Los españoles ante la España del 18

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Los españoles no estamos hechos de la misma pasta que los italianos, a la hora de vivir inmersos en constantes crisis políticas o de gobernabilidad. Puede que los cambios que se avecinan nos lleven a  escenarios hasta ahora desconocidos. En todo caso, cabría esperar de todos los partidos la adopción de los necesarios reajustes en el sistema para abordar nuevos tiempos, sin perder nunca de vista que lo principal son los problemas y demandas ciudadanas, que crecen, para vivir mejor de lo que lo hacemos ahora.

La España de 2018 está repleta de problemas políticos y sociales, y son muchos los españoles que se preguntan hacia dónde caminamos y cuál es el porvenir inmediato con tantas crisis a cuestas. Hay cinco sectores de población que se lo pueden cuestionar con más razón. Primeramente está el 22% de los hogares que no llegan a final de mes. Después los desempleados de larga duración, algo de lo que casi ya no se habla, pero ahí está. Siguen los jóvenes en busca de trabajo y el que encuentran es de una calidad pésima. Hay que pararse obligatoriamente en las mujeres y sus derechos a cobrar lo mismo que los hombres. Y terminamos el circulo con los pensionistas y sus muchas y razonables preocupaciones.

Es obvio que hemos vivido cuarenta años de asentamiento democrático, satisfactorio funcionamiento de nuestras principales instituciones de Estado y territoriales, y un desarrollo y despegue económico sin precedentes en toda la España anterior a los años 70, con la llegada de la anhelada transición de la dictadura a la democracia. Soy de los partidarios de que cuando todo funciona bien no hay que tocarlo, pero ya no es nuestro caso. Gran parte del periodo democrático lo vivimos con todo el dolor por los sistemáticos asesinatos de la banda terrorista ETA en su intención de un País Vasco independiente. Con sangre, sudor y lágrimas superamos esa etapa, y hoy vivimos hasta el hastío el separatismo catalán que nos pone contra las cuerdas a nivel interior y exterior, principalmente dentro de una Europa en la que cada país miembro va por libre. Lo que era una política común, hoy es más individualista, y todo por el Brexit o abandono de Inglaterra de la Unión Europea, que supone el fin de lo que era una Europa como bloque político, económico, social, migratorio, judicial y militar.

“El separatismo catalán nos pone contra las cuerdas a nivel interior y  exterior, dentro de una Europa en la que cada país va por libre”

La gran inestabilidad política que vivimos hoy no tendría mayores consecuencias, si nuestra experiencia histórica fuera similar a la de otros países que la viven de habitual. Me viene a la memoria Italia, Bélgica o la actualidad diaria en Estados Unidos, con un hooligan de la constante provocación política, a través de Twitter, como es Donald Trump. Aunque nosotros no estamos hechos de este árbol. Quizás nos lo tengamos que hacer mirar, máxime entre tanto vaivén de cambios, y lo que está por venir, que me temo irá a peor. Cabría estar totalmente preparados ante estos nuevos escenarios políticos, porque la soledad impera cada vez más en las relaciones internacionales, y solo hay que ver el brusco giro, del tuteo al usted, entre países como Estados Unidos, Rusia, China, Alemania, Francia e Inglaterra. No son enemigos, pero ya no tan amigos. La irrupción en la política de personajes incontrolados y nacionalismos intolerantes y racistas, no hablan bien del futuro. Seguramente muchos ciudadanos no lo expresan de habitual, pero sienten añoranza de la política que arregla problemas en vez de crearlos. Y es aquí donde volvemos a los asuntos de casa, mirando a los  hogares, sus  ingresos, el acceso a la educación, la sanidad y el bienestar general, tan incierto ahora. Este lenguaje ha sido sustituido por los casos de corrupción, el enfrentamiento total, los juicios continuados, además de las formaciones favorables y contrarias a las reformas del sistema que nos hemos dado. Si no estamos ya en el límite, poco falta. Es cierto que España ha sabido salir de muchos de los laberintos en los que se ha visto inmersa, y el más reciente ha sido una dramática crisis económica que ha dejado demasiadas secuelas que también requieren de compensaciones.

Para todo, la política se ha de normalizar, porque a los problemas de casa se suman los que nos pueden crear nuestras viejas enemistades exteriores que, a lo que se ve, no han cambiado con el tiempo. El caso es que España y su sistema democrático no pueden estar en entredicho, sea por lo que sea. Lo que está en juego no es solo la fuerza y seguridad como país. Nos interesa, en primer y último lugar, el bienestar general de todos los españoles, sean jóvenes o mayores, trabajadores o parados, hombres o mujeres. Así se funciona en la Europa más fuerte, que sigue desprotegiendo en lo político, social y económico a los países del sur. La crisis económica fue el punto de partida, y ahora estamos en la fase política de quien es más democrático que quien. Mal rollo al que sumamos una gran inquietud política interior, que no debe olvidar nunca la mejor gobernabilidad para el conjunto de los ciudadanos, sus preocupaciones y aspiraciones, sin desdeñar a las nuevas generaciones que no se conforman con votar cada cuatro años, porque exigen cambios reales que nos acomoden mejor a estos  nuevos escenarios mundiales que tanta incertidumbre y preocupación crean.

 “Muchos ciudadanos no lo expresan de habitual, pero sienten añoranza de la política que arregla problemas en vez de crearlos”

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