¡POR FAVOR, QUIERO COMER!

Hemos estado tan instalados en la normalidad (que es lo que debe ofrecer prioritariamente un Estado a sus ciudadanos), que parece que no queremos enterarnos de que el hambre ha regresado a España, porque hay tres millones de compatriotas que sólo les cabe ya encontrar diariamente un plato de comida caliente que llevarse a la boca. Nunca me ha gustado esta expresión estúpida de la “exclusión social”. Estamos cogiendo tal manía de enredarlo todo, para que no se entienda nada, que, ¡joder!, al hambre hay que llamarlo hambre. Toda esta millonada de ciudadanos con menos derechos que el resto, lo que más pide, es no ser olvidados. No voy a hablar de oenegés especialmente hoy, porque me quiero parar más en los ciudadanos anónimos que están poniendo todo de su parte para ayudar a los demás.

Da igual comida, que ropa, que dar unos cuantos euros, e incluso prestarse a buscar un trabajo, aunque sea temporal, a quien lo necesita. En los defectos de los españoles no está la solidaridad. Pero un país no puede jugarlo todo al compromiso social de sus ciudadanos. Europa y sus países han dejado tirados a los ciudadanos en general. Si eres capaz de cerrar los bancos para que no saques tu propio dinero, como ocurre en Chipre, quitar antes apoyos sociales de todo tipo, desde la comida a la sanidad o la educación, es haberse pasado mil pueblos. Si se pudiera presentar una moción de censura a toda Europa, habría que hacerla. Ya no sólo han defraudado. Han cometido la terrible tropelía de dar más cobijo legal a un banco que a tres millones de almas que, por no tener nada, piden por favor querer comer al día, mediante un simple plato de patatas o lentejas.

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