LA CRISIS CLIMÁTICA PERFECTA

Publicado el 15 de febrero de 2011 en el Diario Montañés

Sobre el cambio climático y la conservación de la tierra, habría mucho que porfiar sobre el mensaje que ofrece más credibilidad, si el de unos manifestantes a las puertas de una cumbre del clima disfrazados de planta que crece en el Amazonas pero que las excavadoras amenazan con extinguir, o el mismísimo debate de puertas para adentro de líderes y técnicos que tratan de alcanzar un acuerdo para bajar los humos en (al) mundo. Desde que el político norteamericano Al Gore hiciera popular el concepto, lo del cambio climático es darle vueltas y más vueltas a algo que está claro, que es patente, y que lo vemos todos los días a nuestro alrededor: la degradación del entorno que nos da cobijo, y, sobre todo, nos alimenta. Los ciudadanos empezamos a extrañarnos del clima tan seco en invierno y tan lluvioso en verano, de las olas de 20 metros, y de que nieve cuando no toca ni por asomo. Por ahora, así, no vamos a ninguna parte, ni siquiera ganamos tiempo, en este debate ya abierto e imparable de dónde y cómo van a vivir las generaciones que están por venir.

Aquí en Cantabria, es reciente un recomendable trabajo auspiciado desde la Consejería de Medio Ambiente en colaboración con la Universidad de Cantabria. Lleva por título “Escenarios Regionales Probabilísticos de Cambio Climático”. El estudio que presentó en octubre de 2010 el consejero Francisco Martín es claro y meridiano: Cantabria verá aumentar sus temperaturas tres grados a finales de este siglo y sufrirá un descenso en las precipitaciones con un parecido mayor a lo que es hoy el clima mediterráneo. ¿Qué podemos hacer ante estas perspectivas? Desde luego, tomar conciencia individual y exigir a los Gobiernos no agravar más el problema con más contaminación, agresiones a la tierra y degradación de la fauna y flora, imparable actualmente. Estos lógicos deseos deberían formar parte de un gran acuerdo mundial.

Ahora bien, con el panorama actual reconozco que estas perspectivas tienen más de buenos deseos que de una posible realidad de cambio radical en las reglas de relación entre el planeta y sus habitantes. Dicho de otra manera, que dejemos de agredir sistemáticamente a la naturaleza en su conjunto. En medio de tanta degradación, va y llega la perfecta crisis económica mundial (la comparación me viene de la película “La tormenta perfecta”), que genera al tiempo otra perfecta crisis climática que se estanca por la pésima situación financiera internacional. Si los mercados exigen y consiguen de los países que adopten todo tipo de reformas que eliminan mucho del bienestar general alcanzado, imaginemos por un momento lo que sucedería frente a la pretensión de pasar página con todo lo que lo que provoca gases de efecto invernadero, a través de multinacionales que cotizan en bolsa. Los posibles acuerdos de acabar con la degradación de bosques (Inglaterra ha llegado a barajar vender una parte de los suyos para cuadrar sus cuentas públicas), o salvaguardar los pulmones verdes del mundo donde además conviven muchas especies, choca frontalmente con las necesidades de la crisis económica y el problema del desempleo de generaciones actuales y futuras. ¿Qué sucedería si das a elegir a alguien entre un trabajo en una planta química o firmar una petición para eliminar los productos contaminantes que fabrica esa peligrosa planta?

Tenemos que ser capaces de generar nuevas expectativas para un desarrollo más limpio. En las cumbres del clima, primero Kyoto, después Copenhague, la última Cancún, hay un exceso de marketing y de publicidad engañosa, si hacemos balance de lo que finalmente se cumple de lo firmado. Para una cuestión resultan muy positivas: está demostrado que, hasta la celebración de la siguiente cumbre, tensión sobre cuidar de verdad el planeta afloja y mucho. Ahora existe esta incompatibilidad interesada entre dedicar todos los esfuerzos y recursos a combatir la crisis económica que a prevenir  mejor el cambio climático. En el tiempo en que se pudieron tomar  más y mejores medidas, se pasó el arroz por los egoísmos de siempre. Es como si los seres humanos lleváramos grabado en nuestro ADN el sólo afán de ganar dinero, acumular cosas, tirarlas con poco uso, y contaminar sin vergüenza alguna, aunque lleve acarreado destrozar todo lo que crece a nuestro alrededor, incluso si estamos avisados de que el cambio climático ya está entre nosotros.

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