En la piel del refugiado

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La piel de un refugiado convive entre campamentos, muros, alambradas y la falta de libertad y movimiento de la que se encargan soldados y policías que custodian semejante e injusto asedio. Este escenario de vidas y dramas personales es posible porque todos lo permitimos, al anteponer nuestra indiferencia y pasividad a la integración entre nosotros de quienes más nos necesitan.

El 3 de septiembre de 2015 las agencias de noticias de todo el mundo se hicieron eco de la imagen de un niño ahogado en una playa turca, y como un guardia costero recogía su pequeño cuerpo de la orilla del mar donde yacía muerto. Tras el impacto que la fotografía tuvo en las primeras horas, al poco,  todo se olvidó. Llegado a este instante, voy a recordar su nombre: Aylan Kurdi. Tenía tan solo tres años y, sin conciencia aún de ello, aspiraba a ser un refugiado sirio en el seguro suelo europeo. Me hubiera gustado que lo hubiera conseguido, me refiero a lo de atravesar las aguas mediterráneas hasta llegar a la nueva vida añorada por su padre, que vive, su madre, que también murió en el intento, al igual que otro hermano de Aylan dos años mayor que él. Me hubiera gustado también que vivieran en España, donde ellos quisieran. Hay en nuestro país tradiciones y conductas que sobran pero no cambian, y es curioso que ya no recordemos cuando miles de compatriotas tuvieron que emigrar a Francia, Alemania, México o Argentina, entre otros muchos países donde están asentadas amplias colonias de españoles. A esta repentina pérdida de memoria nacional hay que sumar al resto de la Vieja Europa, porque  ya no es el continente de acogida que fue.

Borjes dijo aquello de que nadie es patria, todos los somos. El gran escritor argentino murió en Ginebra hace treinta y un años, concretamente en 1986. En aquel año España entraba a formar parte de la Comunidad Económica Europea y en un 11 de junio el Parlamento Europeo, el Consejo y la Comisión firmaban una declaración conjunta contra el racismo y la xenofobia. Ha llovido mucho desde entonces. La Unión Europea y sus lideres políticos están hoy secuestrados por los acontecimientos y, ante el mensaje xenófobo de los Trump (estadounidense), Le Pen (francesa) o Wilders (holandés), que cala en los votantes y mucho, han dado marcha atrás en sus planes humanitarios para con los refugiados. Merkel ya no habla de mantener las fronteras abiertas. Hollande antepone a la Yihad y sus atentados en Francia al multiculturalismo tradicional de una nación que ha regresado bruscamente, como el resto de países de la Unión, al lenguaje de la identidad nacional por encima de todo lo demás. Y los más de 17.000 refugiados que le toca a España acoger, son solo 1000, sin previsión alguna de que la cifra aumente como debiera. Lo que hemos venido siendo, y pido regresar a este tiempo, de extender la mano y ayudar se ha tornado en indiferencia, y pagarle un buen dinero a Turquía para que no permita el paso a nadie que no tenga pasaporte comunitario. Por si fuera poco, llega ahora la orden desde Bruselas a los 27 países miembros de expulsar a un millón de migrantes sin papeles. De repente, y con el Brexit de por medio, nos ponemos a hacerle el juego a Inglaterra y a su primera ministra Theresa May, partidaria de lo de Inglaterra para los ingleses.

 “Los países de la Unión han regresado bruscamente al lenguaje de la identidad nacional por encima de todo lo demás”

¿Cómo es posible esta política de expulsión y rechazo a los refugiados que huyen principalmente de la guerra? Pues lo es porque los ciudadanos pasamos olímpicamente de lo que les sucede a personas que son como nosotros: ancianos, mujeres, hombres y niños. En su diáspora por el mundo cargan con la penitencia de no haber nacido en países ricos, desarrollados y con gobiernos y sociedades democráticas. Lo que está haciendo Estados Unidos, Rusia, China y Europa en todo el conflicto sirio es indecente, ampliada nuestra vergüenza al expulsar a unos ciudadanos de su país para más tarde dejarles tirados en gigantescos campamentos con un futuro totalmente en el aire. Los niños refugiados, que tuvieron más suerte que Aylan Kurdi y viven en uno de estos asentamientos obligatorios, van a crecer sin saber quiénes son y de dónde vienen, sin dejar de preguntarse continuamente por qué les vigilan soldados y policías que no les permiten salir jamás del recinto con muros y alambradas donde se están criando. Ya lo dijo también Jorge Luis Borges: “La felicidad no necesita ser transmutada en belleza, pero la desventura sí”.

 “Los niños refugiados no dejarán de  preguntarse por qué les vigilan en el recinto con alambradas donde se crían”

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