La libertad a veces no es elegante

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7 de julio de 2016, San Fermín. Cae la noche en Pamplona camino de la madrugada. Una “Manada” de cinco animales con dos patas acorrala y viola a una joven de 18 años en un oscuro portal de una céntrica calle de la ciudad. Amanece en un país que grita una vez más “basta ya”. Dos años después llega la sentencia. Las calles se han vuelto a llenar de manifestaciones que reiteran el machismo rampante de una sociedad que habla de igualdad, a la vez que pide distinguir entre abuso sexual, agresión y violación.

Coco Chanel, la gran diseñadora de alta costura francesa nacida en 1883, me abrió un día los ojos a cerca de que la libertad es elegante, aunque ahora albergo dudas tras indignarme con la sentencia de la Audiencia de Navarra que exculpa de violación a los cabestros humanos conocidos ya por siempre como “La Manada”. Quienes escribimos asiduamente ponemos atención en  hacerlo de forma sencilla, directa y clara, pero hay veredictos que marean, por lo enrevesado de un lenguaje que te lleva a consultarle al diccionario la diferencia entre abuso sexual, agresión o violación.

Creo que todo el mundo sabe a estas alturas lo que ocurrió en un portal de la calle Paulino Caballero de Pamplona, en la triste madrugada del 7 de julio de 2016, San Fermín. Los que no estuvieran informados, saben dos años después lo que es un rechazo unánime de las mujeres a un dudoso castigo que, por si fuera poco, ha contado con el voto exculpatorio de uno de los tres magistrados instructores. Lo que ha ocurrido tras leerse la sentencia es más de lo mismo que se dice siempre. Que si la ley no esta clara y hay que cambiarla. Que  deben respetarse las sentencias, aunque no se compartan. Que se trata de una decisión salomónica… Resultan más convincentes muchas de las opiniones, en su mayoría de mujeres, que coinciden en transmitir, a viva voz pero también en silencio, indignación, sobre todo indignación. Desde la Transición, ya en democracia, este país no ha zanjado bien el capítulo de un predominio masculino, y los textos, literarios, legales, jurídicos, o periodísticos, tienen pasajes de machismo, que imposibilitan una adecuada concienciación social sobre que hombres y mujeres, mujeres y hombres, somos iguales.

 “Desde la Transición no hemos zanjado bien el capítulo de que hombres y mujeres somos iguales”

La frágil sentencia sobre “La Manada”, por decirlo de forma suave, aumenta el daño infringido de por sí a la joven madrileña en aquellos lamentables Sanfermines. Cuando se percibe impunidad se produce un efecto dominó que genera desprotección, que desemboca a su vez en miedo por parte de miles de mujeres que se han quedado heladas ante lo ocurrido. Son tantos los testimonios que me han llegado tras esta primera (espero) sentencia del 26 de abril de 2018, que no miento si digo que hay mujeres que se plantean cómo vestir, no vaya a ser que provoquen la excitación de algún hombre, y la cosa termine mal. El miedo es libre pero cuando la libertad no es justa ni elegante, hace que el temor aumente. Hasta hace nada, consideraba que nuestro sistema se inclina por lo equitativo, muy seguro también de que la democracia es la menos mala de las formas de gobierno, como dijo en cierta ocasión Winston Churchill. Hoy pienso que debemos acometer una reforma de arriba abajo de ese sistema, ya que ningún país que se considere avanzado puede consentir que el trato a la mujer sea, en demasiadas ocasiones, vejatorio, discriminatorio, diferente o brutal.

Ya sabemos de nuestra afición a considerarnos los mejores del mundo mundial. Cada día nos lo recuerda la televisión: España se vende como la primera en todo. Hasta que llegó la crisis de 2007 y nos dimos de bruces con la realidad: mucho era un sueño y pura exageración. Lo mismo con las mujeres y con voces interesadas que las tildaban como las más competentes para todo, pero que con la escasez de trabajo sugerían a su vez que regresaran a las labores de su casa. Volvimos a caer en la cuenta, por la tozudez de los hechos (asesinatos, violaciones, palizas, insultos y  declaraciones misóginas), que en este país hay un fuerte hedor machista y sexista, que incluso crece entre las nuevas generaciones, pensando como pensábamos que habían sido educadas en valores de igualdad mucho mejor que nosotros. ¿Qué ha ocurrido entonces para llegar a todo esto? Pues yo diría que la culpa está en el pensamiento propio. Dicho de otra manera, una cosa es lo que se habla y otra muy distinta lo que se siente de verdad. De puertas para afuera, todos somos mujeres en un momento dado, siempre cuando más sufren. Pero lo preocupante es lo que hay en nuestro interior, lo que creemos de verdad respecto a nacer seres iguales que debemos convivir como tales. Ese mismo yo que nos hace caer en la trampa de dilucidar la diferencia entre abuso sexual, agresión o violación, cuando no hay otra realidad que a una mujer más se le ha infringido todo a la vez y el sistema reacciona así, sin saber dar una explicación convincente a semejante despropósito. Como escuché también en estos días en boca de una madre anónima, ¿cómo se lo explico yo ahora a mi hija?

 

 “Debemos reformar el sistema porque no se pueden consentir un trato hacia la mujer vejatorio, discriminatorio o brutal”

 

 

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