Gloria, honor y ética

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Un informe sobre el dopaje masivo en el deporte ruso pone de moda la aparición de estos documentos de denuncia, que podríamos evitarnos salvaguardando lo ético por encima de todo. El problema no es otro que la ambición desmedida, que daña tantas veces en lo político, económico y, por supuesto, a la sociedad. Bastaría con asumir y educar en que, como en el deporte limpio, no puede haber nada por encima de la gloria y el honor de lo ético.

La cultura es sagrada, la música no se toca y el deporte requiere de preparación y esfuerzo antes de subir a la gloria que representa el podium de los ganadores. Cuando más exhibimos nuestra decadencia es por perder todo respeto a lo más venerable que suele venir del arte de crear y de la sana competición deportiva, en la que las reglas, el trabajo constante y la superación, resultan una adaptación perfecta a cualquier otro proyecto que nos propongamos en nuestras vidas. Al inicio de unas nuevas Olimpiadas, me gusta escuchar al representante de los atletas (tocando la bandera Olímpica con la mano izquierda y levantando la mano derecha para prestar juramento), que se comprometa en nombre de todos sus compañeros a “competir con deportividad para la mayor gloria del deporte y el honor de todos los equipos”.

Es bien seguro que la crisis económica tiene todo que ver con una crisis moral y de valores, donde se convive con las trampas y los atajos, y con la máxima indecente de que el que venga detrás, que se joda. Pero es que a la crisis también le saca las vergüenzas una serie de informes éticos internacionales, que ponen si cabe más énfasis en que atravesamos un periodo con cierto tufo putrefacto, debido al comportamiento y la forma de actuar frente a escándalos varios, países y decisiones unilaterales, personas y causas judiciales, y organismos y su falta de actuación. Así ha pasado con el informe Chilcot, sobre las mentiras en torno a la invasión y Guerra de Irak, y ahora hay que sumar otro informe, en este caso sobre el dopaje masivo en el deporte ruso, que se denomina informe MacLaren. Un informe responde a preguntas y yo tengo las mías: ¿Qué nos está ocurriendo?; ¿Esto no va a parar nunca?; ¿Por qué hay que redactar tanto informe si sabemos que existe permisividad con la declaración de guerras, la contagiosa corrupción en la economía de altos vuelos que vimos en la quiebra de Lehman Brothers y el consiguiente Titanic para bancos, cajas, el sistema hipotecario y la ruina personal de millones de pequeños ahorradores?; ¿Y ahora sumamos la supremacía del dopaje sobre el honor de los equipos, honor con el que casi acaba en 2012 el ciclista Lance Armstrong?

 “Los informes éticos internacionales ponen énfasis en que atravesamos un periodo con cierto tufo putrefacto”.

Pasa que nos pierde la ambición que en nuestro nombre muchas veces representan líderes y gobernantes, decisiones de ministros y consejos de administración de grandes multinacionales que, a la hora de hacer algo, lo presentan como un avance para la humanidad o como una ansiada necesidad que, finalmente, ahora está al alcance de la mano. Nunca explican la letra pequeña, si esa decisión supone la desaparición total del Amazonas o la extinción definitiva de las ballenas, que las ha dado por suicidarse ante la muerte segura que es poner su destino en manos de los animales de dos patas que somos. ¡Qué malo es el sentimiento convertido en esa respuesta seca que denuncia al viento que “uno ya no sabe en qué creer”! Y es que la Agencia Mundial Antidoping (AMA) acaba de pedir la expulsión de todo el equipo ruso de los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro. ¡Agarrense!: el informe del abogado canadiense Richard McLaren destapa una trama de “dopaje de Estado” durante los Juegos de Invierno de Socchi. Como si se tratara de una película sobre la Guerra Fría, cuando aún estaba en pie el Muro de Berlín, este informe al que ha dado crédito la agencia antidoping estima que hay 643 pruebas antidopaje manipuladas por el gobierno ruso, acusado de cambiar análisis contaminados por otros limpios. El documento  denuncia que el laboratorio de Moscú encubrió a los atletas que consumían sustancias prohibidas a través de un sistema organizado por el Estado, que el documento llama “Metodología para la Desaparición de Positivos”. Y así se operó presuntamente en la alta competición rusa desde el año 2010  al 2014. Desde ya todo van a ser denuncias interpuestas y juicios, con los Juegos de Río de Janeiro en medio. En medio, por no decir por los suelos, queda la gloria y el honor del deporte que se invoca en cada nueva Olimpiada, que es lo mismo que entonar la gloria y el honor de lo ético. Tras esta larga crisis y todo el lodo que está arrastrando, no se puede enterrar nada de lo ocurrido, especialmente para los que más tenían que perder. Siempre hay que fortalecer esa educación que nos recompensa con el sólo hecho de reclamar sociedades libres, justas, democráticas y limpias en sus reglas, iguales para todos. Con ética, la gloria y el honor se escriben en mayúsculas.

 ¡Qué malo es el sentimiento convertido en la respuesta “uno ya no sabe en qué creer”!

 

 

 

 

 

 

GLORIA, HONOR Y ÉTICA

 

Un informe sobre el dopaje masivo en el deporte ruso pone de moda la aparición de estos documentos de denuncia, que podríamos evitarnos salvaguardando lo ético por encima de todo. El problema no es otro que la ambición desmedida, que daña tantas veces en lo político, económico y, por supuesto, a la sociedad. Bastaría con asumir y educar en que, como en el deporte limpio, no puede haber nada por encima de la gloria y el honor de lo ético.

 

 

La cultura es sagrada, la música no se toca y el deporte requiere de preparación y esfuerzo antes de subir a la gloria que representa el podium de los ganadores. Cuando más exhibimos nuestra decadencia es por perder todo respeto a lo más venerable que suele venir del arte de crear y de la sana competición deportiva, en la que las reglas, el trabajo constante y la superación, resultan una adaptación perfecta a cualquier otro proyecto que nos propongamos en nuestras vidas. Al inicio de unas nuevas Olimpiadas, me gusta escuchar al representante de los atletas (tocando la bandera Olímpica con la mano izquierda y levantando la mano derecha para prestar juramento), que se comprometa en nombre de todos sus compañeros a “competir con deportividad para la mayor gloria del deporte y el honor de todos los equipos”.

 

Es bien seguro que la crisis económica tiene todo que ver con una crisis moral y de valores, donde se convive con las trampas y los atajos, y con la máxima indecente de que el que venga detrás, que se joda. Pero es que a la crisis también le saca las vergüenzas una serie de informes éticos internacionales, que ponen si cabe más énfasis en que atravesamos un periodo con cierto tufo putrefacto, debido al comportamiento y la forma de actuar frente a escándalos varios, países y decisiones unilaterales, personas y causas judiciales, y organismos y su falta de actuación. Así ha pasado con el informe Chilcot, sobre las mentiras en torno a la invasión y Guerra de Irak, y ahora hay que sumar otro informe, en este caso sobre el dopaje masivo en el deporte ruso, que se denomina informe MacLaren. Un informe responde a preguntas y yo tengo las mías: ¿Qué nos está ocurriendo?; ¿Esto no va a parar nunca?; ¿Por qué hay que redactar tanto informe si sabemos que existe permisividad con la declaración de guerras, la contagiosa corrupción en la economía de altos vuelos que vimos en la quiebra de Lehman Brothers y el consiguiente Titanic para bancos, cajas, el sistema hipotecario y la ruina personal de millones de pequeños ahorradores?; ¿Y ahora sumamos la supremacía del dopaje sobre el honor de los equipos, honor con el que casi acaba en 2012 el ciclista Lance Armstrong?

 

“Los informes éticos internacionales ponen énfasis en que atravesamos un periodo con cierto tufo putrefacto”.

 

 

Pasa que nos pierde la ambición que en nuestro nombre muchas veces representan líderes y gobernantes, decisiones de ministros y consejos de administración de grandes multinacionales que, a la hora de hacer algo, lo presentan como un avance para la humanidad o como una ansiada necesidad que, finalmente, ahora está al alcance de la mano. Nunca explican la letra pequeña, si esa decisión supone la desaparición total del Amazonas o la extinción definitiva de las ballenas, que las ha dado por suicidarse ante la muerte segura que es poner su destino en manos de los animales de dos patas que somos. ¡Qué malo es el sentimiento convertido en esa respuesta seca que denuncia al viento que “uno ya no sabe en qué creer”! Y es que la Agencia Mundial Antidoping (AMA) acaba de pedir la expulsión de todo el equipo ruso de los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro. ¡Agarrense!: el informe del abogado canadiense Richard McLaren destapa una trama de “dopaje de Estado” durante los Juegos de Invierno de Socchi. Como si se tratara de una película sobre la Guerra Fría, cuando aún estaba en pie el Muro de Berlín, este informe al que ha dado crédito la agencia antidoping estima que hay 643 pruebas antidopaje manipuladas por el gobierno ruso, acusado de cambiar análisis contaminados por otros limpios. El documento  denuncia que el laboratorio de Moscú encubrió a los atletas que consumían sustancias prohibidas a través de un sistema organizado por el Estado, que el documento llama “Metodología para la Desaparición de Positivos”. Y así se operó presuntamente en la alta competición rusa desde el año 2010  al 2014. Desde ya todo van a ser denuncias interpuestas y juicios, con los Juegos de Río de Janeiro en medio. En medio, por no decir por los suelos, queda la gloria y el honor del deporte que se invoca en cada nueva Olimpiada, que es lo mismo que entonar la gloria y el honor de lo ético. Tras esta larga crisis y todo el lodo que está arrastrando, no se puede enterrar nada de lo ocurrido, especialmente para los que más tenían que perder. Siempre hay que fortalecer esa educación que nos recompensa con el sólo hecho de reclamar sociedades libres, justas, democráticas y limpias en sus reglas, iguales para todos. Con ética, la gloria y el honor se escriben en mayúsculas.

 

¡Qué malo es el sentimiento convertido en la respuesta “uno ya no sabe en qué creer”!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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