La alta estima naugrafa

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Dada la alta estima en que nos tenemos, cuando se nos califica de tontos, inútiles o vagos, explotamos porque no es fácil asumir un papel distinto al de gurús de pacotilla. Tenemos una costumbre, incluso en los correos que mandamos, al despedirnos de nuestro interlocutor, de usar frases no sentidas pero referidas a la alta estima y consideración que tenemos hacia alguien concreto, cuando realmente lo conocemos del día anterior.

Veinte o veinticinco años atrás, me hubiera marchado raudo de este país que se quiere tan poco, que se auto flagela constantemente, en el que se miente más que se habla, y en el que se ha instaurado una consideración a pie de calle de que nunca pasa nada, aunque al que roben la cartera sea al mismísimo dignatario que dirige los destinos del país. La crisis, la mala marcha de la economía familiar y del obrero, la falta de justicia social rápida y de cárcel, y lo mucho que golpea en los oídos el trabajo que nunca llega para los jóvenes que se tienen a cargo, son un cóctel demasiado explosivo como para ingerirlo  porque sí.

Levantarse muchos días de la cama cuando canta el gallo resulta todo un lujo, pero a ver quién es el guapo que se queja con todos los otros que van directamente de casa a la calle, a pedir limosna, porque lo que está en su cabeza consiste en recibir algo para comer, pagar  la factura X o comprar unos simples lápices de colores para el colegio de los críos. Lo que va bien de esta economía se demuestra pisando a diario las calles de pedigüeños que esperan sentados la caída de algún céntimo y la mayor suerte solidaria de un pequeño billete de cinco euros. De todas las mentiras que se han contado de esta maldita crisis, una única verdad emerge por encima del resto de patrañas: ya nada va a ser igual a antes, ni siquiera la autoestima. Por eso cuando nos hablan de positividad, de ver las el vaso medio vacío, de no perder nunca las esperanzas, entonces es cuando te das cuenta de que es imposible volver a tener determinados sentimientos que han sido extirpados de cuajo a la sociedad que vivimos en el siglo pasado. Las esperanzas, sí, las esperanzas, quedan pendientes sine die de contar con autoestima. Una y otra se necesitan. Una y otra andan perdidas, y volverlas a juntar pasa por la gran prueba diaria que es para muchos subsistir.

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