No renunciemos a mejorar

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Tiempo. Esperanza. Democracia. Razón y Dolor. Avanzamos o retrocedemos en base a que se den cada una de estas cinco circunstancias, que nos hacen ser mejores o peores de cara al mañana. No vivimos buenos tiempos, pero tampoco es como para renunciar a que, al finalizar un año, deseemos mejorar con respecto a más paz, más trabajo, más esperanzas de curación, mejor convivencia y mayor solidaridad.

 Si tras las doce campanadas del 31 de diciembre 2006, alguien hubiera vaticinado que en 2007 empezaríamos a sumergirnos en una profunda crisis económica, política y social, hubiéramos tachado de malnacido a quien se decantara por semejante teoría. Hemos inventado mucho, pero aún no existe la Máquina del Tiempo. De ahí que nadie pueda acertar de antemano el terror que se respira ahora en Francia. Nadie se imaginaba una Alemania tan potente que ensombrece con todo su poder al resto de Europa. Nadie alertó de la llegada de partidos y nuevos líderes reaccionarios como Le Pen o Donald Trump. Tampoco nadie, ni siquiera los servicios de inteligencia mejor preparados, esperaba que la herencia de Ben Laden fuera un ejército de asesinos que se hace llamar la Yihad, que significa por cierto el esfuerzo que todo musulmán debe realizar para que la ley divina reine en la Tierra. En resumen, ¿qué nos depara de bueno el futuro?

Siempre que acaba un año y empieza otro esperamos cambios a mejor. Creo que este año brindaremos con mayor deseo mental porque sea así. La raza humana ha caído muchas veces en el lado oscuro de su fuerza, pero, de una forma u otra, hemos sabido regresar a la luz que representa tomar las riendas de aquellos problemas que en ocasiones nos superan y darles una solución sensata. Trabajar hoy por el progreso del mundo necesita de auténticas ganas políticas y económicas. ¿Las hay? Últimamente los gobiernos ejecutan al dictado de una crisis que aún muchos no entendemos, y no actúan como deben con los auténticos retos que tenemos por delante. Está el ultimátum para la mejor conservación del planeta. Está la redistribución de la riqueza que no puede esperar a más objetivos antes no cumplidos. Esta una sanidad realmente universal que no permita hablar de 9 millones de niños muertos cada año en África. Y está reconocer que muchos de estos disparates que permitimos ocurren por no fortalecer realmente las democracias allá donde se usa tan mal este término. Pendiente tenemos igualmente retomar el impulso del empleo y dar soluciones a los problemas migratorios creados principalmente por las guerras habidas o en las que aún se combate.

Año tras año, estas grandes cuestiones de la humanidad se reescriben en los anuarios de noticias que se dieron en doce meses. Todo queda emplazado para el siguiente año. Nos falta realmente ambición. Lo apostamos todo a grandes cumbres políticas (¡que si el G-7, el G-8 o el G-20!) que poco o nada aportan, aunque cuentan con un coro de multitud de medios de comunicación al servicio del discurso de la satisfacción que insufle optimismo general. La realidad es bien distinta porque muchos ciudadanos de este idealizado mundo viven empobrecidos o desplazados de su lugar de nacimiento, convertidos en refugiados. En muchos aspectos seguimos anclados en el sistema surgido tras la Segunda Guerra Mundial, empezando por Naciones Unidas, un organismo tan caduco como las decisiones que en bastantes ocasiones no toma. Hay que reconocer saltos vertiginosos como fue la Caída del Muro de Berlín en aquella noche memorable del 9 de noviembre de 1989. Pero tenemos que contemplar que nos hemos quedado obsoletos en la resolución de algunos viejos problemas que necesitan una respuesta. Son pues muchos los muros que quedan aún en pie.

¿Qué tenemos que pedirle a los diez o veinte próximos años? Tiempo. Debemos ganar tiempo para construir una paz realmente duradera, comprometida ahora por el terrorismo. Esperanza. Porque con ella se logran cambios para las personas y situaciones personales concretas, como un empleo dignamente remunerado. Democracia. Ha costado mucho tiempo lograrla y sólo con su implantación se asegura una justicia social que dignifica la convivencia en igualdad. Razón. Medir siempre las razones que asisten a los pueblos en la búsqueda de mejores condiciones de vida para sus ciudadanos, muy diferente a cargarse de razones en lo que viene siendo una vieja diplomacia internacional que sólo hace que guerrear. Dolor. Luchar contra el dolor allá donde se produzca en forma de dictadura, injusticia, hambre, enfermedades, pobreza extrema, esclavitud, machismo, xenofobia, desigualdad o violencia contra las mujeres.  El mundo está bien si lo afirmamos desde el convencimiento de que nos queda aún mucho por construir socialmente. No soy capaz de predecir lo que viene, pero tampoco me inquieta si sabemos atajar bien cada nuevo traspiés que a buen seguro vamos a dar. Llegado a este punto, es donde vuelvo a echar de menos la existencia de la Máquina del Tiempo, y he de conformarme con un 2016 de oportunidades para quienes más las necesitan. No lo pretendía, pero he formulado mi primer deseo respecto al nuevo año.

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