FIN SIN CONTEMPLACIONES PARA ENFERMOS TERMINALES

Los sanos sabemos mucho de lamentaciones sobre casos que llegan a nuestro conocimiento de nuevos enfermos graves o terminales, y tras superar determinada edad somos los primeros en reconocer que, como la salud, no hay nada. Cosa bien distinta es que entendamos el sufrimiento ajeno, y lo que cuesta vivir desde un cuerpo canceroso, a los allegados al enfermo también, y el mazazo en la cabeza que una persona recibe cuando le diagnostican algo realmente grave, y no añado más si te dan un plazo determinado para que dejes todas las cosas arregladas, aquí en la tierra. La extinción de la sanidad pública y el consiguiente desmantelamiento del estado de bienestar, se cobran otra presa con el copago al que se ven abocados los pacientes de cáncer o hepatitis  C o el tratamiento del Sida (42 fármacos afectados por esta ¿normativa?).

Son, dicen, decisiones que se toman en bien de la cancer1economía y, de ahí, por el bien general. Lo que pasa es que entonces no me cuadra el grito en el cielo que han puesto asociaciones de enfermos extremadamente importantes en este país como son la Federación de Padres de Niños con Cáncer, la Asociación Española Contra el Cáncer,  la Confederación Española de Personas con Discapacidad, sin olvidar a los profesionales de la medicina que, lejos de verlo, lo tacha de fatal, porque es tratar a los pacientes más graves, sin contemplaciones.    También hay no pocas comunidades autónomas en contra. Ya están en la lista Andalucía, Cataluña, País Vasco y Castilla y León, sin importar en este extremo quien gobierna en uno u otro lugar. Esto es algo de base, de esencia, de conciencia, de justicia… Tenemos que hacernos mirar muy seriamente nuestra forma de ver determinadas cosas en la actualidad, que son, como las enfermedades graves o terminales, para dar más dinero en vez de quitar, para apoyar más la investigación que cure en vez de suprimir ciencia y científicos. Hay que revocar decisiones que van contra de la propia existencia del ser humano y su dignidad personal. Si los niños y los mayores resultan sagrados en la cadena humana, los enfermos y, más los terminales, deben al menos sentir que se les apoya, reciben toda la ayuda posible y, quizás, de ahí sus esperanzas nunca mueran antes que ellos mismos.

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