El pedigrí de las estatuas

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La barcelonesa Plaza de Antonio López seguirá pronto el mismo camino  de la retirada de la escultura del I marqués de Comillas y gran mecenas español, especialmente de la Ciudad Condal. La excusa ha sido el pasado esclavista del empresario cántabro. Como nación, nos está vetado convivir en paz con nuestra historia y sus personajes. Pero es que la decisión de Ada Colau refleja la hipocresía reinante de escudarse en el  ayer, en vez de dar una salida a los 3.551.078 migrantes y refugiados retenidos ahora por Europa en Turquía. Son los nuevos esclavos, sin el pedigrí necesario para levantarles monumento alguno.

Casi a diario pasamos por delante de estatuas que nos producen una total indiferencia. Se hacen más protagonistas entre nosotros cuando algún gobierno o ayuntamiento decide apear alguna de su pedestal, aludiendo a que el homenajeado, incluso a pesar de llevar muchos años entronizado en forma de escultura, ya no es merecedor de tal reconocimiento. Acaba de pasar en Barcelona con la estatua de Antonio López y López, I marqués de Comillas (Comillas, Cantabria, 1817-Barcelona, 1883), y siendo alcaldesa de la ciudad Ada Colau Ballano (Barcelona, 3 de marzo de 1974).

En todos los tiempos encontramos algún acontecimiento, hecho o personaje destacable. Tan notorio como para levantarle un monumento. En 1817, año en que nació el naviero comillense,  se creó la Bolsa de Nueva York. En 1883 muere el rico López, y al tiempo Vicent Van Gogh pinta “Campesinas”. En 1974 nace la alcaldesa de Barcelona y también es el año del Watergate, que supuso que los periodistas  Bob Woodward y Carl Bernstein  acabaran con la carrera política del presidente Richard Nixon, quien terminó  fuera de la Casa Blanca por corrupción, abuso de poder y espionaje. Entre las costumbres y tradiciones de Estados Unidos hacia quienes han prestado un servicio especial al país, hay una digna de mención. Levantan bibliotecas y museos  con el nombre de los que fueron presidentes de la nación. El 37 presidente fue Richard Nixon, y su biblioteca y museo se localizan en Austin, Texas. En cambio, los españoles, mejor dicho, los dirigentes de los españoles, siempre están a tortas con la que ha sido nuestra historia.

  “Con el pésimo empleo, los pensionistas o los refugiados, resulta que el problema es el pasado del marqués de Comillas”

En pleno 2018, con el paro que hay, con el pésimo empleo que se crea, con los pensionistas levantados en pie de guerra, con el brexit que amenaza Europa, los (mal)refugiados, sin presupuesto nacional aprobado, o con los “Jordis” dando la vara desde la cárcel para que uno de ellos sea presidente de Cataluña, resulta que el problema principal es el marqués de Comillas y su pasado “negrero” en el tráfico de esclavos. Somos capaces de remontarnos al siglo XIX, para restañar heridas con los millones de africanos y americanos nativos hechos esclavos, pero ni nos sonrojamos con los millones de refugiados que Europa controla ahora en Turquía, país al que pagamos multimillonariamente por este nuevo servicio de retener a personas contra su voluntad. ¿Qué hace, dice o propone Ada Colau con esta forma de esclavitud? La condición humana se ha instalado definitivamente en la hipocresía y, con ella, en el pedigrí de las estatuas. Preferimos mirar atrás – que  es seguro que lo hicimos rematadamente mal -, antes que dar un paso al frente para atajar el daño que hacemos hoy.  El ministro turco del Interior, de nombre Süleyman Soylu, acaba de dar datos sobre los migrantes y refugiados en Turquía. Declara que “los recursos de asilo de sirios aceptados por la UE es de 866.000, mientras el número de hospedados en Turquía es de 3.551.078”. Curioso lenguaje el que se emplea para llevar a cabo semejante atrocidad en pleno siglo XXI, sin retrotraerse a los negocios “negreros” del marqués de Comillas. Hablan de recursos de asilo y de personas hospedadas, en vez de lo que son: ciudadanos de diferentes países retenidos a la fuerza.

Retirar de su pedestal y quitarle la calle a Antonio López y López es un nuevo gesto para la galería. La Unión Europea, tan establecida actualmente en asuntos que nada tienen que ver con los auténticos problemas de los ciudadanos, debería abrir un debate sobre las estatuas y monumentos que se pueden levantar en su territorio. ¿Qué hacemos con el Coliseo romano donde el emperador Vespasiano ideo la muerte de tantos esclavos a manos de las fieras? ¿Llegará el día en que se plantee la retirada de la biblioteca y museo de algún presidente de los Estados Unidos que gobernó en época de esclavitud? No teman, la fortaleza de los grandes países reconocidos como tales proviene de haber logrado un equilibro entre las luces y sombras que han proliferado a lo largo de su historia. Tal es el caso de Estados Unidos, Inglaterra o Francia. En la lista de próximas estatuas barcelonesas que desalojar está la de Colón, algo que seria impensable en cualquiera de los países citados porque, sencillamente, se auto respetan. Hay otra cuestión que nos diferencia del resto del mundo. Aquí, la historia española y de sus personajes ilustres es diferente, según se estudie en Cataluña, País Vasco, Islas Baleares, Castilla y León o Cantabria. Ejemplos hay para dar y tomar, pero yo me parto con ese que enseña a los escolares catalanes que el Ebro es un río catalán que nace en tierras extrañas.

 “3.551.078 es el número de ciudadanos de diferentes países retenidos hoy a la fuerza por Europa en Turquía”

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