¿Qué hacemos con la inmigración?

Que de un paso al frente quien tenga la solución mágica para el grave problema de la inmigración. Puede sonar a exagerado lo que se acaba de exclamar desde Italia a cerca de que la gran riada de expulsados hacia Europa (desde países en guerra o con hambre), supone fulminar la Europa actual que conocemos. Habría que empezar por quitar de Bruselas el Gobierno europeo parea trasladarlo a un faro del Mediterráneo de las pateras. Ciego es el que no ve; sordo el que no oye e indolente, el que tiene pereza y falta de voluntad para hacer una cosa. Creo que todo ello es achacable a esta capital política de Europa, una Europa adormecida ante los problemas que hay tras sus fronteras, quizás debido a que no sabe solucionar tampoco los suyos propios internos.

Hay que empezar por decir que algunos países europeos miden el problema, sí, en los términos precisos, pero también en términos económicos. Es decir, que piden más fondos europeos para la solución de este problema que llega ya desde todas las partes del mundo, desde Iberoamérica, a África, y los países más cercanos a Grecia, autentico colador en estos momentos de la llegada de refugiados. ¿Quién pude decirle a alguien que no huya de una guerra?; ¿cómo se combate de verdad el hambre en el Cuerno de África?; ¿quién, de estar en su piel, no querría dejar atrás para siempre un contagio por Ébola? De otro lado, el millonario y candidato republicano Donald Trump está basando su campaña política tan sólo en los peligros de la inmigración incontrolada, y gana puntos cada día en su carrera hacia la Casa Blanca.

Es cierto: estamos en un punto muerto porque no hay soluciones en el horizonte más cercano. Es además una espiral de locura política y social. Los países europeos, caso de Grecia o España, viven sus propios problemas interiores mediante los recortes que se les impone cada cierto tiempo desde Bruselas. El paro es brutal en esta parte de Europa, que no puede albergar, sin altos costes, un aumento de la inmigración incontrolada. Invertir en los países pobres para que sus ciudadanos tengan oportunidades allá donde nacieron, es ya una historia del pasado, porque los recursos con este destino se han ido al garete. No hablo de España, hablo de toda Europa en su conjunto, asfixiada como está y sin terminar de decidir si la crisis económica se ha acabado ya. Lo sé: no he aportada nada nuevo al problema, salvo una cosa. Echo de menos aquellas viejas cumbres europeas donde los grandes problemas de todos se abordaban con ambición política, una misma voz, liderazgo internacional, y con renovación de tratados que suponían asentar bases diferentes para acomodarse a nuevos tiempos y sus circunstancias. Que de un paso al frente quien sepa mejor que yo hacia dónde vamos los europeos en la actualidad, porque no quiero darle la razón ni a Italia ni a Donald Trump sobre sus malos presagios del momento.

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