LA OSADÍA DEL PODER

Haber sido presidente o consejero de una entidad financiera como una caja de ahorros quebrada, para terminar declarando en la investigación judicial que ocupabas un puesto en el que no entendías nada de números, es una de las mayores osadías del poder con la que el incrédulo ciudadano se puede topar. El déficit democrático español viene de que, por un lado, estas decisiones tan irresponsables se puedan tomar, y, por otro, nadie paga porque una entidad se vaya al traste con millones de pérdidas, cuya reposición más tarde recae sobre el bolsilla de cada español. Los habitantes de este país somos buenos chicos y nos las dan todas con queso. Nadie nos ayuda a llegar a fin de mes; no hay créditos para los de a pie, y te acuerdas más de las madres y padres de las subidas de comida, impuestos, agua, luz y basuras, que los recortes en prestaciones que también joroban porque pesan en la anoréxica cartera. Un periodista no puede construir un puente, al igual que un maestro de primaria no puede dirigir una caja de ahorros. Son cuestiones lógicas, pero la lógica no es que haya imperado demasiado en la política nacional y autonómica, hasta que hemos visto las orejas al lobo.

El resquemor vigente es que nadie paga por haber llevado este país al desastre. Cada nueva declaración ante un juzgado de alguno de los que ha contribuido a la ruina general, resulta una sarta de justificaciones idiotas de no tener la culpa de que le colocarán en puesto de tanta responsabilidad, o no tener la preparación exigible en un terreno, el financiero, que parecía tan serio y que ha terminado en charlotada. Años les va a costar a los bancos españoles recuperar la credibilidad. Los mismos que gastaban a raudales la liquidez de euros gracias a los clientes, les engañaban después con hipotecas imposibles o preferentes que también están denunciadas por usura o directamente por estafa. Es lo que tiene la osadía del poder: actuar con una normalidad pasmosa que no tiene defensa alguna dentro de lo que es razonable. Pero también lo ético, responsable, justo, transparente y asumible, se ve gravemente alterado por malas prácticas y decisiones que nos arrastran a todos al lado oscuro. ¿Se ha aprendido la lección con la crisis? Mucho me temo que no.

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