La economía que vale es la familiar

Recobrar la confianza ciudadana, tras una tremenda crisis, se gana con la creación de empleo juvenil decente, apoyando las economías familiares con incentivos al ahorro, y promoviendo el equilibrio entre los grandes beneficios de las empresas y el reparto justo de los mismos entre los trabajadores.

Como parte de las promesas que se hacen y que no se cumplen, ante los muchos recortes de la crisis se habló de lo justo que sería compensar a las familias cuando se llegara al final de aquel trágico ciclo económico. Hay muchas consecuencias colaterales a la crisis, pero me gustaría destacar lo que supuso para los pensionistas, y también para dejar secuelas que aún subsisten como los miles de hogares que no llegan a final de mes, a los que les está también vetada la capacidad para ahorrar.  

Vivimos una época en la que solo se habla de impuestos, y la necesidad de elevarlos para aumentar la hucha del Estado que afronta todos los gastos en servicios, especialmente la educación y la sanidad. Denoto una total ausencia de autocrítica sobre lo que han supuesto diez años de crisis, junto a la necesidad de hacer cambios y tomar medidas que eviten en el futuro volver a pasar semejante trago. Aprecio también que no se ha adoptado una sola iniciativa que suponga en sí favorecer la recuperación de las economías domésticas, que son la base de todo, pese a estar tan olvidadas. Este 2019 está suponiendo un año descontrolado en cuanto a subida de precios en todo, sin que a nadie le preocupe si los hogares pueden hacer tantos esfuerzos de tener que pagar más por las cosas de consumo habitual.

“Este 2019 está suponiendo un año descontrolado en cuanto a subida de precios en todo, sin que preocupe si los hogares pueden pagar más”

Hay que volver a alentar el ahorro, pero siempre y cuando se pueda realizar, porque ahora la realidad está en lo poco que se cobra, mientras las ganancias de las empresas no es que disminuyan precisamente. Tanta prejubilación tiene por finalidad mandar a casa a los trabajadores que se consideran caros, para sustituirlos por jóvenes mileuristas. A esto simplemente se le puede denominar como ir tirando, sin que al tiempo se ofrezcan respuestas ajustadas al deseo juvenil de poder contar con una vivienda e independizarse, como antes hicieron sus padres.

Tal como un febrero de 2012, el Consejo de Ministros del Gobierno de España aprobó una reforma de la legislación laboral, de la que también se dijo que podría ser reconsiderada una vez saneada la economía. No ha sido así. En cambio, chirría más que nunca la letra de este decreto-ley que se proponía “facilitar la contratación, con especial atención a los jóvenes y a los parados de larga duración, potenciar los contratos indefinidos frente a los temporales y que el despido sea el último recurso de las empresas en crisis”, además de “acabar con la rigidez del mercado de trabajo y sentar las bases para crear empleo estable“. ¡Sin comentarios! El caso es que los hechos son tozudos, y España sigue siendo uno de los mercados laborales europeos que cuenta con peores expectativas a corto, medio y largo plazo. Nuestros jóvenes emigran, incluso con la contrariedad que pueda suponer lo que pasa con Inglaterra y el Brexit. Sencillamente, el empleo está fuera mucho mejor y más pagado.

La última crisis dejó muy tocada la credibilidad de la Unión Europea, y su retorno a la confianza ciudadana debe venir de la mano de tomarse muy en serio tres cuestiones: la creación de un trabajo juvenil decente, asegurar las economías familiares con ayudas e incentivos al ahorro, y promover la recuperación del equilibrio entre los grandes beneficios de las empresas y el reparto justo de los mismos entre los trabajadores. Europa debe ser más tajante con sus Estados miembros en crear una auténtica unidad laboral, y no solo monetaria en lo que es el euro como moneda común. España no es un buen ejemplo dentro de la UE, pero no hay que olvidar las culpas de Bruselas y del Fondo Monetario Internacional, exigiendo pésimas medidas que no fueron impuestas a otros países. Puede que la recuperación sea una realidad. Pero si las familias, como ocurre, no tienen dinero para el consumo, así no vamos a ninguna parte. Urge un equilibrio entre los sueldos y el precio de las cosas. Urge revisar las condiciones laborales de nuestro país. Y urge recompensar a los hogares por el tremendo esfuerzo que hicieron durante la última gran crisis.

 “Urge revisar las condiciones laborales de nuestro país, y urge recompensar a los hogares por el tremendo esfuerzo durante la crisis”

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