Europa vs. intolerancia

racis

Los nuevos salvadores de Europa coinciden en la destructiva solución de abandonar el barco, de ganar las elecciones en sus respectivos países. El principal problema hoy de la UE es no defenderse bien ante semejante programa electoral. Tanto inmovilismo fortalece a los enemigos de la democracia, porque genera intolerancia por doquier, muy respaldada en las urnas. Nos pasa también en España, con el mal rollo que generan algunos partidos nacionalistas que cuestionen las leyes, cuando no les convienen las decisiones que se toman.

Ahora, en suelo europeo, lo que más preocupa no se ataja. Los escenarios de conflicto se multiplican: el Brexit, Polonía, Italia, Grecia, Cataluña… La inacción se debe a la inclinación natural de los Gobiernos-UE en seguir fieles a la vieja política de finales del XX, una política que aparca los problemas hasta que se solucionen por sí solos. Hay también un antes y un después a la última crisis económica, porque las principales instituciones europeas y los Estados más afectados, no han hecho aún justicia con todos los sectores más abandonados a su suerte, y por eso se cuentan por millones los casos en los que su vida ha dado un vuelco completo, eso si no lo han perdido todo. España y su Gobierno están en este mirar de reojo, resentido, a todo lo pasado, y solo hay que apostillar que sigue vigente una reforma laboral que genera pobreza obrera, y que impide prosperar a las nuevas generaciones de españoles que acceden a puestos de trabajo en condiciones laborales muy precarias, empezando por los raquíticos sueldos que se pagan.

No deja de ser mezquino que antes, durante y después de la crisis, quienes mejor viven, hayan visto aún más reforzada su situación económica, y que los coletazos de aquellos años malos continúen para los de siempre. Solo hay que pararse en la postura de la banca ante quién debe pagar los gastos hipotecarios, los repentinos cambios a este respecto de las sentencias judiciales, y el papel desconcertante que adopta el Gobierno de turno, cuando son los ciudadanos de nómina, que pagan religiosamente sus impuestos, los que se llevan la peor parte. El resultado es la desconfianza, lo tengo muy claro, pero resulta que cuando todos al mismo tiempo exponen y reivindican solo lo suyo, el resultado no es otro que la intolerancia. Pasa ahora en Europa, y España es su peor exponente. Una bandera es mejor que otra; un partido lleva toda la razón sobre los demás; depende quién y cómo diga qué, para ser un facha o un rojo; hay detenidos y enjuiciados por saltarse a las bravas una Constitución y las leyes, y encima te crees en el derecho a reconocerte como preso político y tachar como dictadura, caso del cascante Guardiola, al país que hace cumplir con la legalidad. ¿Nos hemos vuelto locos?. Me inclino más bien porque muchos se han establecido en la intolerancia, en la que se sienten a gusto, por lo que supone manipular, falsear, mentir, lapidar presupuestos públicos y, en definitiva, imponerse.

 “Muchos se sienten a gusto en lo que supone manipular, falsear, mentir, lapidar presupuestos públicos y, en definitiva, imponerse”

No solo los discursos nacionalistas conjuran estas actitudes. Antes del Brexit, Europa ya mostraba claros signos de fractura irreversible, por su afán de anteponer el presupuesto a todo lo demás. ¿Dónde quedaba la unión?;  ¿dónde la ciudadanía europea?; ¿por qué Bruselas se entregó sin resistencia al Fondo Monetario Internacional, cuya actitud culpabilizaba de la crisis solo a Europa, mientras parecía que la recesión no iba con Estados Unidos, Rusia o  China? Otra cuestión: cuando llegan unas elecciones, como ocurrió con las últimas francesas de las que surgió Macron, se pone el grito en el cielo para que partidos radicales no lleguen a gobernar, caso del Frente Nacional. ¿Y después de las elecciones qué? Es a posteriori cuando más labor hay que hacer por desintegrar las ideas extremas (racismo, xenofobía, ruptura, independencia) que se están propagando por toda Europa, incluida España. Los errores son de bulto con las tibias respuestas a la extrema derecha, la extrema izquierda, los nacionalismos como el de Cataluña, la inmigración o la propagación de otros Brexits a países como Italia o Polonia.

Es difícil apostar a futuro cuando la Unión está inmersa en una tormenta perfecta que se llama dispersión. Es lo que tiene el inmovilismo de las viejas democracias que no dan respuestas contundentes a los muchos enemigos interiores que anhelan que todo salte por los aires. Así es como se imponen los radicalismos que tanto nos avergonzaron en el pasado; muchas veces generan miedo porque da la sensación de que no están tan enterrados como parecía (Nazismo). Ante los problemas que nos acechan, no hay peor cosa que la desunión. Mi propio país es hoy el peor ejemplo de intolerancia. Se aprecia a diario en los titulares, en los insultos y las descalificaciones, en decisiones de Gobierno, que no han de gustar a todos, pero que deben ser tomadas a cada momento en provecho de una mayoría de ciudadanos, que quiere vivir, trabajar o disfrutar de su pensión dentro de la mayor normalidad posible. Lo contrario es el avance de la intolerancia más execrable, que se hace notar cada vez que un personaje deleznable vuelve a la carga en negar la realidad o asegurar todo lo contrario a lo que los demás percibimos, como que España sea dictadura en vez de la democracia ejemplar que es. En cambio, ser tan crítico hoy con Europa tiene mucho que ver con lo que es un incumplimiento sistemático de sus credenciales democráticas (solidaridad), lo que provoca desconfianza y conflictos entre sus socios, para regocijo de los enemigos bien organizados de la UE, que no paran de pregonar en cada país miembro que, de ganar las elecciones, lo primero que harán será abandonarla a su suerte. Desde Bruselas solo toca espabilar.                                                                                                                                          

“La intolerancia se aprecia a diario en insultos y descalificaciones, o en criticar decisiones tomadas en provecho de una mayoría de ciudadanos”

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