Ojalá que llueva bocadillos de salchichon

Si me atengo a cuando Juan Luis Guerra canta que para que, con la realidad no se sufra tanto, ojalá que llueva café en el campo, soñar en voz alta desahoga y además es un gesto honroso frente a las penalidades y desesperanzas ajenas que crecen.

Las desigualdades aumentan porque los organismos monetarios todopoderosos han cogido el camino del más fuerte frente al de proteger al débil. Antes se llamaba el estado del bienestar, y ahora “allá te las apañes”. Drástico cambio que provoca, lo primero, secuelas cotidianas, como no tener para comer.

Crece el hambre en España. Me duele porque un estómago que cruje no tiene edades, pero me jode especialmente cuando son niños en edad escolar los que tienen que aprenderse que España tiene diecisiete comunidades autónomas, mientras se les cae la baba de sólo pensar en jamarse un bocadillo de salchichón. Reconozco que todo esto me rompe los esquemas y también el corazón. Caritas, Cruz Roja, las Cocinas Económicas, los bancos de alimentos y los economatos vecinales de barrio, están a reventar. Llevan años así. Unos meses da para más y otros para menos, pero siguen en la brecha como los auténticos jabatos solidarios, muy solos. De hecho, todas estas organizaciones son el auténtico muro de contención de que esta puñetera crisis no haya ido a más, incluida la violencia social.

Esa frase tonta de los brotes verdes que parece ser hoy patrimonio de todos los economistas que antes no aparecían, ¡hombre!, no se puede pronunciar con hambres. Los niños no tienen la culpa de nada. Sí, señor, de nada. No tienen la culpa del paro, no tienen la culpa de los desahucios, no tienen la culpa de la mangancia de las Preferentes, no tienen culpa de la quiebra de los bancos y cajas, ni mucho menos tienen culpa que desde Bruselas o en boca de una ejecutiva francesa de apellido Lagarde (que vive en el lujo de Washington), den órdenes de que hay que rebajar y recortar el pistón de todo. Cuanto antes, hay que dejar de hablar de la penuria de los niños. Entonces empezaremos a tocar las campanas por una buena cosecha económica, de crisis superada, y de que llueven bocadillos de salchichón para los niños que en la noche de hoy se van a ir a la cama con una galleta y un vaso de leche. No avergüenza lo que se piense fuera de nuestras fronteras por dar de comer a los hambrientos. Lo que avergüenza es nuestra propia vergüenza para reconocer que este problema existe y aumenta.

Imagen: “Golconda”, de René Magritte.

 

 

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