EL PUTO TIFÓN

Tengo en la cabeza un apretón de impotencia cuando los pensamientos los dirijo a la catástrofe de Filipinas. Mantener eso de que la naturaleza es sabia para luego no hacerla ni puñetero caso, es una de las grandes contradicciones que nos tiene rehenes del bla, bla, bla. La misma ironía de que una canción tan bella a Yolanda, cantada por Pablo Milanés, pueda servir al tiempo de nombre a este bombazo climatológico que por unos días, y hasta que la tempestad se calme, será polémica servida sobre si el cambio climático va en serio o es una travesura de las isaboras. Para empezar: diles a los habitantes de una isla que no planten su casa a escasos metros del mar. Para seguir: ¿se volverá a construir donde ha sido todo devastado? Ya sabemos cuál es el monosílabo, sí, se hará nuevamente todo eso, hasta la próxima hecatombe. En cuanto a las ayudas rápidas a la población pisoteada y masacrada por un huracán intratable con las miles de víctimas muertas, sin casa y nada de nada, tampoco hemos aprendido mucho. Los de siempre (que tanto criticamos por otras cuestiones), como Estados Unidos e Inglaterra, son los primeros en mandar barcos, aviones, alimentos, medicinas y agua, atendiendo así el S.O.S. filipino. Los demás, incluida Europa, no se quieren enterar.TIFÓN

 Así no es de extrañar que portavoces del país arrodillado por este puto tifón, clamen más por la comida que por las bonitas palabras y expresiones, algunas de las cuales no significan nada. No sé a que esperamos a levantar en puntos estratégicos del planeta unas grandes bases humanitarias, con la rapidez y agilidad de movilización suficientes para llegar a la catástrofe concreta en horas. Si hemos visto ya lo que es capaz de hacer el Katrina con la primera potencia del mundo; si Fukusima, en Japón, es ya una pesadilla para toda la vida y para todos; si lo de ahora en Filipinas pone la piel de gallina a cualquiera con dos dedos de frente, seguiremos reaccionando tarde y mal, echándole la culpa al empedrado con el que hemos asfaltado y arrasado tanta naturaleza que deberíamos dejar intacta, tal y como surgió.

 

 

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