La suerte es dónde naces

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La llegada de Donald Trump a la Casa Blanca me generó el pensamiento instantáneo de que, en este mundo, lo importante, es  la suerte de dónde te toca nacer. De ser en un sitio u otro, esquivas el hambre, las guerras, las dictaduras, las injusticias, ser un refugiado, un inmigrante, o el abandono total hacia el ser humano que propicia unas previsiones tan distantes como vivir mejor o morir más rápido. La creciente desigualdad entraña ya un riesgo real de ofrecer soluciones a los problemas anteponiendo racismo, xenofobia y levantar muros. Más que nunca, quiero confiar en que las nuevas generaciones cambien algún día las cosas.

Es vergonzoso nacer pobre. Cuando ocurre así, que es lo habitual en muchos puntos del planeta, hago mía esa frase anónima de que nacer puede ser el primero y el más horrendo de todos los desastres. Nuestros niños se educan fatal, y lo digo porque les enseñan el mapamundi y han de aprenderse las capitales del mundo, pero nadie les hace reflexionar acerca de los diez países más pobres de la Tierra y el por qué. La mayoría de estos lugares son africanos y, por decencia, los voy a citar: Níger, Etiopía, Mali, Burkina Faso, Burindi, Somalia, República Centro Africana, Liberia, Guinea y Sierra Leona (la lista es mucho más larga). Entre esta mala educación en las escuelas y la farsa que es la solidaridad como la entendemos hoy en día, hay millones de personas por todos lados que no importan a nadie. Nacen, viven y mueren como un número más dentro de la ruleta de la suerte que es la pobreza. No atisbo a vislumbrar algo más inhumano que permitir que otros mueran de sed, hambre o por falta de una simple vacuna.

 Tras haber ganado las elecciones de los Estados Unidos el republicano Donald Trump, el primer pensamiento que me vino a la cabeza fue que, realmente, la suerte viene por dónde se nace. Este señor ha llegado a la Casa Blanca prometiendo que va a levantar un muro en la frontera con México; que va a expulsar de Norteamérica a todos los musulmanes que pueda, impidiendo a la vez que entren más; y va a revisar, sino anular, los tratados comerciales que se vienen fraguando, cerrando más su nación a los productos Made in Usa que a los que proceden de otros lugares del mundo, que también tienen derecho a exportar y a comer. Pero es que cuando reflexionas en la suerte que es realmente nacer en algún país rico, civilizado y democrático, en vez de en el Cuerno de África, no puedes hurtar la verdad que supone encima el rechazo nacionalista y xenófobo que también existe ahora en la Unión Europea, y su política, completamente equivocada a mi juicio por lo que tiene de deshumanizadora, con los refugiados de Siria y otros puntos donde la guerra, el hambre, e incluso las culturas tan cerradas, expulsan a millones de seres humanos de aquellos lugares donde han nacido para malvivir.

 “Entre la mala educación en las escuelas y la farsa que es la solidaridad como la definimos hoy, hay millones de personas que no importan a nadie”

Casi siempre se define al mundo como un gran territorio de territorios donde conviven seres humanos, pero la falta cada vez más de humanismo en el trato entre unos y otros resulta ya crónico. Mi concepto del humanismo se basa sobre todo en el respeto a los valores humanos y dentro de ellos destaco la paz, la convivencia, el respeto mutuo, la igualdad, la justicia, la ayuda y la erradicación de las grandes distancias que hay entre países y personas, que nos hacen hablar de ricos, pobres y los condenados de la tierra. Ya nadie habla de los Objetivos del Milenio, esencialmente en lo que supone acabar con el hambre, pero tampoco se habla de Haití, y su último terremoto. El recuerdo dura lo que hablan del asunto los telediarios internacionales hasta una semana después, como mucho, de haber ocurrido estos desastres naturales y humanos.

Que en las elecciones democráticas de muchos países ganen los líderes que ganan, habla mucho y mal de que vamos por camino erróneo, porque estamos cambiando el término civilización (de civilizados) por el sálvese quien pueda. Con la llegada de Donald Trump todo son malos augurios y presagios, pero no dejamos de ser unos hipócritas de libro porque antes de este nuevo líder mundial las cosas no podían ir peor, pensando como pienso en los países y sus habitantes completamente desheredados de todo. Llevamos años y años entrando (sin salir) en guerras continuadas, casi siempre provocadas por el control de las materias primas y de los recursos energéticos como el petróleo o el agua. Las excusas para invadir países que pueden tener armas químicas resultan patéticas. Líderes como Trump llegan por el hartazgo de muchas y variadas cuestiones pero, una vez más, lo voy a simplificar en que los gobiernos no hablan el mismo lenguaje de sus ciudadanos, y los estadistas huyen de los problemas cotidianos de la calle. De ahí el divorcio que hay con lo que denominamos las viejas costumbres de las democracias, desde crear crisis económicas cuyo origen real desconocemos, a involucrarse en conflictos de todo tipo que el votante normal no alcanzará jamás a comprender. La gente quiere trabajo, progreso y seguridad. Lo primero escasea, lo segundo parece un espejismo y lo tercero está en cuestión y sino que se lo digan a Francia. Cualquiera que manipule electoralmente estas cuestiones, prometiendo el oro (que casi siempre resulta falso), saca ventaja. No me gustan tantos augurios que se están haciendo sobre cómo discurrirá la próxima presidencia del 45 presidente de los Estados Unidos, porque la pregunta que me hago es más genérica: ¿Hacia dónde vamos en este siglo XXI? Depende en el país en que se nazca, la cuestión es más fácil o difícil de responder. Desde luego, para volver a la sensatez y al humanismo de base, mi confianza está puesta totalmente en la jóvenes y en todo lo que creen dentro de un futuro que quiero sea prometedor para ellos y para los demás.

 “Para volver a la sensatez y al humanismo, mi confianza está puesta totalmente en los jóvenes y el futuro que creen”

 

 

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