EXPLICAR LOS ESCRACHES CON COHERENCIA

ESCRACHE. TPOPDespertar fantasmas del nazismo para endosar al escrache que es lo mismo, resulta muy brutal. Los más jóvenes ven ya muy de lejos los crímenes contra la humanidad que cometieron Hitler y Mussolini (aunque la lista es extensísima), y pueden confundir sin lógica alguna entre lo que fue perseguir para gasear a los judíos, con tocar silbatos, palmas y corear consignas a la puerta de una vivienda de un Diputado del Congreso. El escrache, que así se llama esto último, no tiene nada que ver con marcar ese mismo portal con una cruz, para señalar que allí vive

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un judío, y marcarle así socialmente para ser repudiado por todos, hasta su final en los peores campos de concentración de los nazis, algunos aún en pie para que sirvan de recuerdo al holocausto, y que nunca más se vuelva a repetir algo semejante. De entrada, nada por tanto comparable el estatus social de un político en España con el de un desahuciado que lo ha perdido todo, y que no ve solución ni próxima ni futura a su problema. Lo que sí es el escrache, es la consecuencia final de tanto hartazgo personal convertido en colectivo, por tanta reclamación de justicia social, sin que nadie desde el poder te haga caso o tomo las medidas necesarias para ir corrigiendo paulatinamente el gravísimo problema de quedarse sin casa y, encima, tener que pagar al banco el resto de la hipoteca que le pediste un buen día.

A nadie le gusta que le vengan a buscar a la puerta de su casa, o le griten que no da un palo al agua mientras toma un café en la barra de un bar. No es plato de buen gusto, particularmente no me gusta que se llegue a esto, pero no es menos cierto que tendría que verme en la piel de los desahuciados para comprobar sobre el terreno lo que yo haría para volver a reclamar un techo para mí y para mis hijos. Al hablar de niños, tampoco es del todo justo aseverar que con el escrache pagan los platos rotos los hijos de los cargos públicos, pero es que lo hacen dentro de su propia casa. Otros hijos, los de los desahuciados, han vivido la situación de ponerles junto a sus padres en la calle, y ahora malviven en la hacinada casa de sus abuelos, algún caritativo amigo de sus padres, o en otro habitáculo con pinta más de cuchitril, y quiero pensar que no suceda que algunos tienen por techo sólo el día y la noche. El escrache tiene una solución, ponerse las pilas. En esta malévola crisis, los bancos ganan siempre todas las partidas, y no puede ser. Los ciudadanos, en una gran mayoría, estamos en contra de lo que ha pasado con las preferentes, el rescate a los bancos, los desahucios, y las jubilaciones y dietas millonarias que se han llevado los ex consejeros de las cajas, que se han ido de rositas. El Gobierno no se puede enrocar en malas definiciones de un problema. Más bien, tiene que arreglar el problema y dejar de equiparar el escrache con los peores episodios que ha vivido la humanidad, provocados por ella misma, sin ser verdad.

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