Remedios contra las agresiones a médicos

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Confundir el bienestar social con ser atendido el primero es muy de este lado del mundo. Deberíamos vivir en esos países asistidos mayormente por Médicos Sin Fronteras, para darnos cuenta de lo que tenemos y valorarlo como es debido. Crecen las agresiones físicas y verbales a los profesionales del ámbito sanitario, en la medida en que la intolerancia acapara más militancia. El mejor remedio contra tanto asno con dos patas es denunciarles e incitar a que abandonen sus malos modos. 

La peor enfermedad de nuestra sociedad es la falta de educación. Antaño estaba en los gestos, como ese de ceder el asiento en el autobús a la persona mayor, pero ahora es una pandemia contagiosa que arremete incluso con quienes curan los males: los médicos. Si no me lo cuentan los propios afectados, no doy crédito a que la gente vuelque su ira con los trabajadores sanitarios, llegando a la agresión verbal y física. Hay ciudadanos que creen que el Estado de Bienestar debe funcionar solo para ellos y, de no ser así, todo les sabe mal. No les gustan las esperas en Valdecilla, ni en el ambulatorio que les corresponde por la zona donde viven. Lo suyo es quejarse y pasar primero. Cuando acudo al médico siempre me encuentro al que barrunta. Conjeturan con todo: ¡que no hay derecho! (¿a qué?); miran el reloj incesantemente (¿para qué?); y pronuncian todo tipo de improperios contra el sistema y quienes les atienden, como los médicos y personal de enfermería. Están en su derecho, le cuentan a quien no conocen de nada, y altavocean sus dolores, como si los demás acudiéramos por capricho a la cita con el doctor.

Si la educación básica, la que exige comportarse, es lo mala en los colegios (que lo es), la calle es cada vez más jungla. Hoy son los médicos, mañana los bomberos y pasado pueden ser los empleados de hipermercado, porque no acuden raudos a la llamada del cliente cagaprisas que pregunta por el pasillo y la estantería donde está el producto que desea comprar. Los colegios profesionales, que son los que defienden a un gremio concreto de trabajadores, hablan de reforzar las leyes y las penas correspondientes. No sirve de nada, porque el mal ejemplo está en todas partes. Lo ves por la televisión, lo oyes por la radio y se dimensiona hasta el infinito en Internet. Las redes sociales ponen la guinda al mal gusto. Cuando se denuncia un hecho, el medio de comunicación contrasta la noticia para saber si es verdad. Pero muchos de los exabruptos que se sueltan por el Twitter o el Facebook son fruto de la intolerancia, que cada vez campa mas y más a sus anchas.

 “Hay ciudadanos que creen que el Estado de Bienestar debe funcionar solo para ellos”

No nos creamos únicos en este padecimiento por falta de educación y buenas maneras. Donald Trump, y se queda tan ancho, acaba de plantear que para erradicar las matanzas en los institutos norteamericanos, lo mejor sería crear un cuerpo armado de élite entre los profesores estadounidenses. Ósea, que a los estudios para llegar a ser maestro se puede pronto incorporar la especialidad de saber disparar al chaval que se acerque a la escuela con una metralleta. Definitivamente, nos hemos vuelto majaras. A la mala educación contribuye también lo mucho que se manipula todo y lo poco o nada que se exige como contribución de cada uno a vivir lo mejor posible en sociedad. Son malos tiempos para la ética. Ese comportamiento que habla de valores, responsabilidad y preocuparse no solo por lo propio sino también por los demás.

La medicina y los trabajadores en general de la sanidad saben como pocos lo que es el servicio al prójimo. Ni se les pude exigir más, ni tampoco aceptar de nadie una asistencia personal al gusto, en tiempo record, y recibiendo además el diagnóstico y las recetas médicas que más convengan a quien las solicita. El bienestar decrece, pero siempre ha habido quien lo merece más que otros, porque padecen enfermedades y dolores cuyo solo nombre hace temblar. Hay pacientes que no entienden lo que son las urgencias. Los ciudadanos que portan mala baba ante quien les atiende, no son merecedores de ser reconocidos como tales. Las agresiones a médicos y personal de enfermería son un síntoma más del laberinto en que nos encontramos. Por más campañas de prevención que se lleven a cabo, nada será más efectivo a que sean los propios ciudadanos los que pongan en su sitio a tanto falso quejica. Una cosa son los derechos individuales, y otra bien distinta no respetar los de otros. La perversión de la educación desemboca siempre en este mal síntoma. El honor, la intimidad, la propia imagen o la libertad de expresión están en entredicho. Muchos las usan a conveniencia, y encuentran como respuesta a sus malas acciones el silencio y la inacción. Las agresiones en el ámbito sanitario están descontroladas, y noto una cierta preocupación cada vez que acudo a los servicios médicos, me siento en la sala de espera, y alguien rompe la tranquilidad con sus gritos, aspavientos y comparaciones fuera de lugar. Los sabelotodo ocupan de continuo los asientos del autobús, para no dejar sentarse ni a ancianos ni a embarazadas.

 “La medicina y los trabajadores en general de la sanidad saben como pocos lo que es el servicio a los demás”

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