Enfermedad y engaño se repelen

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Muchos somos los extrañados de que exista gente que hace negocio con la enfermedad de un hijo mediante engaños. Nada nuevo en el horizonte, aunque tampoco es el  pan nuestro de cada día. Lo que tienen de malo estas historias son dos  hipotecas. La primera es que los estafadores hacen que la solidaridad se resienta. Y la segunda, mucho peor, que la juventud, como gasolina futura de la generosidad y el altruismo, cada vez se muestra más incrédula de todo.

La estafa y los estafadores han formado siempre parte del abc de la vida y sus sorpresas, aunque todo tiene un límite que no atinamos a extirpar. Para explicarlo mejor elijo el comodín de extirpar, porque en su definición médica significa arrancar de cuajo o de raíz, como por ejemplo un cáncer, pero no dejemos de lado su explicación de acabar con algo malo que está muy arraigado como puede ser desintegrar un vicio. Y vicio más viejo que el mundo es  timar, defraudar o desfalcar. Como las malas hierbas, crecen en España los fraudes provenientes de falsos enfermos o enfermedades exageradas o inventadas, pero que mediante el engaño recaudan grandes cantidades de dinero trasferido desde la generosidad de donantes anónimos o famosos de la farándula. La consecuencia más directa y apreciable es que la solidaridad se resquebraja.

Demasiadas pocas veces (o ninguna) nos han dicho en casa, o cuando nos educan, o cuando ya formamos parte de la sociedad empresarial o laboral, que la esencia de la vida es servir a otros y hacer el bien. No me lo acabo de inventar, porque ya lo dijo Aristóteles, quien elegiría volver a la tumba sin coacción alguna, tras ver lo poco que ha avanzado el mundo en cuestiones de humanidad después de lo que inspiró al filosofo su Antigua Grecia. Mientras escribo este articulo me entero que se cierne sobre el mundo la mayor crisis humanitaria en 70 años, con 20 millones de personas en riesgo de morir de hambre. Si cada año se da la noticia de que han muerto de inanición 9 millones de niños africanos, y nos da igual, va a ocurrir lo mismo con estos otros 70 millones. Nos preocupa más lo que ocurre en casa propia, y regresamos así de nuevo a las estafas que de común se cometen con aquello que está muy relacionado con la sensibilidad personal. Haití sufre un nuevo terremoto y los donativos aumentan; por televisión no dejan de recordarnos que con que aportemos un euro al día se salvan miles de vidas, y ahora se ha sumado el Twitter, Facebook, Youtube, Instagram, Skype o Periscope, donde te puedes encontrar a un ejercito de usuarios pidiendo dinero para una u otra causa, que de todo hay.

Incautos siempre ha habido, pero no es esta la cuestión. Cuando alguien hace un llamamiento a otros por un cáncer incurable, una enfermedad rara, y no digamos si afecta a niños, lo normal es apoyar. La enfermedad y el engaño se repelen, y cuando se juntan es para mal. ¿Qué es lo que hace que atendamos con nuestro dinero cualquier mensaje de SOS de otro que nos comunica su enfermedad grave y difícil de superar? Pues la solidaridad. No tiene porque ser teoría única que el que ha padecido, ése se compadece del doliente y del herido. Que te pidan ayuda y darla es la mejor forma de contribuir a la sociedad del bienestar en construcción permanente.

 “Que te pidan ayuda y darla es la mejor forma de contribuir a la sociedad del bienestar”

Lo que sucede es que hay tantos solidarios como jetas y listillos, y los medios de comunicación no dejan de recordarlo de continuo, cosa que se agradece para poner las cosas en su sitio y a los vándalos entre rejas. Por desgracia, tenemos demasiado presente que cuando envías alimentos o dinero a un país de los muchos necesitados, siempre hay alguien que se queda algo por el camino y se enriquece a costa del dolor y la necesidad ajena. Ha pasado siempre y seguirá pasando, porque somos como somos y el poder, la ambición, el dinero y desear lujos son aliados naturales de coger los atajos del engaño para llenarse fraudulentamente los bolsillos. Pero no cabe generalizar. Cuando conozco un nuevo caso de utilización de un niño enfermo para pedir y recibir dinero de los demás, que luego resulta que es un montaje, lo tomo como casos aislados que no nos puede llevar a señalar con el dedo indiscriminadamente. A fin de cuentas, seguimos en el mismo camino de virtudes y maldades que preconizo el doctor Luther King al pronunciar aquello de que  “hemos aprendido a volar como los pájaros, a nadar como los peces, pero no hemos aprendido el arte de vivir juntos, como hermanos”.

“Hay tantos solidarios como jetas y listillos que se agradece ver entre rejas”

 

 

 

 

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