Paraísos fiscales para todos

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Los paraísos fiscales son la perversión de los sistemas democráticos,  porque son auspiciados y protegidos por los propios países que se denominan así mismos como ricos. El bienestar general se apoya en los impuestos y en una aportación equilibrada que no existe. Cunde el mal ejemplo que propicia la corrupción, las cuentas suizas y opacas en otros países donde rige la evasión fiscal. Hoy por hoy, no hay voluntad política ni civil para erradicar estos grandes desequilibrios, que amenazan con ser crónicos entre las generaciones futuras que se educan en tan malas costumbres.

En España se ha convertido en costumbre que personajes de lo más diverso hablen en televisión sobre la corrupción, las cuentas en Suiza y los paraísos fiscales, para luego resultar que son ellos los que más uso hacen de lo que critican.  Actuar así es síntoma de que el índice de moralidad en este país está bajo mínimos. Los ciudadanos asistimos entre incrédulos e indignados a esta hemorragia de casos que se suceden, mientras las generaciones más jóvenes asumen opiniones grotescas sobre cómo son las cosas, que no auguran nada bueno para sentar las bases de un buen país, justo, igualitario, y con oportunidades para todos.

Es verdad: en España se ven normales muchas cuestiones que son impensables en nuestro entorno europeo. A nada que apareció entre los “Papeles de Panamá” el nombre del primer ministro islandés, dimitió. Sólo los hechos (no las palabras) permiten afianzar la confianza en el sistema, y la credibilidad del mismo es permanentemente cuestionada con una cascada de casos que desmoralizan al conjunto de la ciudadanía. Querer explicar lo inexplicable, llegar incluso a mentir a la opinión pública cuando las pruebas son incuestionables, es desgraciadamente una forma de actuar muy nacional que nos hace perder reputación en el interior y en el exterior. La cuestión es regenerar, pero cómo. En primer lugar legislando. Es la ley la que acorrala a corruptos, evasores de impuestos y marrulleros financieros que optan por dejar en la estacada a su país a cambio de tener siempre más y ventajosamente en primera persona.

El índice de moralidad está bajo mínimos

 

Estamos también hartos de oír hablar de grandes multinacionales que no pagan en proporción a todo la riqueza que ingresan, y lo mismo digo de los paraísos fiscales que todos conocemos, que son muy criticados, que aparecen mucho en los titulares de los medios de comunicación, pero luego nadie hace nada. La última gran mentira es que Europa vigilará más los  paraísos fiscales y a las empresas y a los ricos que los utilizan. Pero, señoras y señores, si en la mismísima Europa tenemos a Suiza, Luxemburgo, Liechtenstein, Mónaco o Gibraltar, y ustedes no paran de alimentarlos con garantías jurídicas, protección política y un intercambio monetario constante. Lo de los paraísos fiscales es una gran patraña porque no interesa solucionarlo ni tampoco que se hable demasiado de ello. De ahí a que nos tengamos que plantear paraísos fiscales para todos. ¿Qué quiero decir con esto? Pues que en la medida que asistimos a las injusticias de quién paga más y quien paga menos impuestos, las convicciones ciudadanas sobre la aportación general al bienestar general se resquebrajan. Esta afirmación se demuestra con algo que vengo oyendo y leyendo en las últimas semanas. Cuando se le interroga en la calle a un ciudadano sobre qué haría en el caso de ser millonario, la respuesta no se hace esperar: tener una cuenta en Suiza y otra en un paraíso fiscal. Los Estados son conscientes de estos sentimientos y sensaciones en alza, pero no hacen nada para atajarlos. En la medida que presidentes de gobiernos, ministros, políticos, empresarios, actores, deportistas, futbolistas y demás aparecen en listas con cuentas opacas repartidas por los países donde se pagan menos impuestos, las malas hierbas crecen y se propagan.

Creo que nadie, a finales del siglo pasado, se podía imaginar un silgo XXI tan decadente. Impera lo que he venido en definir el sálvese quien pueda, y de ahí todos los casos de avaricia, corrupción, evasión de impuestos o sacar el dinero de un país cuando la crisis más lo golpea. Definirse patriota no es respetar sólo banderas e himnos. Es mirar por lo que te rodea, por el bien común, por un futuro para los que ahora tienen 15 o 16 años y los que estudian o empiezan a trabajar con poco más de 20. Esto sí es sentir orgullo de ser de un país y de pertenecer a su sociedad. Y mucho del retraso que aún tenemos aquí, o que no nos hagamos entender dentro y fuera como queremos, tiene que ver con los comportamientos. Entre estos malos comportamientos está lo del embudo ancho para mí y estrecho para los demás, querer hacer una obra en casa pero sin factura o soñar con tener cuenta propia en un banco Suizo. Siempre se ha dicho que los niños hacen lo que ven a los mayores; si es bueno, siguen el camino correcto; si es malo, un camino erróneo. ¡Pues eso!

 

Nadie podía imaginar un Siglo XXI tan decadente

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