El periodismo en el corral del gallo

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La libertad de expresión que supone la existencia de medios de comunicación plurales y consistentes junto a la igualdad ante la ley de cualquiera, son las mejores vacunas contra el poder mal ejercido, en especial por la corrupción, y contra aquellas decisiones que supongan prevaricar en favor de unos pocos y para perjuicio de todos los demás.  La expresión el corral del gallo puede suponer muchas cosas malas que cuento aquí, pero de las que podemos librarnos mediante el trabajo que lleva a cabo el periodismo.

Aún tengo fresca en mi memoria una respuesta que daba un joven periodista a preguntas que le hacían sus lectores, en uno de esos encuentros habituales que se hacen por Internet y redes sociales. Interpelado acerca de su opinión sobre la conclusión o no de las crisis económica contestó: “Yo lo que creo es que, contradiciendo al discurso del Gobierno, la recuperación no ha llegado a la calle. La macroeconomía no paga las facturas, ni te llena la nevera, ni te compra la pomada cara para que tu viejo no tenga llagas en el culo…” El mismo periodista (no es cuestión de nombres sino de una ética de roble en la labor de informar) decía basar su trabajo en algo que le enseñó otro compañero: “El  periodista que pasa de largo cuando ve a alguien jodido no es un periodista, sino un pelele”.

El corral del gallo es el poder, los gobiernos y administraciones, los partidos políticos, las multinacionales y corporaciones que lo quieren controlar todo (empezando por la banca y las energéticas), la corrupción, las cacicadas, el nepotismo, la crisis que, golpe tras golpe, noquea siempre a los mismos, las injusticias y la pobreza donde y como quiera que muestre su horrible rostro. Por el corral del gallo se mueven también a sus anchas los Donald Trump, los Putin o las Marine Le Pen. Son gobernantes al amparo de la democracia pero que, cuando llegan al poder, cuestionan esa misma libertad de la que ellos se han servido, y ponen patas arriba la sanidad general, libran de impuestos a los ricos y, especialmente, cuestionan la libertad de prensa y a los medios de comunicación en los que de habitual, ese es su trabajo, aparecen sus mentiras, sus desplantes y sus malas e insolidarias decisiones. Los periodistas tenemos que entrar permanentemente a supervisar el corral de los gallos, y saber salir de él con la misma normalidad que penetramos en busca de la información, especialmente la que se quiere hurtar a los ciudadanos.

 “Los periodistas deben supervisar a gobiernos y administraciones, partidos, multinacionales, la corrupción y las cacicadas”

En España, el periodismo es el látigo de la corrupción. Mira que la crisis ha golpeado duramente a los grandes y pequeños medios de comunicación, hasta ponerles ante la tesitura de tener que arreglar su casa primero, y en ocasiones descuidar el contar y denunciar los desmanes que se han cometido durante los años de esta última depresión económica. Incluso las gigantescas empresas mediáticas cohabitan ahora en sus consejos de administración con bancos y multinacionales de las energías y tecnológicas con la telefonía a la cabeza. Ni que decir que no es buena señal, pero los medios tienen que tener óptimos resultados económicos, salir del bache tremendo en que se encuentran ahora, especialmente los periódicos en papel, para seguir informando en libertad y con la eficacia que anhelamos los ciudadanos. Nos hemos acostumbrado a la esperanza de que, si nadie nos hace caso frente a una reclamación o injusticia, siempre podremos acudir a un medio de comunicación que nos escuchará. Es eso que decía el compañero periodista de no llegar a ser jamás un pelele dentro de esta profesión, que los hay, como en todas partes.

El medio de comunicación pierde toda su credibilidad cuando se convierte en un instrumento dócil a cualquiera de las graves injusticias que se comenten de cotidiano, y es ahora la corrupción (siempre lo ha sido) el enemigo a batir y  exterminar, incluso aunque los resortes del poder, como ocurre en todos los países del mundo, se limiten muchas veces a esperar a que escampe. No, no escampa, y lo estamos viendo aquí. Y vemos también como se daña la democracia, y la reputación de las instituciones, hasta llegar al voto y una creciente abstención que se niega por interés pero que es muy real. Los Le Pen existen y propagan sus mensajes racistas y excluyentes porque fallamos a los ciudadanos desde las instancias de las que ellos esperan seguridad, garantías y respuestas a sus problemas, sobre todo respuestas. Meto también en este saco a los medios de comunicación, y al muro de contención que suponen contra cualquier despropósito que tenga como meta destruir al prójimo. Veo lo que hacen los medios norteamericanos y recobro la fe en mi profesión. Veo lo que hacen los medios franceses o alemanes contra los políticos xenófobos, y sueño con volver a una redacción para hacer ese periodismo social y que emocione, porque su resultado es bueno para los buenos y malo para los malos. Y veo el periodismo español contando el día a día de los corruptos en la cárcel, en gran medida gracias a su labor informativa de investigación, y por supuesto que respiro tranquilo de saber que ni ahora ni nunca va a estar todo perdido. Tan solo hay que entrar en el corral del gallo para supervisarlo y salir de él con la misma normalidad.

 “Nos hemos acostumbrado a que, si nadie nos hace caso, siempre podremos acudir a un medio de comunicación”

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