Que pague el último

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El estado real de las cuentas públicas nos devuelve al debate de la responsabilidad sobre el gasto público y crear verdaderamente una nueva cultura que no despilfarre el dinero de todos. Decirlo es más fácil que hacerlo, a la espera como estamos de ver una Europa que gestione eficazmente, refundada en solidaridad, y destaque en la exigencia a sus dirigentes para que gasten con rigurosidad y total trasparencia sus presupuestos, y puedan así redundar en beneficio de los ciudadanos, antes que en obras faraónicas insostenibles y finalmente abandonadas.  

 “El que venga detrás que pague la deuda”. Ha sido la manera de pensar y de hacer en la España de los últimos treinta años. Llegar al poder era sinónimo de gastar en grandes obras faraónicas que se anteponían casi siempre a la responsabilidad presupuestaria para no dejar endeudado al próximo gobierno autonómico, al siguiente ayuntamiento o la futura diputación resultante de unas nuevas elecciones. Nuestra forma de ser ha permitido este grotesco escenario, ya que los españoles hemos preferido mirar para otro lado como si todo lo hecho (mal) no fuera con nosotros. El resultado son aeropuertos cerrados sin usar, ciudades de la justicia a medio hacer, también abandonadas, o grandes edificios pensados para la celebración de irracionales eventos por lo escaso de la población que debía hacer uso futuro de tanta edificación pública destinada al multiuso fracasado.

Soy de los convencidos de que no es verdad que hayamos vivido años atrás por encima de nuestras posibilidades. No hay que confundir la velocidad con el tocino, que es lo que se hace en estos casos al querer equivocar lo que a todas luces es una mala gestión con que la culpa la tengamos todos los demás por gastar cinco y no ahorrar uno. De eso nada. De un lado están las explicaciones mediante la manipulación permanente del lenguaje, me refiero a la forma de decir las cosas, de presentarlas, de venderlas públicamente, e incluso de olvidarlas sin que nadie recuerde lo dicho o prometido. Cuando un presupuesto no se cumple, porque se gasta más de lo que se ingresa, se habla de “desequilibrios financieros”. Si un banco cierra oficinas y despide empleados, se aborda como “necesaria reforma bancaria”. Y cuando una gran compañía prejubila a miles de sus trabajadores y vende activos inmobiliarios a bajo precio, se describe como “sentar las bases para garantizar el futuro y las nuevas exigencias de los mercados”. No acierto a vislumbrar qué futuro hay si todos acabamos en el paro. De no ser por la seriedad de los hechos que acontecen a diario, se podría hablar de una permanente teatralización de las noticas, estando sus protagonistas enganchados al vicio de hacer de lo blanco negro.

 “Se manipula mucho con el lenguaje”

 Para que un país sea considerado un ejemplo dentro del mapa internacional tiene que ser visto externamente como serio y responsable en cada una de las decisiones que toma, máxime si estamos hablando del uso y destino de los fondos públicos. Las respuestas a la poca influencia exterior de España puedan estar en estas cuestiones fundamentales, que vuelven a encontrar su guión habitual en la expresión tan común de que “el que venga detrás que arree”. El éxito de la “Marca España” ha de tener este punto de partida, cuando además millones de turistas nos visitan y ven de primera mano como funcionamos en todos los aspectos.

 Más que lamentarse por lo hecho mal tiempo atrás, sería más fructífero que sentáramos hoy las bases sobre la forma y maneras que han de mostrar las generaciones futuras, que ahora se forman en aulas de colegios, institutos o las universidades. Si actuamos de frente, no albergo dudas de que muchos de los males que padecemos mejorarán a medio plazo, aunque para ello debemos cambiar actitudes y ser más exigente en apartar a quienes no velan por el bien común. Solo así puede funcionar un autocontrol regenerativo del sistema y de todas aquellas personas con altas responsabilidades dentro de la administración y las empresas, sin que sea posible que sigan en sus puestos tras demostrarse que sus decisiones y comportamientos generan un visible daño económico y social. Debemos exigir esta rectitud, para no tener que clamar al cielo por tantos casos que dan la sensación de quedar impunes tras el quebranto bancario o el desfalco de caudales públicos. La deuda nacional no tiene una solución milagrosa. La auténtica transparencia es la que hace visible entre los ciudadanos la buena gestión y administrar adecuadamente el dinero de los impuestos. Europa no está en su mejor momento pero ha venido siendo un buen referente para la utilización solidaria de sus presupuestos. Cabe pedir que sigamos por este camino, al tiempo que se refuerzan cada vez más los lazos entre los socios para gestionar mejor entre todos. La salida a la crisis política, económica y social europea, es más unidad. Llamarse Unión conlleva decisiones y comportamientos comunes, donde no quepa que cada país, región, territorio, y quienes los dirigen, vayan por libre en gastos tan faraónicos como irresponsables y despilfarradores. Hay que enterrar este cuento de nunca acabar sobre que paga el último en llegar.

 “Debemos apartar a quienes no miran por el bien común”.

 

 

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