Madres y padres de la crisis

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Nunca se reconocerá suficientemente el papel decisivo que han jugado las familias para amortiguar los estragos de esta crisis, con el paro y los desahucios a la cabeza. Con tantas situaciones vividas al límite de lo económico, social e incluso alimenticio, siempre habrá una historia que contar en torno a que madre sólo hay una. Estados y gobiernos, con sus protecciones y desprotecciones, tienen en la unidad familiar el mayor logro y el mejor ejemplo a seguir de lo que supone reaccionar auténticamente cuando vienen tan mal dadas.

Cualquier causa cobra una fuerza inusitada si se le antepone la palabra madre. Hay madres contra la droga, la represión o la trata de personas. No hay muros ni dictaduras que no caigan ante el reproche continuado de unas madres. Las Madres de la Plaza de Mayo, en Argentina, es el ejemplo más claro a la vez que triste, por lo que supone recuperar en el tiempo a unos hijos y nietos robados del hogar de sus familias naturales. No basta con valorar un bonito gesto, pongamos como ejemplo un gesto humanitario, sino lo pones de relieve para conocimiento general. Las calles estarían hoy llenas de desahuciados de no ser por la intervención de las madres y padres que en la pasada crisis (que es lo mismo que decir la crisis actual) se hicieron cargo de las penalidades de los suyos.

Estirar las pensiones, acabar con los ahorros de toda una vida, y volver a esa antigua unidad familiar donde conviven abuelos, hijos y nietos, es la historia de la crisis española nunca suficientemente contada ni valorada. Hemos ido así para atrás, aunque sintiendo en paralelo orgullo de que, a las malas, siempre quedan los tuyos. Como este país no es nada fácil para los reconocimientos, algún día habrá que echarse a la calle para gritar todos juntos “¡gracias mamá, gracias papá”. Nos dieron la vida, sustento y buena educación. Supieron transmitir un anhelo para prosperar mediante el esfuerzo y el trabajo, y cuando sin previo aviso llega esta tremenda crisis, vuelven a estar a nuestro lado calmando en muchos casos la desazón de haberlo perdido todo,  como trabajo y casa.

“Las calles estarían hoy llenas de desahuciados de no ser por los padres”

Hay que rechazar los malos vientos actuales que nos llevan a pensar con demasiada ligereza que nuestra vida va a estar siempre ligada a la de nuestros hijos, porque no tienen porvenir. ¿Qué manera es esta de pensar en un país con la historia del nuestro? Siempre he confiado más en el orgullo de ser persona, que en símbolos, banderas y marcas nos saquen de atolladeros en los que nos metemos de habitual, casi siempre por lo mismo: avaricia. Veo mucho de esto (y me preocupa) en el candidato Donald Trump, en su deseo de ser presidente de la potencia más grande y poderosa del mundo. Sí, por más discusiones bizantinas que se propaguen, la familia resulta casi siempre el antídoto contra recortes, ajustes, desempleos y desahucios. Pongamos que estoy hablando de la historia de esta gran primera crisis del nuevo siglo, y pongamos que la familia ha sido refugio, consuelo y salida para cientos de miles de casos que no han tenido suerte dentro de este capitalismo depredador que lleva años echándole la culpa de sus males a algo que llaman mercados. Como nunca lo he entendido, me refiero a eso de echarle la culpa al empedrado, no añadiré nada al respecto.

El énfasis de esta crisis habría que ponerlo en todo lo malo ocurrido, cimentar unas nuevas bases de conducta y moral, y partir del ejemplo de hasta dónde son capaces de llegar unos padres para proteger la desventura no buscada de sus hijos. Somos dados a pensar que un Estado es como una gran madre protectora de sus ciudadanos. En realidad, la lucha por alcanzar las democracias, y con ellas derechos, da sentido al deseo de esta tutela y protección. Con democracia y sin ella, no atravesamos buenos años para dar sentido a lo que realmente tenemos que hacer con determinadas cuestiones básicas. Pienso en los refugiados, en las madres que dejan atrás y en las que también van en estas columnas de apátridas sin derecho a vivir dentro de Europa. Pienso en los parados de larga duración que cada poco vuelven a la angustia de que se les prorrogue la ayuda necesaria para vivir. Lo que no acierto es a meterme en la cabeza de unos padres que vuelven a recoger a sus hijos,  cuando les daban por independizados del hogar paterno. No hay duda de que el Día de la Madre y el Día del Padre son un invento del marketing, pero  bienvenidos sean. Hoy por hoy, a falta de decisiones de mayor calado para reconocer su labor desde que nos dan la vida, son momentos para dar las gracias por lo mucho que hacen aún por nosotros. La crisis les ha puesto a prueba una vez más, porque muchos han conocido una brutal guerra civil y una posterior postguerra llena de hambre y miseria. Ellos no entienden de decisiones de la Comisión Europea, de rebajar el déficit público o de reformas laborales, que trastocan todo lo anterior existente en materia de trabajo. Entienden lo que entienden: proteger a la familia de las consecuencias de una crisis sobre la que aún queda mucho por contar y escribir. Hoy he empezado por las madres y los padres que son los que más y mejor la han amortiguado.

  “Hay que cimentar unas nuevas bases de conducta y moral”

 

 

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