PROTEGER EL BIENESTAR

Publicado el 8 de abril de 2010 en el Diario Montañés

Busco definiciones sobre lo que es el bienestar social y encuentro una que me viene que ni pintada para lo que quiero denunciar: “conjunto de factores que dan lugar a la tranquilidad y satisfacción humana”. Me explico mejor ahora el por qué de las pateras y los flujos migratorios en busca de esta mayor satisfacción de cada persona. El terremoto de Haití del pasado 12 de enero produjo 200.000 muertos,  250.000 heridos y dejó sin hogar a un millón de personas. Muchas de las pertenecientes a estas dos últimas cifras, es lógico que anhelen abandonar su país en busca de un suelo más seguro que no tiemble. Una  ínfima parte del mundo goza de esa cierta tranquilidad, mientras millones y millones de personas respiran intranquilos. “El bienestar social es una condición no observable directamente, sino que es a partir de apariencias visibles como se comprende mejor”  Forma parte también de la explicación descubierta sobre la prosperidad, y parece que Haití es una buena formulación. Sobre todo el trabajo, las condiciones laborales, una vivienda digna, la educación y la sanidad (esta última tan importante), son las principales patas que sustentan la gigante silla en la que los más favorecidos acomodamos nuestro bienestar personal y social. Digo lo de favorecidos porque no es lo mismo nacer en España, dentro de Europa (cuna del bienestar), que en alguno de los cinco países más pobres entre los pobres. ¿Sabemos cuáles son? Se lo digo: Malí, Niger, Guinea-Bisau, Burkina Faso y, por último, Sierra Leona.

Imagino que la teoría viene de sesudos que me quedan muy grandes, pero el caso es que el bienestar social está directamente relacionado con factores económicos objetivos. Entiendo, sin tanta cumbre, que la economía, los mayores recursos de un país, y las ganancias personales de sus ciudadanos, generan mayor bienestar. Los cinco países más pobres citados lo son en razón de un ranking periódico que lleva a cabo Naciones Unidas. En su evaluación tiene en cuenta la expectativa de vida, los ingresos, la salud y la educación, es decir, la falta de bienestar individual y colectivo. Leídas estas palabras (vida + ingresos + salud + educación), se las lleva cualquier huracán o terremoto. Pero elevadas a la realidad en África, Iberoamérica o Asía, se nos tendría que caer la cara de vergüenza. Y en lo que prometen muchos países ricos, que luego no cumplen, ni les cuento.

            Hablando del comportamiento de los ricos, la crisis económica hace tambalear todos estos logros alcanzados con el esfuerzo de años, y también, todo hay que decirlo, por las mejores bonanzas económicas de otros tiempos donde el dinero corría a raudales, aunque mucho fuera prestado. ¿Qué está pasando? Vayamos por partes. La crisis y el desempleo son sólo algunas razones esenciales que cangrenan y pueden derribar el bienestar social.  Leí un día que el trabajo es esfuerzo, pero también es sabiduría y constancia, saber qué se quiere hacer, y cómo hay que hacerlo y luego llevar a cabo esa obra con inteligencia. Los Gobiernos proporcionan (están en su obligación) un bienestar general, pero la sociedad beneficiada actúa en muchas ocasiones con voracidad, poca listeza,  y excesos que ponen también en peligro ese reparto equitativo de recursos a disposición de todos, incluso de los recién llegados. Por cierto, plantear ahora dejar a la inmigración no empadronada fuera de la cobertura social no es digno de un país democrático, ni mucho menos de una nación perteneciente a la Unión Europea. Allá cada uno con sus declaraciones y actuaciones, pero luego no se extrañen de ser señalados como discriminatorios, racistas o xenófobos.

            Hay que ir por el camino de cuidar mejor todos los logros sociales. Por ejemplo, una sanidad tan envidiada como la española cuesta millones de euros al día, y los usuarios debemos ser conscientes de ello para usarla con prudencia y sin abusos. Lo mismo se puede decir de la educación, de las pensiones, de las prestaciones a la seguridad social, asistenciales, laborales, por desempleo o familiares, sólo por citar las principales de una larga lista que sale de los impuestos de todos los españoles. Lo solemos poner de relieve continuamente “lo pago yo con mis impuestos”. Pero, ¿utilizamos adecuadamente todas estas prestaciones y más en época de vacas flacas? Las respuestas pueden ser muy amplias dependiendo de los casos. Quizás el ejemplo más contundente sea el de la sanidad, las intervenciones quirúrgicas innecesarias, el abuso de las urgencias, y especialmente el uso de los medicamentos. Los recursos no son ilimitados, pero muchas veces los ciudadanos nos comportamos como si fuera así. Los países con mayores prestaciones son al mismo tiempo los más trabajadores, productivos y competitivos. Así se pueden permitir las numerosas y diversas ayudas que se perciben de las propias empresas (hijos) o del  mismísimo Estado. En la medida que vamos siendo más, fruto del aumento de la natalidad o de la inmigración, hay que reforzar el sistema para que la cadena asistencial no se rompa. Exigimos mucho, tenemos también lo suficiente para vivir felices, pero el bienestar social necesita de una redefinición de nuestros propios comportamientos. Basta con pedir y utilizar sólo lo que necesitamos en cada momento, para  entre todos hacer posible que como los primeros años de un niño, sean los últimos de un viejo.

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