultura. La cultura es un viento permanente que sopla siempre a favor de lo que soñamos y merecemos alcanzar. Al tiempo, es también un grito positivo en contra de lo que nos enfrenta. En el panorama actual destaca un medido inmovilismo excusado en la falsedad de que los ciudadanos queremos la tranquilidad que supone que todo siga igual. Crece así el descontento, aumenta su poder la extrema derecha, surgen presidentes crea problemas como Trump o Putin, mientras el papel de la ciudadanía queda un tanto depauperado para alzar su voz contra el alarmante aumento del desequilibrio económico. Pero la cultura siempre pone voz a todo y a todos. Se abre camino entre los nuevos muros que se levantan en el mundo, y grafitea paredes con la frase pertinente o la imagen de algo o alguien que denuncia lo injusto del momento. Por eso la edad es solo una excusa cuando queda tanto por hacer y no importa quien lo acometa, mientras sea una inmensa mayoría la que se beneficia de los cambios sociales. Tampoco  importa que un año dé el relevo al siguiente, tanto en cuanto se mantenga la llama de esperanza de muchas personas que estudian, trabajan, sueñan, anhelan y envejecen pacíficamente. Vale que la vida se clasifique en infancia, juventud, madurez y tercera edad, siempre que se de valor a los rostros representados en cada una de estas etapas, dicho de otra manera, son las personas las que importan. Vengo a resumir, como aconseja Schopenhauer, que lo importante siempre será la esencia humana para hacer valer lo bueno e intentar erradicar lo peor.

 “La cultura se abre camino entre los nuevos muros que se levantan y grafitea paredes con la frase pertinente que denuncia lo injusto”

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