Fútbol juvenil y peleas

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Ser niño y ambicionar convertirte en futbolista de la Primera División, a lo que se ve, acarrea sus riesgos, según sea el comportamiento de sus padres cuando le ven jugar en el estadio. Boquiabierto te quedas al conocer las peleas a puñetazo limpio por una simple falta, un fuera de juego o un penalti discutible. Pero de ahí a llegar a las manos, debería llevar a los causantes a una urgente reeducación. Para propiciarlo, personalmente les regresaría al colegio para que copiaran mil veces en la pizarra esa máxima del juego olímpico que habla del “espíritu deportivo, la gloria del deporte y el honor de nuestros equipos”.

Cuando Joan Manuel Serrat compuso en 1981 su canción “Esos locos bajitos”, para cantar dentro de ella esto de por su bien hay que domesticarles, y “niño, deja ya de joder con la pelota”, poco imaginaba el cantautor catalán que en 2017 se propagaría una epidemia por la cual los padres que asisten a los partidos de fútbol de sus hijos se abofetean y golpean por cualquier falta, fuera de juego o penalti que unos ven y otros no ven. Pedir normas o leyes para todo en este país empieza a ser cansino, porque cuando no es una cosa es otra. Apartar a los niños de sus equipos por tener los padres que tienen no es la cuestión, y lo mismo cabe añadir sobre no dejar entrar a los campos de fútbol a los asnos que desde las gradas rebuznan con todo tipo de insultos y brutalidades verbales. ¿Dónde ha quedado aquello de que, más que ganar,  lo importante es competir? Pues el concepto está muerto y enterrado, porque muchos padres y madres solo anhelan que crezca en casa otro Ronaldo, Messi o Griezmann, con lo que ello supone de dotes, esfuerzo y superación.

Los ídolos futbolísticos (no es que me guste mucho el concepto) no crecen en los árboles. Proliferan los padres que someten a sus hijos a semejante tensión, que la infancia se les va en un entrenamiento diario. La felicidad está en el balón y el fichaje del chaval por parte de algún equipo de la Primera División. No piensen que me olvido del dinero y de la fortuna a acumular en el caso de llegar a jugar en uno de los grandes equipos españoles, ingleses, alemanes, franceses o italianos, preferentemente. A groso modo, está es la historia de estos críos que viven para y por la victoria a toda costa, porque con ella vendrá todo lo demás añorado. Ganar, ganar y ganar es el mensaje constante que trasladan estos padres a sus hijos. Cómo lo hagan y bajo qué conducta ética, parece importarles menos. Las escenas televisivas de supuestos aficionados engarrados tras llamarse previamente de todo son surrealistas. Aunque no es un simple espejismo, porque el problema crece en la medida que lo hace la ambición mezclada con la necesaria deportividad.

 Ganar, ganar y ganar es el mensaje de estos padres, descuidando la conducta ética

No podemos dejar de lado la honda ausencia de talante que se da en unos padres que, tras las agresiones grabadas, inciden en que volverían a actuar del mismo modo en el siguiente partido a disputar. Son como son y no van a cambiar, y por eso hay que desenmascararles, para que sean muchos los que conozcan sus bochornosas conductas dentro de un campo de fútbol. Con su mal proceder, marcan la mejor o peor trayectoria que puedan tener sus hijos. Deporte y valores forman un maridaje que nada ni nadie puede romper. El castigo que yo les impondría es asistir a clase con sus hijos y copiar en la pizarra un montón veces el juramento que los deportistas hacen en su participación olímpica: “Prometo que participaremos en estos Juegos Olímpicos, cumpliendo y respetando con sus reglamentos, comprometiéndonos a un deporte sin dopaje y sin drogas, con verdadero espíritu deportivo, por la gloria del deporte y el honor de nuestros equipos”.

Decía Nelson Mandela que los deportes son la mejor arma contra el racismo. Hoy cuesta creerlo con los gritos que se profieren en muchos estadios por el color de algunos jugadores, y por las enseñas y pancartas que se exhiben y significan odio, racismo y xenofobia. El atentado contra el autobús del Borussia Dormund tampoco habla bien de que el deporte siga uniendo a los pueblos. Puede que con los Juegos Olímpicos, Mandela o el Borussia me haya desviado un tanto del caso de los padres que se agreden entre si por el juego que llevan a cabo sus hijos en el campo, pero no lo creo. Admitámoslo: todos estos hechos hay que enmarcarlos dentro del periodo que vivimos, donde hay excesiva violencia que por momentos ofrece la apariencia de estar fuera de control. El mensaje es lo que importa, pero frente a esta verdad hay una terrible ausencia de líderes que hablen de paz y concordia. Por desgracia, son más (Trump, Le Pen, May, Putin, Kim Jong-un…) los que ofrecen un discurso agresivo que nos lleva a la incertidumbre, aunque ese comportamiento cala en  millones de personas para las que la democracia es solo una palabra.

 “En el periodo que vivimos hay excesiva violencia que por momentos ofrece la apariencia de estar fuera de control”

 

 

 

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