Ni líderes, ni luces

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Hay como una veintena de problemas mundiales gravísimos, que requieren de liderazgo y luces en el horizonte. La irrupción de muchos pesos pesados de la política actual es producto del marketing rápido y efectivo, pero que luego nada aporta, al contrario. Para bien o para mal, dependemos de la relación de amor-odio entre los dirigentes de Estados Unidos, Rusia o China, a lo que hay que sumar una vieja política enfrentada al nuevo populismo. Desde luego, el panorama es como para apearse del mundo.

Nos hemos acostumbrado a que no llueva igual que a opinar sobre que el mundo puede seguir tan panchamente su vida, aunque escaseen los lideres inteligentes y con luces suficientes para llevarlo por el buen camino. Nada es un problema si la alta política internacional así lo asegura, por lo que no hemos de preocuparnos si la Antártida se derrite o el Mediterráneo se ha convertido en un mar gigantesco de refugiados balseros, huyendo de las guerras imperiales que se excusan desde siempre con mentiras.

Quitando que se cuele de por medio Cataluña y el plomo de Puigdemont, todo lo que sucede en la etapa actual de la historia gira en torno a cinco cuestiones esenciales, que son las que a fin de cuentas inclinan la balanza a la hora de decir que no hay ni lideres ni sagacidad (comprender con claridad). Se trata de EE.UU/Trump, Rusia/Putin, China/Xi-Jinping, la vieja política/Europa y el populismo/nuevos partidos y el resurgir de los nacionalismos.

El presidente estadounidense Donald Trump no lleva un año cumplido en el cargo, y ya está reñido con medio planeta. No sabe lo que es la diplomacia, y no la asumirá jamás, porque a él lo que le pone es pasar la noche viendo la televisión y durante el día usar Twitter para meterse en todos los charcos posibles. No se conoce que haya entablado amistad estable con otro dirigente mundial, y está sacando a Estados Unidos de todas las organizaciones internacionales que puede. Lo malo no es que borre a su país de la Unesco, es que nos meta a los demás en líos morrocotudos. Clinton firmó le Guerra del Golfo, Bush hijo la de Irak y Obama las de Afganistán y Siria. Es como si poco o nada hubiere que predecir respecto a lo que hará Trump.

 “Nada es un problema para la alta política, ni que la Antártida se derrita o que el Mediterráneo se llene de refugiados balseros”

Alemania se rehizo bien tras la caída del Muro, pero no ocurre lo mismo con la antigua Unión Soviética. Rusia no se acomoda a su nueva situación en el mapa, y su nombre sale a relucir en manipulación de elecciones, apoyar nacionalismos trasnochados como el de Artur Mas, injerencias a través de Internet y las redes sociales y demás. Parece sentirse cómodo en su papel de chico malo del barrio, sino fuera porque la estabilidad política de muchos países, incluida España, se ve afectada por supuestas conspiraciones que se fabrican en el laboratorio del Kremlin.

China está cercana a Rusia; aspiró a ocupar su papel de segunda superpotencia mundial; aunque la contradicción habla mandarín. Las amenazas bélicas más serias se localizan en Asia, y los intereses geoestratégicos chinos impiden disipar estas advertencias. Dejar que se enzarcen dialécticamente un Donald Trump y un Kim Jong-un, mandatario de Corea del Norte, es una temeridad global. Tarde o temprano, China tendrá que decidir con quién está. Los dirigentes actuales de Estados Unidos, Rusia y China tienen una peculiar opinión de lo que es y cómo debe funcionar una democracia. Aquí radica el problema principal y las incertidumbres para lo que pude o no puede pasar el día de mañana.

La vieja política, pongamos que hablo de Europa, está muy descolocada frente a estos escenarios. El Viejo Continente llevaba medio siglo pegado a las faldas de Estados Unidos, pero ahora, el Washington de Trump y su gobierno de magnates, va por libre. Lo mismo le pasa a Londres, que pagará muy caro el Brexit y todo lo que conlleva. Pero sucede que Bruselas ha perdido el papel de árbitro de las peleas entre gallos planetarios (Estados Unidos, Rusia y China); la ONU, como Naciones Unidas que es, se muestra un proyecto agotado, y nunca pensé que yo mismo iba a reivindicar cumbres mundiales por el entendimiento en lo que sea. No vamos a ninguna parte con el similar sentir de cada bloque, el América para los americanos, Europa para los europeos (y los refugiados recluidos en Turquía previo pago), Rusia para los rusos y China para los chinos.

Todos son tumores que propician nuevos populismos desafiantes a la vez que desconcertantes. Desafiantes porque presentar cambios, sobre todo frente a la vieja política, no está mal de partida. Pero cuando el contagio de lo ya existente (privilegios del poder) se hace patente, y afloran nacionalismos que conllevan ideas totalitarias que nos retrotraen a pasados desastrosos, ¡apaga y vámonos! El orden mundial siempre ha sido cuestión de buenos o malos líderes, intereses económicos, y del balance de beneficios de la industria militar. La población, el clima, los alimentos, las energías, el agua, la contaminación, la migración, los avances en la ciencia y la medicina, las enfermedades, el control del poder, el impulso a las democracias, frenar las desigualdades y la corrupción, por supuesto el empleo, estabilizar las economías, en especial las más pobres, cuidar los mares y velar mejor por el espacio exterior… ¡Anda que no hay cosas que hacer para que nuestros líderes estén tan reñidos!. Ni están, ni se les espera, ni tampoco demuestran olfato para atajar los problemas amontonados. Para ninis, ellos.

 “El orden mundial siempre ha sido cuestión de buenos o malos líderes, intereses, y del balance de beneficios de la industria militar”

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