LA COCINA CÁNTABRA TIENE ESTRELLA

 Publicado el 26 de diciembre en el Diario Montañés

Ha llovido mucho de aquel comportamiento tiempo atrás donde la comida fría y la bebida caliente, nunca hicieron buen diente. Hoy da gusto entrar y degustar los platos en muchos restaurantes cántabros, donde además los propietarios se ponen las pilas a la hora de cada vez hacerlo mejor, con el gusto y el sabor patente en el plato, por, ¡quién sabe!, algún día ser agraciados con una estrella de la Guía Michelin. Nada de debate acerca de dónde se come mejor en España. Sólo sé que en Cantabria se come de lujo, aunque otra cosa es como lo vendemos tradicionalmente con respecto a otras regiones que lo de sus cocineros y las estrellas Michelín es sagrado y lo explotan como nadie. No niego que Ferran Adría, Martín Berasategui o Pedro Subijana, por citar algunos de los más mediáticos, son los grandes chefs españoles. Sus nombres son también conocidos mundialmente, y Cantabria no debe ser excepción. Entre muchas, hay dos conversaciones favoritas para los ciudadanos: el buen comer y el buen beber. Por pedir un deseo, a mi me gustaría que cuando hablamos de tal plato, de ese vino espléndido, de un lugar donde comimos de relamida, se metan en la conversaciones a Jesús Sánchez (El Cenador de Amós), Fernando Sainz de la Maza y Rafael Prieto (El Serbal), Jesús de Diego (Los Avellanos), Toni González (El Nuevo Molino), Oscar Calleja, Fernando Pérez y Wences Rodríguez (Annua) o los hermanos Nacho e Isabel Solana cuyo templo culinario lleva evidentemente su mismo apellido.

guia-michelin-2010Casi siempre citamos lo de fuera y a los de fuera y aquí, estos señores y señoras, con sus bien ganadas estrellas Michelín, han colocado a Cantabria en el mapa grastronómico nacional. Vamos a más, me refiero a los cocineros con “don” que tenemos, con estrella, y una generación de nuevas promesas que están ahora en las escuelas pero que vienen pisando fuerte por las ganas de hacer que tienen. De los grandes, tenemos que sentirnos orgullosos de manera constante, y que lo noten, que sientan que los cántabros sabemos hablar y reconocer a nuestros magníficos chefs como lo hacen los vascos o los catalanes, que nos han metido los nombres de los suyos por nuestros oídos hasta ser imposible olvidar quiénes son y sus establecimientos. Cuando salgamos a ferias nacionales o internacionales de turismo, o para presentar nuestros mejores productos, ahí tienen que estar nuestras estrellas del fogón. Como coinciden todos ellos, una estrella Michelín se gana a base de constancia, de superación, de cuidar al cliente, de mucho trabajo y buenos alimentos que el comensal sabe valorar y regresará casi seguro a degustar de nuevo ese plato tan rico creado por estos fenómenos de la cocina. Es grande, muy grande, lo que han conseguido. Que aumenten clientes y con ello prestigio y ganancias, es lógico. Pero hay que ir más allá. Cantabria debe aprovechar el tirón de su magnífica cocina, de sus cocineros ya consagrados nacionalmente. Ellos mismos lo deben saber vender bien, como hacen otros apellidos de la cocina nacional que conocen muy de cerca, y a los que no les importa denominarles como sus maestros. Bien aprendida la lección, la tienen que poner en práctica. Tendrán que hacer valer su nombre en congresos, en páginas de periódicos, en televisiones, en radios e Internet, porque cada nuevo triunfo de ellos será como un éxito general para la región. Los menús con toque especial de los cocineros cántabros que son estrella Michelin, me hacen dudar sobre si es realmente coherente esa frase que dice que hay que comer para vivir, y no vivir para comer.

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