Falta motivación, en todo

Las sociedades más prósperas lo son precisamente en razón de la motivación que han sabido inocularse en sus propias señas de identidad. Cuando un país se ve como referente en algo, es precisamente por esto. Los motivadores son ahora los nuevos gurús. Quienes les escuchan  buscan despertar en su interior toda la fuerza posible para acometer algo personal o profesional. Sin motivación, el horizonte es gris a la fuerza, y su ausencia desemboca en que dejamos correr muchas de las cosas actuales que tanto nos disgustan.

Desde muy pequeño me ha gustado mucho la palabra motivación. Viene del latín motivus o motus, que significa causa del movimiento. De esta conveniente aclaración se desprende que, sin causa, no hay movilización ni motivación posible. Nuestra sociedad está dormida. Siempre se ha mantenido que los poderes lo son más en razón de adormecer las conciencias, y hay razones más que suficientes para deducir  que finalmente parece que así está ocurriendo. Como todo gira alrededor del Instagram o el Twitter, trascienden menos las auténticas noticias, como esa que habla de una joven belga (Greta Thunberg) que moviliza al planeta en defensa del poco medio ambiente sano que nos queda. No resulta fácil multiplicar las conductas del compromiso respecto a lo que realmente es importante para todos. Mucha culpa, muchísima, tiene el discurso oficial imperante, que repone a diario seriales llenos de banalidades, confrontaciones e insultos, todo ello francamente bostezante.

Se escribe en un milisegundo que hay vida más allá de la política, pero cuestión diferente es que surjan ideas y líderes sociales capaces de llevarlas a efecto y, con ello, palpemos mejoras en tantos y tantos aspectos como anhelamos. Hoy por hoy, resulta arduo anteponer el optimismo a los cuantiosos frentes abiertos que hay. La nueva política internacional de Estados Unidos, con un Donald Trump enrocado en la construcción de muros, el apoyo a las dictaduras de Rusia, el culebrón inglés con el Brexit, los crecientes nacionalismos que ponen en solfa a las democracias (casi todas europeas), sus instituciones y, sobre todo, la paz social. Si se piensa realmente en los ciudadanos y su porvenir, no se puede estar haciendo peor desde las altas instancias políticas y económicas. Más allá de todo lo enumerado, lo que realmente preocupa es el deterioro en las relaciones.

“Siempre se ha mantenido que los poderes lo son más en razón de adormecer las conciencias, y finalmente parece que así está ocurriendo”

Motivar o motivarse en este ambiente es duro, pero no queda otra para cambiar las cosas o, al menos, reorientarlas hacia la sensatez. El mayor enemigo de toda motivación es la crispación. Aquí, en España, aunque hay otros ejemplos fuera, sabemos mucho de crispar al personal. ¿Contar la noticia requiere al tiempo responsabilidad hacia cómo la digiera el receptor? Evidente que sí. Porque en una sociedad que le ha cogido gusto al sensacionalismo, el chismorreo, la exageración, la falsedad y las mentiras, depende mucho de cómo se cuenten las cosas para no enfadar más aún a una ciudadanía que bastante tiene con los problemas de su casa (lo duro que es llegar a fin de mes), y no quiere sumar otros que debieran de ser de la competencia y consiguiente resolución de los gobernantes. 

Hemos presentado formalmente, todos, la renuncia a dejar una sociedad mejor a los que vienen detrás. Todo lo tenemos con las buenas palabras que dirigimos a nuestros jóvenes, desde los Gobiernos, las escuelas y universidades,  para que luchen y se coman el mundo. También les decimos, yo el primero, que esperamos que sean ellos los que cambien las cosas, y resuelvan muchos de los problemas que los mayores no queremos o no sabemos resolver. Son reacciones un tanto hipócritas, al no tener una hoja de ruta definida desde este 2019 en adelante.  

La motivación, aunque unos la cuenten mejor que otros ante un público que escucha, ha de ser ante todo individual. Puede que se nazca con ella, pero también se inculca, especialmente con el ejemplo, en todo aquello que se acometa. Cuando las sociedades se corrompen o solo piensan en ambiciones personales y pelotazos rápidos, poco podemos hacer para equilibrar la balanza entre esfuerzo y la meta que nos proponemos alcanzar. Una referencia: siempre hemos tenido en el deporte y los deportistas el mejor escaparate de lo que hablo. Cierto que predomina el pesimismo (muy teledirigido para que precisamente sea así), aunque creo que siempre serán más los buenos ejemplos que los malos. Solo por esto, vale la pena levantarse a diario y con ello se conecte dentro de nosotros una motivación, que nos facilite hacerlo bien, mucho mejor o superarse. Si está de acuerdo, es que verdaderamente está motivado.

“Hemos presentado formalmente, todos, la renuncia a dejar una sociedad mejor a los que vienen detrás”

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