Muro caído, muro levantado

Desde que el ser humano es Homo sapiens, siempre ha levando muros, vallas y alambradas para proteger lo que considera suyo. Las mejores ciudades medievales que se conservan, son todas amuralladas, y así, levantando muro tras muro, llegamos un día al horror del Muro de Berlín, felizmente derruido, aunque no conllevara acabar al tiempo con esta costumbre de construir en cada siglo de la historia algún alto e inexpugnable, digámoslo claro, algo vergonzoso. Protestamos pues (algunos) contra muros y alambradas que atentan contra la misma humanidad que las crea. Y lo hacemos a sabiendas de que vivimos en urbanizaciones cercadas y que entendemos la riqueza empezando por la casa soñada que tenga un gran portalón de entrada y un muro bien alto y caro circundando toda la propiedad.

Todas las civilizaciones lo hacen. ¡Que son sino las pirámides egipcias o aztecas! Se levantaron con la idea de que nadie penetraría jamás en ellas, como las verjas quieren impedir hoy el salto de los subsaharianos de un continente a otro.  Pero hay muros y muros. Donald Trump, el candidato republicano a la Casa Blanca – y faltón profesional de periodistas que le preguntan-, quiere levantar un muro que separe definitivamente a Estados Unidos del resto de las Américas. ¡Por Dios, este es el mundo que queremos y que se avecina! Este candidato quiere expulsar a 11 millones de inmigrantes, aunque no hay que ir tan lejos para ver el absurdo. En Bruselas se recorta desde hace años la obra pública pero hay dinero para  levantar muros y alambradas que disuadan el flujo de inmigración que ya llega de casi todas partes.

La gente no huye de sus países por capricho. Lo hace por  guerras, conflictos, paro, hambre, enfermedades y necesidad en general. ¿Por qué hay que acostumbrarse a la cifra escalofriante de niños que mueren al día en África, si pueden llegar a vivir en otro punto del globo?  Tenemos tendencia natural a vivir donde nacemos y no se aprende por gusto otro idioma diferente como el inglés, francés, alemán o español de los países de acogida que te dan trabajo y porvenir. Marchar de algún lugar concreto sin saber si regresarás, es un paso difícil de dar que no se hace al tun tun (“tun tun,  ¿quién es?, abre la muralla”). Se hace para subsistir. Europa ya no es el destino porque no quiere abrir sus puertas a nadie más. Los líderes y sus partidos hablan un mismo lenguaje al respecto, aunque en ocasiones puedan surgir matizaciones o proclamas apocalípticas como la reciente llegada desde Italia y que habla de una caída de Europa sino se pone freno a la inmigración incontrolada.

Un mundo de todos tan sólo está en los poemas y las canciones. En los años 60 y 70 del siglo pasado se dio la bienvenida a los inmigrantes porque había que poblar países, y era necesaria una mano de obra abundante y barata. Nada de este nuevo siglo se parece a lo que prosperó antaño, si exceptuamos la insistencia de levantar paredes lisas que nadie logre saltar. Estados Unidos y la Unión Europea se cierran al resto del mundo. Son considerados paraísos para vivir en libertad y con mayores posibilidades de subsistir que en el Cuerno de África. Casi nadie sabe qué países conforman este cuerno: Eritrea, Etiopía, Kenia, Somalia, Sudán, Sudán del Sur, Uganda y Yibuti. Ahora que lo han leído, ya sé en lo que piensan, en hambre y ébola. Para esto se levantan los muros, para dejar todo tal y como está.

 

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